Lo que despiertas en mí: La mujer dormida CAPÍTULO 1
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Lo que despiertas en mí: La mujer dormida

Lo que despiertas en mí: La mujer dormida

Por Cindy Arenas

© inepub.com

CAPÍTULO 1

Los jueves son todos iguales

Los jueves tienen algo sospechoso.

Nunca he sabido exactamente qué.

Tal vez sea porque una ya está cansada de la semana, pero todavía falta demasiado para poder mandar todo a la mierda y esconderse debajo de las cobijas sin sentir culpa.

O quizá sea algo exclusivamente mío.

Los lunes todavía tengo energía del domingo.

Los martes sobrevivo.

Los miércoles empiezo a odiar a la humanidad.

Y los jueves, aparentemente, acepto invitaciones que luego me hacen cuestionar mis decisiones.

Eran casi las nueve de la noche y estaba sentada frente a Santiago en un restaurante de la Zona T, esperando que llegara el plato fuerte de nuestra tercera cita.

Afuera, Bogotá estaba fría y húmeda. Había llovido hacía poco y desde nuestra mesa podía ver el reflejo de las luces sobre el pavimento.

Adentro, en cambio, todo parecía diseñado para convencerme de que aquello era romántico.

Luz amarilla, copas de vino, velas pequeñas y música suave.

Un mesero que llenaba las copas antes de que uno pudiera darse cuenta de que estaban vacías.

No estaba funcionando.

Santiago llevaba casi media hora hablándome de inversiones.

—El verdadero problema es que la gente no entiende el interés compuesto —dijo mientras giraba lentamente la copa entre los dedos.

Lo miré por encima de la mía.

—Claro.

Sí lo entiendo, Santiago.

—Todo el mundo quiere resultados inmediatos, pero construir patrimonio requiere disciplina y tiempo.

Asentí.

También requiere que alguien cambie de tema antes de que yo me lance por esa ventana.

—Tiene sentido —respondí.

Y sonreí como si aquella conversación me estuviera pareciendo fascinante.

No lo estaba.

No porque no entendiera lo que decía.

Soy administradora de empresas.

Trabajo como ejecutiva senior de cuentas en una agencia de marketing experiencial y paso buena parte de mi vida revisando presupuestos, negociando costos, calculando márgenes y explicándoles a los clientes que no pueden pedir un evento de doscientos millones teniendo cien para pagarlo.

El problema no era el interés compuesto.

El problema era que estábamos en una cita.

—¿Nunca has pensado en invertir de manera más agresiva? —preguntó Santiago.

—No demasiado.

—Yo podría ayudarte a organizar un portafolio.

Qué oferta tan excitante.

—Qué amable.

Era atractivo.

Eso había que reconocérselo.

Treinta y tres años, alto, buen cuerpo, camisa blanca perfectamente planchada, reloj caro y dientes demasiado blancos.

Trabajaba en banca privada y tenía esa clase de seguridad que da saber que todos tus zapatos cuestan más que el mercado de una familia durante un mes.

Mi mamá habría dicho que era un buen partido.

Laura, mi hermana, habría dicho que tenía cara de tirar como quien llena una declaración de renta.

Probablemente ambas tendrían razón.

Llegaron nuestros platos.

Santiago pidió carne.

Yo pasta.

Durante unos minutos pensé que la comida conseguiría salvarnos.

Me equivoqué.

—También estoy considerando comprar otro apartamento —continuó—. Para arrendarlo. Los inmuebles siguen siendo una buena manera de proteger capital.

Enrollé pasta en el tenedor.

—Puede ser.

—Depende de la zona, obviamente.

—Obviamente.

Me miró.

—Estás muy callada hoy.

Llevas hablando cuarenta minutos.

—Estoy cansada. La semana estuvo pesada.

—Te entiendo. Yo también he tenido reuniones terribles.

Y empezó a contarme sobre ellas.

Sonreí.

Comí.

Asentí cuando correspondía.

Cuando terminó su carne, Santiago se limpió la boca con la servilleta.

Por primera vez en casi una hora dejó de hablar de trabajo.

—¿Quieres ir a mi apartamento?

Ahí estaba.

El momento que supuestamente había estado esperando durante toda la noche.

Dejé la copa sobre la mesa.

Esperé sentir algo.

Nervios.

Anticipación.

Una pequeña descarga.

Lo que fuera.

Nada.

—Bueno.

Santiago sonrió.

Yo también.

Y eso debió haber sido mi primera señal.

Su apartamento estaba en uno de esos edificios nuevos donde todo parece diseñado para que nadie deje una huella.

Gris, negro, vidrio. Una bicicleta de ruta colgada en una pared porque, aparentemente, algunos hombres ya no guardaban bicicletas: las exhibían.

—¿Quieres tomar algo? —preguntó mientras dejaba las llaves.

—Agua.

Fue hasta la cocina.

Mientras esperaba observé una repisa llena de libros sobre liderazgo, economía, inversiones y desarrollo personal.

Ninguna novela.

Ni una.

No sé por qué eso me pareció importante.

Santiago regresó con una botella de agua.

—Gracias.

La dejé sobre una mesa.

Él se acercó.

Me besó.

No estuvo mal.

Ese era precisamente el problema.

Santiago no hacía nada mal.

Besaba correctamente.

Me tocaba correctamente.

Sabía cuándo acercarse, cuándo retroceder y probablemente había aprendido con exactitud cuánto debía durar un beso antes de mover una mano hacia la cintura.

Todo era correcto.

Perfectamente correcto.

Y yo estaba completamente aburrida.

Mientras me besaba pensé en una cotización que debía enviar al día siguiente.

Después en que Camila todavía no había confirmado al proveedor de sonido.

Después en la presentación que Paula seguramente me devolvería llena de comentarios.

Cuando me di cuenta, Santiago me estaba mirando.

—¿Estás bien?

—Sí.

Siempre decía que sí.

Eso se me daba especialmente bien.

Sí.

Perfecto.

No te preocupes.

Yo lo arreglo.

Claro.

Como quieras.

Terminamos en su habitación.

No ocurrió nada particularmente malo.

Tampoco nada memorable.

Después, Santiago quedó acostado junto a mí con un brazo sobre el pecho.

Yo miré el techo.

Había una lámpara con nueve bombillos pequeños.

Los conté.

Dos veces.

—Eres muy tranquila —dijo.

Giré la cabeza.

—¿Eso es bueno?

—Me encanta.

Claro que le encantaba.

Yo nunca pedía demasiado.

Nunca corregía.

Nunca decía más despacio.

Más.

No así.

Para.

Sigue.

Quiero otra cosa.

Simplemente me adaptaba.

Lo hacía con los clientes.

Con mis papás.

Con mis parejas.

Con prácticamente todo el mundo.

Miré la hora.

—Me tengo que ir.

—Podrías quedarte.

—Mañana entro temprano.

Mentira.

Tenía reunión a las diez.

Me vestí.

Santiago permaneció acostado.

—Te escribo mañana.

—Dale.

Sabía que lo haría.

Y lo peor era que probablemente aceptaría volver a salir con él.

Llegué a mi apartamento poco después de medianoche.

Vivía sola desde hacía casi cuatro años.

El lugar no era enorme, pero era mío.

Había tardado meses dejándolo como quería.

Había plantas, libros, fotografías, velas que compraba y casi nunca encendía, y una cafetera ridículamente costosa que había comprado después de recibir un bono.

Todo parecía pertenecer a una mujer que sabía exactamente qué quería de su vida.

Excepto yo.

Me quité los tacones en la entrada.

Después el vestido.

El brasier terminó sobre una silla.

Fui hasta la cocina usando unos panties negros y una camiseta vieja.

Abrí la nevera.

Nada interesante.

Saqué leche y cereal.

Me senté frente a la barra.

Mi celular vibró.

Santiago.

¿Llegaste?

Respondí:

Sí. Gracias por la cena.

Estuve a punto de poner un corazón.

No lo hice.

Pequeñas victorias.

Seguí comiendo.

Entonces apareció aquella pregunta.

Sin dramatismo.

Sin música triste.

Simplemente apareció.

¿Esto es todo?

Treinta años.

Buen trabajo.

Mi apartamento.

Carro.

Amigos.

Familia.

Hombres.

Sexo.

Vacaciones.

Restaurantes.

Series.

Domingos con mis papás.

Lunes en la oficina.

Martes.

Miércoles.

Jueves.

Otra vez.

Miré alrededor.

No estaba triste.

Eso habría sido muchísimo más sencillo.

No estaba deprimida.

No tenía una infancia terrible que explicara cada una de mis decisiones.

Había crecido rodeada de cariño.

Tenía una vida buena.

Simplemente llevaba demasiado tiempo sin sentir que algo me sorprendiera.

Terminé el cereal.

Me miré reflejada en el vidrio de la ventana.

—Qué drama, Julieta.

Apagué la luz.

Pero antes de dormir volví a pensar en la pregunta.

¿Esto es todo?

No sabía que pocas semanas después iba a estar deseando recuperar aquella tranquilidad.