Lo que dejé en Madrid Capítulo 23
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Capítulo 23

Del uno al d iez

—Ahora que estamos solos, ya puedes empezar a soltar por esa boquita lo que ha pasado —pide Hugo en cuanto perdemos de vista a Diana.

—Tienes un morro que te lo pisas, ¿sabes?

—¿Yo? —pregunta con una inocencia fingida que no aguanto.

—Sí, tú.

Hago el intento de darle otra colleja y me freno a medio camino, recordando lo que Diana ha dicho antes de irse. Él sabe perfectamente lo que ha detenido mi intento de agresión y no lo va a dejar pasar.

—Siempre fue la única a la que hacías caso…

Ya sabía yo… Pues sí, ¿y qué pasa? No es mi culpa que ella sepa entenderme y calarme a la primera.

Le hago caso porque confío en ella y en que quiere lo mejor para mí y…

Espera. Confío en ella. Es eso. Pensaba que no sería posible, pero sí.

Se lo ha ido ganando desde que volvimos a vernos y ahora es que ni lo dudo. Joder, Diana… Qué poder.

—Si quieres que te cuente lo que ha pasado, necesito que tú también me digas algo. —No voy a ser la única aquí que comparta información. Yo quiero saber en qué pensaba cuando organizó esta búsqueda del tesoro—. ¿Por qué las pistas, Hugo? ¿Qué pretendías con todo esto? ¿Por qué nosotras?

Me interesa mucho la última pregunta.

Mierda, ya ha puesto la cara de psicólogo que tanto odio. Cómo no hacerlo cuando lleva años intentando que hable de mis sentimientos y de todo lo que pasó con Diana. Ha visto su oportunidad con esto y no la va a dejar escapar.

—Pareces más serena, más adulta incluso —responde ignorando mis preguntas.

—Supongo que lidiar con la muerte de tu mejor amigo te hace ver las cosas en perspectiva —respondo esquiva.

—Y ver a Diana, ¿no?

¡Lo sabía! Todo es una trampa suya para juntarnos. Maldita celestina…

—Hugo, responde a mis preguntas primero.

No es una amenaza, él es consciente. Solo soy una chica que quiere respuestas antes de abrirse en canal. ¿Tanto pido? Él lo nota y da un gran sorbo a su cerveza antes de empezar a relatar la explicación que tanto espero.

—Está bien. Déjame explicarme antes de pegarme o matarme, ¿vale? —pide y yo asiento porque por muchas ganas que tenga de hacerlo, más ganas tengo de respuestas—. Cuando supe que tenía que desaparecer y fingir mi muerte, quitando a mi madre, tú fuiste la primera persona en la que pensé, Álex, y…

—Y aun así me has hecho pasar por todo esto —interrumpo.

—¿Qué hemos dicho de no interrumpir y escucharme?

—se burla y a mí no me queda otra que cruzarme de brazos y reclinarme contra la silla—.

Te adoro, Álex, pero eres una persona muy cerrada con tus sentimientos y, por mucho que digas que no, te conozco casi mejor que tú misma.

Te marchaste hace cinco años para huir de tus sentimientos y en estos años has evitado hablar de ese tema.

No has querido hacerlo conmigo ni como amigo, ni como psicólogo. No es sano hacer eso.

—Ya lo sé, ¿vale? Lo he aprendido a las malas —suspiro.

—Nunca has querido volver a Madrid por no enfrentarte a ella —continúa él sin regodearse de la confesión que he hecho—.

Tenías miedo de ver que no lo habías superado y lo he respetado siempre, aunque no compartiera tus métodos.

El problema es que cuando supe lo que tenía que hacer…

—La tristeza y preocupación empapan su voz conforme avanza en su justificación—.

Sabía que una noticia así podía destruirte por completo, Álex y, como psicólogo, pero sobre todo como amigo, no podía permitir ser el culpable de que te derrumbaras como un castillo de naipes al volver a Madrid.

—¿Cómo sabías que volvería?

Eso también me lo he preguntado varias veces. Todo lo que ha pasado ha ocurrido porque decidí regresar a Madrid. ¿Cómo podía estar tan seguro de que lo haría?

—Eres insufrible y vas de dura, pero no ibas a dejar a Marcos solo con todo esto y mucho menos ibas a perder la oportunidad de despedirte de mí.

—Me está empezando a molestar que me conozca tan bien como dice—.

Así que pensé que una forma de evitar que todo eso pasara era que pensaras que había algo extraño en la narrativa.

Me puse manos a la obra y tracé todo un plan.

—Muy seguro estabas también de que eso te iba a salir bien y mira que lo has puesto difícil —digo rodando los ojos.

—Eres una cabezota y te cuesta aceptar las cosas. Así que sí, no ibas a aceptar tan fácilmente como Marcos mi marcha —responde mientras se ríe por lo fácil que a él le parece su enrevesado plan—. No sería difícil hacerte creer que pasaba algo si ponía las pistas adecuadas.

—El funeral sin tu familia y la actitud fría de tu madre cuando la vi me extrañaron muchísimo, pero creo que no tanto como el vinilo de Starlight —digo mientras pienso en todo lo que ha ido pasando desde el funeral.

—Bendito grupo y mira que no me gusta.

—Nunca he entendido por qué le tienes esa manía.

Un poquito de por favor que son los reyes del pop actual.

—No es mi rollo.

Se encoge de hombros y me hace sentir en casa. Hemos sido siempre bastante opuestos y, aun así, hemos encajado bien. Llevo años discutiendo con él sobre el tipo de música que escuchamos, las películas que vemos o los mejores destinos para los viajes y no querría hacerlo con nadie más.

—Tu rollo es llamarme días antes de tu supuesto suicidio para decirme que estás haciendo planes de venir a verme a Nueva York —le recuerdo con algo de sorna.

—Esa llamada fue premeditada, Álex —explica mientras juega con una servilleta entre sus dedos—.

Tenía que hacerte ver que yo no quería quitarme la vida y que no tenía sentido que lo hiciera.

Jugué con el hecho de que te conozco muy bien y sé que no eres la mejor lidiando con los problemas o las malas noticias.

Tu tendencia a negarte a aceptar la realidad, por una vez, me vino bien.

—¿Gracias? —respondo con cierta ironía.

—No seas tonta y no te lo tomes a mal —me pide dándome un golpecito con el pie por debajo de la mesa para que quite la cara de enfado que debo tener ahora mismo—.

Tenía información como amigo y como psicólogo y la usé a mi favor.

En el poco tiempo que tuve preparé las pistas y las incongruencias en la historia, pequeños detalles que te harían sospechar de todo y de todos.

—Hubo un momento en que pensaba que me estaba volviendo loca, Hugo —confieso, porque ya no tengo ganas de ocultar lo que he vivido—. Creía que veía fantasmas donde no los había.

—Lo siento por esa parte, aunque no me arrepiento de haberlo hecho así —dice con cierta suficiencia que hace que vuelvan mis ganas de pegarle de nuevo—.

Estás aquí, me has encontrado y, déjame decirte que aunque estás un poco agresiva, tienes una serenidad y una paz que no te había visto en años. ¿Tiene algo que ver Diana en eso?

Ya ha vuelto el tío a girar la conversación para conseguir información jugosa. No me extraña que el paciente ese terminara de confesarle todo lo que había hecho y lo que quería…

—Ya que preguntas por ella, ¿me puedes explicar en qué coño estabas pensando al incluirla en el testamento? Nos dejaste una casa a las dos. Por no hablar de que nunca me contaste que era tan amiga tuya… ¿Qué pretendías?

Por favor respóndeme ya a esto antes de que me termine por volver loca del todo.

—Del uno al diez, ¿cuánto me odiaste el día que la viste por primera vez en el funeral? —pregunta apoyando los codos sobre la mesa y juntando sus manos.

—Un puto cien, Hugo. Número arriba, número abajo —respondo en cuanto recuerdo lo que sentí al encontrármela en el tanatorio.

—Del uno al diez, ¿cuánto me odias hoy por haber llegado hasta aquí con ella? —pregunta.

Maldito psicólogo, eh.

Es jodidamente bueno en lo suyo.

No soy capaz de responder o quizás podría responder y darle la razón en cómo ha cambiado ese sentimientos en estas semanas con ella.

Mi silencio debe de ser bastante elocuente porque ya está con la sonrisita de oreja a oreja.

Qué mal me cae esta persona… ¡Retiro lo dicho de ser mi mejor amigo!

Encima me hace un gestito con la mano para que hable… Insoportable.

—Cero. No hay odio por eso.

En cuanto pronuncio esas palabras, la poca presión que aún quedaba en mi pecho termina por liberarse, dejándome lo más ligera que me he sentido en años. ¿A esto se refiere con que sienta bien hablar de los sentimientos?

—Entonces, ¿por qué necesitas saber por qué lo hice? —pregunta él enarcando una ceja.

—Simplemente lo necesito, Hugo.

Venga hombre, como psicólogo se supone que no eres quién para juzgar las necesidades emocionales y esas cosas que siempre dices, ¿no?

—No te conté que éramos amigos porque sabía que te lo tomarías muy mal.

Ibas a pensar que me había puesto de su lado cuando lo cierto es que en esto no hay bandos, Álex.

—A ver, en todas las rupturas siempre hay bandos, por mucho que él diga que no y quizás sí que hubiera pensado eso cuando de la nada me hubiera enterado de que eran amigos—.

Por casualidades de la vida nuestros caminos se cruzaron y conocí a una Diana que no había visto nunca antes.

—Desde luego yo también la estoy conociendo ahora—.

La he tratado mucho tiempo, me ha contado sus miedos, sus problemas, lo que pasó con su familia…

Y, por mucho que intentara explicártelo, tú estabas tan centrada en odiarla que no habrías querido entenderlo.

No quería perderte, así que todos te ocultamos ese detalle.

—Me pintáis como si fuera un monstruo que iba a devoraros por ser sus amigos —me quejo de mala gana.

Me molesta. Claro que me molesta que me hayan ocultado su relación tanto tiempo, por mucho que me lo esté justificando.

—No eres ningún monstruo, quítate esa idea de la cabeza ahora mismo —asegura estirando su mano para coger la mía.

—¿Entonces?

Hasta yo noto la inseguridad en cuanto la pregunta sale de mi garganta.