Capítulo 23 #2
—No queríamos hacerte daño, ni obligarte a lidiar con lo que tú misma no querías.
En lugar de enfrentarte a lo que sentías por Diana, lo bloqueaste y lo enterraste.
Por eso no llevabas bien nada relacionado con ella.
Fue tu forma de gestionar los sentimientos y nadie consiguió que lo hicieras de otra manera, así que tuvimos que aprender a gestionarlo para no dañarte —responde Hugo y hace que me sienta mal por haberles puesto en esa posición.
—¿Y por eso nos dejaste la casa a las dos? ¿Para que tuviera que enfrentarme a ella de alguna manera?
Es, tal vez, la pregunta que más me he hecho.
—Primero de todo lo hice porque Diana es casi tan paranoica como tú con el tema de las conspiraciones —se burla con algo de gracia por el tono que usa—.
No era difícil que alguna de las dos viera las incongruencias y las compartiera con la otra si estabais en el mismo sitio.
Y segundo, pero no por ello menos importante, sí, simplemente pensé que cruzarte con ella podría ayudarte.
—¿Ayudarme? ¿Cómo?
—Bueno, estás mejor que hace unos meses, ¿no?
Interesante pregunta.
Hace que me pare a pensarlo porque una cosa es sentirlo y otra decirlo en voz alta y asimilar las implicaciones de las razones por las que me noto mejor.
Me siento más… liberada y sosegada. He dejado de correr contra las sombras que me perseguían y las he dejado caminar a mi lado hasta entender por qué querían alcanzarme.
—Sí.
—Mi intención nunca fue que Diana y tú acabarais juntas, sino que fueras capaz de enfrentarte a tu pasado y tus sentimientos por ella —aclara Hugo y no me creo ni una palabrita de que este personaje no nos shippee con la que ha liado—.
Quería que en el proceso de vivir esta situación aprendieras a seguir con tu vida, con ella o sin ella, en Nueva York.
Ahí yo no voy a entrar. Solo quería que volvieras a ser feliz.
«Solo quería que volvieras a ser feliz», qué fácil decirlo.
¿Cómo ha sido él capaz de ver todos estos años que no era feliz y yo estar en una negación tan profunda de pensar que sí lo era?
—Además, no andaba yo muy equivocado con toda esta historia —el tonito de burla vuelve y no voy a darle el gusto de preguntarle de qué habla. Tampoco lo necesita para continuar—. No lo hice tan mal porque Diana fue lo único que te hizo volver cuando ya te habías rendido conmigo.
—Calla, calla…. —Sacudo la cabeza y me tapo la cara con las manos avergonzada—. No sabes el marrón que dejé en el trabajo. Me vine sin que me aprobaran las vacaciones… Es que me van a echar en cuanto vuelva, y con razón.
—¿Y qué más da? ¿Acaso te arrepientes de haberlo hecho?
¿Puede dejar de meter el dedito en la llaga con las preguntas?
—No, pero…
No me arrepiento, eso lo tengo claro. No solo por la claridad mental que siento, ni tampoco por tenerle sentado en frente, a lo mejor ni siquiera solo por Diana.
Sino por mí misma. Por cómo estoy ahora y cómo he vuelto a respirar después de mucho tiempo bajo el agua.
El problema es que todo eso tiene sus consecuencias y sus nuevas preguntas sin respuestas.
—¿Pero?
No lo va a dejar pasar hasta que termine esa frase. Ya he abierto la veda de hablar sobre mis sentimientos así que un poquito más de sinceridad tampoco me sentará mal.
—Ahora tengo miedo, Hugo —confieso en apenas un susurro.
—¿De que pueda pasar algo más con ella? ¿De volver?
—pregunta frunciendo el ceño intentando entenderme.
Yo me muerdo el labio porque no sé cómo confesar lo que ha pasado.
El rubor de mis mejillas debe ser evidente para que mi amigo empiece a conectar los puntos de lo que ha visto hoy y lo que no estoy diciéndole—. Oh… Ya ha pasado.
—Sí —suspiro aliviada de que lo haya dicho él.
—¿Cuándo? ¿Qué ha pasado? —pregunta intrigado, no desde el punto de vista del cotilleo, sino de la preocupación por mi estado.
—Anoche, y fue…
—No hace falta que me des detalles íntimos, ¿vale? —interrumpe con guasa.
—Eres un imbécil. —No puedo aguantar la risa que me da ese comentario—. Iba a decir que fue como si el tiempo se detuviera, como si no existiera nada más que ella y yo en este mundo.
—Eso es muy bonito y muy difícil de encontrar, Álex.
Ahí está el problema, Hugo. ¿Cómo no voy a estar cagada si con solo acostarnos una vez ya me tiene así?
—Lo sé y por eso me da tanto miedo. —Apoyo mi frente sobre el dorso de mis manos en la tabla de la mesa, derrotada.
Hugo me obliga a levantar el rostro y mirarle antes de seguir hablando—.
Tengo miedo de la capacidad que sigue teniendo para desmontarme la vida con una mirada, de hacer temblar mi mundo y de entenderme como nadie.
—Tienes miedo de que vuelva a romperte —resume él.
—Hace mucho que me prometí que nadie me iba a herir de esa forma y ahora siento que ella tiene esa capacidad con solo chasquear los dedos.
Hugo no responde de inmediato. Lo que sí hace es mirar mi cara de pena mientras cuento esto.
—No puedo hablar por Diana, ni mucho menos revelar nada de lo que hemos hablado en nuestras sesiones —me advierte de una forma muy sutil—. Lo que sí puedo decirte es que ha cambiado mucho y no es la chica frágil y dudosa que conocías.
—¿Y solo por eso ahora debería dejar toda mi vida y tirarme a sus brazos?
Ahora estoy un poco a la defensiva y él lo nota. Hace un gesto con las palmas de las manos extendidas hacia abajo para que me calme. Yo respiro hondo y me resigno ante esta situación que me está tocando vivir.
—No estoy diciendo que vuelvas con ella, ni hagas locuras —explica con mucha paciencia y lentitud—.
Lo que digo es que os debéis una conversación sincera por las dos partes.
Deciros lo que sentís ahora, los miedos que tenéis y lo que queréis sin pensar en nada más.
Ya habrá tiempo de enfrentarse a los problemas de la vida, que sea juntas o separadas es vuestra decisión, pero no deberías tomar unilateralmente la decisión de nuevo.
—Soy mayorcita, puedes decirme que la cagué con aquella decisión, Hugo, lo asumo.
Impresionante evolución, porque hace unos meses no habría reconocido eso en voz alta ni loca.
—Creo que no supiste manejar tus sentimientos e hiciste lo único que sabías que podía ayudarte, poner tierra de por medio.
—Es tan buen amigo que ni ahora teniendo la oportunidad de jactarse de que lleva años teniendo la razón, lo hace—.
El problema es que cuanto más tiempo pasabas en negación, peor gestionabas todo y menos tú parecías, Álex.
—Ya… —Más razón que un santo y eso que no soy yo creyente—. Las cosas cambian y ahora estoy intentando hacerlo de otra manera. Te lo prometo. Y sé que tengo que hablar con ella, lo tengo en mi lista de cosas pendientes en la que lo primero era encontrarte a ti.
—Y aquí me tienes ya. Ahora apechuga y cumple la otra parte.
Le lanzo la bola que ha hecho con la servilleta y me río. Vuelve a tener razón. Ahora ya no hay excusas para posponer lo que sea que Diana y yo tenemos entre manos. Hugo está vivo, podemos dejar esta cruzada y volver a nuestra vida de antes. Aunque… ¿Acaso queremos volver a esas vidas?
Gran pregunta.
Tras este rato de conversación intensa y sincera, Hugo entiende que no estoy para más ahora mismo. Pide un par de cervezas y unas tapas mientras me da espacio para que me calme antes de actuar con total normalidad, como si nada hubiera pasado y estuviéramos en Madrid. Y se siente… bien.
Los dos dejamos que el ambiente distendido y las ganas de ponernos al día se apoderen de nosotros durante un buen rato, disfrutando y riendo.
Él también hace lo propio y se abre en canal al contarme cómo se ha sentido estos meses y lo mucho que le ha costado mantenerse cuerdo en medio de su forzada desaparición.
Ha tenido que empezar de cero en su vida falsa con un nuevo trabajo y es algo súper extraño para él.
Yo haciendo drama por tener que lidiar con mi ex sin pensar que él también ha tenido que pasarlo mal con todo esto.
—Te juro que pensé en mandarte una carta, Álex. Una carta. ¿Te imaginas? —dice sin parar de reír—. Como en las películas de espías en código morse y todo. El maldito Herrera me lo prohíbe todo, tía.
Jodido Herrera. Podría habernos contado algo cuando nos plantamos en la comisaría aquella tarde y no darnos puerta. Joder, que no íbamos a contar nada.
Entre comentarios y miradas cómplices con Hugo, mi cuerpo entra en un estado de relajación y confianza máxima.
Sigo procesando todo lo ocurrido, pero con una nueva forma de verlo todo.
Tendré tiempo de sobra para lidiar con eso.
¡Marcos va a flipar cuando se entere! A él sí que le voy a restregar que tenía razón con lo de que nada tenía sentido. Já. Chúpate esa.
—Ah, no, de eso nada —dice Hugo robándome la cajita con la cuenta en cuanto la trae el camarero—. Os lo debo.
—De hecho nos debes mucho más que una cena después de la que nos has liado —le recuerdo entrecerrando los ojos.
—Lo sé, lo sé —acepta encantado—. Empezaré por esto.
Dejo que pague y salimos juntos del local. Caminamos un par de calles juntos, en silencio, no queriendo despedirnos todavía. Es como si mi cabeza pensara que si nos separamos, voy a perderle otra vez.
—Muchas gracias por encontrarme. Me encantaría seguir, pero creo que es hora de que vayas a buscar a Diana —dice dándome un golpecito juguetón en el hombro—. ¿Nos vemos mañana?
—Por supuesto.
Abre los brazos y yo no espero ni un segundo antes de lanzarme a que me envuelva con todo su cariño.
Uno de esos abrazos de oso que sanan y relajan.
Justo lo que necesitaba. En cuanto nos separamos, Hugo me regala una última sonrisa antes de girarse y desaparecer entre las calles iluminadas de Barcelona.
Mis ojos van directos al cielo, donde una gran luna llena ilumina la mayor parte de la ciudad.
Es preciosa. Exhalo con fuerza y echo a andar hacia el apartamento.
Y aunque la conversación con Hugo me ha aclarado muchas cosas, también ha hecho que me pregunte muchas otras que voy a tener que enfrentar cuando cruce la puerta del apartamento.