Capítulo 19
No quiero odiart e
Despierto de golpe, con el pecho subiendo y bajando con rapidez mientras noto las sábanas enredadas en mis piernas.
Tardo un segundo en discernir entre las imágenes de la habitación que me rodea y las de la pesadilla que aún no se ha ido de mi cabeza.
Debe de ser temprano por la poca luz que entra a través de las cortinas en tonos beige que tapan el ventanal de cristal.
Diría que incluso está amaneciendo por el tono naranja que parece haber en la atmósfera.
Con los músculos de mi cuerpo aún bastante tensos, estiro la mano para alcanzar el móvil que suelo dejar debajo de la almohada.
Sí, mal hecho, lo sé. No es que yo descanse muy bien de todas formas y no es precisamente culpa de las ondas de ese aparato bajo mi cabeza.
El caso es que pretendo distraerme un poco así que voy directa a mi cuenta de Instagram.
Nada mejor para atontar las neuronas que pasar stories una tras otra sin hacerles mucho caso.
Ahora que lo pienso… no sigo a Diana. Bueno, no es que no la siga, es que la bloqueé cuando nos separamos y no he vuelto ni a acercarme a esa cuenta de Instagram. ¿Podría…? ¿Cómo de malo sería echar un vistazo y ver qué ha subido en estos años?
Pulso el botón de desbloquear, dejándome llevar por el ansia de información que siento desde hace días en todo lo que respecta a mi ex pareja.
Madre mía, cuánta cantidad de fotos tiene subidas.
Tengo aquí contenido para un buen rato… Así que empiezo a deslizar en su feed para deleitarme con todas las imágenes.
Me sorprende ver que ha cambiado mucho de color de pelo estos años.
Un pelirrojo atrevido que le sienta de maravilla y la hace sexy, un marrón chocolate que la hace más adulta y un tono de rubio platino que la convierte en una femme fatale —más aún .
Todos los looks le sientan bien, no puedo negarlo y es que con esa cara, tampoco me extraña.
Sigue sabiendo posar en las fotos de una forma que atrapa.
Es que no puedes dejar de mirar la naturalidad que la hace tan única y que me saca una sonrisa de buena mañana, haciendo que se me olviden las pesadillas que he tenido.
Ver su vida en fragmentos tan nítidos solo consigue que las preguntas se agolpen en mi cabeza y me den ganas de saber más sobre ella.
¿Cuánto me he perdido en este tiempo? ¿Cuánto has cambiado?
¿Sigues siendo fan de las mismas cosas? ¿Sigues teniendo predilección por los animales?
Siento que la conversación de anoche abrió las puertas a una confianza y una nueva etapa en nuestra… ¿relación? actual y no sé cómo gestionarla. Bloqueo de nuevo el móvil y lo dejo a un lado. Lo mejor será tomarme un café que me despierte y me despeje la cabeza.
Uf… me pesa el cuerpo y… Joder, Diana ya está despierta. La veo sentada de espaldas en la isla de la cocina. El olor que nos rodea me indica que ya se ha encargado de preparar ella el café hoy. ¿Cuánto rato llevará aquí sin dormir? Vaya dos estamos hechas con los horarios de sueños que llevamos.
—Buenos días —anuncio flojito para que no se asuste.
—Buenos días, Álex —responde con una leve elevación de la comisura de su labio.
Señala la cafetera que está sobre la encimera para indicarme que me sirva uno.
Como en mi casa. No suena mal, ¿no? Cojo el taburete que hay frente a ella para sentarme y disfrutar de mi café en silencio.
Hace rato que la tensión y la rabia entre nosotras ha desaparecido, dejando lugar a nuevos sentimientos entre los que navegamos como podemos, intentando no hundirnos en un mar sin respuestas.
Me pierdo en la oscuridad del remolino que se forma en mi taza cuando no paro de mover la cucharilla perdida en mis pensamientos.
Siempre he tenido cierta facilidad para enfrentar los problemas en el ámbito laboral o universitario, organizando estrategias y resolviendo conflictos, ahora, cuando entran en juego los sentimientos… tiendo a bloquearme.
Mejor me quedo callada. Si no hablo, no puedo cagarla.
—He estado pensando en lo que pasó ayer. —Diana debe de ver la cara de pánico que se me ha puesto al pensar que quiera retomar la conversación que anoche volvió a quedarse a medias y hace una aclaración—. En la comisaría, Álex.
Menos mal, bala esquivada. Volvemos al tema de Hugo y no a nosotras.
—A ti también te pareció muy raro cómo nos despacharon de ahí, ¿verdad? —intuyo, porque yo también le he dado vueltas y de hecho es uno de los motivos por los que no he dormido.
—Vaya, veo que a ti también te ha robado el sueño este tema —responde Diana mirándome a los ojos y, conociéndola, analizando mi mala cara—. Aunque a ti las ojeras te sientan mejor que a mí, estás guapa aun sin dormir.
Guau, gracias. ¿Y estas confianzas? ¿Va a decir ahora todo lo que se le pasa por la cabeza? Mejor desviamos el tema un poquito…
—Lo que pasa es que aún estás un poco dormida y no ves bien —digo, restándole importancia a ese cumplido.
Ella se ríe y yo recuerdo que estos piques tontos siempre le han puesto de muy buen humor. Lejos del rencor y el odio, muestran una confianza y cariño que se consolida conforme pasan los días.
—Hay muchas cosas que no me cuadran de nuestra visita a la comisaría —continúa Diana volviendo al tema importante aquí—.
Lo primero de todo, la forma en la que se comportó el subinspector cuando buscó el caso de Hugo.
Y segundo, el hecho de que llamara al comisario de esa manera tan abrupta.
Un comisario no se pone a esas horas a hablar con dos civiles por un caso que lleva cerrado más de un mes.
—Te dejas lo más importante —puntualizo con ganas de aportar a este misterio alguna respuesta—. El comisario dijo que no iba a permitir que dos mujeres le jodieran el trabajo de meses y que había mucho en juego.
—Cierto…
—¿Cómo pueden llevar meses con eso si Hugo no murió hace tanto?
—Le pregunto y veo cómo se le va iluminando la cara por entender a dónde quiero llegar—.
Si no pasara nada raro, nos habrían pedido los datos, preguntando qué pasaba.
.. algo ¿no? Fue teclear el nombre de Hugo en la base de datos y adiós muy buenas.
—Esconden algo, no tengo duda. La gran pregunta es ¿el qué?
—No lo sé —suspiro—. Le he dado vueltas esta noche y no termino de ver la big picture aquí.
—¿Recuerdas cuánto me gustaba hacer presentaciones en PowerPoint en la universidad?
—Ay, madre, no sé cuántas de esas presentaciones me ha hecho en mi vida.
¡Hasta para convencerme de ir a algún destino de viaje!
—. Quizás no nos venga mal hacer una con toda la información que tenemos para ver qué se nos escapa.
Es alucinante la habilidad que ha tenido siempre esta personita de hacer divertida cualquier tarea que tuviera que hacer.
—Eres la versión actualizada y moderna de los detectives de las películas con su pared llena de post-its , cuerdas y fotos —me burlo.
—Y soy más guapa —dice con el pecho hinchado.
—Y eres más guapa —río yo por su actitud.
A cada uno hay que reconocerle sus verdades y ella guapa es un rato. Mi respuesta debe de encantarle porque sus mejillas se han sonrosado muy rápido.
—Tú ríete de mi forma de trabajar, pero si consigo encontrar algo me debes una cena.
Se levanta de la silla para ir al salón a ponerse con esa nueva tarea sin perder un segundo.
—¿Y si lo encuentro yo primero? —pregunto cogiendo su brazo para frenarla.
—Entonces te invito yo a cenar —responde como si fuera una obviedad.
—El caso es que tú ganas, ¿no?
Tiene un morro…
—No te hagas la dura, tú también ganas en esta apuesta, pero está bien, te dejo elegir qué pasa si lo encuentras tú.
Y con esas me deja aquí como una tonta. ¿De verdad quiero pensar en otro plan y no aceptar esa cena? No suena tan mal, ¿no?
Uy, que me coge la delantera porque la veo ya sentarse con su portátil en el escritorio que hay en el salón sumida en su propia misión.
Hago dos intentos de convencerla de que se vaya al sofá que estará más cómoda y sus costillas sufrirán menos.
Dos intentos inútiles porque guapa es un rato y cabezona también.
Es que ni me escucha la tía mirando su ordenador.
No entiendo cómo a alguien le gusta tanto hacer presentaciones como a esta persona.
Va a ganar la apuesta de calle como yo no me centre, cosa difícil de hacer porque no dejo de mirarla.
Me pierdo en esa imagen de ella en la mesa y es inevitable que mi mente viaje a todas las tardes en la biblioteca estudiando cuando estábamos en la universidad.
En concreto se viene a mi cabeza un día en el que no sé cómo no me mató.
Hacía un año que habíamos puesto sobre la mesa nuestros sentimientos a corazón abierto y que manteníamos una relación más comprometida.
Intentaba concentrarme en esos apuntes, a sabiendas de que tan solo tenía unos días para memorizar asignaturas como Historia o Planificación de Diseño.
Diana siempre se sentaba frente a mí para evitar un tonteo excesivo si se ponía a mi lado o que fuéramos más cariñosas de la cuenta.
—Para —susurró Diana sin levantar la vista de su cuaderno—. Tienes que estudiar.
—Es tu culpa. Bueno tuya y de esa camisa —me quejé, incapaz de concentrarme con ella cerca.
Me mandó a callar y volvió a centrarse en sus apuntes. Yo de verdad quise imitarla, quise ser responsable y seguir estudiando, solo que… no había manera. No lo lograba, demasiado perdida en Diana y su sonrisa.
—¿Podemos salir cinco minutos? —propuse.
—No.
—Porfa… —rogué con un puchero.
—Álex, nos hemos venido aquí porque en casa solas no estudiamos nada —me recordó ella dejando a un lado su cuaderno y mirándome.
Estaba sacando fuerzas de donde no las había para ser responsable y concentrarse, por suerte no era de piedra a mis encantos y menos a mis caras de pena—. Un café y volvemos.