Lo que dejé en Madrid Capítulo 30
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Capítulo 30

Mándame a l a mierda

Hacer la maleta no es un trámite que me haya gustado nunca.

Siempre dudo, echo mil «por si acasos» y todo lo que se pase por mi cabeza que pueda ser útil para cualquiera de los posibles escenarios que mi cabeza ha adelantado.

Y, sin embargo, nunca ha sido una experiencia tan incómoda como en este momento.

Esta vez la culpa no es de la ropa, ni de las implicaciones que tienen que esté guardando todo ahí dentro.

No, esta vez es porque tengo a Hugo y a Marcos plantados en la puerta de la habitación mirándome como si fuera un mono de feria haciendo un truco especialmente decepcionante.

Supongo que en parte sí que les estoy decepcionando con mi decisión.

Lo siento, chicos, os pensáis que soy una chica mucho más valiente de lo que soy. ¿Qué le hago?

—¿Podéis dejar de mirarme así? Me siento como en un zoo —protesto mientras guardo una camiseta en la maleta—, y me estáis poniendo de los nervios.

—Te estamos haciendo compañía porque la última vez que saliste corriendo no supimos cuándo ibas a volver —recalca Marcos dejando claro todas mis malas decisiones del pasado—, así que perdónanos por aprovechar el tiempo juntos.

Madre mía, cómo están.

—También estamos evaluando todo esto —interviene Hugo, cruzándose de brazos.

—¿Evaluando el qué? —pregunto resoplando y sabiendo que me voy a arrepentir de hacerlo—. ¿Mi técnica de doblado de camisetas? Porque os informo que es impecable.

—No, estamos evaluando el momento exacto en el que te vas a arrepentir —dice ahora Marcos.

A tomar por culo.

Me giro y le lanzo la camiseta que tengo entre las manos a la cabeza. No acierto, pero me he quedado más a gusto al hacerlo.

—De verdad —insisto por no sé cuanta vez hoy—. Parad con este tema. No voy a cambiar de opinión.

Llevan todo el día taladrándome la cabeza con el temita Diana.

—Nos ha quedado claro —dice Hugo, suspirando triste—. Hemos pasado por todas las fases y estrategias posibles: convencerte con algo súper razonado, tirando de emociones, de nostalgia, un poco de chantaje, metáforas de pacientes, de mi propia vida… Y nada.

—Te has dejado la estrategia de decirle que es gilipollas por hacer esto —completa Marcos—. Esa es mi favorita. Muy zen. Muy «haz lo que quieras con tu vida, pero luego no llores».

—Gracias por el apoyo —mascullo.

—Para eso estamos —responde Hugo que está dispuesto a tensar la cuerda todo lo posible con este tema—. Amigos hasta el final, aunque en este caso el final incluya que, otra vez, salgas huyendo en un avión para adormecer tus sentimientos al otro lado del charco.

—¡No estoy huyendo! —Un poco sí, pero no se lo voy a reconocer. Me giro hacia ellos con otra camiseta en la mano y se agachan cuando piensan que voy a volver a tirársela. Ahí han estado graciosos—. Estoy tomando la decisión adulta y responsable que tenía que tomar por mi bien.

La decisión irracional sería quedarme aquí por amor y dejarme llevar sin pensar que estaría dejando toda mi vida de los últimos años por ella.

—Claro —dice Marcos con un tonito de burla evidente—. Adultísima la decisión. Responsabilísima diría yo.

—Te ha faltado «emocionalmente madura» como excusa —añade Hugo—. Eso siempre suma puntos de culpabilidad después.

Me tienen hasta las narices los dos.

—Os recuerdo que no he pedido vuestra opinión.

—Efectivamente, no la has pedido, y aún así te la vamos a seguir dando gratis y sin éxito porque, total, para el caso que nos haces, por lo menos nos echamos unas risas entre nosotros —dice Marcos.

—Mira, es que resulta que estamos agotados de tu actitud, así que como no nos quedan nuevos argumentos que sacar, hemos decidido pasar a la fase de comentarios pasivo-agresivos y humor.

Ahora es Hugo el que se hace el gracioso.

La gracia en el culo tienen, la verdad.

—Exacto, ahora ya solo nos queda observarte y esperar a ver cuándo te pegas la hostia tú solita.

Resoplo y me dejo caer en la cama, mirando el techo e ignorando el hecho de que no he terminado aún de hacer la maleta. Me jode que estén en este plan porque en lugar de hacerme fácil lo de marcharme, me lo están complicando por momentos.

—Chicos… Me voy a ir y ya, porfa, colaborad.

Porque de verdad necesito un mínimo de apoyo con este tema.

Por mucho que Hugo me pidiera que me lo pensara, no lo he hecho.

Le prometí considerarlo y en el fondo sabía que no iba a hacerlo porque pensar en esto no es sentarse tranquilamente a valorar opciones lógicas como haría en mi trabajo.

No, sentarse a pensar en Diana es entrar en una espiral complicada que nadie más entiende porque no ha vivido nuestra historia.

Pensar es recordar, es anticiparse a las posibilidades, es imaginar futuros posibles a lo Doctor Strange y es, sobre todo, revivir el pasado con nitidez.

Así que no, no me lo he pensado porque no tengo fuerzas para enfrentarme a mí misma.

Y mientras yo he estado lidiando con todo esto, o más bien no lidiando con ello, Hugo ha vuelto poco a poco a su vida.

Eso sí, modo perfil bajo. Es todo lo que le ha permitido el comisario Herrera.

No es poco después del tiempo que ha pasado solo en Barcelona, de hecho, este es el motivo por el que me he quedado unos días más en la ciudad.

Necesitaba sentir que cerraba el círculo con los tres otra vez juntos antes de volver a mi vida.

Lo he conseguido cuando han dejado el tema de Diana a un lado. Ahora que lo pienso, mucho decirme a mí sobre el temita, pero no sé nada de ella desde que me fui de su casa. ¿Habrán hablando ellos con Diana? ¿Sabrán cómo está? Porque lo último que quiero es que ella lo pase mal por mi culpa…

—Álex, lo hacemos por tu bien.

Y lo que hacen los muy perros es irse a la cocina a hacerse un café calentito antes de sentarse en el salón.

Gracias por el apoyo, chicos. Yo también os quiero.

—Oye —digo, intentando sonar tranquila mientras dejo mi maleta ya cerrada en el hall de entrada—, ¿cómo está Diana con todo esto?

Hugo y Marcos comparten una mirada sospechosa. El caso es que ninguno de los dos responde a mi pregunta.

—¿Hola? —insisto—. Os he hecho una pregunta bastante clara.

—Depende —responde Marcos encogiéndose de hombros.

—¿De qué? —pregunto ya a la defensiva.

—De si realmente quieres saberlo y si estás lista para la respuesta —responde Hugo, dándole un sorbo al café con demasiada calma para mi gusto.

—Claro que quiero saberlo. No seáis así…

—¿Cómo? —dice Marcos, levantando la vista del móvil—. ¿Personas que no van a meterse en medio de algo que tú misma has decidido ignorar?

—No estoy pidiendo un análisis emocional profundo sobre su estado —replico de mala gana—. Solo… saber cómo está.

—Pues si quieres saber cómo está, escríbele.

Joder, tengo a los amigos más simpáticos.

—Ah, no. Venga ya. No empecéis con eso…

—¿Con qué? —pregunta Marcos con un tonito de burla evidente—. ¿Con sugerir una acción lógica y adulta como comunicarte directamente con la persona implicada en esto?

—No me habléis como si yo fuera idiota —digo, cruzándome de brazos—. Sabéis perfectamente por qué no le escribo.

—Sí —asiente Hugo—. Porque tienes miedo.

—Y porque eres gilipollas.

—Sois unos cabrones —concluyo.

—Eso también —dice Marcos.

—No es justo —murmuro—. No podéis hacerme esto ahora.

—Álex —dice Hugo, bajando un poco el tono, sin llegar a ceder ante mi petición—, nadie te está haciendo nada. Tú has tomado una decisión. Y las decisiones vienen con consecuencias.

—Además —añade Marcos—, si te tranquiliza saberlo, no se ha metido en una secta, ni se ha ido a la otra punta del mundo.

—Ni se ha teñido.

—Qué alivio —respondo seca ante la falta de respuestas que no sean modo vacile.

—Pero no está bien. Y eso tampoco debería sorprenderte.

No está bien…

No debería sorprenderme, lo sé. Sería absurdo esperar otra cosa después de cómo me fui, después de lo que le dije y después de lo que no pude prometerle.

—Vale —digo al cabo de unos segundos, fingiendo una entereza que no siento—. Ya está. Mensaje recibido.

—No te estamos diciendo esto para joderte —dice Hugo con calma al notar mi tono de pique por su respuesta—. Te lo decimos porque es la verdad. Y porque fingir que todo está bien no ayuda a nadie. Ni a ella, ni a ti.

—Especialmente a ti —recalca mi querido Marcos—. Que eres experta en convencerte de que estás bien cuando claramente no lo estás.

—Gracias, doctor Freud —respondo rodando los ojos.

—De nada —dice él—. Para eso están los amigos: para decirte lo que no quieres oír justo antes de que hagas una estupidez monumental.

Como vuelvan a decirme que marcharme es un error, una estupidez o cualquiera de los cien sinónimos que se han aprendido hoy, juro que los mato.

—No es una estupidez —protesto.

Yo no sé por qué sigo intentando que me entiendan a estas alturas.

—Si no lo es, tampoco es que sea una decisión que te esté haciendo bien.

Ahora mismo me tienen tan harta que es que no quiero ni mirarles a la cara porque, aunque decidiera que tienen razón, no me da la gana de darles esa victoria con lo pesados que están.

—Álex, escríbele y habláis otra vez para ver si…

—No puedo escribirle, chicos —interrumpo antes de que sigan por ese camino y aquí voy a ser muy clara, a ver si así lo entienden—. Si lo hago… no voy a poder irme.

Tan sencillo como eso.

—Entonces supongo que ya lo tienes claro.

—Sí.

Mentira.

Les dejo ahí mientras voy a recoger las pocas cosas que me quedan porque por más que intento mantener conversaciones tranquilas con ellos, no hay manera de que todo no gire en torno a Diana y mi marcha a Nueva York.