CAPÍTULO 5 #2
Pero no era solamente eso.
Quería sentirlo mejor.
Comprobar si aquella presión era exactamente como la había imaginado durante esos segundos interminables.
Lo era.
Y fue peor.
Mucho peor.
Porque ahora sabía perfectamente cómo se sentía contra mí.
Adrián soltó el aire lentamente.
Sus dedos se tensaron alrededor de mi cintura.
Me quedé inmóvil.
Él levantó la mirada.
—Julieta.
Mi nombre sonó como una advertencia.
Sentí que el calor me subía por el cuello.
—¿Qué?
—No hagas eso.
Intenté fingir inocencia.
—¿Hacer qué?
Adrián me sostuvo la mirada durante un largo segundo.
—Sabes perfectamente qué.
Mierda.
Sí sabía.
Y lo peor era que quería volver a hacerlo.
Por un instante pensé que quizá él se acercaría.
Que me besaría.
Que aquella mano en mi cintura terminaría llevándome todavía más cerca.
Pero el panel empezó a moverse.
La abertura frente a nosotros comenzó a despejarse.
El momento se rompió.
Adrián retiró lentamente la mano de mi cintura.
Después dio un paso atrás.
El frío ocupó inmediatamente el espacio donde antes estaba su cuerpo.
—Ya pasó —dijo.
No sabía si hablaba del viento.
Del panel.
O de nosotros.
La marca imaginaria de su mano alrededor de mi cintura.
El calor que seguía concentrado entre mis piernas.
No.
No había pasado.
Salimos nuevamente hacia el área de montaje.
Camila se acercó apenas nos vio.
—¿Están bien?
—Perfectos —respondí demasiado rápido.
Nos miró a los dos antes de señalar mi ropa.
—Estás empapada. Ve a buscar algo seco.
—Sí. Ya voy.
—Hazle caso —dijo Adrián detrás de mí.
Me giré.
—¿Ahora también das órdenes?
Una pequeña sonrisa apareció.
—Solo cuando no te cuidas.
—Estoy bien.
—Eso dices siempre.
Y tú sigues teniendo una habilidad impresionante para actuar como si nada hubiera pasado.
—Nos vemos adentro.
Me alejé sin mirar hacia atrás.
Mientras caminaba todavía podía sentir exactamente dónde había estado su mano.
Y, peor todavía, exactamente lo que había sentido contra mi pelvis.
La lluvia podía haberme empapado la ropa.
Pero había otra humedad que no tenía absolutamente nada que ver con la tormenta.
Terminamos casi a las once.
La lluvia seguía cayendo.
Subí al carro.
Puse música.
La primera canción hablaba de deseo.
La cambié.
La segunda también.
—Qué original.
Apagué la radio.
En un semáforo recordé su mano en mi cintura.
Después la presión de su cuerpo.
Después aquella erección.
No.
Miré la luz roja.
—No pasó nada.
La mujer del carro de al lado me miró.
Perfecto.
Ahora hablaba sola en los semáforos.
Mi celular vibró cuando llegué al parqueadero.
Adrián.
¿Llegaste bien?
Lo miré.
Esperé algo más.
Respondí:
Sí.
Aparecieron los tres puntos.
Bien. Descansa.
Eso fue todo.
Miré la pantalla durante varios segundos.
Me dio rabia.
¿Qué esperaba exactamente?
¿Un mensaje diciendo «perdón por la erección»?
Me tapé la cara con una mano.
—Qué estúpida.
Claro que no iba a mencionar lo ocurrido.
Pero una parte bastante poco razonable de mí quería que lo hiciera.
Aunque fuera únicamente para comprobar que aquellos segundos debajo de la estructura también habían significado algo para él.
Entré al apartamento.
Me quité los zapatos.
Puse agua a calentar.
Intenté comer.
No tenía hambre.
Me duché.
Cuando el agua caliente cayó sobre mi cuello recordé nuevamente su respiración.
—Ay, no joda.
Me metí a la cama.
Miré el celular.
Nada nuevo.
Lo dejé boca abajo.
Cerré los ojos.
Y cometí el error de pensar:
¿Qué habría pasado si no hubiéramos tenido que volver al evento?
Tardé muchísimo en dormirme, pero al final lo logré.
Pero mis pensamientos necesitaban salir esa noche, así que se transformaron en sueños.
En el sueño no regresé al principio.
Regresé exactamente a ese momento.
Mi espalda contra la pared.
La mano de Adrián alrededor de mi cintura.
Su cuerpo pegado al mío.
Su erección dura contra mi pelvis.
Y mi cintura acababa de moverse sobre él.
—Julieta.
Mi nombre volvió a sonar como una advertencia.
—¿Qué?
—Sabes perfectamente qué estás haciendo.
Esta vez ningún panel empezó a moverse.
Nadie vino a buscarnos.
Nada nos interrumpió.
Sonreí.
Y volví a mover la cintura.
Despacio.
Deliberadamente.
La reacción de Adrián fue inmediata.
Cerró los ojos durante un segundo y su mano se tensó alrededor de mi cintura.
Así.
Eso era lo que quería ver.
Cuando volvió a mirarme, aquella calma que siempre parecía acompañarlo había desaparecido.
—No hagas eso si no quieres que haga algo al respecto.
En lugar de detenerme, acerqué la boca a la suya.
—Entonces haz algo.
No hizo falta repetirlo.
Me besó.
No como había imaginado que podría besarme.
Mejor.
Con hambre.
Como si hubiera estado conteniéndose exactamente el mismo tiempo que yo.
Mis manos fueron a su camisa.
Tiré de ella.
Un botón cayó.
Después otro.
—Mierda —murmuré contra su boca.
Adrián ni siquiera me dejó terminar.
Volvió a besarme mientras mis manos encontraban su pecho.
Caliente.
Firme.
Real.
O tan real como podía sentirse un sueño.
Su boca descendió por mi cuello.
Incliné la cabeza para dejarle espacio.
—Adrián…
Una de sus manos bajó por mi cintura.
Después por mi cadera.
Llegó hasta el borde de mi falda.
La levantó lentamente.
Sentí el aire frío sobre las piernas.
Su mano encontró las medias.
Se detuvo apenas un segundo.
Me miró.
—¿Quieres que pare?
Negué.
—No.
Su expresión cambió.
—Dímelo.
Lo agarré por la nuca.
—No pares.
El sonido de la tela al ceder me recorrió entera.
Adrián había rasgado las medias lo suficiente para apartarlas de nuestro camino.
Debería haberme importado.
No me importó absolutamente nada.
Su mano regresó a mi muslo.
Subió.
Sentí sus dedos recorrer mi piel y tuve que apoyarme con más fuerza contra la pared.
—Estás temblando —dijo junto a mi oído.
—Es el frío.
Adrián sonrió contra mi cuello.
—Mentirosa.
Mierda.
Su mano siguió subiendo.
Cuando descubrió lo húmeda que estaba, su respiración cambió.
Yo también la escuché.
—Julieta…
Esta vez mi nombre no sonó a advertencia.
Sonó a otra cosa.
Deseo.
Puro y simple.
Sí.
Quiero que lo sepas.
Abrí un poco más las piernas.
—No me mires así.
—¿Cómo?
—Como si te gustara demasiado.
Adrián levantó la cabeza.
—Ese es exactamente el problema.
Me besó otra vez.
Mis manos bajaron por su torso.
Llegaron hasta su cinturón.
Esta vez no necesitaba comprobar nada.
Ya sabía perfectamente qué había debajo.
Lo había sentido en la realidad.
Lo había pensado todo el camino a casa.
Lo había imaginado antes de quedarme dormida.
Aun así quería más.
Muchísimo más.
Adrián empezó a abrir mi blusa.
No con paciencia.
Los botones fueron cediendo uno tras otro hasta dejar mi piel expuesta.
Su boca recorrió mi cuello.
Después el pecho.
Cerré los ojos cuando sus labios encontraron mi piel.
Una mano seguía en mi cintura.
La otra me sujetaba con firmeza contra él.
Yo apenas podía respirar.
—Mírame —dijo.
Abrí los ojos.
—No quiero despertarme.
No sé por qué dije eso.
En el sueño parecía tener sentido.
Adrián sonrió.
—Entonces no despiertes.
Me agarró por los muslos.
Solté un pequeño grito cuando me levantó.
Mis piernas rodearon inmediatamente su cintura.
Mi espalda volvió a encontrar la pared.
Y ahora no quedaba prácticamente nada entre nosotros.
Su cuerpo estaba exactamente donde llevaba horas imaginándolo.
Sentí la presión entre mis piernas.
Mi humedad.
Su respiración contra mi boca.
Mis manos aferradas a sus hombros.
Esto.
Esto era lo que quería.
Adrián volvió a besarme.
Mis piernas se cerraron con más fuerza alrededor de él.
—Julieta.
—No pares.
—No pienso hacerlo.
Se movió contra mí.
El contacto me arrancó el aire.
Una vez.
Después otra.
Sentí que estaba a punto de desaparecer la última distancia que todavía quedaba entre nuestros cuerpos.
Abrí más las piernas.
Lo acerqué.
Quería sentirlo completamente conmigo.
Lo había querido desde aquella primera presión contra mi pelvis debajo de la lluvia.
Adrián me sostuvo con una mano mientras la otra recorrió mi cintura y subió hasta mi pecho.
Su boca volvió a mi cuello.
Después más abajo.
Yo ya no sabía qué sensación atender primero.
Sus labios.
Sus manos.
Su cuerpo.
La presión cada vez más intensa entre mis piernas.
—Adrián…
—Aquí estoy.
Lo miré.
—Quiero sentirte.
La mirada que me dio consiguió que todo mi cuerpo reaccionara.
Me acercó todavía más.
Y justo cuando estaba a punto de desaparecer por completo aquella última distancia…
Abrí los ojos.
Oscuridad.
Mi habitación.
3:17 de la mañana.
—No puede ser.
Durante unos segundos permanecí inmóvil.
Mi corazón estaba acelerado.
Respiraba demasiado rápido.
Cerré los ojos.
Error.
Adrián apareció otra vez.
Abrí los ojos inmediatamente.
Me acomodé boca arriba.
Intenté respirar.
No funcionó.
El sueño había terminado.
Mi cuerpo no se había enterado.
Seguía sintiendo calor.
Una tensión profunda en el vientre.
Me moví entre las sábanas intentando acomodarme.
La fricción empeoró todo.
Me quedé quieta.
Ay, no joda.
Sabía perfectamente qué estaba pasando.
Aun así, deslicé una mano bajo la sábana.
La humedad terminó de confirmarlo.
—Mierda.
Retiré la mano.
No.
Ni por el putas voy a hacer esto pensando en él.
Cerré los ojos.
Adrián.
Otra vez.
Su mano.
Su boca.
Su cuerpo pegado al mío.
Estaba demasiado caliente para seguir discutiendo conmigo misma.
Volví a deslizar la mano bajo las sábanas.
Esta vez no la retiré.
Pensé en él.
En la lluvia.
En su respiración.
En la erección que había sentido contra mí.
En lo que el sueño no me había dejado terminar.
Dentro de mi cabeza escuché otra vez su voz.
¿Qué quieres?
Y esta vez respondí.
A ti.
Cuando finalmente conseguí liberar toda aquella tensión, tuve que apretar los labios para contener el sonido.
Mi cuerpo se tensó.
Después cayó completamente relajado sobre el colchón.
Abrí los ojos.
Silencio.
Miré el techo.
—Perfecto, Julieta.
Me tapé la cara.
—Ahora también haces esto pensando en él.
Y ahí estuvo el verdadero problema.
Adrián ni siquiera estaba conmigo.
Y ya había conseguido meterse en mi cama.