Seis semanas antes
Decir que Hugo estaba desquiciado ante la propuesta que el subinspector Márquez le había hecho unas semanas atrás era quedarse muy corto.
Le había dado un plazo para aceptarla y él seguía sin saber qué hacer.
Su mente iba a mil por hora, analizando cada opción y, especialmente, las consecuencias de todo lo que podía pasar si decía que sí a esa descabellada idea.
No, más que eso. Era una auténtica locura que solo había visto en las películas de Hollywood y, muchas veces, en los culebrones turcos.
Y tampoco eran cosas que salieran muy bien la mayoría de las veces.
¿Cómo iba a hacer eso? ¿De verdad era la única salida que le quedaba por intentar hacer el bien y ayudar a la Policía?
Y, sin embargo, cuanto más pensaba en ello, más sentido tenía por más que le jodiera.
Curioso cómo a veces la solución correcta no era la mejor.
Catorce días habían pasado desde la primera propuesta.
Cinco desde que había vuelto a visitar la comisaría para que le contaran más detalles, en caso de aceptarla porque ya empezaba a entender que no le iba a quedar otra opción.
La sensación de peligro no había hecho más que crecer en ese tiempo.
No se sentía nada seguro en su propia casa y temía que el paciente se presentara en cualquier momento ahí.
Cada vez que el ascensor se detenía en su planta, cada vez que escuchaba pasos en el pasillo, su cuerpo entraba en estado de alerta.
Su paciente no era cualquier hombre. Tenía recursos, contactos, formas de enterarse de todo.
Si sospechaba que algo iba mal, no se quedaría de brazos cruzados. Y Hugo lo sabía.
Si desaparecía sin más, su paciente iría a buscarlo.
Lo rastrearía y querría saber qué había pasado para que no le hubiera entregado el informe que le había prometido la última vez.
El tiempo se iba acabando y el tictac del reloj solo le producía ansiedad.
Qué irónico que el psicólogo no supiera controlar esa ansiedad de ninguna de las maneras, pero claro, en la universidad no te preparan para algo así ni por asomo.
Por mucho que no le gustara la solución, la única forma de protegerse y, a la vez, dar tiempo a la policía para seguirle la pista y recolectar pruebas, era hacerle creer que ya no existía.
Porque ese era el plan maestro del subinspector Márquez, hacerle desaparecer de la faz de la tierra y no de cualquier manera.
No. Lo que harían sería fingir su muerte para que nadie le buscara.
Era la única manera de conseguir las pruebas que necesitaban ya que no era un trabajo que fueran a hacer en un par de días y pudieran tenerle vigilado mientras tanto.
La policía necesitaba construir un caso sólido antes de poder detenerle, asegurarse de que todas las pruebas eran lo suficientemente contundentes como para que no pudiera escaparse por ningún resquicio legal.
Y, mientras tanto, Hugo tendría que desaparecer de la manera más cruel posible para sus amigos y familiares.
La mera idea le quitaba el sueño.
Había pasado noches y más noches intentando entender cómo iban a sentirse sus amigos, su madre…
Era una crueldad hacerles eso. La pérdida de un ser querido era una de las pocas emociones que casi nadie sabía gestionar y él iba a provocar que mucha gente a la que quería la experimentara por su culpa.
Maldijo el momento en el que había aceptado a aquel paciente.
Y a pesar de todo ese dolor, a pesar de saber que era destrozar a muchos por dentro…
sabía que era la decisión correcta. Esa decisión iba a ayudar a muchas mujeres a estar a salvo y a sus víctimas a poder obtener justicia.
Aquel tipejo debía de pagar por todo el daño causado y había que impedir que siguiera haciéndolo.
Pero, aun así, no podía evitar pensar en lo que todo esto supondría para su propia vida.
Un día lo tenía clarísimo y al otro dudaba. ¿Cómo no iba a hacerlo cuando las preguntas no paraban de repetirse en su cabeza cada vez que planteaba los pros y contras de la decisión?
¿Cómo iba a hacer esto?
¿Cómo iba a mirar a la cara a Marcos, a Diana y a Álex y saber que pronto tendrían que llorar su falsa muerte?
Suspiró destrozado y se tumbó en el sofá que muchos de sus pacientes habían ocupado tarde sí y tarde no en su despacho.
Tragó saliva con dificultad y se echó a llorar para sacar todas las emociones que había ido acumulando.
Deseó tener su propio terapeuta que le gestionara sus emociones en ese momento tan extraño que estaba viviendo.
Dudó mucho sobre si contarle a sus amigos lo que estaba pasando.
Lo había mantenido en secreto para ser fiel a su secreto profesional y se estaba arrepintiendo.
Ya no podía hacerlo porque no iban a entender nada y contarles eso era ponerles también en peligro.
No. No se merecían llorar su muerte, pero mucho menos estar en peligro por su culpa.
En su proceso de intentar planear todo lo que iba a pasar, Hugo se imaginó cómo iban sus personas más cercanas a sufrir su muerte.
Si les conocía como creía que lo hacía, Marcos entraría en modo protector con todos sus amigos para evitar que volviera a suceder lo mismo.
Seguramente se culparía por no haberlo visto e intentaría seguir adelante cuanto antes.
Y Álex… Álex simplemente se rompería en mil pedazos y eso le mataba.
Nunca gestionaba sus emociones y no las expresaba ni las comentaba con sus amigos.
Solo alguna vez puntual se había abierto con él y ahora él no iba a estar para ser su pañuelo de lágrimas.
Le dolía mucho hacerle eso a ella, pero no le quedaba otra.
Por su bien y por el de todos los que conocía, tenía que quedarse callado y no contarles lo que estaba ocurriendo en realidad. Cerró los ojos mientras se cubría el rostro con sus manos para difuminar las lágrimas que hacía rato que no paraban de caer.
La frase que más se repetía a sí mismo era «lo estoy haciendo por un bien mayor.
Lo estoy haciendo por ellas. Lo estoy haciendo porque alguien tiene que hacerlo».
La decía una y otra vez como un mantra para convencerse de lo que estaba haciendo, pero la culpa se enroscaba en su pecho como una serpiente venenosa, robándole el aire y dejándole sin capacidad de pensar más.
Exhaló con fuerza y supo que necesitaba salir de esa casa y despejarse antes de que el mundo se le viniera encima. Cogió su chaqueta de cuero favorita y salió de casa sin rumbo fijo, caminando por las calles de su barrio que tanto le gustaban y que no sabía cuándo volvería a recorrer.
Su cabeza estaba a punto de estallar y no ayudaba que sintiera que Madrid estaba más bulliciosa de lo habitual, o quizás solo era él, que sentía que todo a su alrededor iba demasiado rápido.
Que el mundo seguía girando mientras él sentía que estaba al borde de la nada, al borde del salto definitivo al precipicio.
Sin saber cómo, quizás porque su cuerpo se lo pedía, terminó sentado en la terraza de un bar.
No era un sitio que soliera frecuentar, pero para tomarse una copa tampoco le hacía falta el sitio más elegante de la ciudad.
No era de los que ahogaban sus problemas en alcohol, aunque en ese momento, cualquier distracción era bienvenida.
—¿Hugo? —preguntó una voz de mujer, más que conocida para él, a sus espaldas.
Giró la cabeza inmediatamente y se encontró con Diana, que lo miraba con una mezcla de sorpresa y curiosidad de verle ahí solo.
—Ho… Hola, Diana —murmuró siendo consciente de que se estaba tomando una copa a las cuatro de la tarde solo en un bar—. Vaya, qué casualidad.
La sonrisa forzada y toda la situación hicieron saltar las alarmas de Diana, quien le conocía muy bien. Ladeó la cabeza y se quedó mirándolo. No tardó ni un momento en notar los ojos rojos de su amigo, producto de las lágrimas que había soltado en su piso.
—No pareces, precisamente, feliz de encontrarme —comentó con un deje de burla, pero sin perder la expresión de preocupación por él.
Hugo suspiró y apartó la copa, como si de pronto le molestara tener que mentirle a ella.
Joder, es que se había centrado tanto en Álex y Marcos que no había pensado cómo se lo iba a tomar Diana.
Le había costado años superar la pérdida de Álex, luego había tenido que lidiar con la pérdida de su familia al confesarles su sexualidad y ahora iba a perderle a él, su persona de confianza.
—No es eso —dijo atormentado sin poder mirarla a los ojos—. Solo… estoy teniendo un día complicado.
En lugar de preguntar o agobiarle, Diana cogió una silla y se sentó a su lado. Llamó al camarero y pidió un vodka con limón para acompañarle.
—Todos tenemos días de mierda —dijo encogiéndose de hombros—. ¿Quieres hablar de ello?
Hugo soltó una risa amarga.
Ojalá pudiera contárselo.
Ojalá pudiera advertirle para que supiera que no tenía que llorar cuando le contaran que había muerto.
—No creo que quieras escucharlo —respondió, intentando sonar desenfadado.
—Pruébame.
Diana podía ser muy persuasiva y él lo sabía. Al igual que sabía que contarle la verdad haría que Diana, justiciera de todas las causas, se convirtiera en una aliada en todo eso y le quisiera ayudar.
Le tocaba mentir otra vez y fingir que no pasaba nada, que no estaba a punto de dinamitar toda su vida y la de los que le rodeaban.
Tenía que hacerlo solo por mucho que le doliera. Así que simplemente negó con la cabeza y cogió su copa de nuevo.
—De verdad, Diana. No pasa nada —dijo levantando la copa para que brindara con él.
—Hugo…
—Porfa, no sigas —rogó él.
Diana supo que había algo más, pero no insistió. Él nunca la había presionado para hablar y ella no iba a hacerlo tampoco.
—Si cambias de opinión, sabes dónde encontrarme —dijo chocando su vaso con la copa de él.
Hugo asintió con una sonrisa débil, sintiéndose más solo que nunca ante toda esa situación.