Capítulo 21
Siempr e es ella
No recuerdo cuánto hace que no duermo tan bien como esta noche y solo tengo que rodar un poco en la cama para tener frente a mí a la culpable de este sueño tan placentero.
Me tumbo de lado, en posición simétrica a la suya, con nuestras frentes rozándose.
Todo huele a ella y nunca un aroma ha sido tan memorable.
Será la mezcla de su piel, las sábanas y su cabello revuelto lo que me tiene así.
O no sé. El caso es que me calma y me deja en el lugar exacto en el que quiero estar, el mismo del que no debí irme.
Supongo que eso hace el olor de la persona a la que quieres, que deja una huella que no se borra ni con agua y mucho menos con el tiempo como yo he querido pretender.
Un olor que cuando lo percibes, incluso entre la multitud, trae recuerdos de ella.
Porque siempre es ella.
Acaricio su mejilla con dulzura mientras aprovecho esta cercanía para examinar esas pecas que siempre ha tenido en la nariz y que para mí han sido pequeñas constelaciones de las que quedarme prendada día tras día.
Aún recuerdo cuando le regañaba por maquillarse y ocultarlas cuando a mí me parecían lo más bonito de mi día.
Y lo siguen siendo. Despertarse así con este cosquilleo en el estómago debería estar prohibido, especialmente cuando no sabes si se va a volver a repetir.
Suspiro y me recreo en los recuerdos de anoche, en el roce de nuestra piel, en el temblor de nuestras piernas mientras las bocas emitían gemidos incontrolables y en los viajes de nuestras manos por toda la anatomía de la otra.
Un placer. Uno sin igual y es porque cuando hay sentimientos involucrados, el sexo es mucho más glorioso que acostarse con cualquiera que conoces en un bar una noche. Bien lo sé yo a estas alturas.
Diana… su boca entreabierta con una respiración más que pausada solo hace que me entren ganas de volver a besar esos labios.
Sin embargo, no lo hago. Tiene que descansar porque se tomó tarde las pastillas y su cuerpo le está pidiendo recuperarse del esfuerzo que hicimos anoche.
Mira que tuve cuidado con la costilla y que no forzara más de la cuenta…
Espero que el orgasmo le compensara el dolor en esos momentos.
Voy a centrarme un poco e intentar salir de esta cama antes de que se despierte, evitando así que caigamos de nuevo en la tentación de no dejar este colchón en el que podría quedarme a vivir sin ninguna objeción.
No puedo evitar que mis ojos vuelvan a ella, a su silueta y las curvas que hace su cuerpo y en las que yo conduciría mis dedos día tras día hasta memorizar la carretera de su piel.
Cojo el primer vaquero que tengo en mi maleta y la sudadera de Diana que está en la silla y me marcho dispuesta a buscar algo de desayuno que no solo nos dé energía para empezar el día, sino que sea un pequeño detalle con ella por la noche que hemos pasado.
Nada mejor que un desayuno en la cama para culminar una noche memorable.
En mi intento de ser romántica y de que Diana sepa que no me arrepiento de lo que hemos compartido, decido callejear hasta que encuentro una pastelería en la que espero comprar palmeritas de chocolate, sus favoritas e infalibles para sacarle la sonrisa.
Anda que no he curado yo sus días tristes a base de dulces y besos…
Con eso a buen recaudo, regreso sobre mis pasos para ir a una cafetería que está en la misma calle de nuestro piso y pedirnos dos cafés y un bagel, de salmón y aguacate por supuesto, para compartir.
¿Qué más se puede pedir? Este pedazo de desayuno y Diana esperándome en la cama desnuda.
Un sueño si me preguntan, aunque lo habría negado hace unos meses.
La vida cambia, qué se le va a hacer. Mi felicidad y yo volvemos hasta el piso que está en silencio, tal y como lo he dejado.
Cierro la puerta y antes de dejar las llaves en la mesita que hay en la entrada, una cabeza rubia asoma por la puerta de la habitación.
—Joder, Álex, menos mal —suspira antes de esfumarse.
¿Qué le pasa ahora? No entiendo nada… Voy a la habitación y tengo que contener la respiración cuando entro y veo que su cuerpo está apenas cubierto por la sábana de una forma muy sugerente.
Su respiración está algo alterada y no para bien por lo que parece, por no hablar de que tiene el semblante algo raro…
—¿Estás bien? —pregunto al verla así de alterada.
Suspira y se tira sobre la cama mientras yo sigo con el desayuno entre mis manos sin saber qué está pasando.
—Pensaba que… nada, da igual —suspira cubriendo su rostro con ambas manos.
Guau… Sí que la traumaticé en el pasado como para pensar que me he marchado así sin más después de acostarnos. Sinceramente, me duele ser yo la culpable de esas inseguridades y dudas que ahora me gustaría ser capaz de borrar a base de caricias.
—Solo he salido a por el desayuno, Di —respondo levantando la bolsa y tendiéndole el café que tengo en la mano—. Pensaba que tendrías hambre y quería darte una sorpresa…
—Gracias —acepta mientras se sienta contra el cabecero de la cama, tirando lo justo de la sábana para que mi vista no se vaya hacia donde no debe—. Te sigues acordando, Álex.
Sí, me acuerdo de que tomas el café doble, con poco azúcar y con un chorrito de leche sin lactosa.
—Me he llevado un susto cuando me he despertado y no te he visto…
—¿De verdad pensabas que haría algo así? —pregunto dolida porque sí, me molesta que siga pensando eso de mí.
No hemos hablado de este tema porque no sé si estamos preparadas para lo que supuso y ahora quizás podamos, al menos, intentarlo.
—No sería la primera vez, ¿no? —responde sin mirarme.
La respuesta es como una patada en el estómago.
Es cierto, no puedo negárselo y eso me jode aún más.
Yo entiendo que esté dolida por lo mal que lo hice y todo eso…
No la culpo, es solo que… me duele ese ataque y más el tono con el que lo ha dicho.
Resulta que yo he dejado caer todos mis escudos y ella no lo ha hecho o no lo tenía tan superado como yo creía.
Soy gilipollas, eso es lo que soy. ¿Me pensaba que nos íbamos a acostar y todo iba a volver a ser como antes?
¿En qué estaba pensando? Sacudo la cabeza y me levanto para ir al salón en un intento de, esta vez sí, huir.
Porque ahora es lo que me apetece, hacer la avestruz y meter la cabeza en el hoyo.
Sí, ya sé que es un mito urbano, pero me parece muy adecuada ahora mismo esta metáfora.
Vuelve a faltarme el aire, cosa que no me pasaba desde hace semanas y ahora… Uf, mejor voy al balcón a ver si así…
—Joder, perdón, Álex —se apresura a decir a mis espaldas.
Cierro los ojos y maldigo haberme encarcelado yo solita en esta terraza de cinco metros cuadrados en la que no puedo volver al interior sin tener que pasar por encima suya.
—Álex, lo siento mucho, de verdad —insiste y yo sigo sin responderle—. No quería que sonara lo mal que ha sonado… me ha salido solo.
Ese es el problema, Diana, que te ha salido solo y eso es por algo.
Lo tienes clavado ahí dentro. Mi puta huida cobarde sin decirte nada.
No podía. Yo sabía que si te miraba a los ojos, me quedaría y te daría otra oportunidad.
Tuve que decidir entre dejarme cautivar un día más o salir de ese bucle que me estaba haciendo tanto daño…
—Álex… —Da un paso al frente para acorralarme contra la barandilla y no me deja otra opción que mirarla y ver el miedo en sus ojos, solo que esta vez es miedo a haberla cagado y eso me tranquiliza un poco—.
Me ha dado la paranoia cuando te has ido y ha aparecido el pánico, de ahí que me haya salido ese comentario por impulso y que no refleja nada lo que siento.
—Hace una pausa y suspira, pidiéndome permiso para continuar, lo que le concedo al acariciar su mano—.
Tenía miedo de que te hubieras marchado y…
mira, no sé, he entrado en un bucle de pensamientos negativos e intrusivos sobre la posibilidad de no volver a verte.
Cómo explicarle que no tiene que pedirme perdón si, al fin y al cabo, la causante de todas esas inseguridades que ahora tiene he sido yo misma.
Si pudiera entender la calma que da a mi cabeza cuando dejo mis demonios y mis miedos a un lado…
quizás eso borraría sus dudas y miedos. Y aunque sé que es lo que debería decirle, no lo hago.
No puedo. No puedo seguir abriendo heridas en mi piel a este ritmo porque no puedo con todo.
—Anda, vístete, tenemos que ir a buscar a Hugo —digo antes de dejar un tierno beso en su frente.
Un beso que para ella no debe de significar lo mismo que para mí porque en cuanto hago el intento de pasar por su lado para marcharme hacia el interior, decide impedir que siga huyendo. Sus dedos presionan mi brazo de una manera nueva, con desesperación, con rabia y yo… yo solo puedo suspirar.
—¿Eso es lo único que te ha retenido aquí? —pregunta con la voz un poco rota.
Obviamente no.
Tampoco le respondo, no sé cómo hacerlo porque ni yo quiero admitir que ni me he acordado de Hugo en las últimas horas y todo es por ella. Ella, que sigue teniendo la capacidad de que el mundo me importe una mierda.
—Diana…
La vacilación en mi voz debe de ser suficiente para agotar su paciencia y mira que siempre tuvo mucha.
—Da igual, lo pillo, Álex.
Y ahora sí me suelta y se marcha a la habitación.
Soy gilipollas. No importa cuándo se lea esto.
Fui una gilipollas entonces y lo soy ahora por estar intentando frenar lo inevitable y en el camino seguir haciéndole daño.
Porque me da miedo que los monstruos que creía escondidos debajo de la cama, y que no podían hacerme nada porque la sábana me protegía, hayan aprendido que esa tela no es más que una fina capa fácil de traspasar y volver a hacerme sentir como cuando no podía parar de llorar en el aeropuerto de camino a Nueva York.