Capítulo 19 #2
Y esa tarde siempre ha quedado grabada en mi memoria, no por lo que estudiamos, sino por los besos robados en el baño a pesar de que ella me mirara mal al hacerlo, las pausas para el café, los roces por debajo de la mesa y cómo se me aceleraba el corazón con solo mirarnos.
He pasado años sin sentir ese calor en el pecho y no es el hecho de no sentirlo y sí el de pensar que no iba a volver a notar esa sensación la que me tiene en una nube extraña.
Flotando en las garras de la incertidumbre de mi vida.
Y en un momento oscuro, lidiando con lo de Hugo, perdida en mi regreso a Madrid, Diana ha vuelto a conseguir encender la luz en la oscuridad y que empiece a sanar heridas que ni sabía que tenía.
Ahora que la tengo enfrente siento que, si me dejo llevar más, no tardaré en sentirme como aquella niña de la biblioteca, con el corazón latiendo demasiado rápido solo por una sonrisa y un roce de manos.
—¿Puedes venir? —pregunta Diana rompiendo mi momento nostálgico.
Un vistazo es suficiente para quedarme alucinada.
Esta persona tiene un sinfín de notas, esquemas y líneas de tiempo con los hechos.
Todo meticulosamente ordenado por colores, con textos y leyendas.
¿Cuánto rato llevo yo en mi nube para que haya hecho todo esto?
Siempre ha sido buena en todo lo que se proponía y sus conocimientos de diseño le permitían hacer toda la información mucho más clara con pocas herramientas.
Escucho todas sus explicaciones mientras señala cada punto con calma, desglosando todo lo que tiene, enlazando pistas y sacando conclusiones que, aunque parecen una locura, tienen demasiado sentido.
—Está vivo, Álex —dice cuando llega al último punto de su PDF.
¿Cómo… cómo va a estar vivo? ¿Qué? Ahora sí que todo parece de película americana. ¿Lo peor? Que por muy loco que pueda parecer, tiene todo el sentido del mundo. Las pistas, el testamento, los mensajes, todas las incongruencias… ¡Si ni siquiera vi su cuerpo! Es que puede ser… Como poder, puede…
Uf… No, ¿no? Estamos puto locas. No hay más.
—Diana… —Me mira esperando que suelte uno de mis característicos «pero» que ella conoce muy bien y que le voy a dar en un segundo—. Puede ser, pero…
No puedo ni terminar la frase porque no tengo un argumento que formular ante la idea que acaba de plantar frente a mis narices. ¿Me dará el universo la oportunidad de recuperar a mi mejor amigo?
—¿Pero? —insiste ella—. Sabes que todo lo que he dicho tiene sentido.
¿No te enteras que ese es el problema?
—Sí y por eso me rayo… ¿No seremos nosotras haciéndonos ilusiones por nada? —pregunto sin atreverme a mirarla—. Quiero decir, todo encaja, sí. Cuanto más lo miro, más sentido tiene, es solo que no quiero hacerme ilusiones y que luego…
—Lo sé —interrumpe Diana cogiendo mi mano en un gesto que empieza a hacerse habitual cuando queremos calmarnos y que cumple su función—.
Álex, yo también tengo miedo porque es muy loco.
Y sé que tú también, aunque no quieras reconocerlo.
No es que dudes de la información, es que temes equivocarte…
o permitirte creer en algo que podría romperte de nuevo.
—No quiero perderle dos veces por una ilusión…
—Te prometo que no lo harás —insiste ella entrelazando nuestros dedos—. Estoy convencida de que tengo razón en esto.
—No puedes prometerme algo tan… enrevesado.
Por decir una palabra.
—¿Por qué no puedo si creo que es cierto?
¿Te doy la respuesta sincera o me invento una excusa para salir del paso de esta situación? Venga, vamos con la sinceridad que tampoco me ha ido tan mal estos últimos días.
—Porque no quiero odiarte ahora mismo, Diana —admito con la voz un poco rota por la confesión que sale desde mis entrañas—.
Me he pasado mucho tiempo haciéndolo y no quiero volver a ese punto.
Si me prometes que mi mejor amigo está vivo y luego no…
Será como perderle por segunda vez y no quiero culparte por mi dolor.
No quiero odiarte, de verdad que no quiero.
Es la primera vez que dejo al aire mis sentimientos de una forma tan clara. Me gustan las sensaciones que estamos cogiendo entre nosotras, nuestra manera de movernos y las bromas. No quiero volver a lo que sentía hace unos meses, quiero seguir explorando esto de alguna manera.
—Te lo prometo —repite sin titubear. No lo dice a la ligera y por si no me queda claro, se pone de pie para que nuestros ojos queden a la misma altura y transmitirme una confianza que necesito en estos momentos—.
Lo último que quiero en esta vida es que me odies, Álex. Eso sí que no podría volver a vivirlo.
Nuestros ojos siguen fijos en la otra, intentando encontrar las fuerzas en ese color que tantas veces nos ha salvado de nosotras mismas en los peores momentos.
No sé cómo lo hace, juro que no, porque por más tiempo que pase, consigue que se me olvide todo lo que no sea nosotras dos.
Diana está tan segura de que tiene razón que está dispuesta a arriesgar lo que sea que está creciendo entre nosotras.
Y es esa certeza la que me produce un vértigo terrible.
Yo intento mantener los pies en el suelo y no dejarme llevar por la vorágine que me está consumiendo en mi interior.
Un abismo de recuerdos, de palabras no dichas, de promesas rotas y sentimientos que no han llegado a extinguirse mucho.
Si le doy la razón, si acepto que es todo cierto…
Leyendo mi lenguaje corporal y mis dudas, Diana se acerca y me abraza y yo no me he sentido nunca tan en casa como ahora. Y en ese momento lo entiendo todo. Ya no hay marcha atrás. El punto de no retorno de esta historia fue mi vuelta a Madrid tras su ataque y ahora todo esto se siente inevitable.
Tan inevitable como mis sentimientos por Diana.