Lo que despiertas en mí: La mujer dormida CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

La palabra

Durante las siguientes dos semanas Adrián empezó a entrar en mi vida de una manera peligrosa.

No de golpe.

Peor.

Poco a poco.

Un mensaje a las ocho.

Una cena.

Una noche en mi apartamento.

Un café.

Una llamada cuando yo salía del trabajo.

Una foto absurda de un perro durmiendo afuera de una tienda.

Un domingo en que casi llegué tarde donde mis papás porque él no quería dejarme salir de la cama.

Pero yo seguía trabajando.

Seguía viendo a Natalia.

Seguía peleando con Laura.

Seguía viviendo.

Eso hacía que lo nuestro se sintiera todavía más real.

Y en medio de todo estaba aquella palabra.

UMbrA.

No preguntaba todos los días.

No quería parecer obsesionada.

Pero aparecía.

Una noche, mientras Adrián se duchaba, su celular vibró sobre la mesa.

No iba a mirarlo.

De verdad.

La pantalla se encendió sola.

UMbrA — 22:30 / Confirmado

Nada más.

Cuando salió del baño estaba secándose el cabello.

—Necesito volver a preguntarte algo.

Me miró.

—Ya sé qué es.

—Entonces ahórrame tiempo. ¿Qué es UMbrA?

Adrián dejó la toalla sobre una silla.

—Otra vez.

—Sí, otra vez. Vi una notificación.

—¿Estabas mirando mi celular?

—Estaba encima de la mesa y la pantalla se encendió. No revisé nada.

Adrián soltó el aire.

—Es trabajo.

—Siempre dices eso.

—Porque lo es.

—¿Qué clase de trabajo?

Permaneció unos segundos en silencio.

—Uno que todavía no quiero mezclar contigo.

Aquello me molestó.

—¿Conmigo?

—No lo dije bien.

—Claramente.

Se acercó.

—Julieta, no te estoy escondiendo una esposa ni una familia secreta.

—Qué tranquilidad.

Sonrió.

Yo no.

—Te lo voy a contar.

—¿Cuándo?

—Cuando estés preparada.

Esa frase terminó de enfurecerme.

—No decidas cuándo estoy preparada para algo.

Adrián dejó de sonreír.

Silencio.

—Tienes razón.

Eso me desarmó un poco.

—Entonces dime.

—Todavía no.

—Eso contradice completamente lo anterior.

—Lo sé.

Agarré mi bolso.

—Me voy.

—Julieta.

—No estoy haciendo un drama. Mañana trabajo temprano y ahora mismo estoy brava contigo. Prefiero irme antes de que terminemos discutiendo por algo que no vas a contarme.

No intentó detenerme.

Eso también me molestó.

Las mujeres somos complicadas.

Yo especialmente.

El jueves salimos tarde de la oficina.

Un cliente llevaba una hora explicándonos que quería un concepto «minimalista, disruptivo, elegante y económico».

Cuando finalmente se fue, Mateo dejó caer la cabeza sobre la mesa.

—Necesito alcohol.

Camila levantó la mano.

—Apoyo.

Yo cerré el computador.

—Una cerveza.

—Dos —corrigió Mateo.

Terminamos en un bar pequeño.

Durante la primera media hora hablamos exclusivamente de trabajo.

Después de relaciones.

Después de cualquier cosa.

Mateo estaba intentando volver con su ex.

Camila llevaba un mes saliendo con Andrés y por fin admitió que quizá la relación tenía futuro.

—¿Y Adrián? —preguntó ella.

Tomé cerveza.

—Bien.

Mateo me miró.

—Esa respuesta siempre precede un problema.

—No hay problema.

—Entonces tienes una cara muy específica para no tenerlo.

Pensé en UMbrA.

—Hay algo que no me cuenta.

Camila se puso seria.

—¿Casado?

—No.

—¿Hijos secretos?

—No creo.

Mateo levantó una mano.

—¿Culto satánico?

Me reí.

—Esa posibilidad sigue abierta.

No les conté más.

A las diez y cuarto salimos.

Camila pidió carro.

Mateo se fue caminando porque vivía cerca.

Yo pedí el mío.

El conductor está finalizando un servicio cercano.

—Claro que sí —murmuré.

Levanté la mirada.

Y lo vi.

Adrián.

Al otro lado de la calle.

Mi primera reacción fue sonreír.

Incluso levanté una mano para llamarlo.

Pero algo me detuvo.

No sabía qué.

Tal vez la forma en que caminaba.

O que llevaba la chaqueta negra que usaba cuando no estaba trabajando conmigo.

O simplemente esa sensación.

La sensación de estar observando algo que no debía.

Cancelé el carro.

Julieta.

No seas ridícula.

Adrián caminó media cuadra.

Yo lo seguí con la mirada.

Se detuvo frente a una casa antigua.

Ladrillo oscuro.

Ventanas cerradas.

Ningún aviso.

Metió una mano en el bolsillo.

Sacó algo.

Negro.

Rectangular.

El estómago se me apretó.

No puede ser.

La tarjeta.

UMbrA.

La acercó a un lector junto a la puerta.

Una luz cambió de rojo a verde.

La puerta se abrió.

Adrián entró.

Desapareció.

Me quedé quieta.

Durante unos segundos mi cerebro intentó convencerme de que debía irme.

Hice exactamente lo contrario.

Abrí Google.

UMbrA Bogotá

Nada útil.

Empresas.

Una marca.

Un restaurante cerrado.

Busqué:

UMbrA club Bogotá

Nada.

UMbrA experiencias

Nada relacionado con Adrián.

Guardé el celular.

Vete a tu casa.

Eso haría una persona normal.

Pedir otro carro.

Dormir.

Preguntarle mañana.

Di tres pasos hacia la casa.

—Mierda.

Seguí caminando.

Cada paso era una nueva oportunidad para arrepentirme.

No lo hice.

Crucé la calle.

La casa parecía todavía más extraña de cerca.

Elegante.

Impecable.

Silenciosa.

Una puerta completamente negra.

Nada más.

Me acerqué.

Escuché música.

Muy baja.

Miré hacia atrás.

Bogotá seguía funcionando.

Carros, una moto, una pareja caminando, un domiciliario pasando a toda velocidad.

La ciudad no tenía idea de que yo estaba a punto de hacer probablemente una estupidez.

¿Qué haces aquí, Adrián?

Me acerqué a la puerta.

No había timbre.

Solo el lector.

Pensé en marcharme.

De verdad.

Incluso retrocedí medio paso.

Entonces la puerta se abrió.

Me paralicé.

Una pareja salió riéndose.

Un hombre y una mujer.

Treinta y tantos.

Elegantes.

La mujer sostuvo la puerta por educación.

—¿Entras?

El corazón me dio un golpe.

La puerta estaba abierta.

Literalmente.

Solo tenía que dar un paso.

Miré hacia dentro.

Un corredor oscuro.

Luz cálida al fondo.

Madera.

Música.

Un aroma que no conseguí identificar.

Perfume.

Velas.

Tal vez ambas.

La mujer todavía sostenía la puerta.

—¿Señorita?

Podía decir que no.

Podía inventar que me había equivocado.

Podía regresar a mi apartamento.

Esperar que Adrián decidiera contarme.

Pero estaba cansada de esperar a que otras personas decidieran cuándo yo estaba lista para saber las cosas.

—Gracias.

Ella soltó la puerta.

La sujeté antes de que se cerrara.

Mis dedos quedaron alrededor del borde negro.

El corredor estaba frente a mí.

Vacío.

Adrián estaba en algún lugar ahí dentro.

Sentí miedo.

Curiosidad.

Una pequeña descarga de adrenalina.

Y algo más.

La misma sensación que había empezado con una pregunta frente a un plato de cereal semanas atrás.

¿Esto es todo?

Ahora tenía otra respuesta.

No.

Definitivamente no.

Respiré profundamente.

No sabía qué había detrás de aquella puerta.

Lo único que sabía era que, por primera vez en muchos años, no quería que nadie me lo contara.

Quería descubrirlo yo.

FIN DEL LIbrO I