Lo que dejé en Madrid Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—Álex, os prometo que intenté que la Policía me dejara ir a veros y contaros la verdad —explica manteniendo la paciencia que yo no tengo—.

Lo intenté y no me dejaban. Era un momento clave de la investigación y no podía cagarla…

. Mi esperanza era que las pistas que os dejé os trajeran aquí y no ha ido mal.

—Así que no estábamos locas —murmura Diana a mi lado—. Realmente nos dejaste pistas para que te encontráramos y supiéramos la verdad.

—Sí.

Lo dice como si no fuera una auténtica locura todo lo que ha hecho y estamos viviendo.

—¿Por qué? —pregunto yo sin poder evitarlo.

Esa es la pregunta que lleva atormentándome desde el primer día. Primero por qué se había suicidado. Después por qué me dejaba un piso con Diana. Tras esas vinieron el por qué nada tenía sentido y por qué parecía que estuviera vivo… Y muchas otras que no me atrevo ni a pensar.

Dame una respuesta, Hugo, responde aunque sea solo a una de ellas y ayúdame a entender qué ha pasado.

Diana no está mucho más tranquila que yo. Se remueve incómoda en su asiento, tensa, no solo por las respuestas, sino por mi actitud o lo que Hugo pueda decir respecto a nuestra relación.

—Quizás lo mejor sea que nos lo expliques todo desde el principio —propone ella.

Desde luego es mucho más pacífica que yo. A mí los instintos asesinos me aumentan cada vez que mi amigo abre la boca y ella… Ella mantiene la calma que a mí me falta y equilibra este equipo que ahora parece que hacemos.

—Vale, pero nada de interrumpirme —advierte Hugo mirándome solo y exclusivamente a mí—. Y nada de protestar.

—Qué remedio —me quejo.

Diana y él se ríen en el momento en el que ruedo los ojos y hacen que bufe, más fastidiada aún.

Ignorando mis quejas, protestas y muecas, Hugo procede a explicarnos la historia que nos ha traído hasta esta cafetería de Barcelona. A mí y a mi ex. Tiene guasa la cosa y acabamos de empezar. O terminar. No tengo claro en qué punto de toda esta historia estamos.

Al parecer toda esta movida se remonta hasta hace más de un año cuando un misterioso paciente, sí, el de las cintas, se presentó en su consulta.

No me extraña que le diera mal rollo, si a nosotras escuchando las grabaciones ya se nos ponía la piel de gallina, no quiero ni imaginar tener que lidiar con él en persona.

Nos relata cómo se fueron sucediendo las diferentes sesiones, sus sospechas y lo mal que lo pasaba teniendo que fingir ser su colega para conseguir más información.

Se le nota algo temeroso y es ahí cuando yo empiezo a dejar mi actitud de mierda a un lado, entendiendo que esto no ha sido fácil para él y que si ha montado todo este circo es porque no le quedaba más remedio.

Durante la historia, Diana posa su mano en mi muslo por debajo de la mesa para impedir que siga moviendo la piernecita y, en consecuencia, haciendo temblar nuestras bebidas. La deja ahí posada y la miro de reojo para agradecerle el gesto.

Siempre pendiente de mí.

Siempre sabiendo lo que necesito.

Y así seguimos durante un buen rato. Escuchando los planes de la policía, la vez que el paciente se plantó en su casa sin avisarle…

Su voz suena cada vez más dudosa, temerosa incluso.

Llega el momento en el que nos cuenta el descabellado plan y única solución posible para seguir con el caso, desaparecer de la faz de la tierra. Al menos momentáneamente.

¿Cómo me quejo yo ahora? ¿Cómo le pego otra colleja o empujón si él lo ha pasado igual de mal solo de pensar en cómo nos sentiríamos nosotras? Por no hablar de lo que le tocó vivir con ese tipejo…

—Ese tipo es peligroso, chicas, por eso tuvimos que hacer esto —continúa.

—Fue él quien entró en tu piso y me mandó al hospital, ¿verdad? —pregunta Diana, quien se lleva la mano a las costillas. La herida menos visible, porque aún se ven algunos hematomas y la herida del labio sigue cicatrizando—. No sé ni cómo sigo viva después de lo que nos has contado.

—Sí, fue él —afirma mi amigo con pesar—.

La Policía lo vio huyendo del lugar. No quisieron detenerle en ese momento.

Necesitaban imputarle primero el resto de cargos con pruebas más sólidas y, además, le imputarían tu ataque y el allanamiento de morada, pero primero tenían que cogerle por lo otro.

—Hace una pausa y estira los brazos para que ambas le demos una de nuestras manos—.

Os prometo que en cuanto supe lo del ataque quise volver a Madrid y contaros la verdad.

No me dejaron. Habría echado por tierra todo el trabajo que habían hecho en la investigación, por eso me quedé aquí.

—Entonces… ¿no vas a poder volver hasta que le detengan? —pregunto.

—Técnicamente no debería volver hasta que se celebre el juicio —responde encogiéndose de hombros con una sonrisa—. Aunque todos sabemos, incluido el comisario Herrera y el subinspector Márquez, que volveré antes.

—Déjame adivinar: tu madre sí que lo sabía.

—Por supuesto —responde como si fuera una obviedad—. Fue una de mis condiciones para aceptar este plan. No podía hacerle pasar por esto sin decírselo. Es bastante mayor, no podía permitir que sufriera así sin motivo o que le diera un chungo por mi culpa.

Anda, mira, sí que tuvo la consideración de avisar a su madre y a mí me ha puesto a resolver una yincana con Diana. Lo peor es que encima no puedo echarle nada en cara. Al contrario, Hugo ha manejado la situación mucho mejor y con más entereza de lo que lo habría hecho cualquiera.

—Ahora os toca contarme qué ha pasado este tiempo entre vosotras —responde Hugo cambiando de tema.

Ya se me ha pasado toda la comprensión y amor que tenía hacia él. Cómo puede ser tan sinvergüenza para que, después de lo que nos ha dicho, decida que lo más relevante es mi relación actual con Diana. ¿Qué quiere que le cuente si ni lo hemos hablado nosotras? ¿Cómo vamos a hablarlo así sin más?

Diana aprieta levemente mi muslo y yo me giro para intentar saber qué quiere decirme.

La comisura de su labio se eleva lo justo para que sepa que ella no tiene problema en hablarlo.

El problema soy yo, Di. No sé cómo decirte nada, y menos con el artífice de todo esto aquí delante.

Me mira a los ojos e inclina la cabeza, analizando mi expresión, y debe interpretarla bien por su siguiente movimiento.

—Me duelen bastante las heridas y me he dejado las pastillas en el apartamento. No puedo perder la toma —anuncia Diana levantándose de la mesa—. Si me disculpáis, os dejo para que os pongáis al día, que esta silla tampoco es la mejor para mis costillas.

Me está dando espacio y tiempo para que yo pueda hablar de lo que pasa con Hugo sin ella. Sin presiones y con el corazón en la mano.

—¿Puedes llegar sola sin problemas con ese dolor? —pregunto cuando veo que se duele al ponerse la chaqueta.

—Sí, no te preocupes —asegura sacudiendo la cabeza—. Vosotros quedaos más rato y habláis.

—Si necesitas algo…

—Te llamo —interrumpe.

Noto cómo el calor sube a mis mejillas y no solo por la sonrisa tan tierna y la caricia que deja en mi mano, sino por el nivel de entendimiento que estamos manejando estos días. Nada mejor que la comprensión mutua y la paz de saber que esa persona siempre hará lo mejor para ti.

La observo mientras se despide, con un gran abrazo, de Hugo. Cuando pasa por mi lado, aún tiene algo más guardado en la recámara. Así es Diana, nunca sabes por dónde va a salir.

—No le pegues más —bromea Diana, arrancando una carcajada a ambos.

—No prometo nada —respondo mordiéndome la sonrisa boba.

Bueno, pues hora de hablar un poco con alguien de lo que me pasa.