Lo que despiertas en mí: La mujer dormida CAPÍTULO 6
50%

CAPÍTULO 6

El día después

Dormí tres horas.

Camila lo descubrió en cuanto entré.

—Qué cara.

—Buenos días para ti también.

Mateo me miró desde su escritorio.

—Eso no es trasnocho de trabajo.

—¿Por qué todo en tu vida tiene que relacionarse con sexo?

—Porque hace la oficina más interesante.

Me senté.

Abrí el computador.

Camila se apoyó en mi escritorio.

—Hablando en serio, ¿estás bien?

—Sí. Solo dormí fatal.

Mateo levantó un dedo.

—Tengo una teoría.

—No quiero escucharla.

—Ni siquiera sabes cuál es.

—Precisamente.

Sonrió.

—Hay un hombre.

—Trabaja.

—Definitivamente hay un hombre.

Le lancé un esfero.

A las once tuve reunión con Adrián.

Por supuesto.

Porque el universo era un imbécil.

Entró acompañado por Tomás Rivas, su socio.

Era la primera vez que lo veía.

Tomás tendría unos cuarenta años, sonrisa fácil y una energía completamente diferente a Adrián.

—Por fin conozco a Julieta —dijo estrechándome la mano—. Adrián habla bastante de ti.

Miré a Adrián.

Él miró a Tomás.

—No hablo bastante.

—Claro que no —respondió Tomás.

Me cayó bien inmediatamente.

Nos sentamos.

Durante la reunión me obligué a concentrarme.

Presupuesto.

Cronograma.

Proveedores.

Nada de lluvia.

Nada de sueños.

Nada de humedad.

Nada de Adrián desnudo en mi cabeza.

—¿Julieta?

Levanté la mirada.

Adrián me observaba.

—¿Sí?

—¿Qué opinas?

Mierda.

No había escuchado.

Paula me salvó.

—Hablábamos del montaje del sábado.

—Claro.

Abrí la presentación.

Improvisé.

Funcionó.

Cuando terminó la reunión, Tomás salió con Paula.

Adrián se quedó.

—Dormiste mal.

No era una pregunta.

Guardé mis cosas.

—Un poco.

—¿Trabajo?

Sí. Trabajo. Definitivamente trabajo. Tú trabajaste toda la noche dentro de mi cabeza.

—Algo así.

Me observó durante varios segundos.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—No me analices.

Una pequeña sonrisa apareció.

—No estoy haciendo nada.

—Esa es tu cara cuando haces algo.

Se acercó un poco.

Mi cuerpo reaccionó inmediatamente.

Traidor.

—¿Estás brava conmigo?

—No veo por qué tendría que estarlo.

—Yo tampoco. Por eso pregunto.

Por un segundo pensé que mencionaría la lluvia.

No lo hizo.

—Descansa, Julieta.

Se fue.

Esperé hasta que desapareció.

Apoyé la frente contra el escritorio.

—No puedo creer esto.

—Yo tampoco —dijo Mateo detrás de mí.

Casi salto.

—¿Qué haces ahí?

—Trabajar.

Lo miré.

—Estabas escuchando.

—No.

Pausa.

—Pero ese tipo definitivamente te tiene mal.

—Mateo.

Levantó ambas manos.

—Me retiro.

Y, por primera vez, agradecí que alguien me hiciera reír.