Lo que despiertas en mí: La mujer dormida CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Natalia

Natalia y yo nos conocíamos desde el primer semestre de universidad.

Ella había visto todas mis versiones.

La estudiante insoportable que hacía los trabajos con una semana de anticipación.

La mujer que lloró tres meses por Andrés.

La que decidió independizarse.

La que juró no volver a salir con abogados.

Y después salió con dos.

Nos encontramos el sábado en un café.

—Tienes cara de problema —dijo apenas me vio.

—¿Todo el mundo se puso de acuerdo?

—Te conozco desde hace doce años.

Nos abrazamos.

Natalia llevaba siete años viviendo con Felipe y, según decía, su relación sobrevivía gracias a dos reglas:

Nunca discutir con hambre.

Y jamás compartir contraseña del correo.

—Habla —dijo cuando nos sentamos.

—No hay nada.

—Entonces no tendrías esa cara.

Suspiré.

Le conté sobre Adrián.

No todo.

La lluvia sí.

El sueño no.

Todavía conservaba algo de dignidad.

—¿Y qué pasó? —preguntó cuando terminé.

—Nada.

—¿Nada?

—Nada.

—¿Te besó?

—No.

—¿Te tocó?

—La cintura.

Natalia me miró en silencio.

—¿Y estás así por una mano en la cintura?

—No fue solamente eso.

—¿Qué más?

Tomé café.

—Sentí que estaba excitado.

Ella dejó la taza.

—Ah.

—Sí.

—¿Y tú?

No respondí.

Sonrió.

—Ah.

—Cállate.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

Natalia volvió a tomar café.

—¿Te gusta?

—No sé.

—Claro que sabes.

—Me atrae.

—Eso es distinto.

—Exactamente.

Se inclinó hacia mí.

—Julieta, tú siempre escoges hombres que puedes controlar.

—Eso no es cierto.

—Sí lo es. Buenos tipos. Profesionales. Educados. Predecibles.

Santiago apareció inmediatamente en mi cabeza.

—¿Y eso qué tiene de malo?

—Nada. Pero este no te parece predecible.

—No.

—Entonces por eso estás pensando tanto.

Guardé silencio.

Natalia sonrió.

—Ten cuidado.

—¿Con él?

—Contigo.

—Qué profunda.

—Cobro por hora.

Me reí.

Eso necesitaba.

Santiago escribió esa misma tarde.

¿Cenamos hoy?

Miré el mensaje.

Esperé.

Y entendí finalmente que no quería ir.

No porque existiera Adrián.

Porque ya no quería.

Respondí:

Santi, creo que es mejor que no sigamos viéndonos. Me caes muy bien, pero siento que no estoy buscando esto.

Tardó poco.

Entiendo. Gracias por decírmelo.

Eso fue todo.

Buena persona.

Definitivamente.

Me sentí culpable unos minutos.

Después aliviada.

Tal vez Laura tenía razón.

Quizá estaba empezando a hacer cosas simplemente porque quería.