Lo que dejé en Madrid Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

Y no sé si ella nota mis ojos brillosos, porque trato de no mirarla, pero es ahora su turno de dejar su mano sobre mi muslo durante un breve instante.

Sí, he pillado lo que quieres decirme con la canción, si es tu duda…

En ese momento giro la esquina de su calle y me detengo justo frente a su puerta.

Aquí ya no hay tiempo de descuento que pedirle al árbitro para pensar. Ha llegado el momento de enfrentar ciertas cosas.

Diana se queda quieta en su asiento, girando la cabeza despacio para poder mirarme y en el momento en el que lo hace y me pierdo en mi verde favorito, el aire se queda atrapado en algún punto entre mi garganta y mis pulmones, incapaz de hablar.

Y mientras yo retengo las ganas de llorar de lo perdida que me siento, ella me mira de una manera extraña.

Siempre he sabido leer bastante bien lo que le pasa y ahora siento que no soy capaz de descifrar qué piensa.

¿Ella tampoco sabe qué estamos haciendo?

¿Está esperando que sea yo la que hable primero antes de exponerse? ¿Se está arrepintiendo?

Pues no lo sé.

Lo único que sé es que seguimos en silencio mientras nuestros pensamientos empiezan a empujar hasta la superficie de nuestro mar de dudas. Abre la puerta, desabróchate el cinturón, haz algo, lo que sea, pero deja de mirarme como si pensaras que si sales de este coche vas a perderme para siempre.

¿Lo harás?

¿Qué es lo correcto? ¿Qué es lo seguro? ¿Qué es lo que quiero?

No tengo respuestas.

Lo único que puedo hacer es agachar la cabeza involuntariamente porque seguir mirando cómo me ruega con los ojos que sea yo la que hace algo no es una opción.

—Álex… —Su voz es un susurro que acaricia mi interior de una forma diferente—. Quédate conmigo esta noche.

No es una pregunta, es una petición directa.

Está intentando ponerme puentes para que yo cruce el abismo de mis miedos con tal de no alejarse de mí.

Esa petición no pretende más que pasar tiempo juntas.

Diana no me está pidiendo ni que nos enrollemos otra vez, ni que le prometa nada de nada o le diga ya mi decisión.

Me está pidiendo que no me vaya y pasemos un ratito más antes de… Lo que sea.

—Diana…

—No tienes que hacerlo si no quieres, de verdad —añade inmediatamente, temiendo haberme presionado demasiado con esa petición—. No quiero obligarte a nada. Solo… solo quiero pasar un poco más de tiempo contigo.

Lo que intuía.

—Solo… —Frota la palma de la mano contra su muslo, nerviosa—. Solo no quiero despedirme de ti así. No después de…

Después de haberme tenido en tus brazos.

Lo sé porque siento lo mismo. Al menos ella es tan valiente como para ser vulnerable y honesta con todo lo que está pasando.

Joder, es que está esperando que le diga algo aunque sea un «no» y a mí no me salen las palabras de lo seca que tengo la boca de los nervios.

Céntrate, Álex.

Cierro los ojos y respiro hondo para coger fuerzas antes de hablar.

—Yo tampoco quiero despedirme ya —admito sin pensar.

Y el hecho de hacerlo sin pensar me hace plantearme si esa frase no es ya una revelación de que voy a despedirme tarde o temprano de ella.

—Significa eso…

No quiere dar por hecho nada conmigo, es lógico después de ver cómo me fui ya una vez.

—Significa que me quedo esta noche contigo.

La sonrisa de su rostro crece hasta su máximo punto. ¿Era tan fácil hacerla feliz? ¿Unas horas conmigo la tienen así? ¿Es que ella no está ni planteándose todo lo que podría salir mal? ¿Por qué es tan inconsciente?

Salimos del coche, lo que es un alivio porque se acabó la tensión extraña que teníamos, y a la vez es un golpe de realidad el aceptar que vamos a pasar otra noche juntas. Rodeo el coche y abro la puerta del copiloto para ayudar a Diana a salir.

—Despacio —murmuro cuando la veo apoyarse en el borde de la puerta antes de ponerse de pie.

En cuanto me aseguro de que está bien y va de camino al portal, yo saco nuestras maletas para ir a su apartamento.

Ese mismo donde hace unos días entendí que seguía teniendo sentimientos por ella.

Ese mismo donde empecé a bajar los muros y la dejé entrar.

Dejo que abra la puerta y antes de que pueda decirme nada, salgo huyendo a la habitación de invitados donde ya me quedé con anterioridad para soltar mi maleta.

Vale, espacio seguro para respirar y… mierda.

Tengo también aquí su maleta. Bueno, se la llevo a su habitación, no pasa nada.

No sé dónde está ella, quizás en el salón descansando, o eso espero.

Me dirijo a la habitación principal que está vacía con cuidado.

Dejo la maleta junto a su armario y es inevitable que vuelva a ver ahí el famoso peluche que le regalé y nuestra foto juntas.

No me quiero atormentar más aquí, así que me doy la vuelta para marcharme y me sorprendo al descubrir a Diana en la puerta.

Yo me quedo paralizada en el sitio y ella parece que también.

Su mirada se vuelve a clavar en la mía, solo que esta vez hay algo diferente en el gesto, una intensidad y misterio que no he visto antes. Está llena de vida en el presente, si es que tiene sentido lo que digo, y no de miedo al futuro y a las promesas.

¿Cómo puede hablar tanto solo con los ojos? ¿O cómo soy yo capaz de entenderla?

En un intento de romper esa conexión, mi vista se desvía un segundo de nuevo hasta la fotografía de las dos. Una imagen que captura un momento tan feliz y tan inmenso que nadie podría pensar que ahora estemos en esta situación si la viera.

—¿Por qué… por qué tienes eso ahí? —pregunto sin ocultar el nerviosismo en mi voz.

Diana también se gira para observarla y confirmar que hablo de lo que cree que estoy hablando.

—¿Y por qué no? —responde con tranquilidad—. Esa foto siempre me ha gustado. Y… me recuerda lo feliz que era contigo.

De verdad, qué capacidad esta persona de decir eso.

¿Cómo ha vivido estos cinco años teniéndome tan presente?

¿No ha tenido líos? ¿Ni lo ha intentado?

Se me acumulan las preguntas y a la vez no quiero hacerlas porque no quiero descubrir sus respuestas y caer más en el hoyo de imaginarme lo bonito que podría ser todo…

Ni siquiera soy capaz de decirle que yo también era feliz con ella, a pesar de todo. Ojalá poder decirle que, en realidad, no le guardo tanto rencor como he fingido y que esa versión feliz de nosotras ha seguido viviendo en un rincón escondido de mi memoria todo este tiempo.

No puedo hacerlo. O sí puedo y la voz no me sale ni por asomo, quizás porque admitirlo sería pisar un terreno al que todavía me da miedo volver.

Da un paso hacia el interior de la habitación. En mi dirección concretamente, y ya presiento que no va a quedarse callada. No lo ha hecho desde que volví y no va a empezar a hacerlo ahora que estamos en este limbo extraño.

—Álex… —susurra con cuidado mientras se acerca—.

Lo siento muchísimo. Siento cómo hice todo en aquel momento.

Era una cría que no sabía nada de la vida y que tenía miedo de su familia, de lo que iban a pensar, de lo que yo misma pensaba sobre mí, y llevaba encima muchos prejuicios que ni siquiera sabía que tenía.

—Da otro paso que la deja muy cerca de mi cuerpo—.

No supe gestionarlo y me escondí, de ti, de mí y de lo que sentía.

¡Ay, no!

No era el momento, Diana. Ahora no, que no estaba lista para esto y menos si me miras con esa carita de no haber roto un plato en tu vida.

—Y sobre todo… —Noto cómo se le rompe la voz antes de continuar—. Siento haberte hecho daño por ser una niñata. No hay un día en el que no piense en ello y en el que no me arrepienta cómo lo hice todo.

Y sé que dice la verdad.

No hay duda por el tono que ha utilizado y por la forma en la que esa disculpa le ha salido como si la hubiera ensayado mil veces frente al espejo, esperando tener la oportunidad perfecta de poder decírmelo a mí.

Da un paso más, dejando nuestros cuerpos peligrosamente cerca.

Sabe que soy un volcán a punto de explotar y que puedo saltar de cualquier manera y aun así se fía de estar tan cerca.

Frunzo los labios pensando qué decir.

¿Acepto la disculpa y nos sentamos a hablar de verdad ya?

¿Le digo que no es el momento? ¿Cojo y…?

Pues no puedo ni seguir haciéndome esas preguntas porque veo cómo sus ojos bajan a mis labios y yo ya quiero mandarlo todo a la mierda.

Porque sería muy fácil hacerlo y… ay, no, no te muerdas el labio así otra vez, que…

¡A la mierda! Ya mañana pensaremos en esto.

Inclino la cabeza y acuno sus mejillas entre mis manos para besarla sin detenerme a pensar en nada más que en las ganas que tengo de volver a probar esos labios carnosos, sean cuales sean las consecuencias de esto.

Porque si es mi última noche con ella, al menos que le demuestre todo lo que tengo dentro. Desde el amor a la nostalgia pasando por todo lo que me he prohibido sentir por ella.

En el momento en el que nuestros labios se tocan, noto que tiembla un poco y se agarra a mi cadera para mantener la compostura. El beso se va volviendo más intenso sin que ninguna de las dos lo fuerce, simplemente ocurre.

Nuestras respiraciones ya no distinguen de qué boca salen y la urgencia que se va apoderando de nuestros cuerpos solo me indica que nos tenemos las mismas ganas.

Mis dedos se deslizan por su mandíbula y suben hasta su nuca, donde su piel está ardiendo, y ella responde inclinándose un poco más para profundizar el beso.

Nuestras lenguas vuelven a luchar por el control antes de que encuentren el ritmo exacto con el que moverse. Y en mitad del beso, un suspiro de alivio por su parte que me indica que necesitaba que yo me dejara llevar así una vez más para comprobar que lo de Barcelona no fue un arrebato.

No lo es. Esto es porque lo necesito. Necesito recordarle a mi cuerpo que encajamos bien y que todas esas dudas son producto de mi cabeza. Que la realidad es que aunque nos falte el aire, la sensación de ahogo es maravillosa y muy diferente a la que siento en Nueva York.

Es ella quien se separa primero, apenas unos centímetros, lo justo para respirar, sin soltar mi cintura, y yo sigo sintiendo sus labios rozando los míos en cada exhalación. Apoyo mi frente contra la suya buscando un contacto aún más íntimo mientras mi mano va a su mejilla para obligarla a mirarme.

—Álex… yo quiero esto —susurra, mientras me sostiene la mirada sin pestañear—. Lo quiero siempre y no solo esta noche.

Me arde el pecho. Literalmente. Bueno, y otras partes de mi cuerpo que ahora mismo no voy a comentar porque no vienen al caso para el cacao que tengo en la cabeza con la bomba que acaba de soltar.

Tanto rato pensando que le iba a dar mi corazón envuelto y ahora es ella la que lo ha puesto en bandeja de plata y lo está sosteniendo entre nosotras.

No puedo mentirle y decirle que lo quiero sin ningún tipo de dudas, porque las tengo.

—Di… yo no sé… qué… —empiezo, pero la frase se deshace en mi boca antes de poder completarla porque la verdad es que no sé cómo seguir.

No sé cómo explicarle que tengo miedo, que estoy aterrada y que quererla tanto me empuja en dos direcciones opuestas: la de quedarme y la de huir. ¿Tiene sentido acaso? Supongo que no, pero nosotras tampoco lo tuvimos nunca.

Y como si fuera capaz de leer mis dudas, de que si me deja pensar más de la cuenta esto no va a salir bien, vuelve a besarme, rompiendo el abismo que se estaba abriendo metafóricamente entre nosotras e intentando borrar mis dudas con un gesto tan decidido que me roba el aliento.

Ahora es ella la que ha decidido que si es la última vez, que sea memorable para ambas, y yo no le voy a negar esta noche porque también necesito este recuerdo bonito y feliz si decido marcharme mañana.