Lo que dejé en Madrid Capítulo 29
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Capítulo 29

La-que-n o-debe-ser-n ombrada

Al aceptar la propuesta de Marcos de quedarme unos días en Madrid decidí que iba a poner a un lado todos mis sentimientos por Diana y disfrutar del tiempo que estuviera aquí con los míos.

Creo que lo he aprovechado de la manera más sana posible, o al menos lo he intentado.

He ido a visitar a mi familia y he tenido que mentir un poco ante la inevitable pregunta de «¿y esta visita sorpresa a qué se debe?

». Decir que he revivido a mi amigo de entre los muertos está feo, así que me excusé con un nada convincente «tenía cosas que resolver de la herencia de Hugo».

Mentir nunca ha sido lo mío y Lucas lo sabe, lo que pasa que me quiere lo suficiente para fingir que se traga esa historia y no hacer más preguntas.

He recargado las pilas a base de tardes en el parque con Mario y también de pasar mucho tiempo con Marcos, más del que hacía años que no compartíamos.

Podría decirse que hemos pasado demasiado tiempo juntos y no en el mal sentido, solo que se ha dedicado a hacer todo lo posible por distraerme, como si fuera una niña de cuatro años, con cualquier cosa para que no piense en ella.

Sí, en ella, porque vuelve a ser la-que-no-debe-ser-nombrada.

Hemos desayunado juntos casi todos los días.

Luego yo me he ido de compras mientras él trabajaba y le volvía a ver a la salida de su oficina para ir a comer o para planear qué película nos tocaba cada noche antes de ir a ver a mi familia.

Todo sería muy idílico si no fuera porque en el fondo de mi cabecita hay un pequeño ser maligno que me hace preguntarme cómo estará ella después de nuestra conversación.

No he tenido ni una sola noticia suya. No sé si le ha escrito a Marcos.

Si lo ha hecho, él está bien calladito y lo agradezco porque no suele respetar mis decisiones y lo está haciendo.

En parte porque se lo pedí yo misma al saber que me quedaba aquí.

No quería tener cerca la opción de volver a caer en ir a verla si sabía que estaba mal o algo.

Mientras tanto yo estoy aquí tirada en el sofá de mi mejor amigo, esperando que se digne a aparecer para entretenerme un poquito.

Hoy toca pedir pizza porque ninguno de los dos queremos cocinar.

No es por vagueza, al menos no por mi parte, sino porque estoy muy cansada y no físicamente.

Cojo el móvil para distraerme un rato en el agujero que es TikTok y pego un bote en el sitio cuando veo la notificación que tengo en la pantalla.

Hugo ¿Puedes hacerme un favor, chiqui?

Esta persona es increíble. No sé nada de él desde que estuvimos en Barcelona. Me dice que no podemos contactarle ni nada y ahora aparece a pedir favores. ¿Se lo voy a hacer? Obviamente, pero a ver qué quiere primero.

Álex Dime, Hugo. ¿Todo bien?

Hugo Sí, sí. No es nada grave. Pero necesito una cosa de mi piso para la investigación. ¿Te importaría pasarte un momento?

Hace unas semanas me habría negado, pero ahora que sé que no se murió en ese piso, lo veo con otros ojos. Ya no hay escalofríos de pensar que es mío o de que perdí ahí a mi mejor amigo, así que supongo que si le ayudo podrá volver cuanto antes.

Álex Claro. Dime qué necesitas.

La burbuja de los tres puntitos aparece y desaparece varias veces antes de obtener el mensaje final.

Hugo En mi despacho tengo una carpeta azul con el nombre del paciente. Está detrás de una pila de libros de psicología. Necesito que la cojas y me mandes una foto de la primera página. Es MUY importante.

Álex ¿Te hace falta ya?

Hugo Sí, cuanto antes. Pooooooorfa.

Álex Voy ahora mismo.

Total, para estar aquí esperando a Marcos, al menos así ayudo a Hugo y me entretengo un rato.

En cuanto pongo un pie en la calle maldigo el frío que hace. Estaba tan calentita bajo la manta que el contraste ha sido notable. Aligero el paso para entrar en calor porque Marcos y Hugo no viven muy lejos y un paseíto no me vendrá mal para despejar la cabeza un poco.

Irremediablemente pienso en la última vez que estuve en ese piso.

¿Con quién? Pues con ella, es que por mucho que yo intente evitarla, aparece en todos lados.

Mira, justo en ese restaurante tuvimos nuestra primera cita cuando empezamos a salir y…

Joder, otra vez. No hay manera de borrarla.

Y ya verás cuando entre al piso donde solo he estado con ella…

Ya podría haberle pedido el favor a Diana.

¡Que no digas su nombre!

Maldita guerra que lucho con mi cabeza desde hace días con este temita.

El tacto de la barandilla metálica en mi mano hace que recuerde que estoy a unos metros de llegar al apartamento de Hugo.

Camino unos últimos pasos hasta un rellano desértico y busco la llave en mi bolso antes de abrir la puerta.

Huele a cerrado y es que nadie ha estado aquí desde que la policía lo registró.

Enciendo la luz del pasillo y me dirijo al despacho porque, aunque Hugo no muriera aquí, tampoco me apetece pasar más tiempo del necesario en el lugar donde Diana y yo nos peleamos la primera vez que me fui en la segunda versión de nuestra historia.

Jesús, vaya lío llevamos, ni una telenovela sáfica de las buenas.

Empujo la puerta del despacho y…

—¡Hola!

Pego un bote en cuanto escucho esa voz y casi me caigo al suelo al tropezar con el mueble de al lado de la puerta. Me llevo la mano al pecho, preocupada por mi pobre corazón que no sé cómo no se ha escapado de mi pecho.

—¡Hugo! —exclamo cuando asimilo que es él de verdad quien está aquí—. ¿Eres imbécil o qué? ¿Qué coño haces sentado ahí como si fueras un puto fantasma? ¡Casi me matas, joder!

Yo sufriendo y él se está riendo a carcajadas por mi reacción.

Vuelven a mí los impulsos asesinos que sentí en Barcelona cuando le veo como si nada en la silla de su escritorio, como si nunca se hubiera ido.

Mira, hoy no se libra. Camino hacia él, con el corazón aún en mi garganta y, en cuanto le alcanzo, le suelto una colleja en la cabeza.

—Te juro que te mato —me quejo intentando darle otro golpe que esta vez esquiva—. Te mato, te entierro yo solita, y luego te resucito para matarte otra vez del asco que te tengo.

—Cuánto cariño —se burla él, levantándose con una gran sonrisa—. Perdón, pero merecía la pena verte la cara de sorpresa.

A pesar de que quiera matarle, me lanzo a abrazarle cuando está de pie, con tanta energía que casi le tiro de espaldas. Se las apaña para mantener el equilibrio a duras penas y corresponder el abrazo y apoyar la barbilla en mi cabeza como siempre hace.

—¿Qué haces aquí? —pregunto cuando por fin me separo lo suficiente para mirarlo.

—Se acabó, Álex.

—¿Cómo que «se acabó»? —pregunto sin creerme lo que insinúa—. ¿Significa eso que…?

—Sí, que lo han detenido por fin —anuncia con una gran sonrisa—. Se acabó.

Doy un salto de felicidad en el sitio antes de lanzarme hacia él y enganchar su cuello entre mis brazos. Hugo se ríe por mi reacción

—Cómo me alegro, Hugo —murmuro contra su hombro—. Joder, no sabes la paz que me da saber que esto se acaba y que vas a volver. Y… no solo eso, sino saber que has ayudado a muchas mujeres a que no les pase nada más.

—No cantemos victoria antes de tiempo —me advierte algo más serio—. Queda un juicio muy largo por delante. Hemos hecho lo más difícil, sí, pero aún tenemos que esperar a ver la sentencia.

—Todo va a salir bien.

Me siento rara siendo yo quien esta vez intenta asegurarle por primera vez en nuestra vida que algo va a ir bien. Él sonríe con un brillo especial en los ojos, el de alguien que sabe que puede volver a su vida y dejar atrás unos meses horribles. En ese momento, frunce el ceño y me mira extrañado.

—Oye… ¿y Diana? —pregunta con total naturalidad.

Vaya por Dios, ya ha tenido que nombrarla. ¡Que no se dice su nombre, tío!

Le miro sin tener muy claro qué responder o cómo responder más bien. No tarda en notar que mi reticencia a responder a una pregunta tan básica esconde algo detrás.

—¿Qué pasa? —insiste—. Pensaba que vendríais las dos juntas cuando te escribí. Quería daros la noticia juntas.

Hugo, para, que no me estás poniendo nada fácil contarte esto.

Especialmente porque le conozco y sé que me va a dar una charla que no me va a gustar sobre la decisión que he tomado.

Doy dos pasos hacia atrás y me dejo caer en el sofá de su despacho, sin pensar que es el mismo en el que Diana y el maldito paciente han pasado muchas tardes contando sus problemas.

—Álex… —pregunta acercándose preocupado por mi actitud—. ¿Qué has hecho?

—No he hecho nada… —miento.

Tecnicamente ese es el puto problema, que no he hecho «nada».

—Suena exactamente a lo que siempre dices cuando has hecho algo—responde él cruzándose de brazos—. Álex, dime la verdad.

Se va a enterar tarde o temprano de lo ocurrido, mejor que esta vez sea al menos yo la que le dé la noticia, que para eso soy la que ha tomado la decisión de marcharse otra vez.

—Se acabó —digo finalmente.

—Sí —responde Hugo rodando los ojos—. Se acabó lo del paciente, la investigación, el escondite… eso ya lo hemos celebrado. Ahora estamos hablando de vosotras dos —señala el espacio vacío a mi lado—. ¿Qué está pasando?

Para lo listo que es no lo está pillando, bueno, o no quiere pillarlo.

—Lo que está pasando es que se acabó, Hugo. Me vuelvo a Nueva York —respondo sin darle más vueltas, aunque no puedo esconder la tristeza en mi voz.

—¿Qué? —pregunta cuando asimila lo que acabo de decirle—. ¿Cómo que te vuelves así, sin más? ¿Qué ha pasado?

—Ha pasado lo que tenía que pasar cuando nos hemos parado a hablar—respondo, frotándome la frente. Por favor, que alguien me saque de aquí —. Y… y se acabó. No hay más que decir.

—Álex… en Barcelona estabais en una nube —dice Hugo sentándose a mi lado e intentando entender mi mente. ¿Cómo vas a hacerlo cuando ni yo lo hago, amigo?—. Os mirabais de una forma… Vaya, es que no tenía duda de vuestros sentimientos y ahora, ¿se acabó?

Yo también vi esas miraditas, Hugo. Y peor, las sentí.