Lo que dejé en Madrid Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

Ni siquiera recuerdo la última vez que me llamó así.

Ese apelativo cariñoso que me dijo por primera vez tiradas en el sofá viendo una película y se convirtió en algo nuestro para el resto de nuestra relación.

Y yo solo puedo hundirme en el colchón por la cantidad de recuerdos que me están cayendo encima y lo que pesan ahora mismo.

Una imagen tras otra de momentos en los que ha dicho ese apodo para referirse a mí, en las buenas y en las malas, y demasiadas emociones a la vez.

Tantas que el nudo en mi garganta solo se aprieta más hasta amenazar con ahogarme y no sé cómo manejar todo esto.

Ella debe intuir que pasa algo, como siempre ha hecho, y se mueve para quitar el peso de su cuerpo y aliviar parte de mi carga.

En su lugar, se mueve para abrazarme en un intento de tranquilizar mi cabeza y noto cómo su respiración cae junto a mi clavícula.

Diana acaricia mi brazo con cuidado durante un buen rato, hasta que mi respiración se calma y mi corazón, que debe de notar bajo su oreja, recupera el ritmo normal.

​​—Álex —dice con un hilo de voz—, no quiero perderte otra vez. Ya lo hice una vez y no quiero eso.

​​​​Otra vez el corazón a mil.

Así no hay manera de pensar nada racional, joder.

Es que ella va a por todas. A la mierda lo de esperar a que estuviera lista o darme tiempo.

No la culpo porque creo que después de lo de anoche sabe que no voy a estarlo y que o se lanza ella, o esto no avanza, para bien o para mal.

Y aquí estoy yo caminando en la cuerda floja, decidiendo en qué dirección ir.

Ya no tengo tiempo para seguir pensando más, tengo que afrontar esa conversación sin tener claro lo que quiero. Lo único que sé es que… tengo miedo.

Miedo a mis sentimientos por ella, pero también a lo que implican y a volver a pasar lo mismo que ya viví una vez. Uf… ¿Qué hago?

—Diana…

Suspiro y me muevo para apoyar mi espalda contra el cabecero de su cama.

Ella se sienta con las piernas cruzadas frente a mí y la sábana cae tapando solo hasta su cadera y dejando todo su torso desnudo a la vista.

Por Dios, esto es trampa, yo no puedo mantener una conversación seria teniéndola así.

Es que va a ser literal la expresión de hablar a corazón abierto porque nada nos cubre, solo nuestras dudas. O más bien las mías.

—No llevo contigo ni dos semanas y ya has conseguido colarte en mi interior sin que pueda frenarlo ni un poco —explico agachando la cabeza porque entre la profundidad de sus ojos y su desnudez, yo no sé adónde mirar si no es a mis manos—.

Y juro que intento frenarlo y no hay manera y eso… me da auténtico pánico.

—¿Por qué quieres frenarlo? —pregunta estirando su mano para coger las mías y que deje de destrozarme las uñas.

—Porque me da miedo volver a pasar por lo que ya pasé, Diana —confieso de una vez por todas—. Si me tienes así en unos días… ¿Qué va a pasar en semanas o meses? ¿Y si no funciona? ¿Y si nos estamos agarrando a una idea por la nostalgia de lo que fuimos y solo es eso?

—¿De verdad piensas que solo es eso?

Ups. Le ha dolido esa última pregunta por la mala cara que tiene ahora y cómo ha cruzado sus brazos delante de su pecho. Bueno, mira, el lado positivo es que ha quitado los pechos de mi vista.

—No lo sé. ¿Lo sabes tú? —pregunto porque necesito un respiro de mis sentimientos.

—Solo sé que a mí lo que me da miedo es perderte otra vez.

Sus ojos se aguan en cuanto confiesa eso y yo, una vez más, no sé qué hacer.

Ella quiere abrirse aquí en canal y entregarme cada una de las piezas que ha guardado bajo llave todo este tiempo.

Y su miedo a perderme es igual de válido que el mío a tenernos y volver a perderme a mí misma si no funciona.

—Yo…

—Tú no sientes lo mismo —suspira derrotada notando mis dudas y haciendo el amago de irse de esta cama que se ha convertido en nuestro confesionario.

—Ey, para. —Agarro su muñeca para frenarla y en el gesto me doy cuenta que al tirar le he hecho daño en la costilla—. Perdón, Diana. No te vayas, porfa, que quiero seguir hablando.

Uy, ¿he dicho eso de verdad?

Acepta mi petición, solo que esta vez se queda sentada a mi lado en la misma postura que tengo yo y la vista en el infinito. Creo que no quiere mirarme por si le rompo el corazón. No quiero hacerlo, de verdad que no, pero necesito que me entiendas.

—Diana si te preguntas si te quiero, sí.

Lo hago —respondo y en el momento en que esa frase sale por mi boca me siento mejor.

Es un alivio decirlo y quitármelo de encima—.

Esto ya salió mal una vez y lo hemos pasado mal mucho tiempo.

¿De verdad queremos repetir lo mismo? ¿De verdad queremos arriesgarnos?

—Sí.

Lo tiene clarísimo.

Sí, quiere arriesgarse. Sí, quiere repetir.

Sí, quiere todo conmigo… Mi corazón estresado está latiendo tanto que está a punto de escaparse de mi pecho para ir directo a sus manos y yo tengo que hacer un ejercicio de contención para retenerlo.

Y contra él lucha mi razón que me recuerda que llevo cinco años construyendo una vida exitosa en Nueva York lejos de ella, lejos del dolor.

Quiero creer cada una de sus palabras igual que creí que Hugo estaba vivo cuando me lo dijo.

Quiero creer que ha cambiado y que no somos las mismas niñas.

Y a la vez… si tanto hemos cambiado, ¿seguiremos encajando en la realidad de una vida juntas?

¿Con los problemas del diario y del trabajo?

¿Estamos viviendo en una realidad paralela que no queremos afrontar?

Me encantaría creerlo con la misma facilidad que lo hace ella.

Lo haría si no fuera porque en algún lugar de mi interior, escondido bajo bastantes capas de hábitos, miedos y supervivencia emocional, hay dudas.

La principal ni siquiera es si confío en Diana, es si confío en mí misma y en mi capacidad de volver a abrirme tanto con ella.

—Diana… —Respiro hondo y se me cae el mundo al suelo cuando gira la cabeza apoyada en la pared para mirarme—.

Ojalá poder decirte que no me da miedo equivocarme si elijo esto, si te elijo a ti.

No puedo hacerlo. He construido una vida entera en Nueva York y me ha costado mucho llegar a donde estoy y ahora…

Un paso en falso es tirar eso por la borda por algo que no sé si va a funcionar.

No sé si estoy preparada para tomar una decisión así.

Es lo que puedo decirte. No es ni un sí, ni un no.

Vuelve a agachar la cabeza, cada vez más derrotada porque esta conversación no esté yendo como ella quiere. Veo cómo sus dedos juegan ligeramente con el borde de la sábana por los nervios.

—No quiero que tires nada por la borda —dice ella intentando convencerme de que entienda su punto de vista—.

Solo quiero que nos des una oportunidad real, una que no esté basada en el pasado o en lo que hicimos.

No quiero que renuncies a tu vida. Solo quiero que no renuncies a estar conmigo. Ahora o en algún momento.

Es… demasiado.

Ella es demasiado.

Mis sentimientos son demasiado.

Y noto cómo la ansiedad que creía perdida desde que salí del hospital con ella vuelve de forma irracional y visceral, escapando de mi control.

Necesito pararla, necesito hacer algo que me recuerde que no pasa nada y que esto no tiene que ser un problema y lo único que ha funcionado es ella.

La idea idílica de que lo mío con Diana funcione o que dejáramos de hacernos daño y… a tomar por culo.

Lo que quiero es besarla sin pensar en las consecuencias, saber que puedo tener sus labios entre los míos una vez más antes de que esta conversación termine.

Giro mi cuerpo por completo hacia ella y le agarro la cara con ambas manos antes de besarla.

Y no sé qué pretendo con esto, solo sé que tengo que hacerlo como si ese beso fuera el único modo de salvarnos de lo que yo misma estoy destruyendo.

Es un beso desesperado y lleno de necesidad, de confusión, de miedo, de deseo, de amor, de rabia y de todas las emociones que tenemos aquí sentadas con nosotras.

Un beso que busca una respuesta en lo físico.

Diana me responde con la misma intensidad que la mía a pesar de la sorpresa inicial.

Posa su mano en mi nuca y me acerca más aún para poder profundizar el contacto y perderse en mi boca.

Desearía que lo de tener que respirar no fuera una necesidad física para sobrevivir porque es el único motivo por el que Diana descansa su mano en mi pecho para alejarme e intentar recuperar el aliento.

Reposa su frente contra la mía y yo aún tengo los ojos cerrados, perdida en las sensaciones que me ha traído ese beso cuando ella habla.

—Te vas a ir a Nueva York, ¿verdad? —pregunta en voz baja.

Sabe la respuesta, pero la quiere oír de mis labios, esos mismos que acaba de devorar, igualmente.

—Necesito volver, Di —digo separándome para poder mirarla a los ojos, al menos le debo eso—. Mi vida está allí. Mi trabajo, mi piso y todo por lo que he currado estos años para estar bien después de… nosotras. No puedo dejarlo ahora todo solo por…

No termino la frase porque no sé cómo hacerlo sin que suene injusto para ella y para mí.

Porque podría hacerlo, podría dejarlo todo por ella y jugármela.

Dejar la opción segura a un lado e ir a por todas.

A lo que de verdad podría hacerme feliz a pesar del riesgo.

Así que no. No es para nada justo que le diga que no puedo dejarlo todo por ella porque sí podría hacerlo.

Veo cómo asiente en un gesto lento y gira la cabeza para apartar los ojos de los míos en cuanto las lágrimas amenazan seriamente su precioso verde.

Cierra los ojos conteniéndolas y yo solo quiero abrazarla.

Lo haría encantada si no sintiera que no tengo el derecho a hacerlo después de lo que estoy diciendo o no diciendo más bien.

—Está bien.

La forma en la que lo dice es como si… hubiera ensayado este momento más de una vez en su cabeza a pesar de no querer vivirlo.

—¿No vas a intentar convencerme de que me quede? —pregunto con un hilo de voz, sorprendida por lo rápido que ha cedido.

—Te conozco lo suficiente como para saber que cuando se te mete algo entre ceja y ceja, no hay nada que hacer contigo, peque —responde con un susurro—. No puedo obligarte a querer algo para lo que no estás lista. Ni puedo retenerte si una parte de ti ya está a miles de kilómetros de aquí.

Y aquí está ella entregándome la libertad y el olvido de esta relación como último acto de amor para que yo vuelva a Estados Unidos a lo que considero que es lo correcto.

Me quiere tanto como para dejarme marchar y ni siquiera convencerme de quedarme.

Esta vez le estoy dando la oportunidad y aun así me está dejando ir porque ella nunca me obligaría a nada que yo no quisiera.

Uffffff…

No soporto la carita de pena que tiene y cómo una lágrima acaba de caer por su mejilla a tal velocidad que no ha tardado nada en precipitarse por su mandíbula hasta terminar en sus piernas.

Alargo mi mano y busco la suya despacio, dudando un momento si debería hacerlo antes de entrelazar nuestros dedos una vez más.

—Lo siento, Di.

¿Sigo teniendo derecho a llamarla así después de hacerla llorar? ¿Tengo derecho siquiera a estar tocándola? La respuesta es sí porque ella aprieta el agarre que nos une y niega despacio antes de volver a mirarme con los ojos inyectados en sangre.

—No pasa nada —dice con la voz ronca por el nudo que hasta yo noto en su garganta—. No es el final que quería para nosotras, pero es mejor que el que tenía.

Tardo un par de segundos en entender qué quiere decir.

Cuando lo hago, algo en mi interior se ablanda y quiere protegerla de todo, incluida de mí misma.

Diana tenía un final donde no existíamos.

No solo eso. Es que en ese final no nos hablábamos y todo lo que tenía que ver con la otra era un recuerdo doloroso.

Y ahora, al menos, somos algo. Extraño, sí. Ahora no nos odiamos, al contrario, sabemos lo que hemos sido y seguimos siendo para la otra, solo que esta vez elegimos no continuar con ello. Lo elijo yo, concretamente, para desgracia de la chica rubia que me mira con cara de cachorrito.

Suspiro y respiro hondo antes de alejarme lo justo para sentarme en el borde de la cama.

No voy a hacer esto más doloroso de lo que tiene que ser y por mucho que yo no quiera irme ya porque hacerlo es terminar con esto, no me queda otra.

No voy a complicar las cosas ni se lo voy a hacer más difícil.

Además, necesito vestirme y salir de aquí para respirar sin su olor y sin su piel tan cerca y convencerme de que he hecho lo correcto.

Busco mi ropa por toda la habitación y noto cómo sus ojos siguen cada uno de mis movimientos sin moverse ni un centímetro.

—Prométeme que no volverás a desaparecer otros cinco años —dice con un tono que hace que me detenga para mirarla—. Una cosa es que no lo intentemos… y otra es perderte por completo de mi vida otra vez.

Me acaba de matar aquí mismo.

¿Cómo vas a pedirme eso? Yo estoy intentando tener cabeza y saber lo que implica tenernos en nuestra vida y ella lo único que quiere es no perderme, sea como sea.

Giro hacia ella, porque merece que la mire cuando responda a esto y ella sostiene mi mirada con una valentía que no tenía hace años, esa valentía que se ha ganado a base de terapia, de trabajo, de reconstruirse y de quererse a sí misma.

—Lo intentaré, Di —respondo finalmente.

No puedo prometerle más. No sería justo hacerlo, pero sí que puedo, al menos, intentarlo.

—Es mejor que nada —susurra.

La miro una última vez sabiendo que este final sigue estando entre lo que pudo ser y lo que, quizás, si la vida quiere, pueda volver a ser.