Capítulo 25
Eres más g uapa que B eyoncé
—Buenos días, señorito —saludo con todo mi encanto mientras me siento en la silla que hay junto a Hugo.
Sí, hoy no me pongo al lado de Diana porque un poco de espacio que nos haga tener las manos para nosotras mismas en lugar de para la otra no creo que haga daño a nadie y seguro que ayuda a mi cabeza a aclararse un poco más.
El paseo hasta la cafetería por la que ayer pasamos y que Hugo aseguró que tiene los mejores huevos benedictinos de la ciudad ha sido bastante silencioso.
Bueno, no hemos dicho mucho en general desde que hemos salido del refugio de la cama.
Ni siquiera he tenido valor de comentarle a Diana lo bien que le sienta el jersey en tonos azules que lleva y que contrasta con su pelo.
Qué bonita me ha parecido siempre la combinación amarillo-azul y más ahora que la he visto en ella.
—¿Qué tal están mis chicas? —pregunta Hugo con una sonrisa mirando a una y otra alternativamente—. ¿Habéis dormido bien? ¿Juntitas quizás?
¿Le puedo pegar ya o es muy temprano?
Diana le ríe la gracia y sacude la cabeza.
Aquí es cuando descubro que sentarme frente a ella es incluso peor que tenerla cerca porque puedo ver cómo se sonrojan sus chapetas y le quedan preciosas en ese tono de piel blanquecino que aún arrastra del invierno.
Estoy tan centrada en esa imagen que ni siquiera me molesto en escuchar lo que le contesta o la respuesta de Hugo, quien me da un codazo cuando nota mi estado de disociación total.
—Perdón.
—¿Café doble para ver si te espabilas? —ofrece Diana cuando la camarera se acerca.
Asiento y dejo que sea ella la que pida nuestras bebidas mientras Hugo se encarga de la comida. Hacen un buen team . ¿Cuántos desayunos así habríamos tenido si no me hubiera ido?
—¿Quieres agua también? —pregunta de forma automática sin mirarme antes de que la camarera se marche.
—Sí —respondo bajito, consciente de que Hugo nos está observando como si fuéramos una mezcla entre documental de animales salvajes y culebrón venezolano que le entretiene muchísimo—. Gracias, Di.
Le quita importancia y agacha la cabeza cuando nota que no puedo dejar de mirarla.
¿Estaré a tiempo de cambiarme de sitio sin que sea descarado el motivo por el que lo hago?
Yo no sé si aguanto todo el desayuno sin que sea obvio que no me la puedo quitar de la cabeza.
Y ella parece llevarlo mejor que yo porque, en el momento que nota que no le quito los ojos de encima, me sonríe y me saca la lengua de una forma infantil que arranca una carcajada natural en mí.
—Suficiente de este tira y afloja que tenéis —dice Hugo, señalándonos con el dedo a las dos—.
¿Me explicáis ya qué energía extraña hay entre vosotras?
Porque ayer me fui pensando que estabais en plan «qué bonito este reencuentro y cómo se miran» y hoy venís con un aura de…
no sé… tensión sexual contenida nivel La isla de las tentaciones .
¿La isla…? Joder sí que ha tenido tiempo libre en esta ciudad si se ha enganchado a ver esos realities para llenar sus noches.
—Hugo, por favor te lo pido, no nos lo pongas más difícil —advierto presionando con el índice y el pulgar el tabique de mi nariz.
—Mmmmm… si me lo pides de rodillas me lo pienso —contesta con una naturalidad que hace que me den ganas de darle una bofetada.
Diana solo puede reír ante la burla de mi amigo y yo los quiero matar a ambos.
Es que encima se alían en mi contra para bromear más y meterse conmigo sabiendo que van a salir impunes porque a la hora de la verdad no le hago daño ni a una mosca.
Diana se vuelve a reír, porque claro, ella y Hugo son ahora el dúo dinámico de la comedia, mientras yo estoy aquí intentando no morir de vergüenza ante toda esta situación.
—Entonces, ¿me lo explicáis? —insiste Hugo retomando su tema favorito—. Lo de la tensión sexual, por si no quedaba claro.
¿Cómo no va a quedar claro? Si no hablas de otra cosa, imbécil.
—No hay ninguna tensión sexual…
Y yo aquí, intentando no quedarme embobada con la manera en la que Diana se coloca un mechón del pelo.
—Un poco sí —interrumpe Diana con bastante gracia y hasta a mí me cuesta no reírme—. Resuelta, pero aún hay.
Yo creo que la podemos resolver un poco más…
—¿Te importaría echarme un cable con todo esto? —pregunto rodando los ojos en dirección a Diana, que ha decidido que si no lo hablo con ella, al menos va a disfrutar con el juego intermedio. Siempre se le ha dado esto mejor que a mí, la verdad—. Por favor, Di.
De nuevo, la reducción de su nombre a tan solo dos letras le toca la fibra sensible y sale un poco en mi defensa.
—Estamos procesando un poco todo lo que ha pasado contigo y con nosotras —responde vagamente y a mí me vale porque no está muy alejado de la realidad.
—Procesando… Bonita forma de decirlo, eh. —Hugo arquea una ceja y se gira hacia mí. Genial, me toca otro de sus comentarios super ingeniosos—. ¿Qué procesas tú, Álex? ¿Las sensaciones de dormir acurrucadas? ¿La respiración en el cuello de Diana? ¿O los «uy, perdón, te he tocado sin querer»?
—Cállate —digo entre dientes.
Diana me da una patada por debajo de la mesa y me hace un gesto para que me calme antes de ser ella de nuevo la que medie entre nosotros.
—Sí, tenemos que hablar y lo haremos cuando consideremos oportuno. Ahora mismo tenemos otros asuntos entre manos —explica mucho más calmada que yo.
—Hablar —repite Hugo saboreando la palabra porque sabe lo mal que se me da a mí eso—. Ajá. Lo que viene siendo sentaros, deciros la verdad y ver si folláis antes o después de llorar cuando a Álex le dé el miedo y decida …
—¡HUGO! —explotamos las dos al mismo tiempo.
Lo peor es que sé lo que está haciendo. Igual que era capaz de manipular a su paciente de la forma más sutil siendo su amigo, ahora conmigo hace lo contrario.
Está atacando y poniendo en palabras todo lo que pueda estar pasando por mi cabeza.
Si no fuera porque sé que lo hace porque considera que es lo mejor para mí, me levantaría y me iría de aquí.
—Perdón, perdón. Ya me callo —dice mientras levanta las manos en señal de defensa.
A falta de poder pegarle, o mejor matarle, le lanzo una servilleta de forma infantiloide. Diana me sigue el juego, una vez más, y le lanza otra.
—Madurez —murmura Hugo, quitándose los restos de papel de la chaqueta—. Mucha madurez veo yo aquí para mantener una conversación adulta.
La verdad es que sí, estamos fatal de eso al parecer.
Y el maldito Hugo aplaude en silencio, orgulloso, como si fuéramos dos crías dando su primer paso para mantener una relación, como si no tuviéramos una historia detrás durante diez años…
¡ Ring !
Los tres nos asustamos con el estruendo que hace el móvil de Hugo sobre la mesa.
—Joder, ahora no… —murmura con mala cara.
—¿Quién es? —pregunta Diana con curiosidad.
—Herrera. —Hugo hace una mueca—. La única persona a la que no puedo ignorar por mal que me caiga.
—Cógelo, anda —le digo, aunque lo que quiero de verdad es que se vaya un rato y nos deje respirar un poquito con tanta pregunta.
Hugo pone los ojos en blanco, pero acepta su destino y se aleja de nosotras un poco para responder a la llamada, aunque no nos quita los ojos de encima ni a distancia.
—Venga, un respirito de tanta pregunta sobre nosotras.
Le doy un sorbo al café solo para tener algo que hacer con las manos y que no se me noten los nervios de no saber llevar este tema con tanta serenidad como ella. Por un segundo, las dos nos quedamos mirando el hueco vacío donde estaba Hugo. Y nos da la risa. A la vez.
—Como pasemos cinco minutos más con él —empieza Diana, alzando una ceja con la picardía que solo ella tiene en estos momentos—, nos hace terapia de pareja.
—Lo mato —digo con total convicción—. Le rompo la libreta en la cabeza y le meto la grabadora por…
—Diana se ríe antes de que pueda terminar la burrada que iba a soltar, y ese sonido me hace perder el hilo como siempre de lo que quiera que haya en mi cabeza—.
El caso es que como le demos un poco de coba nos hace hablar de nuestras emociones hasta que vomitemos.
—Tu cosa favorita entonces, ¿no? —pregunta ella y yo inclino la cabeza sin entender muy bien el comentario—. Lo de hablar de emociones, digo. O de mí.
Otra tan sutil como mi amigo. Yo no puedo más.
Podría gritarle que hace unos años era a ella a la que le costaba hablar de todo lo que tuviera que ver conmigo así que podría darme un poquito de cuartelillo con el hecho de que yo ahora mismo no quiera hacerlo.
Que sí, que esta mañana me ha dicho que se espera, pero por otro lado creo que le puede la duda de qué coño voy a tener que decir.
¡Yo que sé, Diana!
Genial. Muy bien, Álex. Claridad mental cero. Seguimos igual.
—La otra opción es que nos pida que nos miremos a los ojos durante dos minutos —añade Diana para intentar que le siga la conversación.
—Yo no aguanto dos minutos mirándote a los ojos, Di.
—¿Por qué? —pregunta.
Porque me dan ganas de comerte la boca.
Porque en esos ojos soy capaz de ver reflejado lo que fui, lo que soy y lo que quiero ser. Contigo a mi lado, claro. Es un bonito detalle a tener en cuenta.
Porque solo me saldría decirte dos palabras que no sé si quiero decirte o esconder de nuevo.
Oops.
La tensión entre nosotras sube como la espuma otra vez. Mierda.
—Bueno… —dice ella, jugando con la cucharilla.
¿Puede Hugo volver ya? Ahora su ausencia me está viniendo mal.
—Lo que te dije esta mañana era verdad —continúa ella ante mi silencio—. Puedo esperar a que tú quieras hablar por mucho que bromee de ese tema con Hugo.
—Gracias.
Vale, todo controlado de nuevo. Aunque le siga el juego a mi mejor amigo, va a respetar mis tiempos. Quizá hablar con ella no me va a matar con la cabeza tan adulta que tiene ahora. O sí. No sé, la verdad.