CAPÍTULO 4
Adrián Vélez
Conocí a Adrián un martes a las ocho y diecisiete de la mañana.
Lo recuerdo porque a las ocho y dieciséis estaba insultando mentalmente a un proveedor.
—Carlos, necesito esa estructura montada antes de las nueve.
—Julieta, el camión…
—Carlos, no me importa si el camión viene desde Marte. El cliente llega en cuarenta minutos.
Colgué.
—Trato amable.
La voz apareció detrás de mí.
Me volteé.
Camisa negra, pantalón oscuro, cabello corto y barba perfectamente descuidada.
Alto.
Treinta y tantos.
Y una expresión demasiado tranquila para alguien cuyo evento estaba a punto de comenzar sin estructura principal.
—Cuando llegan tarde, sí.
—¿Funciona?
—Generalmente.
—Interesante.
—¿Y tú eres…?
—Adrián Vélez.
Perfecto.
El cliente.
—Julieta Salazar.
—Lo sé.
Eso me molestó.
—¿Nos conocemos?
—No. Pero llevas firmando correos durante tres semanas.
Claro.
—Entonces también sabes que tu estructura todavía no llega.
—Lo sé.
Esperé una queja.
Nada.
—¿No te preocupa?
Adrián observó el salón.
—¿Debería?
—Es tu evento.
—Y tú estás solucionándolo.
No sonrió.
Simplemente lo dijo.
—Qué fe.
—No es fe.
Me miró.
—Es observación.
No supe por qué esa palabra me irritó.
—¿Qué has observado?
—Que desde que llegué has resuelto cuatro problemas que no creaste.
—Es mi trabajo.
—Tu trabajo es dirigir el proyecto. No evitar que todos los demás se molesten.
Me quedé mirándolo.
—¿Siempre analizas a las personas que acabas de conocer?
—No.
—Qué privilegio.
Se hizo a un lado.
—Sigue salvando el mundo, Julieta.
Pasé junto a él.
Arrogante.
Dos pasos.
Pretencioso.
Cinco.
Y demasiado bueno oliendo.
Eso último no era culpa suya.
Pero igual me molestó.
A mediodía Camila apareció con café.
—Toma.
—Te amo.
—No fui yo.
Miré el vaso.
Negro, sin azúcar.
—¿Entonces?
Señaló discretamente hacia atrás.
Adrián estaba hablando con Paula.
—No.
Camila sonrió.
—Sí.
—¿Cómo sabe cómo lo tomo?
—Te oyó decir que si alguien volvía a traerte café con azúcar lo ibas a usar como arma.
Recordé.
—Estaba lejos.
—No tanto.
Tomé el vaso.
Camila hizo una cara.
—¿Qué?
—Nada.
—Camila.
—Está bueno.
—Es cliente.
—Yo no dije que hicieras nada.
—Tu cara lo dijo.
—Mi cara tiene buen gusto.
Me fui.
Pero me llevé el café.
El evento terminó casi a medianoche.
Perfecto. La estructura llegó, la iluminación funcionó y los invitados estaban felices.
Paula me mandó un mensaje:
Buen trabajo.
Eso, viniendo de ella, equivalía a una ovación.
Guardaba mi computador cuando Adrián se acercó.
—¿Ya puedes respirar?
Lo miré.
—¿Qué?
—Esta mañana dijiste que respirarías cuando terminara.
No recordaba haberle dicho eso.
—Supongo.
—¿Comiste?
—Sí.
—Mentira.
Fruncí el ceño.
Él señaló mi bolso.
La misma manzana que había metido allí en la mañana asomaba por un bolsillo.
—Esa pobre fruta lleva todo el día esperando que la mires.
Sonreí a pesar mío.
—No sabía que además de cliente fueras policía alimentario.
—No lo soy.
—Entonces no fiscalices.
—Solo observo.
—Otra vez esa palabra.
Por primera vez sonrió.
Fue apenas una curva en los labios.
Pero le cambió completamente la cara.
Y entonces ocurrió algo bastante inconveniente.
Me pareció muy atractivo.
Muchísimo.
—Buenas noches, Julieta.
—Buenas noches.
Se alejó.
Camila apareció a mi lado como si hubiera estado esperando el momento.
—No.
—No he dicho nada.
—No lo digas.
—Pero…
—Camila.
—Listo.
Guardó silencio exactamente tres segundos.
—Está demasiado bueno.
Me reí.
—Vámonos.
Pero cuando llegué a mi casa recordé su sonrisa.
Y eso me pareció completamente innecesario.