Capítulo 18
¿Por qué ha s vuelto ?
—¿Estás preparada? —pregunto a Diana cuando nos quedamos las dos de pie frente a la puerta de la comisaría.
Ante su silencio, giro mi cuerpo un poco en su dirección y me la encuentro con la mirada perdida. Está nerviosa, más de lo habitual en ella que ha parecido mantener la calma todo este tiempo con el tema de la muerte de Hugo.
—Venga, te ayudo —ofrezco viendo que nos queda aún un buen trecho de escaleras y el primero le ha costado bastante.
—Gracias.
Se deja acompañar, enganchando su brazo en el mío y recostando su cuerpo, lo justo para que la ayude a llegar hasta la puerta de la comisaría.
Estoy convencida de que hace semanas, si llegamos a venir aquí con nuestras teorías, nos habrían tomado por locas.
Por suerte ahora tenemos pruebas que hablan por sí solas y una serie de indicios que alguien con un poco de experiencia podría saber unir.
—Buenas tardes —saludo a la chica que está en la recepción y que no hace ni por mirarme—. Estamos aquí para hablar de un caso que creemos que no debería haberse cerrado.
Es entonces cuando consigo que la chica, a la que le debe de picar la curiosidad, levante la mirada hacia nosotras.
—¿Podrían ser un poco más específicas? —pregunta.
—Verá, es que tenemos pruebas de que el supuesto suicido de nuestro amigo podría tener algo que ver con un hombre que estaba siendo tratado en terapia y…
—Está bien, suficiente información —interrumpe la chica, descolgando el teléfono y manteniendo el dedo índice elevado para que nos quedemos calladas—.
Gabriel, tengo aquí a dos chicas en recepción que dicen tener información sobre un caso.
—Nos mira de nuevo mientras sigue esperando que le den respuesta—.
Genial, les digo que pasen. —Cuelga el teléfono y entrelaza sus manos—.
Pueden avanzar por el pasillo de la izquierda y el Subinspector Márquez les atenderá.
—Gracias —respondemos Diana y yo al unísono.
Sonreímos por la coincidencia antes de echar a andar por el pasillo que nos han indicado hasta que llegamos a una amplia sala llena de escritorios distribuidos de forma ordenada de izquierda a derecha.
A esta hora de la tarde quedan ya pocos agentes de policía en sus mesas, así que no es difícil distinguir la mesa del Subinspector Márquez al fondo.
A su lado, un hombre alto de pelo negro bastante fornido lee una pila de papeles.
—¿Subinspector Márquez? —pregunto cuando nos acercamos
—En persona, ¿en qué puedo ayudarles?
Cierra la carpeta con un golpe de muñeca y la deja sobre la mesa.
—Nos han dicho que podría usted echarnos una mano con un caso.
Ahora es Diana la que toma la delantera. Márquez se acomoda en su silla y nos hace un gesto para que nos sentemos frente a él. Las dos obedecemos.
—Cuéntenme.
¿Por dónde empiezo esta loca historia? Miro a Diana, que parece igual de perdida que yo, pero la forma en la que hace un gesto con la cabeza para empujarme a hablar me da algo de confianza.
—Hace un mes y medio nuestro amigo Hugo se suicidó.
O al menos eso determinó la investigación —empiezo a explicar, notando ya la incertidumbre del subinspector al otro lado de la mesa—.
En estas semanas hemos descubierto que antes de su muerte estuvo tratando como psicólogo a un paciente potencialmente peligroso y creemos que puede estar relacionado con su muerte.
Márquez apoya los codos sobre la mesa y entrelaza sus manos, mirándonos alternativamente a ambas.
—Lo que estás sugiriendo es una acusación muy grave —advierte—. ¿Son conscientes de las implicaciones de lo que dicen? Por no hablar de que el secreto profesional podría haber sido roto y…
—Lo sabemos —interviene Diana.
¿Lo sabemos de verdad? Yo diría que no…
—¿Pueden decirme el nombre de su amigo? —pregunta encendiendo su ordenador.
—Hugo Moya Ruiz.
Nos quedamos en silencio mientras él teclea sin parar.
Yo no sé qué está mirando, lo que sí sé es que su cara cada vez es más rara con los informes que sea que está leyendo.
Se le ha tensado la mandíbula y ha apoyado la barbilla en su puño de manera incómoda.
¿Puede decir algo? Me está poniendo atacada y…
mis ojos van a la mano que acaba de posarse sobre mi muslo en un intento de parar los movimientos que he debido empezar a hacer sin darme cuenta.
Paro de inmediato y dejo que la calma que me transmite ese contacto se vaya extendiendo por todo mi organismo.
—¿Nos puede decir algo? —pregunta Diana.
—Voy a tener que hablar con el comisario antes de poder ayudarlas —explica poniéndose de pie—. Espérenme aquí.
¿Comisario? ¿Qué coño pasa aquí? ¿Por qué se ha puesto así de nervioso?
—Cálmate, por favor —susurra Diana sin mover su mano, al contrario, me da un apretón tranquilizador.
—¿Cómo quieres que me calme si cada vez que intentamos hacer algo con este tema pasan cosas extrañas? —pregunto.
Suplica con los ojos que me calle e intente respirar y yo…
le hago caso porque desquiciarme en estos momentos tampoco sirve de nada.
Poso mi mano sobre la suya y la aprieto para que entienda cómo me siento.
En lugar de apartarla, Diana la gira para poder entrelazar nuestros dedos y se siente… familiar. Cómodo.
—Síganme —pide el subinspector interrumpiendo este momento.
Vaya por Dios, no podría haber tardado un minuto más.
Ayudo a Diana a levantarse y le seguimos por el pasillo hasta llegar a una oficina donde está el que debe ser el comisario.
Se trata de un hombre de unos cincuenta años, lo que me tranquiliza porque debe tener bastante experiencia y tiene un aire menos intimidante que el de Márquez, quien por cierto se marcha y nos deja a solas con él.
—Siéntense, señoritas —nos pide con una calma muy extraña—. ¿Me dicen sus nombres?
—Diana Álvarez.
—Alexia Cruz.
Ruedo los ojos cuando veo que Diana sonríe al escuchar mi nombre completo. Si es que nunca he entendido por qué a ella le gusta tanto.
—Un placer. Yo soy el comisario Jorge Herrera —se presenta dándonos la mano—. Mi compañero me ha informado de que tienen información sobre la muerte de Hugo Moya. ¿Podrían explicarme qué es lo que han descubierto?
—En las últimas semanas hemos estado investigando y creemos que hay algo más detrás de su muerte y que no fue solo un suicidio —explico intentando no sonar como una loca.
—Siento comunicarles que esa investigación está cerrada —anuncia reclinándose en la silla—.
Ya estudiamos todas las posibilidades y concluimos que vuestro amigo se suicidó.
—Intento protestar, pero no me da margen antes de continuar hablando—.
Es mejor que dejen esto en manos de profesionales y no le den más vueltas.
—Creo que no nos está entendiendo —insiste Diana con cierta desesperación en su voz—. Tenemos pruebas de que uno de sus pacientes podría haber tenido algo que ver con…
—Las he entendido perfectamente la primera vez —la interrumpe el comisario con un tono seco—. Insisto, el caso está más que cerrado.
—Este hombre no solo podría haberle hecho daño a nuestro amigo, sino que también ha dañado a mujeres y a saber qué será lo próximo —se queja Diana elevando la voz.
Ahora soy yo la que lleva mi mano hasta su antebrazo para que se calme y no entre en una guerra que no nos viene nada bien.
—Está haciendo acusaciones muy graves —repite de nuevo.
—Porque tenemos pruebas que lo demuestran —intervengo yo ahora.
—Creo que mi compañero ya se lo ha dicho, pero lo repito por si acaso: no podemos aceptar pruebas que vulneren el secreto profesional de su amigo. Así que legalmente no tenéis nada —zanja el comisario levantándose para abrir la puerta e invitarnos a irnos—. Es mejor que dejen este tema.
Hago un esfuerzo por contener la rabia y no mandarle a la mierda. ¿Qué es lo que no entiende de todo lo que le estamos diciendo?
—No pueden ignorarnos así…
—No las estamos ignorando —responde con una sonrisa—. Recogemos sus comentarios y aportaciones y veremos qué hacemos con ellos. Como les decía, esto es cosa de profesionales así que pueden marcharse ya.
—Comisario…
—Señoritas, por favor. —Se cruza de brazos bastante fastidiado por la tabarra que le estamos dando—.
Les pido, por su bien, que no indaguen más en este caso.
Hay mucho en juego y no quiero que dos mujeres egoístas con ansias de protagonizar su propia novela policíaca de misterio arruinen el trabajo de meses.
¿Arruinar qué? ¿De qué habla? ¿Meses? Si no ha pasado tanto tiempo.
—Álex, vamos.
Diana tira de mi brazo, rindiéndose ante esta situación y llevándome hasta el hall de entrada de nuevo.
—¿Qué acaba de pasar ahí dentro? —pregunto sin entender nada.
—No lo sé, vamos a casa y lo hablamos mejor —responde ella fingiendo una calma que sé que no siente.
¿A estas alturas intentas engañarme a mí, Di?
Ni siquiera me apetece discutir por lo que me limito a pedir un taxi que nos lleve a casa cuanto antes y ayudo a Diana a bajar hasta la acera.
Ninguna de las dos emitimos sonido, demasiado concentradas en intentar entender qué ha pasado ahí dentro.
Tampoco lo hacemos en el trayecto en coche o cuando ponemos un pie en su apartamento.
Es como si una sensación de derrota se hubiera apoderado de ambas.
—¿Tienes hambre? Puedo preparar algo para cenar —ofrece Diana.
Quiere normalizar la situación y que me olvide un rato de lo que acaba de pasar. Lo agradezco, pero no voy a dejarla hacer esfuerzos innecesarios.
—En todo caso cocino yo —respondo poniéndome de pie para abrir la nevera—. No voy a dejar que te muevas tanto tal y como estás. Como mucho te dejo abrir esta botella de vino.
—Me vendría bien un trago —dice aceptando la botella cuando se la paso.
—Tú no deberías beber con tus pastillas —le recuerdo.
—Mira, si hace falta hoy no me tomo las pastillas y me jodo con el dolor, Álex. Necesito esa copa de vino más que respirar —insiste mientras la descorcha.