CAPÍTULO 8
¿Qué te gusta?
El miércoles había empezado mal.
A las nueve de la mañana un proveedor cambió una fecha de entrega.
A las once, Paula me devolvió una presentación con suficientes comentarios para hacerme cuestionar mis decisiones profesionales.
Y a las cuatro, Mateo anunció que el concepto que llevaba dos días defendiendo «ya no le hablaba emocionalmente».
—Pues dile que te vuelva a llamar cuando madure —le respondí sin levantar la vista del computador.
Camila soltó una carcajada desde su escritorio.
—Necesitas comer.
—Necesito vacaciones.
—Primero come.
Terminé almorzando casi a las cinco, frente al computador, mientras cerraba una propuesta que debía salir ese mismo día.
Cuando finalmente envié el correo, la oficina estaba casi vacía.
Me recosté un segundo en la silla.
Sobrevivimos.
Entonces escuché pasos.
La invitación llegó al final de ese miércoles.
No por WhatsApp.
Adrián apareció en mi escritorio cuando casi todos se habían ido.
—¿Comiste?
Levanté la mirada.
—Sí. Y antes de que empieces, puedes revisar la caja vacía si necesitas evidencia.
Miró el recipiente sobre mi mesa.
—Estoy orgulloso de ti.
—Estoy progresando muchísimo.
—Lo noto.
Cerré el computador.
—¿Necesitas algo de la cuenta?
Adrián negó lentamente.
—Necesito algo, pero no tiene nada que ver con trabajo.
Esperé.
—Quiero invitarte a cenar.
No esperaba que fuera tan directo.
—¿Eso es una cita?
—Si decirle cita aumenta las probabilidades de que digas que no, entonces podemos llamarla reunión nocturna sin agenda.
Me reí.
—Eso suena peor.
—Entonces cena.
Pensé durante unos segundos.
—Está bien.
Adrián inclinó ligeramente la cabeza.
—¿«Está bien» significa que vienes?
—Significa que sí.
Terminamos en un restaurante pequeño en Quinta Camacho.
Nada elegante: mesas de madera y música suave.
Eso me sorprendió.
Adrián lo notó.
—¿Qué estás pensando?
—Que esperaba otra clase de sitio.
—¿Qué clase?
—No sé. Algo oscuro. Costoso. Platos donde sirven tres camarones y una hoja.
Se rió.
—¿Esa es la imagen que tienes de mí?
—Más o menos.
—Qué injusticia.
—La puedes corregir.
El mesero dejó las bebidas.
Durante los primeros minutos hablamos de trabajo.
Después de viajes.
Después de Bogotá.
Después de familia.
—Tengo una hermana —le conté.
—Laura.
Lo miré.
—¿Cómo sabes?
—La mencionaste una vez.
—Precisamente. Una vez.
—Recuerdo cosas.
Eso me produjo algo extraño.
—¿Y tú? Nunca hablas de tu familia.
La expresión cambió apenas.
—Mi mamá vive fuera del país.
—¿Tu papá?
Tomó agua antes de responder.
—Murió hace unos años.
Mi tono cambió.
—Lo siento.
—Gracias.
Esperé más.
No llegó.
No quise presionar.
Era la primera vez que Adrián me mostraba una puerta que no parecía dispuesto a abrir.
Más tarde preguntó:
—¿Qué te gusta?
—¿De qué?
—De cualquier cosa.
—La pasta.
—Eso es comida.
—Tú preguntaste.
Sonrió.
—Otra cosa.
Pensé.
—Leer. Viajar. El mar. Dormir cuando llueve. El café.
—Esas son cosas que haces o consumes.
—Qué exigente.
Adrián apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Te pregunté qué te gusta a ti.
Lo entendí.
Y él supo que lo había entendido.
El aire cambió.
Tomé agua.
—No sé de qué hablas.
—Sí sabes.
—Adrián…
—No tienes que responder si no quieres.
Eso fue peor.
—¿Y a ti qué te gusta?
—Muchas cosas.
—Conveniente.
—Pregunta algo específico.
Abrí la boca.
Nada.
Sonrió.
—Eso pensé.
—No me da pena.
—Nunca dije que te diera pena.
—Tu cara lo dijo.
—Entonces haz la pregunta.
—No quiero.
—También es una respuesta.
Me dieron ganas de patearlo por debajo de la mesa.
Y de besarlo.
Ambas cosas con la misma intensidad.
Cuando salimos estaba lloviendo.
Claro.
Bogotá y su sentido del humor.
Esperamos bajo el techo del restaurante.
Adrián estaba a mi lado.
Una gota cayó desde mi cabello.
Él levantó la mano.
Apartó un mechón de mi cara.
Sus dedos rozaron mi oreja.
Después descendieron lentamente hasta mi cuello.
Se me cortó un poco la respiración.
Él lo notó.
Sus dedos se detuvieron debajo de mi mandíbula.
Durante un segundo pensé que me besaría.
Quería que lo hiciera.
Lo esperaba.
Adrián retiró la mano.
—Buenas noches.
Lo miré.
—¿En serio?
—¿Qué pasa?
—Nada.
—No parece nada.
Me quedé observándolo.
—¿Por qué paraste?
Su expresión cambió.
La lluvia sonaba a nuestro alrededor.
—Porque no sé si quieres que continúe.
—¿Y siempre preguntas?
—Cuando importa, sí.
Me dio calor.
—No voy a rogarte.
—No quiero que ruegues.
Su carro apareció.
Abrió la puerta.
Antes de entrar me miró.
—Quiero que decidas.
El carro arrancó.
Me quedé allí.
—Este man me va a volver loca.
El portero del restaurante me miró.
—¿Señorita?
—Nada.
Perfecto.
Otra vez hablando sola.