Lo que dejé en Madrid Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

No sé si esto es un comienzo o una despedida, pero esta noche prefiero no pensarlo. Solo espero que mañana no te arrepientas de haberme dejado dormir aquí, Di.

◆◆◆

Dos noches durmiendo con ella.

Dos noches sin pesadillas y sintiendo paz al despertar.

Fucking magic .

Magia o Diana.

Dos palabras que comparten número de letras y vocales y no se alejan casi nada la una de la otra.

Curioso el tema de la semántica y el origen de las palabras ya que el nombre de Diana siempre ha estado relacionado con la divinidad y la capacidad de ser luz.

Como la luz que está dando en mi vida desde que llegó o la divinidad que es sobre el resto de los mortales para mí esta chica.

¿Qué vamos a hacer ahora, Di?

Llevo rato aquí tumbada escuchando el suave vaivén de su respiración. Abrazando el calor que emite bajo las sábanas y perdiéndome en ella. ¿He pertenecido siempre junto a ella y me he negado a verlo todos estos años o me estoy dejando llevar por la nostalgia del reencuentro?

—Buenos días.

¡Ay! Está despierta y yo aquí acariciando su estómago modo romántica. ¡Qué vergüenza!

El pensamiento me dura medio segundo, hasta que ella se mueve lo justo para dejar un beso en mi frente que me hace relajarme.

¿Hay mayor gesto tierno y de confianza que un besito ahí?

Yo creo que no. Quizás solo sea superado en adorabilidad por el besito en la punta de la nariz.

Ella siempre me los daba ahí por las noches antes de dormirnos…

—Buenos días —respondo sin atreverme a levantar la cabeza.

—¿Has dormido bien? —pregunta ahora pasando la mano por mi cabello, peinándolo a la par que deja leves caricias sobre mi cuello cuando puede.

—Sí, muy bien.

Las dos sabemos las implicaciones de que yo, una persona que duerme mal todo el tiempo, duerma bien una noche en sus brazos. El lince rubio que tengo a mi lado probablemente esté sonriendo aunque no la vea, feliz de causar ese efecto en mí. La conoceré yo…

—Sigues respirando por la boca cuando duermes —dice para romper el silencio que se ha vuelto a instalar entre nuestra comodidad.

Me hace reír con esa tontería. Cinco inviernos juntas en los que me pasaba todas las mañanas, al despertar, quejándome de que me dolía la garganta por respirar por la boca.

—Y tú sigues robándome el edredón —me quejo.

Noto cómo su pecho sube y baja de la carcajada que suelta.

Sí, sí, que se ría, pero sabe que tengo razón.

Levanto la cabeza lo justo para observarla.

Estoy acostumbrándome a su constante presencia y a su risa y esto puede ser mi condena.

Me he pasado demasiado tiempo sin escucharla y ahora algo me dice que no quiero que eso vuelva a pasar.

No recordaba lo que era conectar tan genuinamente con alguien como con ella.

He construido muros imposibles de saltar, mucho menos de derribar y no he dejado a nadie pasar hasta…

ahora. Y no me aterra tanto como pensaba que lo haría.

Se coloca de lado, a pesar del dolor evidente en su costilla, para mirarme. Así quedamos, en posición fetal una frente a la otra como en un espejo.

Es preciosa hasta recién despierta…

Mi mano va sola a su mejilla. La acuno y acaricio con los dedos su piel.

Está suave y calentita. Sería tan fácil romper esta poca distancia y besarla de nuevo…

Volver a probar esos labios que han tenido el poder de matarme y revivirme al mismo tiempo desde que los rozara la primera noche.

Contengo las ganas y, en lugar de acercar los míos, llevo mi pulgar justo sobre su herida.

Noto el aire que exhala sobre él en una respiración más profunda que las anteriores.

—Di…

Y no me atrevo a decirle lo que tengo en la cabeza. No quiero tener que alejar esa mano, romper el contacto o esta realidad paralela en la que me he permitido ser feliz unos días.

—Lo sé —responde sin apartar la mirada—. Tenemos que hablar.

Gracias.

Gracias por saber tú lo que quiero.

Asiento y no digo nada más. Mi mano baja hasta su cuello, donde dejo caricias más suaves y cariñosas mientras seguimos en silencio, mirándonos. La piel es traicionera, porque recuerda antes de que lo haga tu cerebro y reacciona antes de que seas consciente de lo que estás haciendo.

¿En qué momento perdí este roce que antes daba por hecho? ¿En qué momento decidí negarme el calor de otra persona, concretamente de Diana? Y ahora con mis dedos paseando por la línea de su mandíbula sé que todos mis recuerdos han terminado por ser desenterrados.

Me he pasado años fingiendo que no necesitaba esto, a ella, y que estaba mejor sola que volviendo a intentar tenerla entre mis brazos. ¿En qué coño estaba pensando?

Es ella la que se mueve para abrazarse a mí.

Y yo la dejo, claro que lo hago. Se acurruca escondiendo su rostro en mi cuello y el simple roce de su nariz ya me tiene sonriendo.

No sé qué estamos haciendo, pero tampoco quiero frenarlo ahora…

Diana me trae tantas cosas que creía perdidas…

Entre ellas la sensación de poder dejar de ser fuerte todo el tiempo y poder apoyarme en alguien sin pedir permiso y que ese alguien sepa, como hace ella todo el tiempo, justo lo que necesito cuando yo no quiero verlo.

Cierro los ojos y acompaso mi respiración a la suya. Mi dedo índice toma la iniciativa dibujando líneas invisibles por todo su brazo hasta llegar a su mano y, en un movimiento ágil, ella lo atrapa para entrelazar nuestros dedos.

Todo muy de pareja y sin embargo nosotras no…

Ay… Qué dolor de cabeza, de verdad. Yo no sé si era más feliz en Nueva York —no lo era—, lo que sé es que no tenía estas jaquecas constantes por no poder dejar de pensar ni un segundo en nuestra ¿relación?

—Si no estás preparada aún para hablar, podemos esperar un poco más.

Y es su voz contra mi cuello la que me hace estremecerme.

Cero exigencias. Quiero que alguien venga a explicarme cómo Diana puede tener esa capacidad de darme espacio sin alejarse ni un poquito.

Su boca sigue a unos milímetros de mi piel y como no la aparte va a derribar las pocas defensas y fuerza de voluntad que me queda ahora mismo antes de que quiera besarla. En su lugar, decido soltar lo primero que me pasa por la cabeza.

—No creo que vaya a estarlo por mucho que espere —respondo y creo que no he sido tan sincera con ella como en este momento.

Ojalá entiendas que esto no es por ti, es por mí. Y sí, suena a cliché, pero es la verdad. No quiero tener una conversación contigo y volver a joderlo cuando ni yo sé qué estoy haciendo o qué quiero hacer con mi vida.

—Entonces quizás lo mejor sea dejarlo para la vuelta a Madrid en unos días y así podemos disfrutar de lo que quiera que sea esto antes de…

¿Antes de que me arrepienta? ¿Antes de que me marche? ¿Antes de que la caguemos soltándonos alguna burrada? Sea cual sea el final de esa frase que ella no pronuncia, agradezco tener un poco más de tiempo para aclarar mis sentimientos.

—Si no te importa —susurro contra su frente.

Hemos esperado mucho tiempo, qué más da unos días más, ¿no?

—No me importa.

O le importa y finge que no, en cualquier caso a mí me viene bien.

—No quiero moverme, Di. Pero se va a hacer tarde y le dije a Hugo de quedar a tomar algo —digo rompiendo la burbuja en la que estamos metidas.

Necesito un poquito de aire y tierra de por medio porque estoy nublada por su olor y sus caricias.

—¿Estoy invitada? —pregunta levantando la cabeza para mirarme.

—Siempre lo has estado, Diana.

Y a mi vida, también.