Lo que dejé en Madrid Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Putos monstruos, eh. No podían ser tan majos como Sully y Mike Wazowski.

No, los míos tenían que ser oscuros y gritarme todas las cosas que no quiero escuchar.

Aquí están frente a mí diciéndome una y otra vez que ella solo me hará daño y que cuando todo lo de Hugo pase volveremos a nuestras vidas, solo que ahora con el corazón roto de nuevo.

Joder, cómo funciona la mente que a veces es más enemiga que amiga.

Vamos a centrarnos en que aún no me he ido y no tengo por qué adelantarme a los acontecimientos, ¿no?

Sí, eso es. Doy un manotazo a los monstruos de este balcón y los aparto para entrar en el loft y buscar a Diana.

Está sentada en el filo de la cama, de espaldas a la puerta mientras se viste.

Su espalda desnuda es más seductora que cualquier cosa que haya visto en mi vida.

Dejo que termine de ponerse la blusa, porque tener esta conversación con ella desnuda no ayudará, y me acerco despacio, midiendo todos mis pasos hasta sentarme a su lado.

—Sabes que no solo estoy aquí por él, Di.

—Creo que le tranquiliza que siga llamándola así por cómo se gira a mirarme—.

Lo de Hugo es muy importante, claro que lo es.

Pero no olvides que ya me fui una vez cuando seguíamos con este tema y aun así volví por ti.

—Hago una pausa para enfatizar lo próximo que voy a decir y que le cale—.

Así que no. No es el único motivo por el que estoy aquí, ¿vale?

—Álex —susurra cogiendo mis dos manos—. No pasa nada si…

—No me arrepiento, de verdad que no —interrumpo sabiendo por dónde va a ir porque la conozco y es ahora ella la que está intentando establecer ciertas barreras—.

Tampoco voy a mentirte y decirte que lo tengo todo clarísimo porque no es así.

Todavía me sorprende vernos así y… es confuso para mí también, no solo para ti.

Mis pulgares acariciando el dorso de sus manos se sienten como un remanso de paz desde que hemos empezado este tira y afloja absurdo que no estamos llevando bien.

—Está bien —acepta y, sin previo aviso alguno, se acerca para apoyar su cabeza en mi hombro y a mí no me queda otra que abrazarla e intentar calmarla un poco más—.

Yo tampoco me arrepiento, al contrario, estoy encantada con esto que ha pasado entre nosotras.

Supongo que aún estoy aprendiendo a gestionar nuestras emociones cuando estamos tan cerca.

—Lo entiendo, Di —respondo volviendo a pronunciar ese diminutivo—. No creas que es fácil para mí porque no lo es. Podremos hablar de esto con calma más adelante, ¿vale? Ahora tenemos que encontrar a Hugo.

No es momento de profundizar en este tema, ya lo haremos cuando cerremos algún capítulo de los que tenemos entre manos. Acaricio su mejilla con una ternura infinita antes de levantarme para cambiarme de ropa. Ella intenta imitarme hasta que un quejido de dolor invade toda la habitación.

—Auch…

—¿Estás bien? —pregunto preocupada al ver que su mano va directa a sus costillas.

—Es solo la costilla —dice quitándole importancia justo cuando una sonrisa empieza a formarse y me anticipa un comentario pícaro que me va a sonrojar—. Supongo que el ejercicio de anoche no le vino nada bien.

—Imbécil —río de una manera despreocupada antes de extenderle la mano para ayudarla a levantarse.

—Gracias.

Un movimiento de cabeza, restándole importancia, y una caricia en mi cintura es todo lo que hace antes de volver a dejarme sola.

A mí no me queda otra que tirarme boca arriba sobre la cama.

Esto es una montaña rusa de no parar de sentir entre unas cosas y otras.

Y más que van a venir en cuanto crucemos esa puerta para ponernos manos a la obra.

Lo de ayer estuvo bien —mejor que bien— y lo repetiría si no fuera porque toca recordar el motivo de nuestro viaje exprés a Barcelona.

Tras un buen rato poniendo en perspectiva toda la información que tenemos hasta el momento y todas las pistas que hemos ido hilando, Diana llega a una conclusión sobre por dónde podríamos empezar y menos mal, porque obviamente no nos vamos a cruzar a Hugo así como así en una ciudad de más de millón y medio de habitantes.

De todas las posibles localizaciones lo hemos reducido a tres espacios: el Parque Güell, la Plaza de Catalunya y el Parc de la Ciutadella.

Este último ha sido el que ha ganado la votación para ser el primero en ser visitado.

Diana lo tiene clarísimo y los argumentos son bastante convincentes, no se lo puedo negar.

En ese parque tiene lugar una escena muy importante del libro de Chris Benson , concretamente del último libro, el que arrastré a Hugo al cine a ver.

No puede ser casualidad. Por no hablar de que es un parque donde Hugo y yo nos pasamos horas tirados en el césped, hasta comimos unas hamburguesas ahí, cuando vinimos a Barcelona a ver el concierto de Starlight . Otra casualidad, ¿no?

Es inevitable que me pregunte hasta qué punto todo es una casualidad o una causalidad.

Hay momentos y argumentos de Diana que hacen que todo parezca encajar de una forma tan perfecta que hasta cuesta creer que sea simple azar, como si el universo, o Hugo, hubiera colocado ahí las piezas del puzzle.

A estas alturas de mi vida empiezo a entender que las casualidades son chispas en el camino y las causalidades son el fuego que nos mantiene vivos.

Lo que hoy parece un encuentro fortuito, como cruzarme con Diana, mañana puede revelarse como una consecuencia inevitable de mis decisiones, de mis miedos y de mis deseos.

Nada ocurre porque sí; incluso el azar tiene una lógica que solo se entiende cuando miro hacia atrás.

O quizás no haya una diferencia tan grande entre una y otra. Tal vez las casualidades son solo causalidades que todavía no entiendo, y las causalidades son las huellas que dejo sin darme cuenta en el camino.

Al final, creo que todo lo que llega, llega por algo, incluso si no sé explicarlo. Y quizá ahí esté la magia: en aceptar que no siempre tengo que entenderlo y sí sentirlo porque desde que toda esta sarta de casualidades comenzó no he parado de sentir mil emociones por segundo.

¿Es esa la lección que debo aprender de todo esto aunque al final no encuentre a Hugo?

¿Ha sido él, desde el más allá, mandándome señales para que me dejara de gilipolleces y aprendiera a volver a sentir?

Porque ha sido eso al fin y al cabo, aprender a sentir una y otra vez cosas que creía que no iba a sentir jamás porque vivía anestesiada por decisión propia.

¡Qué triste! La de años que se pasó intentando despertarme y yo negándoselo.

Más bien negándomelo a mí misma… Ahora miro a mi alrededor y veo la ciudad de Barcelona desplegándose ante nosotras como un mosaico de colores, sonidos y culturas.

Ni siquiera hemos abierto la boca mientras caminamos por el Eixample, demasiado consumidas por nuestro alrededor y por nosotras mismas.

He estudiado mucho esta ciudad, al fin y al cabo, es una muestra perfecta de diseño, de avances y de romper con lo establecido. Y eso es lo que la hace tan especial, porque te hace sentir pequeño, no por insignificancia, sino por historia, arquitectura y por su vida.

Dejo todos los pensamientos sobre Hugo y sobre nuestra relación a un lado para fijarme en los edificios modernistas, en sus balcones de hierro forjado y las fachadas ornamentadas con detalles que podrían considerarse imposibles. O irreales más bien.

Tan irreales como esto que estoy viviendo ahora mismo. ¿En qué momento me metí yo sola en un thriller amoroso y me puse a investigar a lo Sherlock Holmes ? ¿Vamos a despertar en algún momento en nuestras respectivas vidas de antes porque todo esto era mentira?

Sea cual sea la respuesta, me veo obligada a dejar esos pensamientos a un lado cuando el GPS nos anuncia que hemos llegado a la entrada del Parc de la Ciutadella.

Detenemos nuestros pasos un instante frente a la gran verja de hierro que separa la ciudad de este pequeño refugio verde.

Creo recordar que era bonito y tenía senderos serpenteantes y jardines frondosos en los que perderse un buen rato.

El murmullo de las conversaciones de los turistas se mezcla con el canto de los pájaros y la brisa marina que hay.

Diana está a mi lado, con la cabeza girada en mi dirección, probablemente intentando averiguar qué me pasa ahora.

—¿Vamos a ello? —propone.

—Es una auténtica locura pensar que le vamos a encontrar aquí —susurro sacudiendo la cabeza antes de echar a andar.

—Un poquito —admite alcanzándome para andar a mi mismo ritmo—. Tú simplemente abre bien los ojos a ver si le vemos.

—¿Y si no está? ¿Y si todo esto ha sido en vano?

Gran pregunta, eh.

Yo no puedo responderla. Ella tampoco.

La mera idea de que este clavo ardiendo al que estamos agarradas nos queme y nos deje una cicatriz de por vida es algo que ha rondado mi cabeza más veces de las que me gustaría.

—Álex, no estamos en ese punto. Vamos a pasear por aquí y ver si sacamos algo en claro y si no pues ya entonces hablamos —sugiere ella con una calma de la que es imposible no contagiarse.

—Se nos acumulan las conversaciones pendientes si seguimos así.

La broma no es tan graciosa para lo que ella se ríe.

Y yo se lo agradezco aunque sepa que lo hace solo porque necesita ahuyentar algunos de los demonios que sobrevuelan mi cabeza.

Siempre tuvo ese poder y parece seguir teniéndolo porque sin que sepa ni cómo ha pasado, me encuentro recorriendo los diferentes senderos que van entrelazándose con fuentes, bancos y espacios para descansar.

—A veces siento que estamos persiguiendo fantasmas —murmuro pensativa.

—No digas tonterías, Álex, en ese caso llevaríamos la Proton Pack de los cazafantasmas, tonta.

Y tengo que frenar mi camino una vez más para simplemente admirarla.

Esa referencia a una película que vimos tantas veces juntas, el tono de broma cómplice que vuelve, en menos de media hora, a ahuyentar todo lo malo y ella.

Ya está. Solo ella. No se ha dado cuenta y ha avanzado un par de pasos y las vistas por detrás son maravillosas.

No solo por lo físico, que ahí siempre ha destacado con nota, sino porque camina mucho más segura de lo que lo hacía cuando salíamos.

Encontrarte a ti misma te sienta bien, Di.

—O vienes o te dejo aquí, Álex. No voy a perder el tiempo de buscar a Hugo porque te apetezca admirar el paisaje, o mi culo…

Ahora soy yo la que se ríe. Me encanta esa naturalidad con la que ahora hace todo. No importa que esté buscando a su amigo muerto, hablando conmigo o preparando el café. Es… libre. Y yo creo que me vuelvo a enamorar solo de verla tan ella en público.

Aligero el paso y la sigo de nuevo por el parque mientras vamos comentando algunos lugares que fueron escenarios de la película de Chris Benson.

Nuestras manos se rozan a conciencia entre las dos, sin atrevernos a hacer lo que, probablemente, ambas estamos deseando.

¿Demasiado pronto? A mí me gustaría tener la valentía de hacerlo y que vea así todo lo que me pasa por la cabeza sin que…

Ay, ay… ¡Que me ha cogido ella la mano a mí!

Mis ojos van directos a ese contacto que se siente como agua bendita sin reparar en que se ha frenado por completo y a mí con ella en un suave tirón.

Levanto la mirada buscando la suya y veo una mueca rara en su rostro, de hecho, es que ni me mira a mí.

Tiene la mandíbula tensa, la respiración contenida y está nerviosa.

Sigo la dirección de sus ojos y entonces lo entiendo.

En realidad, no lo entiendo, porque no puede ser… ¿Es?

A unos metros de distancia, sentado en el césped, con la espalda ligeramente encorvada y la cabeza gacha, hay un hombre con el mismo porte y la misma silueta que hemos visto cientos de veces en el pasado: Hugo.

Y es él. Ni siquiera necesito oír su voz o verle de frente.

No. Se ha disparado el mismo instinto que me ha traído hasta aquí, ese que decía que había gato encerrado y el que ahora confirma las sospechas de recuperar a quien creía perdido.

—Es él —susurra Diana a mi lado.

Y a pesar de todo, mis pies no responden y mi cuerpo se niega a moverse del sitio.

Leyendo la situación a la perfección, Diana, que no ha soltado mi mano, entrelaza nuestros dedos y tira con cautela para que nos vayamos poco a poco acercando a ese hombre, con nuestras sombras proyectándose por delante sobre la hierba y haciendo la distancia aún más corta.

Sin apartar la vista de su espalda, con la garganta cerrada por la incredulidad, consigo sacar un hilo de voz para hacer la pregunta más esperada.

—¿Hugo?