Lo que dejé en Madrid Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Cojo la maleta y se la dejo sobre la cama antes de marcharme de esa habitación en un intento de no ver nada más que me traiga recuerdos que me están poniendo la piel de gallina más de lo necesario.

Como si no estuviera yo bastante alterada ya con las emociones como para que Diana me las siga alterando. Una tregua, señor. No pido tanto…

Hago lo propio con mis cosas y recojo todo, sin saber si voy a volver a poner un pie en este piso antes de dirigirnos al coche de Hugo.

Aquí es cuando descubro que sí, que muy guay lo de tener un deportivo y todo eso de cara a la galería.

Lo que nadie te cuenta es que el maletero es una mierda y no hay manera de encajar nuestras pertenencias en ese espacio.

Anda, mira, como yo. Una apariencia perfecta para todo el mundo con una mierda de mundo interior porque no he querido guardar nada ahí dentro.

O eso pensaba yo porque como Diana siga mirándome con esa cara voy a necesitar un tráiler para gestionar todos mis sentimientos interiores.

Cinturones puestos, GPS con dirección Barcelona y playlist de música para pasar un buen rato.

Todo listo. Bueno, todo menos yo misma. No pasa nada, fingiremos que sí.

Diana me deja espacio y tiempo para conducir y perderme en mi cabeza.

Escucho la voz de la chica que me va dando indicaciones y solo puedo pensar lo fácil que sería que alguien te diera esas indicaciones en la vida real, ¿verdad?

«Vuelva con su ex», «cambie de sentido en la siguiente salida y vuelva a Nueva York» y así yo me ahorro la de vueltas que le estoy dando a la cabeza ahora mismo.

Las indicaciones se han ido reduciendo desde el momento en el que por fin entramos en la autopista que nos llevará a Barcelona.

Para el poco tiempo que llevamos en el coche, ya noto que Diana no para de moverse de un lado a otro, buscando una postura en la que no le duela la costilla o alguno de los hematomas que aún tiene por su cuerpo.

—¿Estás bien? —pregunta Diana.

Puede ser que sus dolores físicos y evidentes sean tan obvios como mis heridas emocionales, de otra forma no puedo entender que siempre sepa los momentos en los que más me estoy comiendo la cabeza.

—Eso tendría que preguntártelo yo a ti —respondo, sin desviar la vista de la carretera—. No has parado de moverte desde que hemos salido.

—Lo mío es físico, nada que el tiempo o unas pastillas no ayude a curar —responde con intención, porque pillo el doble sentido al vuelo.

Si está esperando que reaccione o me abra aquí va apañada. No. Ya sabía yo que era mala idea encerrarse en un coche con ella. No han pasado ni dos horas y ya quiere que hablemos de temas sensibles. Aquí no pasa nada, Diana. Vamos a seguir conduciendo y…

—Álex… ¿puedes dejar de fingir que todo está bien?

Posa su mano sobre la mía en la palanca de cambio y yo pego un respingo del susto.

Nada, que no lo deja pasar.

El silencio se adueña del coche y ella debe de entender que no voy a hablar ahora mismo de ese tema.

Alejo mi mano de la suya y la poso en el volante.

Mejor las dejo aquí y evito posibles contactos inesperados que hagan saltar todas mis alarmas y perder el control de mis sentimientos.

Diana suspira y decide centrar la atención en su móvil.

Siento decepcionarte una vez más, Di, pero no puedo hacerlo ahora mismo.

Ojalá ser capaz de mantener una conversación más profunda contigo sin desmoronarme, y conducir llorando es peligroso. Lo hago por nosotras, creéme.

Por el rabillo del ojo veo cómo quita mi música cuando enchufa su móvil a la pantalla táctil del coche.

La dejo que reproduzca lo que quiera, es lo menos que puedo hacer después de castigarla con este silencio que ni yo misma entiendo.

Van pasando canciones pop en español y en inglés y entiendo que, una vez más, es mala idea dejarla hacer cualquier cosa a mi alrededor porque hasta su música me gusta.

Bueno, es que siempre tuvimos un gusto parecido.

¿Cuántos grupos habrá descubierto y yo me he perdido por el camino?

¿Me pasará sus playlists si se lo pido? Es entonces cuando empiezo a escuchar las primeras notas de una canción más que conocida por las dos.

De verdad, es que tiene todo el valor que a mí me falta porque con toda su cara acaba de poner Complicated de Avril Lavigne.

Y es que es un himno de los 2000 que las dos hemos cantado a pleno pulmón mil veces en casa, lo que pasa que en este caso la letra… ¿Me está tirando indirectas?

Es imposible no pensarlo mientras el verso habla sobre gustarle mi forma de ser mientras conduzco.

Nada sutil la rubia dadas las circunstancias, ¿no?

Las siguientes estrofas hablan sobre cómo me he convertido en otra persona muy diferente a la que solía ser cuando estoy rodeada…

Pues sí, para qué te lo voy a negar, Diana.

La miro de reojo y la veo empezar a cantar poco a poco, como invitándome también a mí a hacerlo. No me hagas esto que soy débil a los clásicos del pop. Y a ti. Pasa la primera estrofa y llega el estribillo y ahí ella ya no contiene las ganas de gritar.

Mira, a tomar por culo, yo también quiero cantar mis dos líneas favoritas de la canción y chillar a pleno pulmón que me fui e hice todo mucho más complicado de lo que ya era.

Y una canción que en el pasado no era más que una melodía que nos encantaba, pasa a ser un poco reflejo de lo que hemos vivido. Con ella cantando al pie de la letra lo frustrada que se ha sentido con todo lo que ha ocurrido, con mi forma de comportarme y de marcharme…

Termina de sentenciarme al girarse para mirarme en la frase que pide que le prometa que no fingí nada de lo que vivimos.

¿Eso es lo que cree? ¿Que no significó lo mismo para mí que para ella?

¿La frustra que esté fingiendo que no siento lo que no puedo controlar desde hace días?

Giro mi cuerpo hacia ella para empezar a cantarle la letra, postura que ella imita al segundo, aprovechando que por una vez esté haciendo algo que me apetece.

Y disfrutamos de las risas, de dejarnos la garganta en cada estribillo hasta que la última nota de la canción se esfuma en el aire y da paso a otra canción más tranquila.

Es en ese momento cuando me doy cuenta de lo bien que me siento y lo divertido que ha sido siempre cualquier cosa con ella.

El aire ahora es más fresco y entra en mis pulmones mucho mejor que antes.

¿Es esto lo que se siente cuando empiezas a sentirte libre?

Por mucho que haya devuelto mi vista a la carretera la mayor parte del tiempo, no se me escapa que no puede dejar de mirarme.

Está tanteando el momento para preguntar algo, la conoceré yo…

—Álex, ¿por qué no has vuelto a Madrid en todos estos años? —pregunta.

No fallo, eh.

Ya podría salir otra canción chula para berrear en lugar de tener que responder a estas cosas.

Supongo que se merece un poco de sinceridad por mi parte y que borre la cantidad de dudas que yo también he tenido que ir sembrando en su cabeza con mis actitudes.

Medito un poco la respuesta porque decirle «el motivo está sentado a mi lado» es un poco directo.

Aunque tampoco… mira, vamos a ello y a ver qué dice.

—Siempre he creído que, si volvía a Madrid, sería una tortura constante porque todo me recordaría a ti —suelto sin atreverme a mirarla, apretando el volante entre mis manos—.

En Nueva York tenía una vida en la que no existías y era más fácil ignorarte y esconder la pena en mi interior. Fingir que no estaba ese sentimiento.

Por primera vez, ella no responde. No hay comentario ingenioso, no hay otra pregunta más sobre qué me pasa o qué estoy haciendo con mi vida.

Solo hay un silencio que ni ella misma parece saber gestionar.

La dejo pensativa porque entiendo que esté así.

No había reconocido en alto el motivo de mi ausencia a nadie, ni siquiera a Hugo, creo que porque daba por hecho que todos lo sabían.

¿Cómo iba a volver a una ciudad en la que las calles me recordarían nuestros paseos, los bares nuestros besos robados y la relación con ella en general?

—Y aun así has vuelto dos veces en muy poco tiempo —murmura.

Una por Hugo, la segunda por ti, sí. Ya te lo confirmé ayer y no voy a volver a repetirlo.

—Como hagas un comentario más respecto a mi vuelta, te dejo en la próxima gasolinera —advierto.

Ella se parte de risa con una carcajada de esas que resuenan en el pecho y envuelven a todo el que la escucha. Y si quedaba alguna grieta en mis barreras por las que Diana aún no se hubiese colado, acaba de hacerlo.

Rendición.

Rendición total a ella.

Siguiendo la línea de nuestras conversaciones de este tipo, dejamos el tema a un lado, sin presionarnos más de la cuenta, y disfrutamos de lo que queda de viaje.

Aprovecho cuando la carretera es bastante recta y no tengo que estar super atenta para mirar a Diana, que se ha dormido en el asiento, y ver lo bien que le sienta la luz de la tarde en su rostro.

La hace más atractiva, si es que eso está permitido.

Ojalá estirar la mano y acariciar esa mandíbula tallada en mármol que siempre ha tenido.

Resisto la tentación aun sabiendo que no voy a poder hacerlo si seguimos en este tira y afloja constante que provoca seísmos cada vez mayores en mi escala Richter interior.

En cuanto se despierta, la mando a buscar alojamiento en la ciudad, cosa que va a ser complicada teniendo en cuenta que es Sant Jordi. Algo habrá… Solo necesitamos un sitio donde dejar las cosas y dormir y las dos tenemos buenos sueldos, así que podremos permitirnos lo que sea.

—He encontrado un apartamento tipo loft bastante decente en el que podemos quedarnos —anuncia Diana mientras va deslizando en las fotos del anuncio.

—¿Cuántas camas tiene? —pregunto temiendo la respuesta.