Lo que despiertas en mí: La mujer dormida CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

La mujer que resuelve problemas

A las nueve y doce de la mañana del viernes ya quería despedir a tres proveedores y matar a un cliente.

Un día normal.

—Te juro que yo mandé la versión correcta —dijo Camila desde el otro lado de mi escritorio.

—La pantalla mide seis metros.

—Sí.

—La pieza que mandaron mide cuatro.

—También.

Me quité las gafas.

—Entonces explícame dónde metemos los otros dos metros.

Camila se mordió el labio intentando no reír.

—Podemos llamarlo minimalismo.

Mateo levantó la cabeza desde su escritorio.

—Conceptualmente me gusta.

Lo miré.

—Nadie te preguntó.

—Eso jamás me ha impedido participar.

Mateo Rincón era director creativo, tenía treinta y dos años y la extraña habilidad de parecer recién levantado incluso cuando llevaba diez horas trabajando.

Camila, en cambio, era producción pura.

Tenía veintinueve años, era organizada, práctica y mi mano derecha en casi todos los eventos grandes.

Yo dirigía la cuenta; ella conseguía que las cosas existieran, Mateo que se vieran bonitas y Paula que ninguno de los tres se sintiera demasiado orgulloso.

Paula, nuestra directora de cuentas, tenía cuarenta años y la clase de autoridad que hacía pensar que había nacido dirigiendo reuniones.

La puerta de su oficina se abrió.

—Julieta.

Ahí estaba.

—Voy.

Entré con el computador.

Paula no levantó la mirada.

—¿Ya resolviste lo de la pantalla?

—Estoy esperando nueva pieza para las cuatro.

—El montaje es a las seis.

—Lo sé.

—El cliente llega a las siete.

—También lo sé.

Finalmente me miró.

—Por eso te tengo a ti.

Sonreí.

—Qué bonito.

—No es cariño.

—Me parecía raro.

Paula sonrió apenas.

Después giró la pantalla de su computador hacia mí.

—Tenemos una cuenta nueva.

El logo era simple.

VÉRTICE.

—¿Qué hacen?

—Experiencias sensoriales privadas, eventos de lujo, lanzamientos de marca. Tienen clientes bastante grandes.

—¿Presupuesto?

—Bueno.

Ahora sí tenía mi atención.

—¿Qué tan bueno?

Paula mencionó una cifra.

Silbé.

—¿Quién negoció esto?

—Yo.

—Te respeto profundamente.

—Como debe ser.

Se recostó en la silla.

—El socio principal viene el martes a revisar propuesta.

—¿Nombre?

—Adrián Vélez.

Anoté.

No significaba nada todavía.

—¿Algo complicado?

—Exigente.

—Todos son exigentes.

—Este más.

Cerré el computador.

—Perfecto.

Paula sonrió.

—Esa actitud me preocupa.

A la una bajamos a almorzar.

Mateo pidió hamburguesa.

Camila ensalada.

Yo arroz con pollo.

Durante diez minutos hablamos exclusivamente del desastre de la pantalla.

Después Camila dejó el tenedor sobre el plato.

—¿Y el banquero?

Levanté la mirada.

—¿Qué banquero?

—El de la cita.

Mateo dejó de comer.

—¿Tenemos banquero?

—No tenemos nada.

—Habla —dijo él.

—No hay nada que contar.

Camila sonrió.

—Tercera cita.

—Sí.

—¿Y qué tal?

—Fuimos a cenar.

Mateo hizo un gesto impaciente.

—Esa no es la información que pidió la junta directiva.

—No voy a contarles mi vida sexual.

—Entonces fue mala.

Lo miré.

—¿Por qué?

—Cuando el sexo es bueno la gente finge que no quiere contar, pero tiene una cara especial.

Camila asintió.

—Tiene razón.

—¿Y qué cara tengo?

Mateo me estudió durante dos segundos.

—Cara de haber pagado servicios públicos.

No pude evitar reírme.

—Idiota.

Camila volvió a comer.

—¿Vas a verlo otra vez?

Me encogí de hombros.

—Puede ser.

—¿Te gusta?

—Es buena gente.

Mateo dejó inmediatamente la hamburguesa.

—Eso es gravísimo.

—¿Qué?

—Camila preguntó si te gusta y tú dijiste que es buena persona.

Camila señaló a Mateo con el tenedor.

—Exactamente.

—¿Y qué tiene de malo?

—Nada —respondió ella—. Solo que no significa lo mismo.

Los miré a ambos.

—Coman.

Cuando regresé a mi escritorio tenía un mensaje de Santiago.

¿Qué haces mañana?

Lo dejé sin responder.

No porque quisiera hacerme la interesante.

Simplemente no sabía qué responder.

Y por primera vez me pregunté si «es buena persona» realmente era una razón suficiente para seguir acostándome con alguien.