CAPÍTULO 3
Domingo
En mi familia el domingo no es un día.
Es una obligación constitucional.
Puedes tener fiebre.
Una ruptura.
Una crisis existencial.
Probablemente podrías estar huyendo de la policía.
Mi mamá igual preguntaría:
—¿Pero alcanzas a venir a almorzar?
Llegué a las doce y cuarenta.
Laura abrió la puerta.
—Mira quién decidió recordar que tiene familia.
—Qué gusto verte a ti también.
Entré y todavía estaba quitándome la chaqueta cuando mamá apareció desde la cocina.
Me examinó durante un par de segundos con esa mirada suya capaz de detectar anemia, cansancio y malas decisiones sentimentales al mismo tiempo.
—Mija, estás flaca de cara.
—Hola, mamá.
Me acerqué a besarla.
Ella recibió el beso y me sostuvo suavemente por la barbilla para observarme mejor.
—Sí. Definitivamente. Tienes la cara más delgada.
Todos los domingos peso exactamente lo mismo y todos los domingos mi mamá descubre una nueva manera de verme flaca.
—Estoy igual.
—Tú siempre dices que estás igual.
—Porque estoy igual.
—Pues no parece.
Papá apareció desde la cocina secándose las manos con un trapo.
—¿Revisaste el aceite del carro?
Cerré los ojos.
Perfecto. Ya estaban los dos diagnósticos familiares: desnutrición y motor fundido.
—Hola a ti también, papá.
Me abrazó.
—El aceite, Julieta.
—Sí.
Mentira.
Ricardo Salazar llevaba treinta y cuatro años casado con mi mamá y seguía convencido de que sus hijas moriríamos si él dejaba de supervisar nuestros carros.
Laura me miró.
—¿Dormiste en tu casa el jueves?
Me detuve.
—¿Qué?
—Pregunta sencilla.
—Sí.
—Mentirosa.
—Laura.
Mamá levantó inmediatamente la cabeza.
—¿Dónde dormiste?
—En mi casa.
Laura sonrió.
—Finalmente.
—Te odio.
—Yo también te quiero.
Durante el almuerzo mi mamá sirvió comida suficiente para alimentar un equipo de fútbol.
Mi papá habló de un vecino.
Laura habló de una mujer nueva en su oficina.
Yo escuché.
Comí.
Y agradecí esa clase de normalidad.
—¿Cómo va el trabajo? —preguntó papá.
—Bien. Entró una cuenta grande.
—¿Qué hacen?
—Experiencias para marcas. Eventos, lanzamientos, activaciones.
Laura me miró.
—Explícale bien porque papá cree que tú organizas matrimonios.
—Yo nunca he dicho eso —protestó él.
—La semana pasada le dijiste a la tía que Julieta hacía fiestas.
Me reí.
—No hago fiestas, papá. Manejo cuentas corporativas. Presupuesto, estrategia, proveedores, producción, negociación con clientes…
Papá asintió muy serio.
—Eventos.
Suspiré.
—Sí, papá. Eventos.
Laura soltó una carcajada.
Mamá aprovechó el silencio.
—¿Y Santiago?
Maldije mentalmente.
—¿Quién es Santiago? —preguntó papá.
—Nadie.
—El banquero —dijo Laura.
—No es «el banquero».
—Trabaja en un banco.
—Eso no lo convierte en banquero del siglo XIX.
Mamá sonrió.
—¿Es buen muchacho?
—Sí.
—¿Te gusta?
Abrí la boca.
Laura me observó.
Esperando.
—Es buena persona.
Mi hermana dejó el tenedor.
—Otra vez.
—¿Qué?
—Eso.
—¿Eso qué?
—Cada vez que te preguntan si te gusta respondes que es buena persona.
—¿Y qué tiene?
—Que no significa lo mismo.
Mamá intervino.
—Déjela tranquila.
Laura levantó ambas manos.
—Listo.
Pero cinco minutos después me pateó debajo de la mesa.
Le devolví el golpe.
Papá nos miró.
—¿Ustedes cuántos años tienen?
—Ella empezó —dije.
—Treinta años y todavía acusa a la hermana —respondió Laura.
Después del almuerzo ayudamos a mamá a recoger la mesa.
Papá se quedó viendo televisión y Laura anunció que tenía que irse porque había quedado de encontrarse con una amiga.
Yo también había llevado carro, así que salimos juntas del apartamento rumbo al parqueadero.
Laura esperó hasta que las puertas del ascensor se cerraron para mirarme de lado.
Conocía esa expresión.
—Pregunta seria.
Me apoyé contra la pared metálica.
—Cada vez que empiezas así termino arrepintiéndome de haberte escuchado.
—Entonces ya estás preparada.
—A ver.
Laura cruzó los brazos.
—¿Cuándo fue la última vez que un hombre te volvió loca?
Solté una pequeña carcajada.
—No necesito que ningún hombre me vuelva loca.
—No te pregunté si lo necesitabas.
Claro. Desviar la conversación con Laura nunca funciona.
—No sé.
Mi hermana dejó de sonreír.
—¿De verdad no sabes?
Pensé mientras el ascensor seguía descendiendo.
Busqué un nombre.
Un momento.
Alguna noche en la que hubiera perdido la cabeza.
Nada.
Las puertas se abrieron.
Salimos al parqueadero.
Laura apoyó la espalda contra mi carro.
—¿Nunca?
—He estado enamorada.
—Eso tampoco pregunté.
—¿Entonces qué quieres que te diga?
—Que alguna vez quisiste algo tanto que hiciste una estupidez por conseguirlo.
Pensé de nuevo.
No encontré nada.
—No sé.
Laura sonrió, pero esta vez no estaba molestando.
—Eso pensé.
—¿Cuál es tu punto?
—Ninguno. Solo creo que llevas años haciendo todo bien.
—¿Y eso es malo?
—No.
Se acercó y me besó la mejilla.
—Pero debe ser aburridor.
La vi alejarse hasta su carro.
Subí al mío.
Y durante todo el camino a casa la palabra estuvo rondándome.
Aburridor.
Qué hija de puta.
Tenía razón.