Capítulo 30 #2
Ojalá me entendieran y ayudaran a calmar mi mente en lugar de a hacer que se agite aún más como un avispero.
¿Es posible sentirse tranquila y a la vez en la mierda más absoluta?
Porque me siento un poco así estos días, siendo sincera.
En fin, después de doblar tres veces la misma sudadera que me voy a llevar para el avión y de asegurarme de llevar el pasaporte, creo que no tengo más excusas para seguir aquí perdiendo el tiempo antes de irme.
—Chicos… Ahora sí, hora de irme —anuncio colgándome el bolso al hombro.
Se levantan y vienen hacia la entrada de la casa para la despedida y, spoiler : se nos dan muy mal a los tres.
Yo nunca sé qué hacer o qué decir, Marcos se siente incómodo y hace bromas absurdas que no vienen a cuento, mientras que Hugo esquiva las miradas.
Toda la vida siendo así y esta despedida no va a ser diferente.
—¿Seguro que no quieres que te acompañe al aeropuerto? —ofrece Hugo una última vez.
Niego despacio. Agradezco el gesto, pero solo lo va a hacer más difícil.
—No, creo que es mejor que nos despidamos todos aquí.
Hugo asiente y no vuelve a insistir. Creo que a estas alturas ha pillado que discutir cuando tengo las decisiones tomadas es perder el tiempo. Marcos es el primero en abrir los brazos para que me lance a él.
—No tardes otros cinco años en volver —dice contra mi pelo, con la voz un poco más vulnerable de lo habitual—, y cuídate mucho.
—Vosotros también, chicos.
Y ahora me toca ir a por Hugo, lo cual es aún más extraño teniendo en cuenta todo lo que ha ocurrido en las últimas semanas.
—Gracias por todo, Hugo, de verdad, me has ayudado mucho con todo lo que has hecho —murmuro contra su oreja.
—Cuídate, chiqui —responde estrujándome aún más en sus brazos—. Y recuerda no volver a perderte a ti misma.
—Lo intentaré.
Porque no le puedo prometer que no me pierda en el camino de volver a centrarme en la vida y recuperar la paz y tranquilidad que había vuelto en las últimas semanas y que parece haberse esfumado de nuevo desde que compré mi billete de avión a Nueva York.
—Os quiero chicos.
—Y nosotros a ti, aunque seas un desastre emocional con patas.
No podía faltar la bromita de Marcos.
Sacudo la cabeza y me marcho antes de echarme a llorar de verdad.
Todo se siente tan diferente de la última vez que me fui…
Quizás porque esta vez ha habido un aviso, ha habido despedidas, abrazos y…
Y no me voy enfadada con Diana. Punto importante esto último para notar la diferencia de mood en el que me voy.
Creo que las dos veces he sentido tristeza en lugar de alivio o felicidad por marcharme.
Es curioso cómo el cuerpo es capaz de llevarte de nuevo al pasado incluso cuando tu cabeza se niega a aceptarlo, ¿verdad?
Si no es por eso no entiendo por qué me siento así, con este mix de sentimientos que no tratan solo de este momento, sino de lo que ocurrió anteriormente.
Hace cinco años me fui completamente rota y triste.
Llena de rabia por la sucesión de acontecimientos que no supe gestionar y ella mucho menos.
Era incapaz de pensar en volver a verla porque si lo hacía, probablemente la perdonaría.
Arrancarla de mi día a día era la única manera de superarla, o eso pensaba.
Ahora es distinto y a la vez no.
¿Tiene sentido?
Esta vez no me voy porque haya perdido a Diana, al contrario, la había encontrado en el mejor momento. No… Me voy para evitar que, en algún momento, pueda volver a sentirme justo como en ese momento y tenga que volver a huir.
Me voy a ir voluntariamente a pesar de la pena que siento.
Una pena… menos física y más profunda. La última vez no podía parar de llorar de impotencia, de rabia, de incomprensión… Lloraba porque lo perdía todo. Y ahora sigo triste, incluso más que en aquel momento, pero no lloro porque sería decepcionarme a mí misma por la decisión que he tomado.
Cinco años dan para mucho y he cambiado bastante de la niña que era cuando me fui de aquí, eso es innegable.
Ya no soy la chica impulsiva que dejaba que sus emociones tomaran el control de su vida.
De hecho… si ahora pasara el incidente con Diana en la graduación, la entendería.
Porque en ese momento, no se trataba de mí.
Se trataba de su miedo y sus sentimientos.
Tenía que haberle dado amor y comprensión y dejar de exigirle que me quisiera en público o como yo consideraba que era correcto.
—Señorita, hemos llegado.
El conductor del Uber se baja del coche para sacar mi maleta de la parte trasera del coche. A mí me cuesta un poquito reaccionar porque estoy demasiado metida en mi cabeza antes de abandonar el vehículo.
Ni siquiera lo majestuoso del edificio de la terminal que siempre me ha gustado ahora me importa. Es que no me remueve nada en absoluto. Será porque todo mi sistema emocional ahora mismo está centrado en una sola cosa. Bueno, persona.
Sí, la-que-no-debe-ser-nombrada.
Volvamos a llamarla así si quiero poner de nuevo la barrera entre nosotras de alguna manera.
La cola del control de seguridad es larga y me está dando una pereza terrible.
Ya podrían poner aquí las máquinas nuevas que no te hacen sacar los líquidos de la maleta porque es un tremendo incordio todo este trámite de deshacer aquí todo lo que has guardado muy bien en tu casa.
Por no hablar de quitarse la chaqueta, las botas, el cinturón, sacar el portátil… esto no se acaba, madre mía.
De verdad, no ayuda nada a mi paciencia y mi intento de estar segura con mi decisión que el universo esté haciendo que tarde ocho años en llegar a mi puerta de embarque.
Rescato todas mis cosas al otro lado de la cinta y me consuela que al menos hoy no me ha tocado el control aleatorio de drogas, que para ser aleatorio siempre me toca…
En fin, lo que sí que tengo claro es que necesito un café calentito que me haga sentir mínimamente funcional y me ayude a mantenerme despierta durante el viaje y así combatir el jet lag cuando llegue. Hago la cola en un Starbucks y me pido un especial que tienen ahora de calabaza con nata.
Perfecto.
Ahora sí me puedo sentar tranquilamente a esperar mi puerta de embarque mientras escucho música. O eso creo yo, porque el universo está hoy gracioso y la primera canción que me pone es Daylight de Taylor Swift.
El timing es terrible y la pasaría si no fuera porque está prohibido saltarse una canción de Taylor. Sea el disco que sea.
Si la música no colabora, esperemos que el agujero de las redes sociales lo haga.
Abro mi cuenta de Instagram y paso un par de stories de gente que no me importa mucho.
Veo un desayuno bien iluminado, un perro adorable, cinco anuncios, una frase motivacional que me dan ganas de denunciar por obvia e intensa… y entonces aparece.
Diana.
Tardo un segundo en recordar que la volví a seguir, que en algún momento impulsivo —o valiente, o estúpido— decidí hacerlo, y que ahora eso tiene consecuencias.
Esta es una de ellas y es verla tan guapa en mi pantalla cuando yo todo lo que quiero es no pensar en ella.
Es una foto simple. No hay pose estudiada ni intención aparente de enseñar nada mas que lo que se ve. Diana está tirada en el sofá, medio de lado, con el sol entrando por la ventana y dibujándole sombras en la cara e iluminando sus ojos perfectamente.
Guapísima.
Y… ay, no. Lleva puesta la sudadera gris.
No una cualquiera, no. La maldita sudadera que nos compramos a juego en Roma porque nos hacía gracia ir iguales.
Creo que yo tiré la mía cuando deshice mi armario antes de escaparme a Nueva York y ella la sigue teniendo.
No solo la tiene, sino que la usa justo después de que le haya roto el corazón.
Es masoquista esta persona.
Y como ya he dicho, el universo tiene un sentido del humor gracioso y aquí es cuando suena la parte de la canción que dice que la cantante rubia no quiere mirar a nadie más ahora que la ha visto a ella y que no quiere pensar en nadie más ahora que ha pensado en ella.
Te entiendo, Taylor, creo que estamos igual.
¿Quiero ver a alguien más que a Diana en mi vida? ¿Quiero pensar en otra persona como pienso en ella? Aunque quizás deba preguntarme mejor si sería capaz de hacerlo. Como bien está cantando mi amiga íntima Taylor, llevo cinco años sumergida en una noche muy oscura y acabo de ver la luz con ella.
¿Estoy perdiendo la cabeza si dejo pasar el tren de Diana? Vuelvo a abrir la foto y la examino una vez más fijándome que está en el sofá donde, hace no tanto, dormía abrazada a ella. Aquí es cuando empieza a invadirme la sensación de estar observando una vida a la que ya no pertenezco.
Una vida que seguirá su curso si subo a ese avión y a la que no tendré derecho a volver una vez más. Porque la vida te puede dar una segunda oportunidad, pero una tercera… es difícil.
Llamémoslo casualidad, destino o crueldad, pero la canción habla de Nueva York y de verlo ahora todo mucha más claro.
Y pasa a la analogía de los colores que tanto usa en sus canciones la compositora para admitir que pensaba que el amor era de color rojo, en parte todos los pensamos, pero resulta que es dorado.
Tan dorado como la melena de Diana, de hecho.
Joder. La maldita canción se ha colado en cada resquicio de mi ser y no puedo dejar de relacionarla, de alguna manera, con Diana y conmigo.