Lo que dejé en Madrid Capítulo 27
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Capítulo 27

Mi maldita kriptonit a

Noto un rayo de luz bastante incómodo sobre mi rostro cuando me giro en la cama en un vago intento de dormir un rato más. Me niego a abrir los ojos porque siento que todo a mi alrededor es muy delicado y frágil y no tengo ganas de ser yo la que rompa esto que se ha creado en esta habitación.

Hago un intento de tirar de la sábana para tapar mi cuerpo desnudo después de lo de anoche y noto, incluso antes de abrir los ojos, a ella a mi lado.

Noto su respiración lenta y profunda, que me indica que sigue plácidamente dormida, y el calor tan familiar que irradia siempre su piel.

Yo siempre era de tener las manos frías y ella ardiendo, el combo perfecto en pleno invierno en Madrid.

Dios, cómo echo de menos esa sensación de que alguien me caliente las manos en Nueva York…

Decido abrir mis ojos para, al menos, disfrutar de esta vista por si es la última vez que la tengo.

Y tengo ese pensamiento porque de verdad no sé qué va a salirme cuando hablemos.

No he tenido tiempo ni de pensar en lo que me dijo anoche, ese «lo quiero siempre y no solo esta noche» que soltó sin dudas y…

tampoco quiero hacerlo ahora mismo. Ahora quiero deleitarme con la vista de mi rubia tumbada de lado, con la sábana por las caderas, dejando el resto de su cuerpo totalmente expuesto a la misma luz que a mí me ha despertado.

Está preciosa.

Joder, está tan preciosa que no puedo dejar de mirarla. Ni quiero.

¿Cómo hacerlo cuando la curva que hace su costado es perfecta?

¿Cómo dejar de mirarla cuando las sombras que proyectan sus pechos son lo que podría considerarse arte?

¿Cómo no la voy a mirar si tiene la clavícula marcada de una forma tan sexy?

¿Cómo no voy a querer besar ese cuello delicado y todos los lunares que me conozco de memoria porque me pasé años besándolos?

Si es que me gustó desde el primer día y lo sigue haciendo.

Nunca, antes de Diana, había sentido eso por una chica.

Nunca me había planteado que me pudieran gustar.

Hasta que apareció ella aquella noche y empezó a crecer en mí una mezcla de curiosidad y ganas de tenerla cerca que ni yo entendía.

Era como un imán para mí hasta que empecé a entender que lo que pasaba era que me atraía.

Y pensaba que eso sería todo: atracción. Una cosa física que se me pasaría con el tiempo y que podría controlar.

Já. Qué ingenua.

Solo me hizo falta empezar a conocerla para que la atracción fuera convirtiéndose en algo mucho más profundo, en amor.

Lo cual era bastante más difícil de gestionar que la atracción.

Me bastó una conversación sobre la vida, un par de risas y una mirada cómplice en mitad de una habitación llena de gente para entender que era algo más.

Por no hablar de lo que fue ver cómo entendía la vida, cómo se cuestionaba todo, menos a ella misma, cómo estudiaba y hablaba de las cosas que le gustaban… Era… Es que me gustaba todo.

Así que supongo que sí, que su físico me vuelve loca, como a cualquiera con ojos en la cara.

Pero lo que terminó de enamorarme y que me tiene aún aquí tumbada mirándola como una imbécil es su forma de pensar, su humor, sus silencios, sus dudas, su inteligencia y… mejor paro porque podría no terminar.

¿Es todo eso suficiente para que decida quedarme?

Y no hablo de quedarme hoy en esta cama hasta que se despierte.

No, hablo de toda la vida. Hablo de una casa con perro, con anillo y con todos los niños que ella quiera.

Hablo de lo que siempre quise para nosotras y que ahora vuelve a dormir a mi lado.

La cuestión es… ¿Lo intento? ¿Va a salir bien?

Siempre he sido de la opinión de que las segundas partes nunca fueron buenas.

A las pruebas me remito. ¿ Grease 2? Un fracaso.

¿ El efecto mariposa 2? Una mierda con lo buena que era la primera.

¿ Chicas Malas 2? Mejor ni lo comento… Menos mal que han hecho ahora una nueva versión con Reneé Rapp para hacernos olvidar aquel horror…

Las cosas se hacen una vez y funcionan o no funcionan, ¿no?

Aunque claro, también tenemos a Zidane volviendo al Madrid para llevarse tres Champions League consecutivas… ¡Que no! Que esas cosas pasan una vez por suerte y ya, por Dios, Álex.

No sé.

Es todo lo que podría decir si ella abre los ojos ahora mismo y me pregunta qué quiero hacer. No sé qué se supone que debo hacer.

En lugar de darle más vueltas a esto, me acerco un poco más para acortar el espacio que ha ido surgiendo durante la noche entre nuestros cuerpos y me concentro en memorizar cada detalle de su rostro.

Porque si cuando haga la pregunta decido irme, al menos tendré para siempre esta imagen en mi recuerdo.

Y en cuanto parpadea sin previo aviso y sus ojos confusos me buscan con desesperación, temiendo que me haya vuelto a marchar, noto que hay una verdad que he reprimido durante años y que está tumbada entre ambas: la he querido de mil formas diferentes, y ninguna ha dejado de existir desde aquella primera noche.

Sus ojos claros se enfocan en mí. Y entonces ocurre: sonríe.

Esa sonrisa que es y siempre será mi maldita kriptonita.

—Buenos días… —murmura, con la voz ronca y… adorable.

Joder, es que consigue que deje de ser una adulta funcional en cuanto me pone esas caritas. Me devuelve realmente a la adolescencia y a la primera vez que me miró así.

Y ante el silencio y que no sé cómo reaccionar o qué decir con todo esto, decido que lo mejor es tirar por lo que suele hacer Hugo y usar el humor para quitarle un poco de importancia al hecho de que anoche nos pasáramos horas besando el cuerpo de la otra.

—Si piensas hacer una broma sobre que no he huido esta vez, te lo digo desde ya: no es el momento —intento sonar seria y su cara me revela que he debido de fallar estrepitosamente en mi objetivo.

Sonríe y se muerde el labio por mi broma tonta.

Antes de que pueda decir nada más, se acerca y rodea mi cintura con un brazo en un abrazo inesperado, familiar y a la vez completamente instintivo, como si fuera lo más normal del mundo entre nosotras.

Tiesa. Así me quedo un segundo antes de aceptar la naturalidad del gesto.

Ella no pide permiso, ni tiene miedo. Va hacia delante y espera a ver si yo no me cierro en banda y…

lo cierto es que no protesto cuando su cabeza queda apoyada en mi clavícula a la perfección, su pecho desnudo choca con mi costado y yo le devuelvo el abrazo pasando un brazo por sus hombros para descansar mi mano en su espalda.

—Lo de anoche fue… intenso como poco —dice mientras yo dibujo patrones sin sentido con la yema de mi dedo en su piel—. El sexo siempre se nos dio bien, pero es que… wow. Impresionante.

Esta persona no tiene ningún tipo de filtro y vergüenza ahora, eh. Qué bien te ha sentado crecer y no solo por lo bien que follas, no. Por todo.

Se separa lo justo para poder mirarme a los ojos con la barbilla descansando en mi pecho. Su sonrisa traviesa empieza a asomar en sus labios por el comentario que ha hecho y espera a ver si le sigo el rollo. Y… es que me arde la cara ahora mismo porque yo sí tengo algo de pudor con estos temas.

—Bueno… eh… —me aclaro la garganta, intentando afrontar esto, pero es difícil si me mira así—. Sí. Impresionante.

Disfruta de mi reacción y eso que no es que haya sido yo muy expresiva. Y como lo de ser descarada le ha funcionado para que le siga el rollo, no va a parar ahora, que la conozco yo.

—Supongo que la práctica estos años ha ayudado —añade, con una ceja levantada.

Vaya, tremenda manera de intentar averiguar mi historial romántico desde que lo dejamos. Cómo pesca esta chica y yo voy directa al anzuelo con mi respuesta.

—Tampoco he estado con tanta gente estos años —murmuro, incapaz de sostenerle la mirada demasiado con este tema, especialmente al notar cómo abre ligeramente los ojos, sorprendida por mi sinceridad.

No sigas preguntando, ¿vale?

Vamos a dejar este tema y… ¿qué…? Pierdo el hilo en cuanto su mano va directa hacia mi mejilla para regalarme una caricia lenta y suave.

Íntima. No sé qué hacer con todo lo que me está provocando así que tengo que romper el hechizo de alguna manera, y la forma más ingeniosa que se me ocurre es devolverle la pregunta.

—¿Y tú?

¿Yo para qué pregunto? Mierda. No quiero saber la respuesta ni explicaciones sobre…

—Nada serio en este tiempo —responde tan pancha—. Nada importante, la verdad.

—¿Por qué?

AY.

¿Qué coño acabo de hacer? ¿Yo por qué pregunto eso? ¡Que me estoy metiendo sola en la boca del lobo! Y el lobo tiene unos ojos hipnóticos que no dejan de mirarme mientras yo temo por segundos al notar que con ese brillo viene una verdad absoluta.

—¿Tú por qué crees, Álex? —dice con un deje de tristeza solo por el hecho de que mi cara no refleje la respuesta que ella quiere—. Ninguna de esas chicas eran tú cuando me despertaba a la mañana siguiente.

Fuck .

Mis pulmones se olvidan de funcionar y tengo que rogar para que mi cuerpo aguante esta apnea el tiempo suficiente para mantener esta conversación.

¿Qué voy a contestar a eso? ¿Debería contestar a esta declaración acaso?

Si es que solo puedo mirarla en busca de una respuesta que no está llegando porque estoy haciendo cortocircuito por lo que ha dicho.

¿Cómo puede hablar tan fácilmente de lo que siente?

¿En qué momento te convertiste en esa y yo en Agallas, el perro cobarde?

—No importaba con quién me acostara porque a la mañana siguiente me faltaba algo, Álex —continúa ella, que baja las caricias de sus dedos hasta mi cuello—.

No he conocido a nadie que me hiciera sentir como lo hacías tú.

Hasta cuando te enfadabas y fruncías la nariz de manera adorable…

Ninguna me miraba como lo estás haciendo ahora mismo y en conclusión ninguna era tú, peque.

Peque.