Lo que dejé en Madrid Capítulo 28
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Capítulo 28

¿Qué co ño hago ?

Ha sido una despedida taaaaan tensa.

Demasiado tensa para lo que debería haber sido, aunque tampoco podría ser de otra forma conociéndonos.

El aire estaba cargado de culpa, de nostalgia y de…

pena. La más absoluta pena que, especialmente, ella ha tenido en su rostro.

Ha intentado disimularlo, mantenerse firme y que yo no viera lo mucho que le estaba rompiendo el corazón.

Eso ha durado hasta que le he dicho adiós y he dado el primer paso hacia la puerta.

En ese momento, el brillo de sus ojos se ha intensificado y su mandíbula ha empezado a temblar, anticipando un llanto que ni yo quiero ver, ni ella quería que se produjera frente a mí.

Ha tirado de pura fuerza de voluntad y no ha llorado, lo que yo agradezco.

Por lo que la conozco, sé que en cuanto se ha cerrado esa puerta blanca que ahora nos separa, se ha derrumbado por completo.

Tanto como estoy a puntito de hacer yo ahora si no fuera porque me he apoyado contra la pared del pasillo, incapaz de avanzar un metro más.

Me siento mal.

Mal es poco, estoy en la mierda.

No solo por el daño que ahora soy yo la que le está haciendo a Diana, sino por todo lo que no he sido capaz de decirle y por no intentarlo como ella me ha pedido que lo haga.

No sé si he hecho bien, no sé si he hecho mal, solo sé que duele demasiado para seguir sola torturándome con mis pensamientos.

El problema es que no puedo volver a llamar a esa puerta que sigue a mis espaldas esperándome.

Si lo hago, si veo otra vez esa cara y esos ojos llorosos, no voy a ser capaz de mantener en firme ni una sola de mis decisiones y ahora mismo estoy demasiado hecha polvo para arrastrarla conmigo a ninguna indecisión y duda de mi cabeza.

No.

Lo mejor es irme de aquí.

Activo mi versión autómata y, sin saber exactamente hacia dónde ir, ni qué hacer con mi vida, echo a andar calle abajo.

Solo entonces caigo en la cuenta de que no tengo hotel al que volver.

Ir a casa de Lucas tampoco es una opción ahora mismo porque tendría que darle muchas explicaciones.

Volver a Nueva York está en la ecuación, seguro que hay algún vuelo, lo que pasa es que…

no tengo la fuerza mental hoy para enfrentarme a un avión.

¿Qué coño hago?

Si Hugo estuviera aquí al menos podría ir a llorarle por lo que acabo de hacer y…

¡Marcos! Eso es. ¿Cómo no he caído antes?

Puedo decirle de quedar para contarle todo lo de Hugo.

Se lo debo después de habernos aguantado con todas nuestras teorías y conspiraciones.

Sí, eso es. Es la excusa perfecta para distraerme un poco y dejar de darle vueltas a lo de Diana.

Saco el móvil del bolsillo y busco su contacto en favoritos antes de que me arrepienta de lo que voy a hacer. Por suerte, Marcos no tarda ni dos tonos en responder.

— ¡Hola, Álex! —Su voz suena alerta, como si ya supiera que algo no va bien—. ¿Qué pasa?

Cierro los ojos un segundo y decido que lo mejor es ir directa al grano.

—¿Te viene mal quedar ahora, Marc? —pregunto, intentando que no se me note el dramita que estoy viviendo—. Quiero hablar contigo.

— ¡Sin problema! —Hace una pausa que indica que ha pillado al vuelo mi humor—. ¿Ha pasado algo?

—No, solo quiero verte un rato para hablar de… algo.

¿De que tu mejor amigo está vivo? Mejor lo dejamos como «algo», sí.

Hay un silencio al otro lado de la línea y sé que Marcos acaba de activar el «modo mejor amigo» y está pensando en todo lo que ha podido pasar entre los cuatro mensajes que he ido mandándole estos días dándole largas a quedar o a contarle cosas sobre Hugo.

— A ver, pregunta obligatoria antes de quedar: ¿te has peleado con Diana o te has acostado con ella?

—Mierda, si es que no se le pasa nada a este tío.

Otro como Hugo que las ve venir de lejos.

Y mi silencio debe de ser toda la respuesta que necesita antes de seguir hablando—.

Buah… Lo sabía. Sabía que esto iba a pasar desde que te vi en el hospital con ella.

—Marcos… —murmuro, agotada.

Lo sabías tú, lo sabía ella, lo sabía yo, lo sabían los súper, los Pokémon, el suelo, las paredes… ¡Todo el mundo, Marc! ¡Todo el mundo!

—¿ Qué pasa? Estoy orgulloso de que te hayas dejado de tonterías y te hayas dejado llevar —dice riendo, aunque a mí todo esto me está haciendo entre cero y nada de gracia, lo que le indica que debe parar—. Vale, vale, ya veo que no estás de humor… ¿Estás bien?

—Sí… no… no lo sé —admito dubitativa—. Pero no quiero hablar de eso ahora. Ha pasado, sí, pero… quiero contarte otra cosa más importante y que te va a alegrar la vida.

Agradezco que no me haga un interrogatorio ni sobre Diana, ni sobre lo que sea que quiera contarle, simplemente acepta.

— Vale. ¿Dónde quedamos?

—En la cafetería esa que tanto te gusta, la de las mesas vintage —respondo comprobando en el GPS que no me pilla mal dando un paseo—. Te veo ahí en media hora.

— Perfecto —responde encantado—. Te invito yo, Álex, pero a cambio me cuentas lo de Diana.

—No tardes, Marcos.

Le cuelgo ignorando su comentario sobre Diana y ya arrepintiéndome de esta decisión.

Tengo media hora para recomponer mis emociones y aclararme antes de tener que explicarle a Marcos todo lo que ha pasado.

Es que va a alucinar cuando sepa lo de Hugo.

Bueno, y lo nuestro… Es que soy capaz de visualizar su cara y cómo va a dramatizar un poco el hecho de que nos haya mentido.

No le culpo, yo quería pegarle a Hugo todo el rato.

Lo de explicarle lo de Diana ya será otra historia…

No tenía pensado hablar de este tema tan pronto.

De hecho, no tenía pensado hablarlo ni mañana, ni dentro de una semana.

Es más, puede ser que no lo hubiera contado en absoluto porque reconocer todo lo que ha pasado es reconocer lo que siento y lo que estoy dejando a un lado.

Marcos me va a poner su cara de «te lo dije» y yo voy a querer que la tierra me trague un día más mientras me hace preguntas y, especialmente, me aniquila cuando le diga que me vuelvo a Nueva York sin ella.

Otra vez.

Y cada vez que me doy cuenta de que voy a volver a poner miles de kilómetros entre nosotras no puedo evitar preguntarme si he hecho lo correcto con esta decisión.

Veo a Marcos esperando en la puerta de entrada con los brazos cruzados y la mirada fija en mí conforme me acerco.

Ni siquiera me sorprende que haya llegado antes de tiempo; siempre ha tenido esa habilidad para llegar pronto a los sitios.

En cuanto acorto los últimos metros que nos separan, lo abrazo.

Un abrazo bien fuerte porque de verdad que necesito que alguien me consuele y me arrope para hacerme sentir mejor.

—Esto no es buena señal —dice cuando nos separamos.

—Hola a ti también —respondo intentando sonreír.

Deja un beso en mi mejilla y me arrastra al interior de la cafetería sin decir nada más.

La tregua de paz que me está dando solo dura hasta que llama a la camarera y pide dos cafés bien cargados y un par de tostadas para que las compartamos como hacemos siempre.

Ahora ya sé que no tengo escapatoria porque ha quitado de la ecuación todas las posibles distracciones que pudiéramos tener, o lo que es lo mismo, todas mis posibles escapatorias para evitar la conversación que él quiere tener y que a mí me apetece más bien poco.

—Venga, empieza a cantar ya. ¿Qué ha pasado? —dice sin rodeos, removiendo su café con la cucharilla—. Si tardas más de tres segundos en responder, voy a asumir que tiene que ver con Diana.

¿Cómo le digo esto? ¿Suelto un «me he acostado con Diana y ahora no sé qué hacer con mi vida» ¿Lo suavizo? ¿Lo dejo para después de lo de Hugo?

—Marcos… —suspiro.

—Mírame a los ojos —pide, señalándose los suyos—. Vamos. ¿Te has peleado con ella? ¿Os habéis acostado? ¿Os habéis peleado después de acostaros? ¿Has huido? ¿Ha huido ella? ¿Ha llorado alguien? ¿Has llorado tú? Bueno, vale, tú no lloras, ya me entiendes…

—¿Puedes no ser así de imbécil durante cinco minutos? —gruño, aunque una parte de mí agradece su torpeza para hacer todas esas preguntas con bastante gracia.

—¡Yo lo intento! Y tú no me lo pones nada fácil —responde haciendo un gesto inocente con sus manos—. Venga, di algo.

Vamos allá. Abro la boca y no sale nada. Mi cuerpo no parece tan predispuesto como yo de mencionar todo lo que ha ocurrido. Vuelvo a intentarlo y nada.

Inhalo.

Exhalo.

No sé cómo hacer esto y no ayuda tener a Marcos mirándome expectante.

—Vale, te ayudo yo porque veo que, si no, no avanzamos —dice cuando ve que no sé por dónde empezar—. ¿Habéis vuelto? ¿Os habéis liado? ¿Ha pasado algo que no querías? ¿Ha pasado algo que sí querías? Dame una pista. Algo. Un verbo. Un adjetivo. Por tu madre, Álex, dime algo.

—No quiero hablar de eso ahora, Marc.

Ya está. Es que es mejor no hablarlo si no me sale.

—¿Cómo que no? —protesta indignado por cómo me voy a cerrar en banda—. ¡Pero si literalmente me has llamado para hablar de «algo»! Y el noventa por ciento de las veces el «algo» es Diana.

—Marcos, por favor —pido con las manos tapando mi rostro.

—Nada de por favor, cuéntame qué ha pasado con Diana.

Se está picando y desesperando a la vez con mi actitud. ¿Me sorprende? Cero. Porque le encanta tener todo cuando él quiere y no le estoy dando la información jugosa que espera.

—Nada.

—Y una mierda.

Voy a confesarle ya que sí porque mentir es absurdo a estas alturas y no voy a poder avanzar a lo de Hugo como no se calle de una vez.

—Vale, sí ha pasado algo.

—¡Has dicho que sí! —dice emocionado y aplaudiendo—. Lo sabía desde que has llamado y cuando has llegado porque hueles a sexo.

Esta persona es tremendamente insufrible, eh.

—Marcos, por favor, un momento de seriedad —le corto antes de que siga con las tonterías—. Necesito contarte algo más importante que eso.