Lo que dejé en Madrid Epílogo
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Epílogo

Es curioso cómo cambia la vida en un año.

Hace un año nunca habría pensado que la normalidad sería ver a Diana entrar en la habitación envuelta, únicamente, en una toalla en tono celeste que elegí yo después de pasar media hora en unos grandes almacenes decidiendo qué color iba mejor con nuestro nuevo baño.

Lleva el pelo aún algo húmedo, cosa que me encanta, y anda con una tranquilidad pasmosa teniendo en cuenta el día que es hoy.

Mientras tanto, yo sigo sentada en la cama, con el portátil en mis piernas y la espalda apoyada en el cabecero de piel, repasando unas presentaciones de trabajo que tengo que dejar sí o sí enviadas hoy.

Bueno, tenía que haberlas dejado anoche, pero tuve cita con Diana y me distraje un poquito.

No pasa nada, en la oficina de Madrid están encantados con mi incorporación y siempre me dan margen de varios días para las entregas de proyectos.

—Vamos a llegar tarde —advierte mi chica apoyándose en el marco de la puerta—. Álex, por favor, deja eso ya.

Qué bien suena lo de mi chica y mira que lo pienso casi a diario, pero me sigue sonando nuevo. Levanto la vista hacia ella un segundo, lo justo para comprobar que sigue siendo igual de guapa que hace quince minutos cuando ha dejado huérfana la cama, y vuelvo al ordenador con un suspiro.

—Me falta adjuntar una cosa y enviarlo —respondo copiando dicho archivo lo más rápido que puedo—. Dame treinta segundos, amor.

—Eso dijiste hace diez minutos.

—Detallitos tontos—murmuro aguantándome la risa porque me conoce muy bien.

—Álex…

—Voy, voy —prometo mientras pulso el botón de enviar y cierro el portátil de un golpe antes de dejarlo a un lado—. Ya está, enviado.

Diana se acerca sin decir nada más y, antes de que yo pueda reaccionar, se inclina sobre mí y me planta un beso largo y dulce sobre los labios.

Un beso que dice «buenos días» o que más bien hace buenos todos los días que estamos juntas.

Me derrito un poco en el sitio, lo admito, y cuando se separa me quedo mirándola con una sonrisa juguetona.

—Vamos a llegar tarde —advierto mirándola de arriba a abajo y agarrándola por la cintura—, pero no por mi email, sino por todo lo que te voy a hacer como no te vistas rápido.

Diana se ríe negando con la cabeza y me da un golpecito en el hombro para que me aleje de ella.

—Vete a la ducha ahora mismo o Hugo nos mata como lleguemos tarde —responde mientras se aleja de mí, advirtiendo el peligro que tengo y lo fácil que puede caer ella también en mi trampa—. Yo voy a vestirme mientras tanto y así compensamos tu falta de puntualidad últimamente.

Sacudo la cabeza y me río, omitiendo el hecho de que si llegamos tarde siempre es porque nos liamos más de la cuenta la una en la otra. Nuestros amigos ya están más que acostumbrados, aunque se quejen a veces, pero en el fondo se alegran de vernos así.

¿Cómo no hacerlo si no borramos las sonrisas de nuestros rostros?

Guau, es que ha pasado ya un año… Qué rápido y qué natural ha sido todo.

Un maldito año desde que decidí no subirme a aquel avión con rumbo a Nueva York y, desde entonces, Diana y yo hemos hecho un equipo envidiable.

O lo que es lo mismo, llevamos un año saliendo.

Nos hemos cuidado día tras día, hemos hablado mucho y hemos compartido espacio, rutinas, manías y discusiones.

Sí, llevamos casi un año viviendo juntas.

Nuestros amigos pensaron que estábamos un poco locas por tomar esa decisión, no voy a mentir. Retomar una relación después de cinco años, con todo el historial que arrastrábamos las dos, y además hacerlo mudándonos juntas casi de inmediato… no sonaba precisamente una decisión prudente.

Marcos dijo algo así como que «estábamos piradas» y Hugo dijo alguna frase del tipo «os estáis saltando capítulos del manual de las relaciones». Nuestra respuesta siempre fue la misma. ¿Cuándo hemos hecho nosotras las cosas como se supone que había que hacerlas?

En nuestra defensa diré que al principio fue por una cuestión meramente logística.

Yo dejé mi trabajo en Nueva York para volver a buscarme un hueco en la capital, lo que tampoco fue muy difícil viendo mi experiencia y mi portfolio.

Acostumbrarme a un nuevo trabajo y la vida de nuevo en Madrid hizo que lo de buscar piso se me hiciera un poco bola, lo reconozco, soy de lidiar con un drama cada vez y tenía dos entre manos en ese momento.

Así que mientras tanto, vivía en casa de Diana.

De manera temporal, en teoría.

De manera bastante permanente, en la práctica.

Y aquí es cuando vino la razón más importante de todas para tomar la decisión final.

Una que no tenía nada que ver con lo que se debe o no hacer, con la logística o lo que quisieran nuestros amigos y familiares.

Tenía que ver con nosotras y no era otra que la de tener ganas de recuperar todo el tiempo que hemos perdido sin la otra estos años.

Nos conocemos de sobra como para saber que, aunque cada una tuviera un piso en Madrid, íbamos a dormir juntas la mayor parte de las noches, la ropa iba a volver a convertirse en un elemento compartido para ambas y que las compras las haríamos a medias.

Así que dejamos de fingir que no era lo que queríamos y decidimos vivir juntas de manera más oficial en casa de Diana.

Y sorprendentemente, o quizá no tanto, funcionó bastante bien.

No voy a hacerme la guay, hemos tenido peleas y discusiones, es lógico. Ha habido muchas conversaciones sobre tareas domésticas, límites personales, espacios y miedos que hemos tenido que ir administrando con los meses. Lo más importante es que ninguna de las veces quisimos dejarlo.

Hemos aprendido en este año a seguir eligiéndonos porque, al final del día, nos hacemos felices hasta cuando me ha tirado un cojín a la cabeza un rato antes por no recoger mis calcetines.

Podría decir que la decisión que todo el mundo tildó como locura fue, en realidad, la más coherente que he tomado en mi vida.

—Sal de ahí, remolona —dice Diana entrando en el baño para secarse el pelo—. De verdad que no podemos llegar tarde.

Me río y admito que tiene razón y me he perdido un poco en mis pensamientos. Cierro el grifo a regañadientes y cojo una toalla con el pelo empapado.

—¿Me subes la cremallera, porfa? —pide girándose para revelar parte de su espalda desnuda.

Lo que quiero es quitarle el vestido. Voy a hacer un esfuerzo por contenerme un poquito que luego nos pasa lo que nos pasa. Se pone frente al espejo y yo hago lo que me ha pedido antes de rodear su cintura con mis brazos para pegarla todo lo posible a mi cuerpo.

—Hola —murmuro dejando un beso en su hombro desnudo.

Ella sonríe y pega su mejilla a la mía, encajando a la perfección y sin dejar de mirarme a los ojos a través del reflejo. Vaya ojos, no me voy a cansar nunca. Ojalá el día que tengamos un niño los herede de ti, Di.

—Te quiero, peque.

—Y yo a ti, amor —respondo sin dudar, porque hace mucho tiempo que no las hay, antes de darle un beso en su mejilla y separarme para mirarla mejor—. Estás muy guapa con ese vestido.

Diana se sonroja, como si todavía no se hubiera acostumbrado a que le diga esas cosas, y me empuja suavemente con el codo.

—Anda, vístete ya, por favor.

—¿Y si no me visto? —bromeo inclinándome otra vez para un nuevo beso.

—¡Álex! —protesta poniendo una mano en mi pecho.

Uno nuestros labios una última vez, agarrándola por la cintura mejor para pegarla y profundizar un beso que sé que ella también quiere continuar. Freno en el momento justo en el que se me escapa un bocado en su labio inferior que lo hincha al instante.

—Así tienes más ganas de que volvamos pronto —le digo guiñándole un ojo.

—Te mato… —ríe volviendo a centrarse en el espejo—. Te recuerdo que hemos quedado en los juzgados y luego vamos a comer, así que compórtate y no me tientes más.

—No prometo nada —grito mientras me marcho a la habitación.

Pues nada, outfit elegante porque tengo que ir a juego con mi chica y porque es un día importante para nosotras.

Hemos quedado en los juzgados con Hugo y Marcos porque hoy, por fin, vamos a conocer la sentencia del paciente de Hugo.

Ha pasado un año entero desde su detención y no ha sido precisamente un camino tranquilo hasta llegar aquí.

Declaraciones constantes, testimonios, abogados, rumores…

Hugo lo ha pasado mal y hemos estado muy pendientes de él estos meses porque lo ha tenido que revivir todo una y otra vez ya que su testimonio era clave.

Cuando el caso se hizo público, algo cambió y supimos que la acusación tenía las de ganar.

Empezaron a aparecer otras víctimas. Personas que habían pasado por situaciones parecidas, que habían callado durante años por miedo o vergüenza y que, al ver su foto en los medios, decidieron denunciar.

La historia dejó de ser un caso aislado y se convirtió en algo mucho más grande.

La pelota empezó a rodar cuesta abajo y ya no hubo forma de pararla.

No ha sido como los juicios americanos de las películas, no ha tenido jurado ni discursos grandilocuentes ni giros de guion espectaculares, pero ha estado cerca. Lo suficiente como para que cada notificación judicial nos encogiera el estómago.

Y hoy, por fin, se acaba.

Hoy se dicta sentencia y podemos pasar todos página y volver a nuestras vidas.

—¿Vamos? —pregunta Diana ya con el abrigo y el bolso colgado.

—Vamos.