Capítulo 24
Magia o Dia na
Hago el trayecto de vuelta mucho más largo de lo que en realidad es en un intento de así tener más tiempo para pensar. En el momento en que cruce esa puerta voy a tener que enfrentar a Diana y la conversación que tenemos pendiente.
No sé qué me da más miedo: lo que Diana pueda decirme o lo que vaya a leer en sus ojos cuando me vea llegar.
Como si no hubiera tenido yo hoy suficiente con todo lo de Hugo…
Esto es un no parar, y parar es lo que en realidad yo quiero.
El aire fresco me corta el rostro cuando freno mi camino y veo mi reflejo en el escaparate de cristal de una pequeña panadería de barrio.
Puede ser por las luces o por la falta de ellas más bien, pero luzco cansada.
Y, a pesar de eso, siento una chispa en mi interior que no había tenido en años.
Noto un escalofrío en cuanto paso más tiempo de la cuenta aquí de pie sin moverme por la humedad que hace en esta ciudad.
Retomo mi camino de vuelta con movimientos mecánicos.
Voy en piloto automático y no es para menos.
Mi cuerpo necesita una tregua del torbellino de emociones e incertidumbre que he tenido en las últimas horas…
todo ha desembocado en un final que no termino de asimilar.
Hay un silencio sepulcral cuando abro la puerta del apartamento. ¿Se habrá dormido Diana? Vaya por dios, qué lástima, justo ahora que quería hablar… una pena, eh.
Qué desgracia que voy a tener que tirarme un rato en el sofá a descansar mientras… ah, que está aquí. Lo último que esperaba era encontrármela tumbada, descalza, con las piernas cruzadas y un libro descansando sobre su estómago. Su respiración es lenta, pausada y profunda.
Suspiro y me apoyo en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos para mirarla durante unos minutos. Es increíble lo fácil y cómodo que me resulta verla así, tan natural, como si esta escena no fuera algo extraordinario sino algo que veo a menudo.
Podría convertirlo en costumbre…
Doy un par de pasos, intentando no hacer ruido, para poder verla mejor.
La luz tenue de la lámpara de pie ilumina su rostro con un resplandor cálido, lo que ayuda a su piel habitualmente pálida y al mismo tiempo la hace más inalcanzable.
La sombra proyectada resalta la curva de su mandíbula y la suavidad de sus labios entreabiertos en la quietud del sueño.
A mí solo me apetece tumbarme a su lado. Esconderme en su cuello y olvidarlo todo. Disfrutar de los últimos momentos sin tener que lidiar con la vida real. Veo el hueco perfecto en el que colarme para poder recostarme ahí, pero en cuanto mi peso hunde el cojín, Diana se remueve.
— Fuck… Lo siento.
Me disculpo por interrumpir su sueño, aunque ahora mismo ella no sabe qué pasa.
Parpadea lentamente y se acostumbra a la poca luz que nos rodea antes de darse cuenta de que estoy aquí invadiendo su espacio personal sin permiso.
Se incorpora lo justo en el sofá para mirarme mientras se frota los ojos.
Luce adorable así de dormida y de indefensa. ¿Esto era lo que sentía Chandler cada vez que miraba a Mónica en Friends? ¿Un sentimiento incontrolable de necesidad de estar con ella a pesar de todo?
—Teníamos razón —murmura con la voz cargada de sueño.
Y nunca me ha producido tanta satisfacción tenerla como el motivo por el que está pronunciando esas dos palabras.
—Teníamos razón —repito yo.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotras.
Bosteza, mostrando que sigue cansada y que las pastillas relajantes de la noche tienen un efecto bastante sedante en ella.
Y yo podría marcharme a la cama y darle espacio.
No quiero. ¿Cómo voy a quererlo si no sé cuándo se me va a terminar esta cercanía?
En lugar de irme, encajo mi cuerpo, con mucho cuidado, junto a ella en el sofá.
No se queja y tampoco reacciona. Ni buena, ni mala señal.
Es como si ninguna de las dos quisiera romper el frágil equilibrio en el que nos encontramos.
Hemos recorrido un camino largo y difícil para ser capaces de estar así, con nuestros cuerpos encajados a la perfección, como si nunca hubieran dejado de estar acostumbrados a acoplarse cuando era necesario.
Hace un gesto para que apoye mi cabeza en su hombro y yo obedezco encantada, pasando mi brazo sobre su cadera, asegurándome de no rozar la costilla que le duele.
Ay… qué paz siento.
Las yemas de mis dedos se mueven con cuidado sobre la piel que queda expuesta en el lateral de su cadera, entre el pantalón del pijama y la camiseta.
Esa leve caricia le pone la piel de gallina, al menos hasta que se vuelve a dormir.
Yo también cierro los ojos, aunque el sueño no me encuentra tan fácilmente como a ella.
Probablemente porque aún estoy alterada y mi adrenalina está disparada.
Contra todo pronóstico, en lugar de seguir dándole vueltas a la cabeza, me relajo y disfruto de cómo el dulce aroma tan familiar de Diana se va colando por mi nariz y envuelve todo mi cuerpo en una sensación de nostalgia y alivio a la par.
Ese perfume me arrastra de vuelta a una versión de nosotras que ya no existe, porque las dos hemos crecido mucho y ahora tendríamos otras dinámicas más sanas, ¿no?
Dos minutos me hacen falta para saber que es imposible olvidarla mientras siga oliendo así, a casa, a todo lo que fui capaz de amar y perder.
Aún recuerdo lo cabezota que fue con comprarse este perfume.
Lo había visto anunciado porque una modelo que le gustaba lo promocionaba y se le metió en la cabeza ir a olerlo.
Yo me hacía la loca todo el tiempo porque sabía que era muy caro y no quería que se gastara ese dinero en un perfume.
Una tarde volvíamos de dar un paseo y nos paramos en una tienda que tenía testers de ese bote con forma de tacón con el que estaba tan pesada.
Ahí lo olimos y… ya no hubo vuelta atrás.
Se convirtió en su olor inmediatamente. De hecho, se lo regalé yo a los pocos días porque la carita de ilusión que tuvo cuando descubrió que le gustaba ese perfume no tenía precio.
Y lo sigue usando a día de hoy.
Hugo dirá que muchas cosas han cambiado y estoy convencida que para bien. A mí me alegra que algunas, como este olor o la forma en la que siempre me mira, no lo hayan hecho en absoluto.
¿Qué voy a hacer contigo, Di? ¿Debería arriesgarme y dejarlo todo por esto?
¿Debería volver a Nueva York e intentar reconducir mi vida ahora que parece que está un poco más tranquila?
Siempre decías que yo era muy valiente porque era más abierta y acepté mi sexualidad antes…
Si tú supieras el miedo que yo tenía y me hacía la fuerte solo por ti…
Siempre he sido una cobarde, no te engañes.
Y la prueba es cómo me fui, incapaz ni siquiera de cortar contigo.
Ahora necesito que seas tú la valiente por las dos y me convenzas de que esto tiene sentido y debería quedarme.
Madre mía, es que yo no sé ni cómo me habla…
Dejo escapar un suspiro pesado antes de levantarme del sofá, intentando no despertarla esta vez, y voy directa a la cocina a por un vaso de agua.
Me vendría mejor un chupito de tequila, la verdad.
Me conformaré con este líquido transparente e insípido.
Apoyada en la encimera aún puedo ver la silueta de Diana perfectamente tumbada.
Giro y me pongo a mirar por la pequeña ventana que da a un ojopatio con tal de no pensar en ella cinco minutos.
He estado cinco años sin hacerlo, porque tampoco me lo permitía a mísma, y ahora es que no puedo parar.
No sé en qué momento dejar de pensar que ella ya no es una opción para mí.
Termino mi vaso de agua mientras observo la ropa tendida de las viviendas contiguas a la nuestra.
Estamos en el típico edificio antiguo del centro de Barcelona que ha sido reformado, con mucho gusto, para ser puesto en alquiler.
Estoy bastante convencida de que a los vecinos no les hace mucha gracia este negocio y no me extraña.
Los alquileres están imposibles con tanto piso turístico.
En Madrid pasa lo mismo, porque Marc está todo el día quejándose de eso.
¡Ay! Marcos va a flipar cuando Hugo le cuente todo lo que ha vivido.
Bueno, y cuando yo le cuente lo de Diana.
Vuelvo a buscar su silueta en la penumbra y esta vez veo que el sofá está completamente vacío.
Frunzo el ceño extrañada y camino hacia la habitación, donde la encuentro tumbada en la cama de espaldas a la puerta.
Anoche dormimos juntas en esa cama en otras circunstancias porque nos acostamos, pero ahora…
Mira, a la mierda, si es que me apetece dormir con ella, no le voy a dar más vueltas.
Y con esa decisión en la cabeza y tras ponerme el pijama lo más rápido que puedo, me deslizo entre las sábanas hasta quedar tumbada junto a ella, con la misma naturalidad con la que lo hacía cada noche que llegaba tarde y ella ya había llegado a mi apartamento.
Estoy un poco tiesa mirando al techo cuando noto que se mueve despacio y acerca su cuerpo al mío de forma instintiva. No sé si está dormida y es puro instinto o de verdad quiere este contacto.
—Di… —susurro para comprobar si está despierta.
—Mmmmm…
Pues ese ruidito no me lo deja claro.
—Si te molesto me lo puedes decir y me voy al sofá —ofrezco tragando saliva.
Por favor, no me pidas que me vaya.
—No seas boba.
Y en lugar de apartarse, lo que hace es desplazarse un poco más para aferrarse con fuerza a mi cuerpo.
Pasa su mano por mi abdomen y apoya su cabeza en mi hombro.
Me muevo lo justo para poder pasarle el brazo por sus hombros y envolverla así en la seguridad del calor corporal que emano ahora que he subido un par de grados de temperatura por este leve contacto con ella.
Beso su frente y ella respira hondo antes de caer profundamente dormida otra vez.