Lo que dejé en Madrid Capítulo 22
77%

Capítulo 22

No le pe gue s más

—¿Hugo?

La mano de Diana aprieta su agarre en la mía durante lo que parece una eternidad. Exactamente el tiempo que tarda ese hombre en girarse y revelar el perfil inconfundible de mi mejor amigo.

Está vivo. Está fucking vivo.

Teníamos razón…

—Ya era hora.

Yo sé que esto es una bromita para quitarle hierro al asunto y que esta situación sacada de una película o un libro no parezca lo loca que debe ser para cualquiera al que se lo contemos.

Lo sé, insisto. Eso no quita que le quiera matar igualmente.

Sí, ahora que está vivo quiero ser yo la que lo mate y lo entierre con gusto.

¿Cómo vas a hacer bromas mientras yo estoy sintiendo una avalancha de emociones que amenaza con atropellarme y hacerme una bola? Ahora mismo mi alegría por verle vivo está mutando en rabia por todo lo que he tenido que experimentar por su culpa.

—¡Eres un imbécil! —grito sin control cuando intenta acercarse a mí para abrazarme y a mí solo me sale empujarle por el pecho. Hugo se trastabilla e intenta no perder el equilibrio mientras avanzo con la intención de volver a empujarle—. Imbécil se queda corto, eres gilipollas y…

—¡Álex! —Diana aparece y se interpone entre nosotros dos justo a tiempo de frenar mi nuevo movimiento e impedir que Hugo acabe de culo en el suelo—. Para, por favor.

Intento esquivarla, aunque no sé cómo se las apaña para anticipar cada uno de mis movimientos, como un perfecto reflejo en el espejo y cubriendo así a Hugo de mis ataques.

—Álex, porfa.

Descansa sus manos sobre mi pecho y da un paso al frente.

—¡No! Es un estupido y ahora soy yo la que lo quiere matar porque…

—Para —repite Diana, esta vez con más firmeza.

Agarra mi rostro con una sola mano, asegurándose de que solo pueda mirarla a ella y consigue su objetivo en cuanto caigo en el verde profundo de sus ojos—.

Sé que ahora mismo le odias por todo lo que hemos pasado estas semanas —dice leyendo a la perfección mis sentimientos—, pero está vivo, Álex. Hugo, tu mejor amigo, está vivo.

La dulzura que utiliza para eso último me cala profundamente y el roce de sus dedos sobre mi mejilla, ahora ya con un agarre más relajado y cariñoso, hace que todo mi cuerpo deje a un lado la rabia y me relaje un poco.

Consigue que mi postura se ablande sin romper el contacto que nos une.

Sumamos otro superpoder a su lista, supongo.

—Si queréis os dejo solas —bromea Hugo escondido en la espalda de Diana.

—¿Ves? Si es que es un imbécil —murmuro en tono algo infantil.

—Yo solo digo que si os gustáis, pues…

—¡Hugo!

Esta vez es Diana la que se gira para cortar su comentario.

Es que no llevo ni cinco minutos con él y ya ha soltado tres burradas por la boca que me hacen querer matarlo. ¿Lo peor? Que en realidad esas actitudes divertidas y sinvergüenzas que ahora me sacan de quicio son las mismas que le convirtieron en mi mejor amigo.

—Perdón, perdón… —se disculpa con las manos en alto en señal de paz antes de abrazar a Diana.

—Hugo…

No le hace esperar antes de fundirse en un abrazo sentido que me hace ver, en primera persona, lo que hace semanas que he ido aprendiendo, y es que esos dos se adoran de una forma que nunca pensé posible después de mi historia con ella.

Y solo puedo pensar en cuánto me alegro de que él tenga más inteligencia emocional que yo y se convirtiera en el refugio y la ayuda que Diana necesitaba para ser quien es hoy.

No escucho lo que se dicen, solo puedo apreciar los ojos llorosos de Diana que amenazan con contagiarme en cuanto ellos se separan y me miran.

Mis ojos van alternativamente de uno a otro.

Ella, esperando que no vuelva a atacar a mi amigo y pidiéndome que me comporte.

Él, esperando que sea yo la que dé el primer paso cual gatito asustado.

Y ahí es cuando ya no puedo aguantar más y me derrumbo por completo, lanzándome con desesperación hacia Hugo sin pensarlo dos veces.

En cuanto sus brazos me rodean por completo, me aferro a los laterales de su chaqueta, como si el contacto físico me hiciera entender que es real y no va a desvanecerse. No otra vez.

Me estruja con fuerza, como lo hace Lucas cuando lleva mucho sin verme y, aunque suelo ser un poco reacia a este tipo de achuchones, me dejo. Lo necesito.

¡Es él! Es él de verdad.

Dejo salir todo lo que llevo dentro. Modo catarsis activado, vaya.

Y ya no hay vuelta atrás para cerrar este grifo.

Las lágrimas que empapan mis mejillas y el hombro de Hugo son de felicidad, de impotencia, de rencor, de alivio…

Demasiadas emociones contenidas y comprimidas en este cuerpo provocadas por las dos personas que están mirándome.

—Todo está bien, Álex —dice dejando un beso en mi cabeza.

—No me creo que estés aquí —susurro entre sollozos, sin soltarle y con la cara escondida en su cuello.

—Ni yo que por fin me hayáis encontrado. Empezaba a pensar que lo había puesto demasiado difícil —bromea y hace que ahora sí me separe y se gane otro tortazo en el pecho.

—¡Álex!

Diana y Hugo vuelven a ponerse de acuerdo para regañarme. ¡Se lo ha ganado! No es mi culpa, chicos, que no hubiera fingido él su muerte. Le toca dar explicaciones. Muchas.

—¿Nos cuentas ya a qué ha venido todo esto, Hugo? —pregunto yendo al grano porque la impaciencia empieza a ganar terreno al resto de mis sentimientos.

—Vamos a tomar algo y os lo cuento con detalle para que lo entendáis —propone.

Supongo que puedo esperar unos minutos para recibir mis explicaciones.

Especialmente si las acompaña con un café bombón y paga él, por supuesto.

Es lo menos que puede hacer. Diana se planta a mi lado y me da un empujoncito con el hombro para que deje de hacerme la dura y eche a andar tras Hugo.

Estoy bastante segura de que la interacción no ha pasado por alto para él, solo que esta vez se ha callado el comentario burlón. Menos mal.

Le seguimos por varias calles cercanas alrededor del parque.

Camina con seguridad, como si llevara toda la vida viviendo aquí, hasta que alcanzamos un pequeño bar bastante pintoresco.

Por su fachada antigua, apunta maneras a ser bar de barrio de toda la vida y así lo confirmo al cruzar la cristalera y ver que el señor de la barra le saluda ya como cliente habitual.

Siempre ha tenido don de gentes, así que tampoco me sorprende este hecho.

Va directo a una mesa al fondo, bien alejado de la barra para conseguir la privacidad que necesitamos para nuestra conversación.

Al intentar seguirle, Diana me lo impide.

La miro extrañada, no entendiendo qué pasa, aunque me tranquiliza su mirada tranquila y la caricia que deja en mi antebrazo.

—Hemos encontrado a Hugo, Álex —me recuerda sin dejar de rozar mi piel—. Estamos aquí con él, así que, por favor, relájate. Lo peor ya ha pasado, déjale que se explique y deja de pegarle, por favor te lo pido.

Vaya ojos tienes, Di. Y lo sé porque los he mirado mil veces antes, he soñado con ellos y los he querido y odiado a partes iguales.

Esos mismos ojos que ahora me miran y me matan, a la par que sus palabras.

Me encantaría besarla por lo que acaba de hacer.

Abrazarla. Decirle que lo mejor está por llegar.

Y me encantaría que supiera lo mucho que se cuela en mi cabeza en cada ocasión que lo necesito, aunque yo no se lo pida.

—¿Cómo lo haces? —pregunto.

—¿Cómo hago el qué?

Frunce el ceño sin entender de qué hablo.

—Leerme así. —Muevo mi brazo para que su caricia llegue hasta mi mano y podamos entrelazar nuestros dedos—. Saber qué necesito en cada momento y qué tienes que decirme para que se me pase lo que quiera que tenga en la cabeza.

Sonríe. Y vaya sonrisa también, a la par que sus ojos en perfección.

—Supongo que me sale solo, Álex —responde dando un paso más que hace que nuestras narices se rocen—. No es novedad que tengo contigo una conexión indescriptible, y cuando te miro… simplemente lo sé.

Oye, qué bonito, ¿no?

—Gracias.

Va a decirme que no es nada, la conozco, y no la dejo. Y no hay mejor manera de callar a Diana que con un beso que apenas es un roce de labios y que nos deja a las dos flotando antes de ir hacia donde está Hugo que está tan perdido en la carta que ni nos estaba mirando.

Mejor. Me ahorro las bromitas.

—Bueno, pues vamos a lo importante —anuncia él en cuanto nos sentamos en el lado opuesto de la mesa—, ¿me contáis ya por qué os lleváis tan bien?

Estiro la mano para darle como puedo en la cara y el tío la esquiva con unos reflejos que ni el protagonista de Matrix .

Otra con buenos reflejos es Diana, que alcanza mi brazo y lo baja hasta la mesa, donde se asegura de dejar su mano reposando ahí e impidiendo mi movimiento. Tampoco me quejo, la verdad.

—Estamos aquí para hablar de ti —advierto señalándole con el dedo de la mano que me queda libre—. Luego podrás hacer bromas si quieres.

—Venga, Álex, que seguro que todo esto tampoco ha sido la mejor de las experiencias para él —media Diana una vez más.

Hugo suspira y, por primera vez, baja las barreras y se le ve algo más triste y cansado de lo que ha querido aparentar en este rato.

—No lo ha sido, no —confirma con sinceridad—. Estar aquí, solo, sabiendo que todos vosotros lo estabais pasando mal… Me ha costado mantenerme cuerdo aquí sin volver a Madrid, especialmente después de que tú terminaras en el hospital —dice mientras mira a Diana—. Lo siento mucho por eso.

—¿Sabías lo del hospital? —pregunto alucinando.

—Sí —responde agachando la cabeza avergonzado.

—Y aun así no apareciste, ni nada.

Esta vez sí que es un reproche. Me importan poco las excusas que vaya a ponerme ahora, Diana estaba en peligro y a él ni le dio por aparecer o acabar con esta pantomima.

No, él estaba aquí paseando, leyendo y teniendo su bar de confianza mientras ella se retorcía de dolor en una camilla de hospital.