CAPÍTULO 9
Un poco de vida
Durante los siguientes días Adrián no fue el centro de mi universo.
Y eso me gustó.
El lunes un cliente cambió completamente el concepto de un evento a diez días del montaje.
El martes Mateo apareció en la oficina deprimido porque había terminado con una mujer con la que llevaba cuatro meses saliendo.
—Dijo que no estoy disponible emocionalmente.
Camila lo miró.
—¿Y lo estás?
—No.
—Entonces tiene razón.
—Necesitaba apoyo.
—Te apoyo en que ella tiene razón.
Me reí.
Mateo me señaló.
—Tú no opines. Estás enamorada de un cliente.
—No estoy enamorada.
—Peor. Estás tragada.
—Tampoco.
—Entonces deja de mirar el celular cada dos minutos.
Lo puse boca abajo.
—¿Feliz?
—Muchísimo.
El miércoles almorcé con Paula porque quería hablar de mi crecimiento dentro de la agencia.
Nada de Adrián.
Nada de sexo.
Trabajo.
Futuro.
Responsabilidad.
Ese día recordé cuánto me gustaba realmente lo que hacía.
El jueves fui a comer con mis papás.
Laura no estaba.
Mamá y yo hablamos casi una hora sobre un viaje que ella quería hacer con papá.
El viernes salí con Natalia y Felipe.
Vida.
Mi vida.
Seguía ahí.
Y, sin embargo, cada vez que el teléfono mostraba el nombre de Adrián algo dentro de mí se encendía.
El sábado tuvimos montaje.
Vértice también estaba trabajando.
Vi a Adrián discutir con Tomás.
No parecía el hombre tranquilo que yo conocía.
—No puedes cambiar eso ahora —dijo Tomás.
—No lo estoy cambiando. Estoy corrigiéndolo.
—A doce horas.
—Porque lo vi hoy.
Me mantuve lejos.
No era asunto mío.
Más tarde Tomás apareció junto a mí.
—Cuando se obsesiona con algo es insoportable.
—Lo he notado.
—No. Todavía no.
Sonrió.
—Tú conoces la versión amable.
Miré hacia Adrián.
Estaba revisando una instalación.
—No parece muy amable.
—Créeme.
Tomás bajó la voz.
—Le gustas.
Lo miré.
—¿Perdón?
—Nada.
—No. Ahora habla.
Tomás sonrió.
—Me va a matar.
—Probablemente.
—Entonces no dije nada —respondió él.
Se alejó.
Excelente.
Ahora todo el mundo opinaba.
Terminamos tarde.
Yo estaba detrás del escenario revisando unas cajas cuando escuché pasos.
Adrián apareció por el corredor.
—Me estás evitando.
Seguí organizando material.
—He estado trabajando. Por si no lo recuerdas, estamos en pleno montaje.
—Yo también estoy trabajando —respondió mientras se acercaba—. Y aun así conseguí encontrar cinco minutos para hablar contigo.
Levanté la cabeza.
—Entonces deberías saber que a veces una no puede desaparecer cada vez que alguien quiere conversar.
Adrián sonrió.
—Julieta.
—¿Qué?
—Mírame.
Otra vez ese tono.
Dejé lo que tenía entre las manos.
Finalmente lo miré.
—Ya te estoy mirando. ¿Qué pasa?
Adrián se detuvo frente a mí.
—Quiero saber qué quieres de mí.
Ahí estaba.
La maldita pregunta otra vez.
Solté el aire.
—No lo sé.
—No saberlo también es válido.
Negué con la cabeza.
—No. Ese es precisamente el problema. Llegas, te acercas demasiado, me miras como si supieras exactamente lo que estás haciendo conmigo, me tocas, después te apartas y vuelves a actuar como si nada.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—Porque no quiero asumir que deseas algo solamente porque yo lo deseo.
Esa respuesta consiguió callarme.
Adrián continuó:
—Te deseo, Julieta. Creo que eso ya quedó bastante claro el día de la tormenta.
Sentí calor inmediatamente.
Sí. Bastante claro.
—Pero que yo te desee no significa que pueda decidir por ti.
Tragué saliva.
—¿Entonces qué esperas?
—Que cuando quieras algo, me lo digas.
Lo miré durante varios segundos.
—Eres desesperante.
Una pequeña sonrisa regresó.
—Eso también me lo has dejado bastante claro.
Se acercó.
—Y sigues aquí.
—Estoy trabajando.
—Claro.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa de que ya sabes cómo termina esta conversación.
—No tengo idea de cómo termina.
—Mentiroso.
Adrián dio un paso más.
Mi corazón empezó a ir demasiado rápido.
—Entonces termínala tú.
—¿Qué?
—Haz lo que quieras hacer.
Y me cansé.
Lo agarré de la camisa.
Lo besé.
Esta vez fui yo.
Sin esperar.
Sin pedirle que se acercara.
Sin dejarle espacio para otra maldita pregunta.
Durante el primer segundo Adrián permaneció inmóvil.
Después reaccionó.
Su mano rodeó mi cintura.
La otra llegó a mi nuca.
El beso cambió.
Todo lo que llevaba semanas acumulándose apareció de golpe.
Su cuerpo contra el mío.
Mi espalda contra una pared.
Su boca.
Mi respiración.
Sentí otra vez su erección.
Ya no había lluvia.
Ni excusas.
Me pegué un poco más.
Adrián soltó el aire junto a mi boca.
Bien.
También puedo hacerte perder el control.
Sus labios bajaron por mi cuello.
—Julieta.
—¿Qué?
—¿Quieres que pare?
—No.
Se detuvo.
Me miró.
Entendí.
—No quiero que pares.
La sonrisa fue mínima.
Volvió a besarme.
Unos segundos después se separó.
Esta vez fui yo quien protestó.
—¿Ahora qué?
—Estamos trabajando.
Miré alrededor.
Había olvidado completamente dónde estábamos.
—Mierda.
Se rió.
—Ven a mi casa el sábado.
Lo observé.
—¿Eso es una invitación?
—Sí.
—¿Y qué quieres que pase?
Adrián sostuvo mi mirada.
—Lo que tú decidas.
La respuesta me acompañó mucho después de que él se alejara.
Terminé el montaje intentando convencerme de que el sábado todavía estaba lejos.
No funcionó.
Mientras guardaba el computador pensé en el sábado.
Mientras manejaba a casa pensé en el sábado.
Y cuando me metí en la cama, agotada, seguía escuchando aquellas cuatro palabras.
Lo que tú decidas.
Ese era precisamente el problema.
Que por primera vez nadie estaba decidiendo por mí.
Y yo sabía perfectamente lo que quería que ocurriera.
Admitirlo era otra cosa.
El martes tuve una presentación con un cliente y me descubrí pensando en qué ropa llevaría el sábado mientras Mateo explicaba una propuesta creativa.
Tuve que obligarme a volver a la conversación.
El miércoles almorcé con Camila.
Hablamos veinte minutos sobre un proveedor insoportable y otros diez sobre Andrés, el hombre con el que ella llevaba varias semanas saliendo.
Solo al final preguntó:
—¿Y tú por qué tienes esa sonrisa?
Negué inmediatamente.
—No tengo ninguna sonrisa.
—Claro.
—Estoy comiendo.
—También se puede sonreír comiendo.
No le conté nada.
El jueves Adrián y yo tuvimos una reunión.
Profesional.
Absolutamente profesional.
Presupuesto.
Cronograma.
Montaje.
Ni una palabra sobre el sábado.
Eso consiguió ponerme todavía más nerviosa.
Cuando salió de la sala me quedé mirándolo.
¿En serio no vas a decir nada?
No dijo nada.
Esa noche abrí mi armario tres veces.
Elegí un vestido.
Lo cambié.
Escogí otro.
Lo devolví al clóset.
Finalmente me acosté enfadada conmigo misma.
Es una cena, Julieta.
Cinco segundos después:
Mentira.
Sabía perfectamente que no era solamente una cena.
El viernes trabajé todo el día con una concentración bastante cuestionable.
A las siete y media, cuando Camila se despidió, se detuvo frente a mi escritorio.
—¿Tienes plan mañana?
—Sí.
—¿Buen plan?
La miré.
—Eso espero.
Sonrió lentamente.
—Ah.
—No empieces.
—No dije nada.
Pero su cara lo dijo todo.
Salí de la oficina poco después.
El sábado me bañé, me cambié y me arreglé con más cuidado del que estaba dispuesta a admitir.
A las nueve y cuarenta estaba frente al edificio de Adrián.