Ocho semanas antes
La visita por sorpresa de su paciente había dejado a Hugo muy alterado.
Solía ser una persona que controlaba bastante bien sus emociones y, sin embargo, en este caso no lo era en absoluto. El shock que sentía ante los acontecimientos que le estaba tocando vivir le tenían sin saber qué hacer.
Seguía con la espalda pegada contra la puerta de seguridad de su apartamento, tratando de recuperar el aliento y sintiendo que su corazón iba a escaparse de su pecho por el ritmo irregular que no conseguía estabilizar.
Cerró los ojos e inhaló profundamente, buscando la manera de calmarse con técnicas que él mismo solía enseñar a sus pacientes.
Fue ahí cuando decidió que no podía perder más tiempo en informes, necesitaba ir a la policía y contarles todo lo que sabía y darles las pruebas necesarias para poder acusarle de sus posibles delitos de una vez por todas.
Se dirigió a su despacho y comenzó a transferir todas las grabaciones de las sesiones a un pendrive.
Sus manos aún temblaban por los nervios y el pánico que había sentido durante su conversación con él.
Temía que, si no decía las palabras adecuadas, pudiera atacarle, por suerte, había escapado de la boca del lobo un día más.
Mientras copiaba los archivos, su mente divagó un poco y recordó la última, y única, vez que había estado en una comisaría y como en la mayoría de las historias de su vida, ese recuerdo incluía a Álex.
Había sido una de tantas noches que se alargaban más de lo previsto tras salir a tomar unas copas después de clase.
Siempre por insistencia de la chica a la que le costaba poner punto y final a sus salidas argumentando un «la última y nos vamos» que duraba otras tres rondas más.
Y eso llevó a que terminaran en la comisaría a las cinco de la madrugada de un jueves. Planazo.
—Eres un desastre, Álex —murmuró, frotándose los ojos mientras esperaban en la sala de recepción.
—No es mi culpa que me hayan robado la cartera —se defendió ella, apoyándose contra una columna, con claros signos de agotamiento y algo borracha.
—Robado… o perdido —aclaró Hugo con escepticismo.
—Que no, que yo no la he perdido —insistió Álex, tan cabezota como siempre.
Hugo no insistió más porque no le apetecía pelearse con su amiga a esas horas.
Lo que quería era acabar con esa denuncia cuanto antes e irse a casa, por mucho que su intuición le dijera que había sido la propia Álex la que, en uno de sus despistes, había perdido la cartera.
Un simpático agente no tardó en atenderles y empezar todo el procedimiento para llevar a cabo la denuncia.
Denuncia que no iba a ir a ningún sitio porque, sin ningún tipo de dato sobre quién podría haberle robado, el policía no tardó en dictaminar que no podía hacer nada más que aconsejarle cancelar las tarjetas y coger cita para la renovación del DNI.
Cuando abandonaron la comisaría, Álex iba refunfuñando por lo bajo, claramente molesta por la poca atención que le habían dado, pero Hugo notó que la irritación no venía solo de lo ocurrido con su cartera.
Llevaba toda la noche notándola tensa y el hecho de que no quisiera volver a casa le decía que pasaba algo que no estaba contando.
Caminaron en silencio por las calles desiertas de Madrid. La ciudad, dormida, contrastaba con la mente inquieta de su amiga a la que podía escuchar pensar unos metros más alejada en la acera.
—¿Te pasa algo? —se atrevió a preguntar Hugo.
—Nada —gruñó ella bastante malhumorada.
—Yo diría que sí…
—Nada de analizarme, no estás en clase y no soy una de tus prácticas —atacó Álex.
La seriedad de su rostro mostraba que el tiempo en la comisaría había hecho disminuir el nivel de alcohol en sangre considerablemente y las emociones, que llevaba toda la noche reprimiendo e intentando bloquear, se agolpaban sin control a las puertas de su cabeza.
Iba cabizbaja, con las manos en los bolsillos y tenía una mueca triste en la cara.
Hugo la acompañó hasta el portal de su apartamento y fue entonces cuando comprendió lo que ocurría.
—No quieres subir, ¿verdad? —Hugo formuló la pregunta con bastante tacto y solo obtuvo un leve asentimiento de cabeza de su amiga—. ¿Pasa algo?
Ella se apoyó contra la pared, dudando si responder o no. Finalmente, exhaló un suspiro y dejó caer una verdad a medias, que era mejor que ocultar todo lo que le pasaba en esos momentos.
—Diana está arriba —dijo Álex.
—¿Estáis peleadas? —intentó adivinar Hugo.
No es que Álex hablara mucho de su vida romántica con Diana, pero tanto Marcos como él sabían lo aparentemente feliz que era con su chica y que hacía mucho que la rubia se había instalado de forma casi permanente por las noches en el apartamento de Álex.
—No… no es eso —negó sin atreverse a mirarle a los ojos.
—¿Entonces? —preguntó de nuevo Hugo.
—Es complicado.
Hubo un nuevo silencio entre ellos y Hugo entendió que no iba a obtener más detalles, al menos no esa noche.
Apenas le faltaban unas pocas asignaturas para terminar la carrera y había aprendido lo suficiente con los años como para saber que Álex se encontraba en un estado bastante frágil en ese momento y que estaba a punto de echarse a llorar si la presionaba un poco más.
No lo hizo. Le hubiese gustado saberlo, pero dejó su lado de psicólogo a un lado y decidió ser el amigo que ella necesitaba esa noche. El amigo que no pregunta y que sale de fiesta contigo aunque no le apetezca. El amigo que te da tu espacio y espera a que estés preparada para hablar.
—Si quieres, te invito a un trozo de pizza para terminar la noche —ofreció.
A Álex se le iluminó la cara. No solo porque no habían cenado y tenía hambre, sino porque le daba una escapatoria, durante un rato más, para no enfrentarse a los sentimientos que tenía en ese momento y la esperaban en cuanto subiera a su casa.
Hugo era su compañero de batallas, la persona que más la entendía sin hablar.
Se agarró a su brazo como un bote salvavidas y fue a la pizzería con la intención de alargar la noche un poco más.
Ahora, en el presente, Hugo acudía de nuevo a comisaría un poco con la misma sensación que aquella noche. Confusión y aturdimiento, solo que esta vez no era el alcohol lo que lo confundía, sino el peligro real en el que estaba envuelto.
Y un poco de enfado también, para qué mentir.
No sabía cuál era el procedimiento, por lo que le contó al hombre que estaba en la puerta un poco la situación y, ante la incredulidad de alguien que venía contando una historia tan loca, decidió pasarle directamente con su superior y que él decidiera si había algo de verdad en la historia o tenían que darle largas porque estaba loco.
—Soy el subinspector Márquez. Acompáñeme a mi mesa —indicó el hombre cuando le estrechó la mano.
Hugo asintió y lo siguió sin rechistar. Se sentía minúsculo en esa comisaría, un ambiente bastante imponente, rodeado de policías uniformados que caminaban de un lado a otro, contrastando con Márquez, que vestía vaqueros y chaqueta, proyectando una imagen más relajada, pero con una autoridad innegable.
—Cuénteme —dijo Márquez sin rodeos cuando se sentaron.
—A ver cómo le explico yo esto… —Hugo tragó saliva, organizando sus ideas y la historia que tenía que contar—. Soy psicólogo y llevo meses tratando a un paciente que creo que es peligroso. Bueno, no lo creo… ya lo tengo confirmado.
—¿Peligroso en qué sentido?
El subinspector arqueó una ceja y sacó una libreta para tomar notas como hacían los buenos policías y no solo los de las películas.
—Es agresivo, especialmente con las mujeres y ha abusado de más de una, la última hace apenas unas horas.
Hugo notaba cómo su pulso iba perdiendo firmeza y se ponía cada vez más nervioso ante el rostro impasible de Márquez.
—Son acusaciones muy graves —advirtió.
—Lo sé, y por eso estoy aquí —Hugo sacó de su mochila un pendrive y una carpeta con sus informes—. Tengo pruebas e informes que lo demuestran.
El subinspector cogió el material que le ofrecía y conectó el pendrive a su ordenador, revisando los archivos mientras Hugo le relataba los detalles de todo lo que había sacado en conclusión después de mucho investigar durante meses sobre la vida de su paciente.
—Hace meses que trato a este paciente y le aseguro que es un peligro. Hace unas horas apareció en mi casa sin previo aviso para contarme lo que le había hecho a una mujer —explicó el psicólogo.
—¿Sabe ese hombre dónde vive usted, doctor? —Márquez apartó la vista de su ordenador por primera vez.
—Sí —asintió Hugo, con el pulso acelerado—. Y el problema es que ya no me siento seguro. Trabajo en mi casa y él podría aparecer en cualquier momento. Ya me ha amenazado sutilmente para que esté de su lado.
Márquez no le respondió, en su lugar examinó uno de los documentos que había elaborado Hugo con fechas y lo que su paciente había hecho. Fue como si se le encendiera la bombilla. Dejó a Hugo en el escritorio y volvió unos minutos más tarde con unas carpetas marrones en la mano.
—Las fechas que ha documentado coinciden con algunas de nuestras denuncias de agresión a mujeres —anunció, mostrándole los informes policiales—. Puede que haya encontrado a nuestro sospechoso. Llevamos meses con este tema.
—Entonces es perfecto. Van a detenerle y se acabó toda esta historia. —Hugo sintió una chispa de esperanza al pensar que esa pesadilla se acababa ya—. Qué alivio.
—No es tan sencillo. —Márquez negó con la cabeza y dejó los papeles a un lado—. Sé cómo funciona la justicia en este país y, sin pruebas concretas ni testigos, esto no es suficiente.
—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Hugo volviendo a sentir que su mundo se derrumbaba.
Márquez se inclinó sobre el escritorio, pensativo.
Necesitaba tiempo para escuchar las grabaciones que Hugo le había proporcionado, así como para hablar con las víctimas en busca de detalles más concretos que lo relacionaran con el paciente y encontrar suficientes pruebas reales, no solo testimonios e indicios, como para detenerle sin que ningún resquicio legal le librara de aquello.
Tenía por delante un importante caso que construir, pero no podía dejar que nada lo estropeara.
—No podemos arriesgarnos a que ese hombre sepa que estás trabajando con la policía, podría arruinar todo el caso —dijo Márquez mirándole con una idea en la cabeza.
—¿Qué sugiere? ¿Que siga tratándolo? —preguntó, sintiendo un nudo de pánico en el estómago—. No sé si puedo hacerlo, no soporto estar cerca de él…
—Tengo un plan. —Márquez esbozó una sonrisa siniestra—. Pero no creo que le vaya a gustar.