Lo que dejé en Madrid Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

Hugo vuelve a la mesa con la misma expresión que tendría yo si me dijeran hace unos meses que iba a vivir todo esto. Se deja caer en la silla, suelta un suspiro dramático y apoya las manos sobre la mesa claramente no tan feliz como hace unos instantes.

—Tengo una buena y una mala noticia —anuncia Hugo guardando su teléfono en el bolsillo de su pantalón—. ¿Por cuál empiezo?

—La mala primero siempre —respondemos Diana y yo al unísono.

—Os tenéis que volver ya a Madrid, así que se os acaba esta luna de miel extraña que imagino que tenéis por vuestras caras —suelta sin anestesia.

—¿Cómo que tenemos que volvernos a Madrid? —pregunta Diana sin entender nada.

—Íbamos a quedarnos unos días más contigo, Hugo. ¡Te acabamos de encontrar! —me quejo.

—Bueno, aquí está la parte buena. —No tiene cara de que sea algo bueno, pero adelante—.

El comisario Herrera me ha contado que van a detener a mi paciente en los próximos días.

Todo lo que hemos recopilado contra él y varios testimonios han sido suficientes para conseguir una orden de arresto.

Si le sumamos todo lo de entrar en mi casa y el ataque a Diana… No tiene escapatoria.

Un escalofrío me recorre entera ante el pensamiento de que ese hombre pueda salirse con la suya. Miro a Diana, que baja instintivamente la mano a sus costillas.

—¿Y si pasa algo y no le detienen o se escapa o algo?

—No va a pasar nada, chicas —responde Hugo con una calma que envidio—. La Policía me va a proteger y me voy a quedar aquí hasta que esté entre rejas. No quiero poneros más en peligro, ni que os metáis en un lío, ya habéis hecho suficiente.

—No te vamos a dejar solo aquí si…

—Álex, por favor —me corta Hugo con una mirada seria, esa que solo usa cuando va en modo psicólogo y amigo a la vez—. Tenéis una vida a la que volver. —Por desgracia—. Os prometo que, en cuanto todo esté solucionado, volveré a Madrid.

Miro a Diana para comprobar si está de acuerdo o no con lo de marcharnos ya.

Asiente muy despacio con la cabeza y yo sé que no puedo seguir discutiendo contra los dos.

En parte no quiero volver porque en mi cabeza, volver a Madrid es tener que hablar sobre lo nuestro y acabo de perder días de decidir qué coño quiero en un plumazo.

—Está bien, nos volvemos.

—Hoy.

—¿Qué? Ni de coña —respondo sin pensarlo.

—Álex, hoy —insiste él sin dejar margen de maniobra—. Tengo que ir a hacer videollamadas y cosas con Herrera y no quiero, ni por asomo, que sospeche que estábais aquí.

—Pero…

—Nada de peros. —Levanta la mano antes de que pueda intentar convencerle—. Te recuerdo que os plantasteis en la comisaría a soltar teorías, interferisteis en un caso activo y ahora está mosca con el tema por jugar a los investigadores.

Diana intenta disimular la risa detrás de la taza. Traidora adorable.

—Está bien.

—Perfecto —responde sintiéndose por fin ganador—. Pues acabamos el desayuno y os acompaño al piso.

Eso hacemos, terminamos nuestros platos como si no hubiera pasado nada y fuéramos tres amigos que llevan toda la vida compartiendo mesa. No me resulta tan extraño por mi parte con Hugo, sino por la de Diana. Se hablan con mucho cariño, intercambian anécdotas y tienen bromas internas.

Cuando nosotras estábamos saliendo siempre mantuve a mis amigos y a mi relación con Diana separados.

Obviamente se conocían y, a veces, hacíamos planes juntos, pero ocupaban lugares distintos en mi vida.

Quizás por eso ahora me resulta tan extraño verlos entrelazados de esta forma y aun así… es natural lo bien que encajan juntos.

Diana, con ese humor tan particular que a veces me irrita y otras me derrite, consigue sacar carcajadas a Hugo con una facilidad pasmosa.

Y Hugo —mi Hugo, el psicólogo, el paciente, el amigo que siempre ha tenido una palabra exacta para cada uno de mis dramas— le sigue el ritmo sin perder la paciencia innata con la que ha aprendido a lidiar con la intensidad de las emociones de todo el que le rodea.

Y yo… yo no hago nada.

Me encanta manejar todas las situaciones y tener el control en cada entorno y aquí no me apetece. Puedo relajarme y disfrutar del momento sin sentirme en la obligación de controlar nada. Qué sensación más extraña… Es como algo cálido en el pecho y que está ahí muy tranquilito.

En algún punto del camino al apartamento para recoger nuestras cosas y marcharnos de vuelta a Madrid, veo a Hugo bromear con un chico que pasea a un perro mientras Diana está agachada jugando con él.

Algo me dice que todas estas sesiones y, en general, los días en Barcelona, se van a quedar grabados en mi memoria de una forma especial.

La llegada al apartamento es bastante más silenciosa que todo el trayecto hasta aquí.

Es como si nos metiéramos cada uno en nuestra burbuja de pensamientos sobre los próximos pasos que tenemos por delante y ni Hugo se atreviera a pincharla.

Veo cómo Diana se lleva una mano a las costillas mientras subimos las escaleras y es que lo de dormir conmigo encima, por mucho que lo niegue, no ha debido de ser nada bueno para sus dolores.

—Vale —digo, dejando las llaves en el mueble de la entrada y girándome para mirarla—, yo recojo. Tú siéntate donde quieras y no te muevas, por favor.

Da un paso al frente y hace el amago de protestar. No la dejo. Si es que ya sé todo lo que me va a decir, que «no le duele tanto», que «tiene mucha tolerancia al dolor» , que «no es nada» y todo lo que se le ocurra para evitar preocuparme.

—No. —Mi tono es tan serio que hasta Hugo se sorprende tras ella—. Tú te sientas y te quedas quieta. Punto. El viaje en coche es largo y no va a ayudar a que se te pase, así que descansa ahora, por favor.

—Estoy bien —insiste.

—Y yo soy Beyoncé —respondo seriamente—. Siéntate.

—Tú eres más guapa que Beyoncé.

Pues ya está. Ya me ha desarmado y no sé cómo contestar a nada más.

Ah, mira, si se va a quedar sentadita a pesar de las quejas.

Menos mal, que no estaba yo para seguir discutiendo con ella.

Espero a que esté acomodada en el sofá y la forma en la que se deja caer despacio para evitar el tirón de su piel confirma mis sospechas de que está más dolorida de lo que admite.

—Quédate ahí y yo recojo todo.

—Qué detallista, qué atenta, qué servicial —canturrea Hugo apoyado en la puerta.

Insisto, ¿por qué es mi amigo?

—No empecemos —le advierto mientras me marcho a la habitación.

—Solo digo que sigues siendo igual de mandona y de atenta con ella que siempre.

No necesito girarme para saber que tiene su cara de «tenía razón» activada.

—Y tú sigues vivo para verlo, disfruta de tu suerte —replico mientras empiezo a guardar la ropa.

Me saca la lengua y me da un golpe con la cadera antes de tumbarse a observarme. Ni aunque vuelva de entre los muertos madura este tío, eh. Mejor le ignoro por el bien de mi salud mental. Irónico que tenga que ignorar a un psicólogo para lograrlo.

—Oye, Álex —dice cuando ya estoy terminando todo con una sonrisa peligrosamente traviesa. Mala señal—. Una duda técnica antes de que os vayáis…

—No, Hugo.

—Pero si aún no he preguntado nada —protesta.

—Te conozco y sé que no quiero saber esa pregunta —explico.

Es absurdo que le diga eso porque va a hacer la pregunta igualmente.

—Solo hay una cama en todo el apartamento, ¿verdad?

Ya sabía yo que iba a preguntar igualmente.

—Hugo… —le advierto.

—¿Qué? Es información crucial para un psicólogo.

Necesito saber si compartisteis cama voluntariamente o si esto es «dónde duermo yo», «pues contigo», «ay, qué remedio»…

—Hace un gesto con las manos para no continuar con sus excusas obvias de película—.

Ya sabes, la narrativa importa para saber qué os ha llevado hasta aquí.

—La narrativa te la voy a meter por donde te quepa como sigas hablando —respondo con absoluta serenidad.

Y se ríe.

Si es que aquí nadie me toma en serio.

—Solo digo que…

—Hugo —interrumpo de nuevo.

—Vale, vale —levanta las manos en señal de paz, aunque la sonrisa no se le borra—. Me callo.

¿Así de fácil? Ni de coña.

—Me alegro de veros así.

Já.

Ya sabía yo que no iba a callarse. No puede. No está diseñado para eso.

Lo bueno es que esta vez no hay burla en sus palabras, ni una pizca de broma. Es… sincero. Está feliz de vernos juntas otra vez de una manera u otra. Y si él puede ser así de honesto, yo también. Nada de esquivar preguntas o el tema de Diana. No, ahora le voy a decir la absoluta verdad.

—Yo también me alegro.