Capítulo 30 #3
Y para rematar mi momento de duda que cada vez es mayor y está haciendo que se tambalee la poca fuerza de voluntad que tenía yo respecto a esta decisión, la canción llega a su fin y la voz de Taylor dice algo que va a cambiar todo mi pensamiento.
Me parece un poco de persona imbécil, porque no tengo otro nombre, que una canción, y una escena muy melancólica y de película en el aeropuerto, me haya hecho entender que no quiero que mis miedos definan mi vida, ni las cosas que odio o las que me persiguen en mitad de la noche.
No, yo quiero que me definan las risas, las cosas que amo y que me hacen bien.
Tengo que dejar la sensatez y la prudencia absurda a un lado y darle la razón a esta jodida canción. Se acabó dejar de agarrarme a una supuesta madurez para marcharme.
¿Me he escondido en decisiones racionales para sentirme segura?
¿Voy a ser feliz así? ¿Siendo prudente?
Hay una diferencia abismal entre estar bien y estar feliz y ese abismo es rubio y tiene el nombre de Diana, aunque haya intentado convencerme de que no.
Este es el momento en el que decido que no quiero definirme por lo que me asusta.
No quiero que mi vida sea una sucesión de decisiones tomadas para no sufrir.
No quiero que el miedo sea lo que trace mis límites, lo que decida hasta dónde llego y a quién dejo fuera de mi vida solo por no arriesgarme.
¿Qué clase de vida sería si lo hago?
Si soy honesta conmigo misma de una vez por todas, si dejo de mentirme a mí y a los que me rodean, la cosa está clara y sé a quién quiero.
Llevo enamorada de ella media vida, la verdad.
Es ella la que siempre aparece en mis sueños, en mis proyecciones de futuro y en todos mis momentos de debilidad. Es el nombre de Diana el que he evitado pronunciar en todo este tiempo porque, en el fondo, sabía que si lo hacía no habría vuelta atrás.
Y es que ahora mismo no quiero que la haya.
A tomar por culo Nueva York, la estabilidad de vida y la versión funcional de mí misma que aprendió a no necesitar a nadie. Porque sí necesito a Diana.
No quiero mirar atrás en unos años y darme cuenta de que la perdí por ser gilipollas y marcharme una segunda vez.
Que le den a seguir huyendo.
Que le den al miedo.
Tiro el café en la primera papelera que encuentro y cojo mi maleta para recorrer el camino inverso que he hecho hace un rato y salir de aquí cuanto antes para pillar el primer taxi que se cruza en mi camino.
El chico me mira extrañado cuando me subo sin aliento, y es que me he hecho la terminal casi corriendo tirando de la maleta, por lo que mi corazón está algo alterado. Bueno, y por lo que he decidido.
Voy a por Diana.
Y creo que es la cosa más clara que he tenido en años, pero eso no significa que tenga ni la más mínima idea de qué coño voy a hacer ahora que ya he abierto los ojos.
Porque una cosa es saber que quiero a Diana y otra muy distinta es plantarme en su puerta después de haberle dicho, no hace ni unos días, que me volvía a Nueva York.
Empiezo a darle vueltas a todo lo que podría decirle, y ninguna opción me convence del todo.
Lo último que quiero es que piense que soy una maldita veleta que cambia de opinión cada cinco minutos y espera que el mundo se adapte a sus vaivenes.
No quiero que piense que no tengo las cosas claras, que hoy sí y mañana no, que mi miedo manda más que cualquier promesa que pueda hacerle.
Lo último que quiero es hacerle más daño del que ya le he hecho creando ilusiones para luego marcharme.
¿Le digo que me asusté? ¿Que fui una cobarde? ¿Que necesitaba irme para darme cuenta de que no podía hacerlo sin ella? Todo suena a excusa barata cuando lo ensayo mentalmente.
Todo suena a alguien que llega tarde… y en el fondo entendería que me dijera que sí que llego tarde.
Y no hablo solo de estos días, sino de años tarde por no haber lidiado antes con esto.
Al fin y al cabo tomé una decisión y ahora me tengo que atener a las consecuencias, aunque quiero creer que esto va a salir bien.
Porque tiene que salir bien, ¿no?
Eso me han enseñado los libros y las cientos de películas que he visto durante toda la vida, que el amor lo puede todo y bla bla bla… De verdad que necesito que sí que lo pueda todo y pueda hasta con lo imbécil que he sido, como dirían mis queridos Marcos y Hugo.
—Son cincuenta y cinco euros.
Joder, qué caros están los taxis en Madrid.
Mira, Diana, como me rechaces después de este pastizal van a estar rotos mi cartera y mi corazón.
Y para haber tomado la decisión más importante de mi vida y morirme de ganas de decírselo a la cara, lo cierto es que me tomo con calma lo de recorrerme el edificio y coger el ascensor que me lleva a su planta.
Minutos que incluso alargo más cuando estoy frente a su puerta y tengo que respirar hondo en varias ocasiones para calmarme.
Venga, Álex, llama ya.
Ding, dong.
Y luego, el silencio. La nada más absoluta porque nadie me abre la puerta. Adiós a mi escena romántica de Diana lanzándose a mis brazos y besándome.
—Genial, Álex —murmuro para mí misma—. Eres una auténtica gilipollas.
Me apoyo en la pared del rellano y dejo caer la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos con frustración. Claro que no va a estar esperándome. ¿En qué momento he pensado que esto funcionaba así?
Yo me piro pero pretendo que esté en casa, disponible para mi cambio de opinión, como si yo fuera el centro del universo.
Brillante plan, de verdad.
Pues nada, tocará irme a un hotel o a casa de Marcos otra vez y decirle que quiero hablar con ella. La que me van a dar Marcos y Hugo cuando sepan esto…
—¿Álex?
Levanto la cabeza y veo a Diana apoyada en la puerta de entrada mirándome sin entender nada. Genial, a la mierda todo mi plan porque me ha pillado aquí autocompadeciéndome.
—Diana…
—¿Qué haces aquí?
¿Ha sonado… triste? ¿Es que no se alegra de verme? Me está haciendo dudar y aún no he abierto la boca para hablar. No me gusta esta sensación…
Doy un par de pasos para colocarme frente a ella y es cuando reparo en que sigue llevando la misma maldita sudadera de la foto que ha subido a Instagram y que me ha traído hasta aquí.
—Diana, por favor —digo atropelladamente—. ¿Podemos hablar?
—Álex… —empieza, y suena cansada—. No sé si es buena idea.
Ahora es cuando me fijo en sus ojos y noto que están algo hinchados y que su rostro muestra el cansancio de estos días.
—Lo sé —respondo para que vea que entiendo su posición, pero de verdad necesito una oportunidad de que me escuche—. Y no te voy a pedir nada más que cinco minutos. De verdad. Solo… no quiero decirte esto en el pasillo. Porfa…
Veo las dudas. Veo el miedo. Veo la incertidumbre…
¿Es así como se ha sentido ella cada vez que ha intentado hablar conmigo?
Sus ojos se deslizan hasta mi maleta y luego vuelven a mí. Ahora que lo pienso, esa maleta puede hacerla creer que solo vengo a despedirme una última vez antes de irme a Nueva York. Tendría que haber pensado este plan un poco más porque… ¡Que no! Que lo de pensar siempre me sale mal.
—Pasa —dice finalmente, haciéndose a un lado—. Cinco minutos, Álex.
Vale, cinco minutos, es todo lo que necesito.
Diana va hacia el salón y el silencio que se instala entre nosotras es bastante incómodo. Ella calla porque no sabe qué esperar de mí y yo callo porque no sé qué decirle. Dejo la maleta en la entrada y yo la sigo hasta ver que se sienta en el sofá a mirarme fijamente.
—¿Qué haces aquí, Álex? —vuelve a preguntar.
Gran pregunta, Di.
Aún doy un par de vueltas más al salón para aclarar mis ideas. Los nervios me traicionan y, en lugar de decir algo coherente, lo primero que se me ocurre es una tontería.
—Yo ya no tengo esa sudadera… —suelto señalando la prenda de ropa que tenía en la foto y que sigue vistiendo ahora mismo.
—No me sorprende —responde apartando la vista—. Dejaste bastante claro que todo lo que tenía que ver conmigo o con nosotras no era algo que quisieras tener.
No es un reproche. Es la pura verdad y yo no puedo ni intentar rebatírselo.
—Lo siento —murmuro, sin saber muy bien por qué, pero necesitándolo.
—¿Por qué exactamente, Álex?
Me acerco despacio y, en lugar de sentarme en el sofá a su lado, me dejo caer en la mesita baja que hay frente a ella, quedando a su misma altura. Estiro la mano para elevar su mentón y que me mire a los ojos.
Ese verde imposible que nunca he sabido describir bien.
Es un verde lleno de matices, como si guardara dentro todas las versiones de Diana que he conocido y las que aún no. Y, sinceramente, es que quiero conocerlas todas y ver el mundo a través de ese verde.
Creo que, sin haberlo sabido, siempre he estado buscando ese color en todas partes. En otras ciudades, en otros cielos, en otras personas… Y nunca estaba. Nunca era igual porque nunca era ella.
Nunca era la vida que tendría con Diana.
—Álex, porfa, dime lo que sea y…
—Te quiero —interrumpo.
Diana suspira y no dice nada. Porfa… reacciona, rubia, que me va a dar algo.
—Eso también lo pensabas hace unos días y te fuiste igualmente.
Ouch.
Razón tiene y noto que está dolida, con lógica. Pues nada, me toca ser un poco más explícita y dejarle claro lo que pasa aquí.
—Me fui porque soy gilipollas. —Y contra todo pronóstico saca un mínima sonrisa en ella que me da el valor que necesito para confiar en mí misma con todo esto—.
Siempre has sido tú, Diana, por mucho que yo me haya negado a verlo y por mucho que me haya intentado convencer que no lo eras yéndome a la otra punta del mundo.
—¿Qué me estás queriendo decir con esto, Álex?
Yo también querría una confirmación clara de mis intenciones.