Lo que dejé en Madrid Capítulo 30 #4
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Capítulo 30 #4

—Lo que quiero decir es que me fui hace cinco años pensando que la distancia iba a borrar todo lo que sentía por ti.

Y obviamente no lo hizo. —Estiro mi mano con cuidado para acercarla a la suya, esperando un breve instante para ver si la aleja antes de cogerla—.

Si no funcionó en aquel momento que estaba enfadada contigo, ¿por qué iba a hacerlo ahora?

¿Por qué marcharme para intentar olvidarte cuando no va a funcionar?

—O sea, que… ¿Solo quieres estar conmigo porque la última vez que intentaste irte no funcionó?

No, imbécil, lo estás entendiendo todo mal.

—Diana, no lo hago por eso —aclaro y decido ser todavía más expresiva con mis sentimientos si es que se puede—.

Quiero estar contigo porque te quiero. Porque te quería cuando no sabía ni lo que significaba querer a alguien de verdad.

Te he querido muy torpemente porque no sabía hacerlo mejor.

Te he querido con mucho miedo. He sido muy inmadura con nuestra relación y puse quizás demasiadas expectativas en que el amor lo podía todo cuando tenía muy pocas herramientas para entenderlo y hacerlo bien.

Soy consciente de que te he querido mal algunas veces, de verdad que lo sé, y me duele admitirlo.

Pero incluso entonces… incluso cuando lo hicimos todo del revés y cuando nos hicimos daño mutuamente, te quería, Diana. Nunca he dejado de hacerlo.

Veo cómo traga saliva, de hecho le cuesta un poco, pero no suelta mi mano. Eso es buena señal, ¿no?

—Álex… Yo… No quiero que te quedes por el recuerdo de lo que fuimos, quiero que quieras estar aquí con nuestra nueva versión —dice y noto que la voz le tiembla un poco—. Te pedí que te quedaras y no podías hacerlo. No te parecía suficiente quererme… ¿Por qué ahora sí?

—Porque me he dado cuenta de que me he dejado llevar por el miedo de que volviéramos a hacernos daño, pero…

¿y si no pasa? ¿Y si nos damos la oportunidad y es lo mejor que hemos hecho?

—admito deslizándome un poco sobre la mesa para acercarme más a su rostro—.

Te dije eso porque elegí no sentir todo lo que tenía dentro y elegí no arriesgar nada.

Me he dado cuenta de que no quiero nada de lo que consiga en la vida o un mega piso en Nueva York si no estoy contigo.

En este punto a mí los ojos se me han llenado de lágrimas porque siento que me estoy abriendo en canal y aun así no sé si todo esto está siendo correspondido. ¿No debería ella darme algún tipo de muestra de cariño a estas alturas? ¿Es ahora ella la que está asustada cual gato indefenso?

—Dime algo, porfa. Mándame a la mierda o lo que sea, pero dime algo —ruego.

—Déjame confirmar una cosa —dice con cuidado removiendo sus dedos entre los míos—. Estás aquí porque… ¿quieres estar conmigo? Como en… estar de salir, de darnos una oportunidad de verdad.

—Sí. —Hasta a mí me sorprende lo segura que sueno cuando se lo digo—. Y no te puedo prometer que no nos peleemos, o que en algún momento haya dudas o la caguemos, porque probablemente lo hagamos. Lo que sí te puedo prometer es que te quiero y que no voy a volver a irme a ningún sitio sin ti.

—¿Y tu trabajo? ¿Tu vida en Nueva York?

—Nunca pensé que diría algo así, pero buscaré otro o hablaremos sobre cómo hacerlo. Eso es lo último en mi lista de prioridades, Di.

—Eso es… fuerte viniendo de ti.

Y ese comentario que en otro momento me habría sentado bastante mal, ahora me hace reír. Una carcajada genuina de esas que solo ella provoca.

—¿Verdad? —pregunto para darle la razón—. Yo solo quiero estar contigo, Diana. Me preguntabas qué hago aquí y lo que hago es elegirte, esta vez para siempre —sentencio.

Diana se queda en silencio unos segundos que a mí se me hacen eternos. Y entonces, sin previo aviso, suelta mi mano y se levanta para marcharse del salón.

La veo alejarse hacia el pasillo y siento cómo todas las dudas que había conseguido acallar vuelven en tromba sobre mí.

Genial, Álex.

Muy bien.

Has hablado, te has abierto en canal, le has prometido el mundo… y ahora se pira sin decir nada. ¿Qué esperaba?

Agacho la cabeza, derrotada, con la sensación de haber llegado demasiado tarde otra vez. Respiro hondo y contengo las ganas de romper a llorar porque lo último que me apetece es que me vea así.

Al menos quiero irme con algo de dignidad, así que me levanto para salir de aquí por patas cuando algo me golpea la cabeza y me deja confusa.

—Ay —murmuro por puro reflejo.

Cojo lo que sea que me ha caído encima y frunzo el ceño al reconocer lo que tengo entre mis manos. Es una sudadera gris exactamente igual que la que lleva puesta Diana ahora mismo. No entiendo nada así que levanto la vista hacia ella, completamente descolocada.

—¿Qué…?

Diana se cruza de brazos, mirándome con una sonrisa en su rostro.

—Eres tonta, peque —Ay, me ha dicho peque, eso es buena señal—. No la tiraste cuando te fuiste, siempre he tenido yo las dos sudaderas.

—¿Las dos? —repito, todavía sin entender nada.

—Te fuiste tan rápido que te dejaste la mitad de tus cosas por el camino —continúa como si fuera obvio mientras da un paso para acercarse a mí.

—¿Y… por qué la guardaste? —pregunto en voz baja alucinando con que haya guardado esto tantos años.

Se encoge un poco de hombros, como si le diera vergüenza admitirlo.

—Supongo que siempre tuve la esperanza de que volvieras de alguna manera —confiesa agachando la cabeza sonrojada—.

No sabía cómo, ni cuándo, ni si iba a pasar de verdad…

pero no quise deshacerme de ella. Por si acaso…

No sé, me recordaba a un viaje muy bonito y no quería olvidar esos buenos momentos.

Bueno, pues ya no hay manera alguna de contener las lágrimas.

—Diana…

Nos quedamos de pie, tan cerca que casi puedo sentir su respiración mezclarse con la mía. Mis ojos bajan a sus labios porque de verdad necesito besarla para confirmar lo que esta sudadera significa.

—Te quiero —digo con la voz rota y un nudo bastante grande que no me va a dejar decir mucho más.

—Yo también te quiero —responde.

Por fin.

Las palabras más celestiales que he escuchado en mi vida han llegado procedentes de sus labios. Los mismos que me muero por besar como la primera vez y que no tardan en unirse a los míos cuando es ella la que rompe la poca distancia que queda entre nosotras.

Un beso que sabe a primera vez y también a sal por las lágrimas que hace rato que resbalan por nuestras mejillas, aunque poco nos importan a estas alturas. Las prioridades claras y solo me voy a separar de ella en caso de asfixia.

Joder, es que no tiene nada que ver con los besos de días anteriores, este es… especial. No sé ni cómo explicarlo, todo lo que sé es que me está sanando de mil maneras nuevas las heridas de hace años.

Apoyo la frente en la suya al separarnos, aún recuperando el aliento y la miro a los ojos para confirmar que puedo volver a besarla.

Lloramos mientras nos besamos, sin vergüenza, sin contención, agarrándonos como si por fin hubiéramos entendido que soltarnos nunca fue la solución. Mis manos tiemblan al rodearla mientras las suyas me aprietan la espalda con una necesidad nueva.

—No me voy a volver a ir, de verdad —susurro contra sus labios.

Diana me abraza con fuerza, enterrando la cara en mi cuello, y siento su respiración descompasada junto a su risa ahogada entre lágrimas.

—Lo sé.

Aquí, mirándola a los ojos una vez más, entiendo que durante años he pensado que lo que dejé en Madrid fue una etapa mal cerrada de mi vida, una ciudad llena de demasiados recuerdos y una versión ingenua de mí misma que lo hizo todo mal.

Me he pasado cinco años convencida de que había huido de un lugar, cuando en realidad huía de una historia.

De LA historia.

Porque lo que dejé en Madrid fue la mejor historia de amor que he tenido nunca. Una que nos quedó grande por el miedo y que dejé a un lado por cobarde.

Y durante mucho tiempo he creído que eso era algo que no se podía recuperar, que algunas historias solo pasan una vez y que lo de Diana era algo inalcanzable.

Estaba equivocada y mira que siempre me ha jodido no tener razón, pero cuánto me alegro haber fallado con esto porque lo que dejé en Madrid fue el amor de mi vida y ahora lo he recuperado.