Cinco días antes
Cinco díasantes
El despacho del comisario Jorge Herrera tenía un aire asfixiante, o así se lo parecía a Hugo desde que había puesto un pie ahí.
Probablemente no por el espacio físico, ya que era bastante grande, sino por la importancia y las implicaciones de lo que ahí estaba siendo discutido en esos momentos y que hacía todo más tenso e importante de lo habitual.
Hugo estaba sentado frente a él, con los brazos cruzados sobre la mesa en una posición defensiva de la que él mismo era consciente, mientras a su lado estaba Laura Rojas, su abogada, quien revisaba los documentos legales que les había proporcionado la Policía sobre lo que estaba a punto de ocurrir.
—Repasemos el plan una última vez —dijo la mujer, levantando la mirada de los papeles y fijándose en si su cliente había entendido bien todo lo que tenía que hacer—. Si hay algún cabo suelto, ahora es el momento de atarlo, ¿de acuerdo?
Hugo asintió y esperó que le narraran por no sé cuánta vez el plan que tenían entre manos. A pesar de su cansancio, prestó toda la atención que tenía en su cuerpo porque no podía permitirse cagarla con todo lo que estaba en juego.
—Está bien. Empecemos con lo más básico que nos tiene que quedar claro —dijo él para repasar lo más básico de ese plan y terminar de hacerse a la idea de lo que iba a ocurrir—. A partir del viernes, Hugo Moya García deja de existir.
—Exacto. —El comisario asintió, apoyando los codos en la mesa y entrelazando los dedos para observarle—.
El viernes por la noche, alguien que trabaja con nosotros se encargará de hacer la llamada de emergencia informando de tu supuesto suicidio —explicó Herrera con su tono habitual, carente de emoción ante cualquier situación, que había adquirido con los años—.
Para entonces, ya habrás dejado Madrid. Haremos como que limpiamos la escena del crimen y esas cosas para que nadie sospeche y seguiremos con la investigación sin que ese cabrón sospeche que estamos detrás de él.
Hugo exhaló despacio. No era la primera vez que escuchaba los detalles del plan, pero cada vez que lo repasaban, sentía un nudo más fuerte en el estómago.
—Y yo estaré en Barcelona —murmuró pensativo—. Todo el tiempo que sea necesario hasta que todo esto se acabe.
—Así es —asintió Laura dándole algunos papeles que tenía que firmar—.
Tu nueva identidad ya está lista. En cuanto llegues, recogerás los documentos en la dirección que te daremos y que será tu piso franco estos meses.
Allí serás Hugo Martín Rivas, psicólogo en excedencia que se ha mudado a la ciudad condal por cuestiones personales.
La idea es que lleves una vida discreta.
Nada de relaciones sociales innecesarias y lo más importante nada de llamar la atención.
Hugo dejó escapar una leve risa sarcástica al escuchar ese comentario. Nunca había sido el ser más social del universo si no fuera por Álex y Marcos que le arrastraban a todos los planes.
—Sí, porque claramente soy un imán de popularidad —ironizó.
El comisario no se molestó en seguirle la broma porque no estaba la cosa para tonterías en esos momentos. Llevaba meses persiguiendo a ese tipo y necesitaba la ayuda de Hugo para ello.
—No puedes ponerte en contacto con nadie —insistió muy serio el comisario porque había sido motivo de discusión entre ellos—. Ni amigos, ni conocidos. A excepción de tu madre y porque no has dado tu brazo a torcer.
En un caso normal, eso no habría estado permitido. Lo que pasa que Hugo había jugado sus mejores armas para que cedieran e incluyeran a su madre en parte de la información del plan que tenían entre manos.
—Eso es algo que quiero dejar claro. —Hugo golpeó la mesa con los dedos, enfatizando cada palabra porque sabía que el comisario no compartía esa postura—. Mi madre debe saber la verdad en todo momento. No voy a dejarla creyendo que su hijo se ha suicidado con la edad que tiene.
—Lo hemos entendido, Hugo, no te preocupes por eso—intervino Laura que se había asegurado de dejar el acuerdo por escrito para la firma con la Policía—.
Como ya te dijimos, habrá agentes encubiertos vigilándola para asegurarnos de que no haya problemas.
Ella sabrá que sigues vivo, pero será necesario que mantenga las apariencias en público, ¿vale?
—Esto último es muy importante —insistió el comisario.
—Lo hará —afirmó Hugo que confiaba plenamente en ella—. Pero si en algún momento necesita hablar conmigo, ¿cómo lo hacemos?
El comisario intercambió una mirada con Laura antes de responder. Otra concesión que habían tenido que darle para que aceptara ayudar con el caso.
—Una vez cada dos semanas se le permitirá hacer una videollamada contigo a través de un canal seguro —explicó Herrera—. Tendrás acceso a un móvil específico solo para eso. Pero no podrá llamarte cuando quiera.
—Supongo que es mejor que nada.
Hugo cerró los ojos un segundo y asintió. No era una situación ideal, pero había conseguido, al menos, algunas de sus peticiones.
—Por lo que respecta a tu estancia en Barcelona, hemos conseguido un apartamento bastante decente en uno de los barrios más tranquilos de la ciudad.
—Laura le enseñó la dirección y varias fotos del que sería su nuevo hogar, le gustara o no—.
Podrás tener una vida normal sin llamar mucho la atención.
Y te darán dinero suficiente para todo lo que necesites, pero evita gastos innecesarios y no derroches.
—¿Y si el caso se alarga más de la cuenta? —preguntó Hugo, apoyando el mentón en su mano—. ¿Cuánto tiempo tendré que mantener esta farsa?
—El tiempo que haga falta.
Era una persona bastante seria, pero Hugo no le había escuchado nunca decir nada con tanta seriedad y determinación.
Sintió que una losa de hormigón caía sobre sus hombros ante esa respuesta.
No sabía si serían semanas, meses o incluso años.
Todo dependía de lo rápido que pudieran reunir pruebas contundentes contra aquel hombre.
—Sé que vuestra intención es que me sienta más seguro con todo esto —confesó en voz baja—, pero sigo teniendo un mal presentimiento de que algo va a pasar.
—Hugo… Estás haciendo lo que debes —dijo Laura para tranquilizarle—. Y lo sabes. Está todo planeado y no va a pasar nada.
La miró a los ojos, buscando algo que le diera seguridad, pero solo encontró la misma incertidumbre que sentía él reflejada en la mirada de su abogada. Le estaba prometiendo algo que no podía cumplir.
—Muy bien —suspiró, levantándose de la silla—. ¿Algo más que deba saber?
—Recuerda: el viernes por la noche sales de Madrid —insistió el comisario—. No olvides destruir tu móvil antes de irte.
—Me quedó claro la tercera vez que me lo dijo, comisario —bufó.
Y sin más conversación y sin esperar a Laura, cogió su abrigo del respaldo del asiento y se marchó.
Esa reunión, en lugar de calmar su angustia, solo había hecho aumentarla.
Caminó por las calles sin rumbo fijo durante un rato, dejando que la brisa fresca de la noche despejara un poco su mente.
Madrid seguía igual, con su ruido, sus luces de neón y el murmullo incesante de la gente que volvía a casa después de un largo día de trabajo.
Y él, en solo cinco días, dejaría de existir en esas calles para todo aquel que le conociese.
Cuando llegó a su apartamento, lo primero que hizo fue encender la luz y quedarse en la puerta, observando cada rincón con otros ojos.
El sofá donde tantas veces había visto películas con Marcos.
La estantería llena de libros que había acumulado durante los años.
La cocina en la que había compartido cenas improvisadas con Diana después de sus sesiones.
Todo lo que conformaba su vida hasta ese momento iba a quedar atrás.
Estaba agotado y no podía pensar en cómo iba a superar los siguientes días haciendo una vida normal sabiendo lo que le esperaba en cuanto llegara el fin de semana. Una locura. Un disparate y un sinsentido como solía decir él.
Fue a su despacho y se dejó caer en su silla, esa misma donde había tratado a cientos de pacientes, aunque solo uno de ellos le había condenado al exilio de la manera más cruel.
Pasó por su cabeza la idea de escribir una carta que intentara justificar su muerte para que sus seres queridos no se sintieran tan perdidos y no intentaran buscar respuestas, porque si lo hacían…
Y ahí fue cuando sus ojos se abrieron de par en par cuando una idea cruzó su cabeza. Quizás era incluso más loca que la que le planteaba la Policía, pero si lo hacía, si funcionaba…
¿Qué pasaría si nada tenía sentido? ¿Creerían de verdad sus amigos que se había quitado la vida si veían que nada de su vida encajaba con la persona que conocían?
Echó de menos a Álex, la gran paranoica y fan de todas las teorías de conspiración posibles para llevar a cabo su plan y entonces entendió que esa era la clave.
Álex era la clave.
Su mejor amiga no había vuelto a Madrid en cinco años porque decía que no tenía motivos. ¿Los tendría si él moría? ¿Le obligaría Marcos a volver? Si la conocía como creía hacerlo iba a volver y eso le ponía por delante una gran oportunidad y no solo por descubrir la verdad.
¿Y si utilizaba todo aquello a su favor? ¿Por qué no beneficiarse de algo que, en apariencia, era una putada? ¿Y si ponía a Álex contra las cuerdas y la hacía enfrentarse a todo de lo que llevaba años huyendo?
Cada idea que iba formándose en su cabeza parecía más imposible que la anterior y, aun así, tenía sentido. Era su momento de ayudarla a ver lo que había dejado atrás y, a la vez, a que no sufriera tanto por su muerte.
Cogió un folio y en lugar de escribir la carta que tenía pensada en un primer momento, comenzó a trazar su plan.
La idea era hacer que hubiese suficientes detalles como para que pensaran que les estaban engañando de alguna forma.
Si Álex y Diana seguían pensando con la misma neurona que siempre habían hecho, se pondrían de acuerdo en ese tema, pero no bastaba con eso, no.
Necesitaba obligarlas a pasar tiempo juntas de alguna manera, pero…
¿cómo? ¿Cómo hacer que dos personas que no se hablaban tuvieran que interactuar?
Pues dejándoles su piso en herencia para que, como poco, tuvieran que hablar de qué hacer con él.
Si iban a verlo empezaría el show y se darían cuenta de lo que pasaba.
Llamó a Laura y, con el argumento de hacer todo más creíble, le pidió redactar un testamento, lo que ella aceptó creyéndose la mentira. Primer paso, hecho. Se reunirían al día siguiente para terminar de concretar los detalles y redactarlo todo.
El segundo paso era poner detalles sospechosos por todo el apartamento.
Necesitaba sembrar las pistas adecuadas, detalles que no encajaran con su personalidad, pero que fueran lo suficientemente obvios para que solo alguien que lo conociera bien notara la incoherencia.
Buscó los libros de Chris Benson, que nunca le habían interesado particularmente, pero de los que Álex era muy fan.
Compró toda la saga de libros y los colocó en un lugar visible de su biblioteca, donde normalmente solo estaban sus libros de psicología y ensayos sobre el comportamiento humano.
Los colocó donde se vieran y procuró que se notara que no habían sido leídos ni una sola vez.
Terminada esa tarea, se levantó y recorrió la casa con una mirada diferente, buscando dónde más podía dejar pistas.
Lo tuvo claro cuando vio el tocadiscos. No solía usarlo mucho, y, cuando lo hacía, siempre eran discos de jazz o bandas sonoras instrumentales.
Nada que llamara demasiado la atención o despistara durante las sesiones.
Sacó el vinilo de Starlight y lo colocó sobre el plato del tocadiscos.
Ese grupo no tenía absolutamente nada que ver con él, pero sí con Álex y Diana.
Sabía que en cuanto alguna de las dos entrara en su apartamento y viera el disco listo para ser reproducido como su último disco antes de morir, se preguntarían qué hacía allí.
Para culminar su tarea, se acercó al escritorio y encendió su ordenador. Le habían pedido que se deshiciera de todas sus grabaciones para evitar que el paciente pudiera robarlas, así que se dispuso a formatearlo y dejarlo con los ajustes de fábrica.
Entonces se le ocurrió una última idea.
¿Y si no solo les dejaba pistas de que estaba vivo sino que les hacía pensar que había pasado algo más por culpa de ese paciente?
Sí, eso haría. Una copia de las grabaciones por si alguien de su alrededor las necesitaba llegado el momento.
Sacó un pendrive y las copió todas ahí, ya con otro plan de dónde iba a esconderlas en su cabeza.
Tras eso, con un movimiento mecánico, seleccionó todo y pulsó «eliminar».
La papelera de reciclaje se llenó al instante con cientos de archivos.
Vació la papelera, asegurándose de que todo quedara irrecuperable.
Luego, abrió la configuración del sistema y restableció el ordenador a los valores de fábrica.
Un borrado completo, sin rastros, sin recuerdos.
Cuando el proceso terminó, el ordenador reinició con la pantalla de bienvenida como si fuera un equipo recién comprado.
Para la guinda del pastel, colocó como contraseña «Chris Benson».
Si las chicas eran listas, hilarían todo ellas solitas.
Y lo eran mucho, al menos si no se mataban en el proceso de descubrirlo.
Con todo en su lugar, echó un último vistazo al despacho. No quedaban rastros de su verdadero yo. La habitación parecía la de un desconocido, alguien con intereses distintos a los suyos, alguien que no encajaba con el Hugo Moya que sus amigos habían conocido.
Cerró los ojos por un segundo y se concentró en intentar dejar a un lado sus propios sentimientos.
En cinco días, dejaría de ser Hugo Moya.
En cinco días, el mundo creería que estaba muerto.