Lo que dejé en Madrid Epílogo #3
100%

Epílogo #3

He aprendido muchas cosas este último año.

Podría decir que ahora sé mucho más sobre el amor, sobre Diana, sobre mis amigos, pero creo que de lo que más he aprendido es sobre mí misma.

Demos las gracias a la terapia por esto último, gran culpable de que ahora sepa gestionar mejor mis sentimientos y las cosas que me ocurren.

También me ha ayudado mucho a pedir ayuda y no tener que seguir creyendo que yo puedo solita con todo.

No hay necesidad de hacerlo sola cuando tengo tanta gente dispuesta a ayudarme.

Empecé a ir a terapia poco después de asentarme en Madrid, no con Hugo —demasiado conflicto de intereses incluso para mí—, sino con alguien que no tenía nada que ver con nuestra historia y que, precisamente por eso, podía ayudarme a entenderla desde fuera.

Y ha sido una de las mejores decisiones que he tomado.

Ahora soy capaz de poner nombre a mis miedos, a mis sentimientos, y de ver mi relación de una manera más clara. Diana también ha seguido con sus sesiones y creo que nos ha venido a las dos muy bien para construir una pareja sana desde el minuto uno.

No somos perfectas, ni mucho menos. Seguimos teniendo piques absurdos, diferencias de criterio y días en los que una de las dos necesita más espacio que la otra. Solo que ahora hablamos las cosas y nos entendemos.

Vaya manera de madurar y crecer, eh.

No quiero otra vida que no sea esta.

Terminamos de comer con una ronda de cafés y una sobremesa bastante larga, de esas que nos gustan a nosotros, y nos peleamos por ver quién paga y quién hace los Bizums correspondientes.

No niego que siempre dejo que Diana gestione esto porque a mí se me suele olvidar hacerlos entre una cosa y otra…

Un descuido tonto porque tengo la cabeza en mil cosas. Perdón a mis amigos por esto.

—Bueno, ¿qué? —dice Hugo que tiene ganas de continuar un rato más—. ¿Os apetece que vayamos a tomar algo?

Diana se gira hacia mí automáticamente, con esa costumbre que hemos adquirido sin darnos cuenta de no hacer nada que a la otra no le apetezca o dar por hecho que nuestro antojo va antes que el de nuestra pareja.

—¿Te apetece? —pregunta con una sonrisa que ya me indica que me deja la decisión a mí.

—Creo que prefiero ir a casa —admito dando un último sorbo a la copa de vino para rematarla—. He tenido suficiente vino para un martes laborable y mañana me arrepentiré cuando me suene el despertador si seguimos bebiendo.

—Sí, mejor —acepta ella cogiendo mi mano y estrechándola—. Yo tampoco estoy para alargar mucho más el día.

—Claro, claro… a casa —dice Hugo poniendo los ojos en blanco—. Seguro que vais a «descansar».

—Sí, a descansar en el sofá viendo una peli y relajarnos en nuestro día libre, el cual hemos cogido por ti, Hugo —recalco.

—Ah, claro, Netflix & Chill entonces —interviene Marcos—. Qué bonito es el amor.

Son dos personas a las que les gusta sacarme mucho de quicio, no hay otra explicación para lo tontos que son.

—Sois idiotas —responde Diana, aunque se le escapa la sonrisa.

—Recordad hidrataros —continúa Hugo que sabe que aún puede picarme un poco más antes de que le mande a la mierda—. Es importante después de… actividades físicas intensas.

—Se acabó, nos vamos —respondo yo levantándonos de la mesa.

Nos despedimos de esos dos, prometiendo hacer algo el finde y luego, cada uno toma su camino. Diana y yo decidimos volver a casa andando porque hace una buena tarde y queremos disfrutar un poco más del día antes de ir a casa. Es un camino bastante largo, no nos importa.

En otra época habríamos cogido el metro, un taxi o lo que fuera para acortar este trayecto.

Hoy, sin embargo, disfrutamos caminando despacio, cogidas de la mano, sin soltarnos ni un momento.

Detalle importante porque es algo que no podíamos hacer la primera vez que salimos y que ahora es lo más natural del mundo cuando vamos juntas.

Aprovechamos para gestionar las tareas de la casa de esta semana y decidir los planes del finde antes de llegar a nuestro pequeño hogar.

Voy a tirarme al sofá en cuanto me quito los zapatos y el abrigo y Diana no tarda ni dos segundos en lanzarse sobre mí, acomodándose en mi cuerpo y apoyando la cabeza en mi pecho.

La rodeo con los brazos y cierro los ojos, sintiendo su peso y su calor. Es una sensación que nunca me cansa.

—Por cierto, se me había olvidado decirte que la semana que viene mi hermano quiere hacer una barbacoa por su cumple —digo cuando recuerdo el plan que se me había pasado completamente.

—Allí estaremos —responde Diana, apoyando la barbilla en mi pecho para mirarme—. Tengo que pasar tiempo con Mario y seguir haciendo honor a mi título de su tía favorita.

—¿Perdón?

—El otro día me dijo que era su tía favorita, lo siento, peque, te he ganado la partida —repite aguantándose la sonrisa para sonar seria—. Me lo dijo muy serio, ¿eh?

—Ni de coña llevo yo años aguantando al mocoso para que me robes el puesto en un año —me quejo.

—Lo siento, cariño.

—No vale.

El puchero que pongo en mis labios es tan exagerado que ella no se puede resistir a besarlo y yo empiezo a no tener quejas de que mi sobrino la haya elegido a ella como su favorita. Tampoco es algo que me sorprenda mucho.

—¿Celosa?

—Mira, ¿sabes qué? Ni me importa —digo al final—. No me extraña nada que ese niño haya quedado prendado por ti. Yo también lo haría. Eres una persona muy fácilmente querible, Di. Qué le vamos a hacer.

Se inclina lo justo para darme un beso corto en los labios, agradecida por mi comentario, y vuelve a acomodarse sobre mí.

—Te quiero.

—Y yo a ti, amor.

Qué fácil, ¿no?

—Entonces, ¿ponemos una peli un rato? —sugiere.

—Pues la verdad es que eso de Netflix & chill me está apeteciendo mucho más ahora…

—¡Álex!

Nada, que no se haga la digna con el golpecito que me da en el pecho porque se está riendo y está pensando, exactamente, lo mismo que yo ahora mismo.

No es mi culpa, está demasiado guapa como para dejarlo pasar.

Nos miramos a los ojos y yo solo quiero volver a repetir lo mucho que la quiero para que le quede muy claro.

Al final, Hugo tenía razón en la comida, aunque no se lo haya reconocido tan fácilmente porque luego se pasa el día echándomelo en cara.

Tiene narices todo lo que ha tenido que pasar para que yo volviera a Madrid y todo lo que él tuvo que dejar en el camino para que nos aguantáramos tanto como para que yo me diera cuenta de lo que tenía delante.

Y lo que tenía delante era a ella.

En su nueva forma más adulta, pero igual de encantadora que la que me enamoró.

Le estaré eternamente agradecida por toda esta historia y sí, probablemente será el padrino de nuestros hijos cuando los tengamos porque no hay duda que los habrá cuando el momento sea el adecuado.

Se merecerá mi agradecimiento siempre, pero, sobre todo, le estaré agradecida a Diana.

Por haber crecido tanto en estos años.

Por haberse convertido en la mujer que es hoy.

Por haber tenido la paciencia de aguantarme incluso cuando yo era una gilipollas.

Por esperarme siempre.

Y por elegirme cada día, igual que yo la elijo ahora porque me ha costado entender que no se trataba de empezar de cero, sino de continuar donde siempre quisimos estar las dos.