Capítulo 26
I miss you, I'm s orry
Llevamos varias horas en la carretera y, aun así, siento que no hemos avanzado mucho. Puede ser porque no hemos tenido el valor de volver a hablar de nada que no sea el paisaje o para criticar algún adelantamiento temerario de otro coche.
Creo que ahora mismo no sabe cómo moverse y hablar conmigo sin entrar en arenas movedizas o sin que yo termine por hundirme. Lo que ella no sabe es que sigo exactamente estancada en el mismo punto mental desde que hemos salido de Barcelona.
El famoso punto llamado «¿y ahora qué?»
Tras la despedida un poco emotiva con Hugo he sentido que ponía punto y final a nuestra peculiar burbuja.
Esa en la que mi mundo no se caía a pedazos y podía respirar sin presión en el pecho.
Una sensación que ha vuelto desde que he plantado mis dos manos en el volante para enfilar la carretera de regreso a Madrid.
Todo por el simple hecho de que todo vuelve a depender de mí.
Vaya, qué irónico que lleve toda la vida queriendo el control de todo lo que me rodea y ahora me horrorice la idea de que esto dependa de mí.
De mí y de las decisiones que tome.
De una conversación que llevo esquivando desde hace cinco años.
No, no quiero pensarlo. Respiro hondo y me centro en la carretera que tengo delante, a ver si así dejo de pensar en lo inevitable que me espera en la capital.
Es lo mejor. Ignorarlo porque en ese estado de entumecimiento yo no tenía tantas dudas, por mucho que me engañara a mí misma.
Y justo cuando mi mente empieza a entrar en esa espiral familiar que me lleva directa al «mejor no sentir nada porque duele menos», escucho un leve quejido a mi derecha.
Miro por el rabillo del ojo a Diana, quien presiona un brazo contra las costillas al intentar acomodarse mejor en el asiento del copiloto, y suelta un suspiro ahogado que me hace suspirar a mí, pero de preocupación por ese dolor que no cesa desde hace horas ni con las pastillas.
—¿Di? —Porque yo ya no puedo dejar de llamarla así—. ¿Te duele mucho?
—Un poquito…
Para que lo admita así es que le duele bastante más de lo que dice.
—Diana… —digo posando por instinto y sin pensar la mano en su muslo—. Si quieres, paro un momento y…
—No, no —me corta con cuidado, acomodándose de nuevo en el pegajoso asiento de cuero—. Sigue. Ya queda nada y prefiero llegar cuanto antes a casa y ya descansar ahí.
Posa su mano sobre la mía y la aprieta un poco de forma cariñosa, y yo trago saliva cuando el corazón vuelve a saltarse un latido solo por ese contacto tonto. De verdad, qué intensidad manejamos si nos ponemos así por cogernos de la manita…
Bueno, no sé si es intensidad o es ella, la verdad.
Sí, es ella y el impulso visceral que me sale de protegerla de cualquier cosa por encima de mí misma.
Es una maldita cabezota porque yo podría parar en la próxima gasolinera y que se tomara otra pastilla y se estirara, pero no.
Doña estoy-bien-y-no-me-duele-nada va a mentirme hasta la saciedad con tal de no preocuparme.
Y no es que me moleste que me mienta porque no hay mala intención en esa mentira.
Al contrario, es una de esas que se dicen a las personas que más quieres para no preocuparles.
Quizás ese es el problema, que estoy en el grupo de «las personas que más quieres», al igual que lo está ella en el mío.
Tanto como para estar conduciendo en tensión esquivando cualquier mínimo bache de la carretera y que no le afecte a sus costillas.
Tanto que no le quito los ojos de encima con cualquier cosa que hace y tanto como para ingeniármelas para evitar soltar su mano un ratito más.
Y aquí sé que estoy completamente perdida.
En esta vida he aprendido que querer tanto a alguien como yo quiero a Diana es abrir la puerta a que pueda destrozarte cuando ella quiera, o sin quererlo. Es poner tu corazón en una cajita de regalo con lazo incluido y confiar en que no lo vayan a romper o tirar a la basura.
Y yo ya viví eso con ella.
Tuve que vivir cómo se rompía, no solo nuestra relación, sino todo mi mundo y eso también me incluía a mí.
Tanto dolor que mi cabeza decidió protegerse el resto del tiempo cerrándose al mundo, desconectando de cualquier tipo de emoción o relación amorosa, huyendo a Nueva York y alejando a todos los que podían dañarme más de la cuenta.
Tuve que vivir noches enteras en las que podría haber sido la ciudad de mis sueños llorando sin parar por haberla perdido y por lo mal que terminamos. Por encima de todo, era llorar por no saber cómo dejar de necesitarla en mi vida.
Tuve que vivir cómo era intentar recordar la vida a.D. —antes de Diana—. Es decir, una vida sin lágrimas, pero también sin sus ojos y sin su luz.
Y después de cinco años me encuentro en un coche con ella sintiéndome exactamente como me prometí a mí misma que no iba a sentirme en cuanto crucé miradas con ella.
Es decir, con mi corazón en la cajita de regalo de nuevo, con las defensas peor que un equipo de segunda división y con el miedo por las nubes.
No puedo dejar de darle vueltas a todo lo que va a pasar o dejar de pasar con nosotras.
A todas las implicaciones de querer intentar algo con ella o de volverme a mi vida en Nueva York.
O lo que es lo mismo, tengo mi corazón adelantándose tres capítulos a mi historia con ella para intentar tranquilizarse y el resultado es el opuesto.
¿Puede alguien ir al final de nuestro libro y contarme si esto sale bien?
¿Puede alguien contarme si nuestro amor tiene sentido?
¿Tenemos una vida feliz en nuestro epílogo?
Acaricia el dorso de mi mano con su pulgar mientras su vista está perdida en la ventana y yo ya veo lo fácil que sería volver a acostumbrarme a un amor que nunca se extinguió como yo creía.
Simplemente lo tenía bajo la alfombra, concretamente bajo capas de miedo, orgullo, silencio y muchos kilómetros de distancia.
Y es entonces cuando me viene la pregunta que llevo evitando desde que me di cuenta de que seguía teniendo sentimientos por ella. Si en tan poco tiempo Diana tiene este efecto en mí… ¿Qué va a pasar si luego no sale bien?
¿Qué pasará si no ha cambiado tanto como pienso?
¿Qué pasará si soy yo la que esta vez no está preparada?
¿Y si…?
¿Y si vuelvo a vivirlo todo otra vez?
El miedo, el dolor, el abandono emocional…
No quiero volver a vivir todo eso y esa es la simple verdad.
Un poco cruel, para ella y para mí. Algo tan sencillo como que me da pánico que me vuelvan a hacer daño.
No porque ella quiera hacérmelo queriendo, porque la conozco y no lo haría.
Nunca quiso a pesar de todo lo que hizo.
Ahora podría hacerlo chasqueando sus dedos y destrozarme de nuevo.
Y el daño que te hace la persona a la que le has regalado esa caja roja con lazo es el más profundo que puedes experimentar y el más lento en cicatrizar, si es que alguna vez lo hace.
Yo ya sé lo que es romperme por ella y no sé si puedo sobrevivir a una versión 2.0 de todo lo que pasé. Aunque si lo pienso un poco en frío… También sé lo que es una vida sin ella. Llevo años así y… no es que fuera feliz o bonita. Simplemente sobrevivía.
¿Quiero una vida en la que viva a pesar del riesgo al dolor o prefiero una en la que solo sobreviva?
Difícil pregunta.
Y entre tantas dudas y preguntas que tengo, empiezo a divisar Madrid a lo lejos.
Un paisaje demasiado conocido y a la vez demasiado extraño ahora mismo.
Anda, mira, como mis sentimientos por Diana.
Seguimos en silencio y solo cuando nos estamos acercando ya a su portal, apenas a unas calles de distancia, ella vuelve a cambiar la canción que suena en los altavoces, como ya hizo en nuestro viaje de ida.
La elegida para la ocasión es I miss you, I’m sorry de Gracie Abrams. Y es que la reconozco en los primeros acordes porque Gracie hace mucho que es de mis artistas favoritas, y esa canción…
Uf… Gran manera de mandarme un mensaje cuando has notado que me estaba tensando más de la cuenta, rubia.
Escuchar a esa voz susurrada preguntar en ese coche a través de los altavoces si recuerdo ser felices juntas…
¿Cómo no voy a recordarlo, Di? Si fueron mis mejores años a pesar de todo…
Y sí, dije que «para siempre» y luego… Quizás fui yo la que no te dejó luchar porque me marché.
Y no, no estoy de acuerdo con lo que dice la canción sobre odiarte.
Entiendo que pensaras que lo hacía, pero nunca he podido, por muchas ganas que le haya puesto.
La letra de Gracie se sucede acorde tras acorde, dejando muy claro que las dos sentimos nuestros actos.
Es que podría contestarle a cada verso de esta canción. Darle la razón y decirle que yo también la he echado de menos y que no estamos mejor separadas, pero eso no significa que debamos de intentarlo, ¿no?
«Todavía te quiero, lo prometo», lo canta Gracie, pero lo dice Diana.
Sí, lo sé. Eso es lo que lo hace todo tan difícil, que nos seguimos queriendo de una manera muy especial e incluso pura. Trago saliva, aguantando las lágrimas cuando escucho el lamento sobre que nada ocurrió como ella quería y que siente que su casa está llena de fantasmas, del mío concretamente…
En una casa encantada llevo viviendo yo todo este tiempo sin saberlo también, Diana. ¿Podríamos volver a compartir techo y espantar a todos los monstruos o solo crearíamos nuevos?
Me clava un puñal en el pecho el verso que habla sobre los recuerdos, nuestros recuerdos en cada cosa que vemos en nuestra vida cotidiana. Y termino de sentirme en la mierda más absoluta cuando escucho el punto de quiebre exacto en el que todo cambia, o todo se rompe.
Estuvimos en este punto y yo me fui… ¿Debería ahora quedarme?