Epílogo #2
Salimos de casa, sí, de nuestra casa, porque poco me importa a mí que la eligiera sola Diana hace años si en tan solo unos meses hemos hecho un hogar con todas mis cosas mezcladas con las suyas, y paramos un taxi en la esquina de la calle.
Es hora punta y, sinceramente, a ninguna de las dos nos apetece meternos en el metro que tiene que estar bastante colapsado.
No es que el tráfico esté mucho mejor, la verdad.
De hecho, está imposible, como siempre, y el taxista farfulla algo sobre Madrid y las prisas mientras Diana me aprieta la mano en silencio para que no haga el típico comentario de cuánto odio yo también el tráfico de esta ciudad.
Habré vuelto a Madrid y me encanta vivir aquí con Diana y tener a mi familia y amigos cerca, pero no van a conseguir que proclame nunca mi amor por la ciudad. Por ellos sí, por el caos no.
Nada más poner un pie fuera del vehículo vemos que Marcos está esperándonos fuera mirando algo en su móvil. En cuanto nos ve se le cambia la cara y ya intuimos que quiere matarnos por llegar tan justas…
—¿Podéis dejar de apurar siempre tanto la hora, por favor? —dice dándonos un abrazo rápido a cada una—. Hugo ya está dentro, vamos.
Diana y yo nos miramos al mismo tiempo y nos sonrojamos como dos adolescentes pilladas porque por mucho que no queramos, siempre nos pasa lo mismo.
—Lo sentimos…
—Sí, sí, lo de siempre.
Aguanto la risa que me da verle quejarse así y le seguimos al interior de los juzgados.
Todas y cada una de las veces que he venido me han parecido extremadamente fríos, algo impersonales y sin ningún resquicio de humanidad en ellos cuando justo lo que se juzga aquí es a humanos.
Nos cruzamos con abogados, acusados, trabajadores y todo tipo de personas mientras vamos a la sala en la que Hugo nos está esperando.
Por razones obvias, no está en la misma sala que el acusado.
No se han visto en todo el juicio porque la policía ha seguido manteniendo que el psicólogo se quitó la vida y no puede participar y todo lo que tienen es previo a ese hecho.
Una mentira como una casa que nos da a todos cierta tranquilidad de saber que, pase lo que pase, ese hombre no va a ir a buscarle.
Nos sentamos en la última fila, esperando el veredicto, y hemos debido de hacer ruido, porque nuestro amigo se gira para buscarnos con la mirada y articular un «gracias por venir» sin pronunciar palabra que las dos correspondemos con una sonrisa y un movimiento de cabeza.
Me voy a saltar toda la parafernalia legal, primero porque no la entiendo muy bien y segundo porque creo que si intentara reproducir algo de lo que dice el juez, lo diría mal.
Tampoco ayuda el tono neutro y monótono que usa.
Venga, hombre, un poco de emoción mientras lee los cargos, que este es un caso importante.
Escuchamos los argumentos finales y aquí llega por fin el veredicto.
Redoble de tambores y… ¡Culpable!
No sé ni cuántos años ha dicho de cárcel, pero son muchos, cientos y nadie vive tanto, así que son suficientes para garantizar que se pudra en la cárcel y pague por todo lo que le hizo a esas mujeres y no volverá a hacer nunca más.
Se acabó.
Diana suelta un suspiro exagerado y yo le cojo la mano aliviada.
Era algo que esperábamos con muchas ganas.
Marcos murmura un «por fin» que solo escuchamos nosotras y Hugo…
Ay, mi niño viene corriendo hacia nosotras con una expresión que no le había visto nunca: pura felicidad, alivio y absoluta paz.
Nos fundimos todos en un gran abrazo que necesitamos y empezamos a reírnos en cuanto nos separamos.
—¡A celebrarlo! —dice Hugo feliz—. Se acabó esta maldita pesadilla.
—Se acabó —repito yo apretando su brazo.
Pues sí, tocará celebrarlo como ha dicho mi amigo y el destino lo tenemos claro porque habíamos reservado mesa en un restaurante cercano por si tocaba brindar por la victoria o por si, en el peor de los casos, necesitábamos un lugar donde llorar juntos por la derrota.
No queríamos estar solos pasara lo que pasara, eso sí que lo teníamos claro.
Caminamos los cuatro comentando cosas del juicio y de cómo hemos vivido estos meses, al menos hasta que Marcos se queja de que no ha desayunado por llegar a la hora y ahora se muere de hambre y sí, ha habido miradita de reproche en nuestra dirección.
Yo sí he desayunado y muy rico, Marc, qué te digo…
Lo de quedar para comer juntos los cuatro ya no es algo excepcional.
Quizás lo fue durante un tiempo porque ninguno terminaba de creérselo, pero ahora se ha convertido en una dinámica casi natural cada semana.
Ya sea ir al cine, quedar para comer o ir a un museo, siempre buscamos huecos para ser parte de las rutinas de cada uno.
Y esto ha funcionado tan bien que aprendí, rápidamente, lo bien que encajaba Diana con ellos y por qué eran amigos en mi ausencia.
Eso sí, me ha tocado aprender bromas internas y escuchar muchas historias de estos tres en mis años en Nueva York. Lo he hecho siempre con una sonrisa porque me alegra que se tuvieran cuando yo no estuve para ellos, la verdad.
Una botella de vino para todos y un buen brindis nada más sentarnos da por inaugurada esta comida de cuatro en la que las emociones están hoy a flor de piel.
Creo que no es solo por la sentencia en sí misma, sino por todo lo que significa, por el año de cambios, por cómo empezó todo…
No sé, es algo que creo que, por una cosa o por otra, vamos a recordar siempre.
—Por cierto —dice Hugo, dando otro sorbo a su copa—, después de un año sigo esperando un gracias, eh.
—¿Gracias por qué exactamente? —preguntamos a la vez.
Ya sé lo que quiere, pero me va a hacer gracia verle llevarse el mérito por esto.
—Por reuniros —responde señalando nuestras manos unidas sobre la mesa—. Mirad cómo estáis ahora. Algo de mérito tendré, ¿no?
—Hombre… —interviene Marcos riendo—, yo diría que con esto te has ganado, como mínimo, ser el padrino de sus hijos.
—Claro que sí, Hugo, una experiencia maravillosa lo que nos hiciste vivir —interviene Diana con bastante gracia—, nos lo pasamos genial pensando que habías muerto.
Una experiencia bárbara, de verdad. Te voy a poner cinco estrellas en la reseña de Google como psicólogo con tus trucos para superar traumas.
—Sí, muy recomendable todo eso de escuchar cintas de un psicópata y tal —añado.
—Minucias —dice negando con la cabeza—. Tiene narices que tuviera que llegar a eso para que os volvierais a encontrar y hablar, chicas.
—Bueno, yo siempre supe que, de alguna manera, íbamos a volver a cruzarnos —dice Diana apretando mi mano—. Y no andaba muy equivocada, aunque podría haber sido de manera menos macabra, la verdad.
—Ya está la mística que cree en el destino —se burla Marcos.
—Cada uno con sus historias, Marcos, tu crees en tu gaydar , ¿no?
—Es que eso existe —se defiende.
Esta es la normalidad entre estos dos que viven picándose constantemente tanto como Hugo y yo, lo que crea dinámicas muy divertidas.
—La verdad es que sí que te voy a dar las gracias, Hugo —digo yo por fin elevando la copa un poco en su dirección—. Y un buen regalo también te haré.
—Genial —dice Marcos, sin perder la oportunidad—. Yo también quiero mi regalo. Te recuerdo que fui yo el que aguantó tus llantitos por Diana durante semanas mientras este vivía en Barcelona.
—Así que hubo llantos e ibas de dura, eh…
Diana me mira con una sonrisa y aquí me va a costar mentirle porque siempre me he hecho un poco más la fuerte de lo que en realidad era.
—Eso es mentira —protesto.
—Eso es generosidad, porque decir que solo fueron llantos cuando me llamabas para preguntar por ella con excusas de mierda y…
—Suficiente —interrumpo lanzándole un hueso de aceituna que pasa rozándole la cara.
—Imbécil.
—Venga, parad ya —dice Diana sin parar de reír ante este espectáculo—. Uno padrino de nuestros hijos y el otro padrino de la boda. ¿Os vale?
¿Acaba de decir…? Lo ha dicho, ¿no?
—¿Ya estáis pensando en la boda?
Gracias Marcos por preguntarlo tú, que ahora mismo estoy en shock con esta persona.
Sí, ha habido comentarios de broma sobre la boda y sí, yo también lo quiero algún día, pero que lo diga tan abiertamente delante de nuestros amigos cuando antes no podía ni saberse que estábamos juntas…
Guau… Vaya cambio, Di, y qué feliz estoy de verlo.
—Algún día habrá boda, chicos, es inevitable —dice encogiéndose de hombros algo sonrojada por su atrevimiento—. No nos adelantemos porque aún no nos hemos puesto de acuerdo ni en el color de los azulejos del baño que vamos a reformar.
—Porque el azul es más bonito —intervengo de inmediato para convencerla de mi postura.
—Te vas a cansar de ese color —dice Diana suspirando.
—Eso no es verdad.
Un poco verdad puede ser y ella me conoce bien como para saber que me suelen cansar las cosas muy llamativas. Menos ella, ella no me cansa ni en un millón de años.
—Lo es.
—No lo es.
—Álex…
—Diana…
Nuestros amigos estallan en carcajadas al mismo tiempo y no me extraña.
Deberían estar más que acostumbrados a estos piques que tenemos a estas alturas.
Piques que se saldan con la decisión de ceder de una de las dos y la verdad es que ni me importa tanto darle el capricho porque al final siempre me gusta lo que elija.
—Definitivamente vais a durar toda la vida —ríe Hugo.
Lo sé, amigo, lo sé y eso es lo más bonito. La certeza de saber que, pase lo que pase, ninguna quiere otra cosa diferente a esa.
El ambiente se va relajando aún más conforme llegan los platos y el vino empieza a hacer su trabajo en nuestros organismos. Me dejo caer contra la cómoda silla, observándolos a los tres mientras discuten sobre qué serie debe ganar este año el Globo de Oro en comedia, y noto una felicidad nueva.