Capítulo 20
Las migas de p an
Hace rato que no decimos ni una palabra.
Solo nos miramos y lo más curioso es que no hay una tensión extraña como había al principio.
No, lo que hay en todo caso es tensión de la buena, de la que se quema entre las sábanas cuando decides liberarla.
No creo que estemos en ese punto ni mucho menos, lo que pasa es que sí que hemos conseguido llegar a este estado intermedio donde podemos hablar de nuestros sentimientos con un nivel de comprensión que ambas desearíamos haber tenido años atrás.
Podría seguir horas así, perdida en ese verde color bosque que me enamoró y que sigue tan mágico y profundo como para hipnotizar a cualquiera que dedique un momento a dejarse llevar por ellos.
Tampoco Diana se mueve y me hace preguntarme si ella también quiere dar ese paso, si también está pensando como yo en todas las consecuencias que tendría que rompamos los veinte centímetros que separan nuestras bocas.
—Álex… —susurra y sin decir nada más sé que me está advirtiendo que frene esto de alguna manera.
—Deberíamos… ¿centrarnos?
Sí… Tienes razón. No puedo dejarme llevar así. O sí…
—Sí. —Y para mi desgracia es ella la que se aleja para volver a sentarse en el escritorio—. Ahora que sabemos o creemos saber que Hugo está vivo, ¿dónde demonios creemos que se ha metido?
Anda, mira. No es tan lista la niña y me sigue necesitando si aún no ha hilado en su presentación los datos para descubrir dónde podría estar nuestro amigo.
—¿No lo sabes? —pregunto con una mueca divertida.
—Intuyo por tu chulería que tú si —adivina, fastidiada por cómo me estoy paseando conteniendo esta información para que me la tenga que rogar—. Álex, habla.
—Parece que voy ganando esa apuesta…
—No vas a ganar nada si te mato antes por esa actitud. —Sigue siendo tan divertido hacerla desesperarse como el primer día—. Hace cinco minutos ni querías aceptar que estuviera vivo.
—Reconoce que he ganado y te lo digo —insisto.
—Habla ya —pide con impaciencia.
—A ver, ¿dónde fue el concierto de Starlight ? ¿Dónde se desarrolla la última película de Chris Benson? ¿A qué ciudad fui con él la primera vez que se sacó el carnet de conducir?
Estoy intentando que ella vea la respuesta sola para comprobar que no estoy loca por haberlo deducido tan rápido.
—Barcelona…
Así es.
Todas las pistas extrañas que nos hicieron sospechar al principio y que no cuadraban con la vida y la personalidad de Hugo ahora encajan de nuevo para darnos la localización del mapa de su paradero. Tiene que ser eso.
—Barcelona —repito yo al sentir el peso de la confirmación por su parte en mi pecho—. Nos ha ido dejando migas de pan todo este tiempo para que las encontráramos, Diana.
Ahora mismo es el meme de la mujer con los números alrededor de la cabeza con la diferencia de que ella está pensando qué hacer con lo que sabemos.
—Nos vamos —anuncia girándose para mirar en su ordenador la manera más rápida de llegar a Barcelona.
Vamos a ver, Diana, ¿qué dices? ¿Cómo vamos a irnos así como así a la aventura? Nos falta información, mucha información.
—¿Estás loca? —pregunto cuando veo que habla en serio—. No podemos irnos así, sin más. Sin un plan, sin saber dónde buscar o dónde podríamos encontrarle…
—Álex, aquí ya no hacemos nada —me interrumpe Diana bastante seria y yo con esa cara ya no puedo cuestionarla más—. Sabemos que está ahí, ¿no? Pues vamos y ya improvisamos sobre la marcha como hemos ido haciendo hasta ahora.
Mis ojos amenazan con salirse de sus cuencas por la absurda idea que está teniendo.
La idea de que Hugo esté vivo, por mucho que parezca tener sentido, es una locura.
Si le añadimos lo de irnos de aventura a otra ciudad…
pues un cuadro. Yo soy una persona que necesita tenerlo todo planificado y bajo control y Diana pretende que yo me lance al vacío sin paracaídas.
Ya éramos así en el pasado. El mix perfecto para llegar al punto medio de nuestra, a veces, opuesta personalidad.
—Si no quieres venir conmigo, lo entiendo. No te preocupes —responde algo decepcionada por mi silencio.
Rompe la conexión de nuestras miradas y suelta el agarre de nuestras manos para volver al escritorio a mirar algo en su ordenador.
¿Cómo puede ser que mi piel ya se sienta huérfana sin la suya solo por los pocos contactos que hemos tenido?
¿Y esa carita de pena que ha puesto? Me está prometiendo que mi mejor amigo está vivo con toda su ilusión y yo ya no sé si de verdad es que quiero creerla, si tiene fundamento o si esta chica está dispuesta a hacer lo que sea con tal de que yo sonría un poco.
La segunda opción suena muy idílica ahora mismo aunque conociendo a Diana también podría ser bastante acertada.
¿Y si me equivoco? ¿Y si ella se equivoca?
¿Estamos usando toda esta historia para pasar más tiempo juntas porque nos da miedo lo que va a pasar cuando tengamos que separarnos?
Nunca he sido yo de quedarme con la duda o con las ganas…
O al menos solía serlo. No quise quedarme con la duda de si mis sentimientos por Diana eran mutuos la noche que me atreví a besarla, impulsada por el alcohol, a pesar de saber que podía joder nuestra relación.
Y quitando la sucesión de hechos que tuvimos los siguientes años y cómo terminamos, no me arrepiento de arriesgarme.
¿Podría ahora hacer lo mismo? ¿Podría tirarme a la piscina y no quedarme con la duda de todo lo de Hugo?
Desde luego volver a mi vida en Nueva York no suena posible ahora mismo sin obtener respuestas…
—Está bien, iré contigo —cedo, exhalando con resignación.
No le sorprende, al contrario, se muerde el labio para contener la sonrisa de suficiencia de quien ya sabía la respuesta antes de que la pronunciara. Dios, es que me cae tan mal esta persona y odio que me conozca tan bien.
—Sabías que iba a decir que sí, ¿verdad? —pregunto.
—Lo imaginaba —responde girando el ordenador sin darle mayor importancia—. Los trenes están todos llenos y supongo que sigues odiando volar, ¿no?
¿Hay algún dato que Diana haya olvidado sobre mí? Es bonito, no lo niego. Lo que pasa que me hace sentir como una mierda que yo me haya pasado tanto tiempo tratando de eliminar todo lo que tuviera que ver con ella y, por el contrario, Diana ni lo haya intentado.
—Vístete y recoge tus cosas —ordena levantándose con el ordenador en su mano y saliendo del salón—. Nos vamos ya, Álex, y conduces tú.
—¿Nos vamos en coche? —pregunto algo confusa, siguiéndola por el pasillo.
—Sí —responde sin girarse—. Mañana es Sant Jordi y está todo completo. En coche tardaremos unas cuatro o cinco horas, es la forma más rápida de llegar ahora mismo.
Vamos a ver, ¿cómo vamos a ir en coche? No podemos estar cinco horas encerradas en un mini espacio sin ningún tipo de escapatoria si hay una conversación incómoda o que no me apetezca tener.
Es como meterme yo sola en la boca del lobo teniendo en cuenta lo que le gusta a esta persona ahora hablar de sentimientos y nuestra relación.
¡Que me va a explotar en la cara como haga eso!
Por no hablar de que no me gusta improvisar así los planes.
No, no. Yo quiero tener todo medido al milímetro, saber en qué gasolineras puedo parar, el trayecto, cuántos peajes hay de camino…
Genial que Diana sea una cabra loca y vaya sin mirar nada, pero yo no soy así, que luego pasa lo que pasa.
—¿Álex? —La voz de Diana me saca de mis pensamientos—. ¿Puedes venir a ayudarme a bajar mi maleta del armario?
Suspiro y sigo su voz por instinto, sin darme cuenta de que voy directa hacia la habitación de Diana, la única de la casa en la que aún no me había atrevido a entrar.
En parte por miedo de profanar un espacio tan íntimo sin permiso, aunque también por lo que pueda encontrar ahí.
No sé decirle que no y menos si necesita mi ayuda porque físicamente no puede coger su maleta.
En cuanto cruzo la puerta, el aroma de Diana está por todos lados.
Ese perfume dulce que tanto me gustaba y que debe de haber seguido manteniendo.
No me extraña, era perfecto para ella. La habitación, al igual que el resto de la casa, está decorada con un gusto por encima del que tenemos el resto de los mortales.
No hay nada fuera de lugar y es curioso cómo consigue mezclar esa elegancia con detalles personales como fotografías, LEGOs y regalos de todo tipo.
No pasa desapercibido para mí que encima de la cómoda tiene un peluche de un dálmata.
Sigue teniéndolo… ¿Cómo vas a haber guardado eso tantos años?
Y no solo eso, ¿cómo vas a tenerlo ahí para verlo todas las noches antes de dormir?
¿Por qué has decidido torturarte así tantos años?
Recuerdo que Diana estaba al borde del colapso estudiando para los exámenes finales en la biblioteca el día que se lo regalé.
Yo ni siquiera había ido con ella, estaba sola porque sabía que necesitaba concentrarse y yo no iba a ayudar.
Lo que pasa es que entró en pánico y no salía del bucle de pensar que iba a suspender, así que me planté en esa biblioteca para sacarla de ahí y que se diera un paseo.
En mi intento de calmarla, la llevé a comprar chucherías —¿seguirán siendo las sandías sus favoritas?
—, vi el peluche y, sabiendo lo que le gustaban los dálmatas, se lo compré por sorpresa.
La sonrisa y el abrazo que nos dimos en ese momento no solo hizo que yo me quedara en estado líquido en el sitio, sino que a ella le dio la fuerza que necesitaba para seguir estudiando.
Y aquí sigue el maldito perro, volviendo a hacer que yo me derrita en el sitio.
—Es esa —anuncia señalando la maleta que está en lo alto del armario—. No puedo estirarme por las costillas.
—No te preocupes.