Capítulo 20 #3
—Una de matrimonio —responde ya intuyendo el por qué de mi pregunta.
—¿Sofá? —insisto.
—Sí, eso sí —responde.
Vale, hay sofá, estoy a salvo. Diana puede dormir en la cama para estar a gusto y descansar sin que le dé en sus heridas y yo me voy al sofá.
Bueno, por sus heridas y porque estoy demasiado confusa como para tumbarme con ella al ladito como si nada.
Diana se está aguantando la risa ante mi evidente sonrojo por pensar que podamos dormir juntas.
—Como veo que te preocupa dormir en la misma cama que yo debería advertirte de que sigo durmiendo sin pantalones —dice con un toque bastante sexy.
A mí se me cae la boca al suelo y me quedo sin saber qué contestar ante la imagen que acaba de implantar en mi cabeza. Es una maldita sinvergüenza que sabe darme en mis puntos débiles y está encantada de obtener estas reacciones por mi parte.
Yo ya no me veo capaz de hablar más en lo que nos queda de viaje. Lo mejor es centrarse en conducir, que ya estamos llegando y no puedo estrellar el coche ahora.
Lo más extraño de todo es que este viaje, que al principio me parecía una encerrona, solo ha conseguido que me sienta más en paz con ella y con nuestras interacciones.
Cada partícula de mi ser se ha relajado y así sigue una vez aparco el coche en el parking del apartamento que hemos alquilado para unos días.
Una paz que había olvidado que solo ella me daba.
Mi organismo lo agradece. Está tan acostumbrado a huir y luchar como si le persiguiera un león que este nuevo estado es luz.
Como ella, que no ha borrado la sonrisa en las últimas horas.
Sonrisa que se ensancha aún más cuando propone salir a cenar y yo acepto sin protestar, por una vez.
No es una cita, ni mucho menos, y los nervios en mi barriga parecen querer llevarme la contraria.
Por favor, estómago, relájate que hemos pasado cosas peores con ella como para ponernos así por una cena.
Rebusco en mi maleta un outfit medio decente basado en pantalón negro y camisa blanca.
Esa combinación no falla nunca y me sienta bien.
¿La voy a dejar con la boca abierta? No, pero estoy guapa.
Al menos eso pienso hasta que sale del baño y me cruzo con ella en el pasillo.
Joder… ¿y yo salía con esta chica? Qué suerte tuve…
Es cierto que le sienta bien cualquier cosa, no obstante hoy la veo especialmente guapa con ese vestido.
—Estás… espectacular hasta llena de heridas de guerra —digo al pasar por su lado sin pararme.
O no pretendo hacerlo, porque ella vuelve a agarrar mi muñeca por inercia y me para. Aprecio que lo haya hecho ya que me permite ver lo sonrosadas que están sus mejillas por mi comentario.
—Tú también estás preciosa.
Y me suelta.
Gracias por hacerlo, que a mí se me ha olvidado hasta cómo se anda al verte mirándome así.
Vagamos sin destino por las calles de Barcelona durante casi media hora hasta que vemos un restaurante italiano muy mono, de esos que tienen lucecitas en el techo y un ambiente muy del sur.
Debemos de desprender, sin quererlo, una química bastante peculiar porque la camarera que nos lleva hasta nuestra mesa piensa que somos pareja, lo cual nos hace sonreír a las dos como tontas.
Aprovechamos para ponernos un poco al día de nuestra vida actual, dejando a un lado el pasado y a Hugo.
Solo dos viejas amigas que se reencuentran después de años y tienen mucho pendiente que contar.
Las sonrisas cómplices y los roces innecesarios de nuestras manos sobre la mesa nos tienen a las dos un poco ensimismadas, utilizando este universo paralelo en el que somos una nueva Álex y una nueva Diana conociéndose.
Ayuda también que nos tomemos un par de copas de vino que relajan nuestra actitud y aumentan la comodidad.
Ni siquiera una pequeña disputa sobre quién paga la cuenta hace explotar la burbuja en la que nos hemos metido.
No está tan mal este buen rollo, o lo de seguirle el tonteo cuando Diana saca sus mejores armas.
Es… divertido, guay y… me gusta. La situación y me gusta ella.
¿Acaso ha dejado de hacerlo alguna vez?
Probablemente no.
Si mañana resulta que no encontramos a Hugo y todo ha sido producto de nuestras mentes y la negación a aceptar su muerte, al menos me llevaré este momento con ella. Ni tan mal, supongo. Ya tendré tiempo de volver al pozo en el que vivía, por hoy… esto es mucho mejor.
Dejo que sea Diana, quien ha venido mucho por trabajo a Barcelona en los últimos años, la que me guíe de vuelta al apartamento.
Tengo la sospecha de que hace el camino más largo de lo necesario para que pasemos más rato juntas y no tengo queja al respecto.
Caminamos rozando nuestros hombros y nuestras manos de manera inocente, generando una electricidad estática que no hace más que crecer conforme nos acercamos a nuestro destino.
—Tierra llamando a Álex —bromea Diana dándome un leve codazo cuando encaramos la calle de nuestro apartamento.
—Dime —respondo sin más.
—¿Puedo saber en qué estás pensando? —pregunta mientras busca las llaves para abrir la puerta de entrada.
Pienso en ti.
En ti y en mí concretamente.
¿Cómo decírtelo para que no pienses que estoy loca por querer y a la vez no querer que pase algo?
—Solo en que me lo he pasado muy bien esta noche. —Técnicamente no estoy mintiendo—. Ha sido agradable y divertido. —Hago una pausa buscando las palabras que quiero decirle sin que suenen demasiado intensas, aunque algo en mi interior me pide que no me calle más—. De hecho…
Diana se gira a mirarme una vez ha abierto la puerta para dejarme pasar e intentar dilucidar qué estoy pensando y por qué no he terminado esa frase.
Noto que los ojos se me humedecen un poco cuando derrumbo el muro de la forma más bestia para que todas las emociones que he pasado años reprimiendo se extiendan sin pudor alguno por todas las células de mi cuerpo.
Y sin decir nada, me centro en sus ojos, buscando lo mismo que noto yo en los míos.
¿Podría llamarlo amor a estas alturas? ¿Sigue siendo eso después del tiempo que llevamos separadas?
No sé, lo que sí sé es que se nota el profundo cariño que nos tenemos y que no hemos borrado.
Leo el miedo en su iris, el mismo que tengo yo ahora.
Miedo a sentir de más. Miedo a no saber frenarlo y volver a lo que éramos.
¿Tan malo sería? Pues quizás sí y quizás no.
No lo sé. Estoy aquí mirándola como una imbécil sin saber qué más hacer mientras ella…
joder, se muerde el labio de forma nerviosa, y que a mí me parece muy sexy y muy atractiva.
Me encantaría ser la guerrera más fuerte y que ese gesto no me afectara.
Lo está haciendo y mucho, tanto como para tenerme ya a su merced sin saberlo.
Haz toda la magia que quieras y convierte la noche en algo inolvidable, Diana, por favor, haz tu magia un día más conmigo.
Como si leyera mi mente, Diana entrelaza nuestros dedos y tira de mí para que la siga por el apartamento.
Acaricio el dorso de su mano, no sé si para tranquilizarla a ella o para tranquilizarme yo y frenar el pulso que se agolpa en mi garganta cuando noto la cercanía de nuestros cuerpos.
Mueve su mano libre en un gesto muy dulce para apartar el flequillo que cae sobre mi frente y peinarlo hasta detrás de mi oreja.
Su magia hace efecto cuando siento que, después de años corriendo, o huyendo más bien, por fin he dejado de hacerlo. He parado a mirar las vistas y las vistas no pueden ser más maravillosas. Sin dejar de mirarme, Diana vuelve a morderse el labio y yo no puedo más, de verdad que no.
—Di… Te juro que si te muerdes el labio así una vez más no me hago responsable de mis actos —susurro con voz ronca casi sobre sus labios.
No voy a poder resistir más. O rompe esta distancia o me voy.
Una opción u otra le pido porque de verdad que yo no aguanto más esta tensión.
Ya lo dijo Vetusta Morla «dejarse llevar suena demasiado bien» y la maldita canción está en mi cabeza en bucle desde hace rato.
Una idea descabellada, sin fundamento lógico y, sin embargo, parece la más adecuada.
Así que uso mi cuerpo para acorralarla contra la pared del pasillo, anticipando mi próximo movimiento, que a ella le queda claro en cuanto mis ojos abandonan, de una vez, los suyos para ir directos a su boca.
—Álex, ¿estás segura? —pregunta.
Quiere saber que no me voy a arrepentir de esto y no la voy a culpar mañana.
Es lógico después de lo perra que he sido con ella.
No le voy a responder con palabras, no hace falta ahora mismo.
Ella necesita otra confirmación y voy a dársela.
Acuno sus mejillas con ambas manos y, sin perder más tiempo, rompo la distancia que separa nuestros labios para besarla.
Besarla para recuperar el tiempo perdido.
Y, lo más importante, besarla para borrar todas las heridas y volver a empezar.