Lo que despiertas en mí: La mujer dormida CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Tormenta

Pasaron casi dos semanas antes de que volviera a ver a Adrián.

No es que estuviera contando los días.

Bueno.

Quizá los primeros sí.

Después el trabajo se encargó de devolverme a la realidad.

Un cliente cambió parte de una propuesta que ya estaba aprobada, Mateo amenazó dos veces con renunciar y Camila consiguió salvarnos de un proveedor que pretendía cobrarnos casi el doble por una modificación de último minuto.

Vida normal.

Mi vida.

Adrián aparecía de vez en cuando en mi cabeza, generalmente cuando menos lo esperaba.

Al pedir café negro.

Al revisar los correos de Vértice.

O al escuchar a alguien decir la palabra observar en una reunión.

Ridículo.

También seguía teniendo mensajes de Santiago.

La conversación entre nosotros se había vuelto extrañamente lenta. Él preguntaba cuándo podíamos vernos y yo siempre encontraba algo que hacer.

Trabajo.

Cansancio.

Familia.

Cualquier cosa.

Todavía no sabía exactamente por qué lo estaba evitando.

Lo único que sabía era que ya no me emocionaba la idea de volver a verlo.

Y eso probablemente significaba algo.

El jueves, mamá escribió en el grupo familiar.

Mandó una foto de papá completamente dormido en el sofá, con las gafas puestas y el control remoto sobre el pecho.

Mamá:

El señor que dice que NUNCA se duerme viendo televisión.

Laura respondió con una colección absurda de emojis riéndose.

Papá tardó unos minutos.

Papá:

Estaba descansando los ojos.

Me reí frente al celular.

Laura:

Claro, papá.

Yo apenas alcancé a escribir:

Yo:

Déjenlo descansar los ojos en paz ??.

La respuesta de papá apareció inmediatamente.

Papá:

Julieta, acuérdate de revisar el aceite del carro.

Me quedé mirando la pantalla.

Ese hombre tiene un problema.

Sonreí.

Esa era mi vida.

Trabajo.

Mi familia.

Mis amigos.

Mis problemas pequeños.

Todo seguía exactamente en su lugar.

Y quizá por eso me molestó descubrir que bastaba pensar en Adrián para sentir que algo se movía dentro de ese orden.

El viernes Paula dejó una carpeta sobre mi escritorio.

—Mañana tenemos el segundo evento de Vértice.

Levanté la mirada.

—Lo tengo en el calendario.

—Es formal. Van varios directivos y clientes importantes, así que nada de llegar vestida como si fuéramos a desmontar una feria.

Sonreí.

—Gracias por confiar en mi criterio.

—Confío. Solo me gusta recordártelo.

Volvió a su oficina.

Intenté seguir trabajando.

Mañana.

No sabía si Adrián estaría ahí.

Tampoco iba a preguntarlo.

Eso habría sido ridículo.

El sábado Bogotá amaneció con ese cielo gris que normalmente significa una sola cosa:

lluvia.

El evento era en una terraza cubierta cerca de los cerros y empezaba al final de la tarde, así que el frío iba a ser inevitable.

Como Paula había insistido en que era formal, descarté los pantalones y terminé usando una falda negra que llegaba un poco más arriba de las rodillas, blusa oscura y unas medias térmicas de algodón.

No eran precisamente sexys.

Pero era Bogotá.

Y yo prefería conservar la circulación de las piernas.

Me miré en el espejo antes de salir.

Botas, abrigo, cabello suelto y maquillaje sencillo.

Profesional.

Es un evento, Julieta.

Agarré el bolso.

Solamente un evento.

Llegué cerca del mediodía.

Durante las primeras horas estuve demasiado ocupada para pensar en cualquier otra cosa.

Proveedores, montaje, pruebas de sonido, mesas, iluminación, invitados.

Camila iba y venía con el teléfono pegado a la oreja mientras yo revisaba una lista de producción.

A las cuatro y veinte levanté la mirada.

Y lo vi.

Adrián acababa de entrar a la terraza.

Camisa negra.

Abrigo oscuro.

Hablaba por teléfono mientras caminaba hacia el área principal.

No ocurrió nada extraordinario.

No hubo música.

Ni cámara lenta.

Ni ninguna de esas estupideces.

Mi cuerpo simplemente lo reconoció antes que yo.

Una pequeña contracción en el estómago.

Calor.

Y esa conciencia absurda de que habían pasado casi dos semanas desde la última vez que lo había visto.

Ahí estás.

Bajé inmediatamente la mirada hacia mi lista.

—¿Todo bien? —preguntó Camila.

—Perfecto.

—No te pregunté por el evento.

La miré.

Camila sonrió.

—No empieces.

—No he dicho absolutamente nada.

Seguí leyendo.

Cinco segundos después una voz apareció detrás de mí.

—Hola, Julieta.

Me giré.

Adrián.

De cerca fue peor.

—Hola.

Sus ojos se quedaron sobre mí un momento.

No bajaron descaradamente.

No necesitaban hacerlo.

Había algo en su manera de mirar que hacía que una sintiera que había visto mucho más de lo que realmente había visto.

—Ha pasado tiempo —dijo.

Podría haber respondido algo normal.

Sí.

Un poco.

Cualquier cosa.

En cambio:

—Casi dos semanas.

Adrián levantó ligeramente una ceja.

Mierda.

—No es que las estuviera contando —añadí rápidamente.

Ahora sí sonrió.

Esa maldita sonrisa.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

—Mi cara no hizo absolutamente nada.

—Claro.

Se quedó mirándome.

Yo también.

Durante unos segundos el ruido del montaje pareció alejarse un poco.

Entonces alguien llamó a Adrián desde el otro extremo de la terraza.

Él giró la cabeza.

Después volvió a mirarme.

—Me alegra verte.

La frase me tomó desprevenida.

Y, antes de poder inventar una respuesta prudente, dije la verdad.

—A mí también.

Adrián sostuvo mi mirada un instante más.

Luego se alejó.

Me quedé observándolo.

Muy profesional, Julieta.

Camila apareció a mi lado.

—No voy a decir nada.

—Mejor.

—Pero podría.

—Camila.

Se rió y siguió caminando.

Volví a mi lista.

Por lo menos lo intenté.

A las seis de la tarde Bogotá dejó de amenazar y finalmente cumplió.

La lluvia comenzó con fuerza.

Primero contra los ventanales.

Después contra la cubierta de la terraza.

En menos de cinco minutos el viento empezó a golpear uno de los laterales.

Camila apareció corriendo hacia mí.

—Se está entrando agua por el lateral.

Miré hacia la estructura.

—Voy.

—Manda a alguien.

—Yo sé dónde está el problema.

Agarré mi abrigo y salí.

El viento me golpeó inmediatamente.

La falda se movió con la ráfaga y tuve que sujetarla con una mano mientras avanzaba hacia la estructura.

—Excelente —murmuré.

Corrí hacia la zona lateral.

Uno de los paneles estaba mal asegurado.

—¡Necesitamos reforzar esto! —grité al técnico.

Intentamos moverlo.

El viento volvió a golpear.

—Julieta.

Me volteé.

Adrián.

—¿Qué haces aquí?

—Podría preguntarte lo mismo.

—Trabajo.

—Está lloviendo.

—Gracias por el reporte meteorológico.

Se acercó.

—Deja que ellos lo resuelvan.

—Soy responsable del evento.

—Eso no significa que tengas que hacer personalmente cada cosa.

—Otra vez analizándome.

—Otra vez teniendo razón.

Lo ignoré.

Una ráfaga mucho más fuerte golpeó la estructura.

El panel se movió de golpe.

—¡Julieta!

Adrián reaccionó antes que yo.

Me agarró por la cintura y tiró de mí hacia atrás justo cuando otro de los paneles giró sobre uno de sus soportes.

Escuché un golpe metálico.

Cuando abrí los ojos, estábamos metidos en un espacio estrecho entre la pared exterior y la estructura.

El panel había quedado atravesado frente a nosotros.

—¿Estás bien? —preguntó Adrián.

—Sí.

Miré alrededor.

—Creo.

No estábamos completamente encerrados, pero sí lo suficiente para quedar ocultos de la vista.

Del otro lado se escuchó una voz.

—¡No lo muevan todavía! ¡Primero aseguren la base!

Adrián miró hacia la pequeña abertura que quedaba a un lado.

—Podemos salir por ahí.

Observé el espacio.

Después miré mi falda.

—Con esto no pienso arrastrarme por debajo de una estructura.

Los ojos de Adrián descendieron apenas un instante.

De mis piernas a la falda mojada.

Y regresaron inmediatamente a mi cara.

Lo suficiente para que lo notara.

—No dije nada.

—Tu cara sí.

—Últimamente mi cara habla demasiado contigo.

Iba a responderle cuando otra ráfaga sacudió la estructura.

Adrián volvió a agarrarme.

Esta vez su mano rodeó completamente mi cintura y me jaló hacia él.

Mi cuerpo chocó con el suyo.

Pecho contra pecho.

Mi espalda quedó contra la pared.

Una de mis piernas terminó prácticamente entre las suyas.

Y entonces lo sentí.

Su erección.

Clara.

Dura contra mi pelvis.

Me quedé completamente quieta.

Mierda.

Adrián también.

Su mano seguía firmemente cerrada alrededor de mi cintura.

Nuestros cuerpos estaban demasiado juntos para fingir que aquello no estaba ocurriendo.

Durante unos segundos el resto dejó de existir.

Solo podía registrar su cuerpo contra el mío.

La presión de su erección.

El calor de su mano.

Su respiración demasiado cerca.

Y lo que todo aquello estaba provocando en mí.

Sentí una descarga baja en el vientre.

Después calor.

Una tensión deliciosa entre las piernas.

Adrián seguía sujetándome como si todavía existiera algún peligro del que tuviera que protegerme.

Pero el peligro ya no era la estructura.

Era lo que estaba haciendo conmigo sin siquiera intentarlo.

Tragué saliva.

Durante un segundo absurdo pensé en acercarme un poco más.

No seas idiota, Julieta.

Levanté lentamente la mirada.

Adrián ya estaba observándome.

No sonreía.

Su mandíbula estaba ligeramente tensa.

Su respiración tampoco parecía tan tranquila como siempre.

Eso me gustó.

Muchísimo más de lo que debería.

Él sabía perfectamente lo que yo había sentido.

Y por la forma en que me miraba probablemente también sabía que no me había desagradado.

Su pulgar se movió apenas sobre mi cintura.

Un roce mínimo.

Mi cuerpo reaccionó inmediatamente.

Sentí otra descarga.

Más abajo.

Más caliente.

—Adrián…

Mi voz salió más baja de lo que pretendía.

—Lo sé.

Su voz también había cambiado.

Más grave.

Más cercana.

¿Lo sabes qué?

No pregunté.

Puse una mano sobre su pecho.

Debajo de la palma sentí su respiración.

Su calor.

Su corazón más acelerado de lo que esperaba.

Así que no soy solamente yo.

Esa constatación me produjo una satisfacción completamente inapropiada.

Mis dedos se cerraron ligeramente sobre la tela de su camisa.

Adrián bajó la mirada hacia mi mano.

Después volvió a mis ojos.

Durante un instante ninguno de los dos hizo nada.

Podía sentir todavía su erección contra mí.

Su mano en mi cintura.

Mi cuerpo pegado al suyo.

Y entonces me moví.

Apenas.

Deslicé la cintura un poco, como si solo estuviera intentando acomodarme dentro de aquel espacio estrecho.