Ocho semanas antes
Hacía una semana que Hugo no veía a su paciente más problemático.
Tiempo que había aprovechado para consultar con amigos y colegas especializados en Derecho y Psicología Forense el caso de su paciente.
No entró en detalles y habló de forma generalizada sobre lo que pasaba.
Lo último que quería era meter a nadie más en líos.
Era un caso que traspasaba los límites de la legalidad ya que, si quería acabar con él, tenía que romper el secreto profesional y quería asegurarse de hacerlo correctamente para que no pudiera volverse en su contra.
Le explicaron los procedimientos a seguir, los informes y las pruebas necesarias para que la policía se tomara en serio su denuncia, y se puso manos a la obra.
No era una tarea sencilla en ningún aspecto.
Tenía que compaginar la investigación con su trabajo diario y las sesiones de terapia habituales.
Cancelar una consulta o descuidar a sus otros pacientes no entraba en sus planes.
Siempre había sido un profesional íntegro y su ética no le permitía hacer distinciones entre los problemas de unos y otros pacientes.
Durante días, redactó informes detallados, trazó un perfil psicológico de su paciente y recopiló todas las grabaciones y notas que había tomado a lo largo de más de quince sesiones.
Incluso se atrevió a buscar información sobre la chica que había amenazado con denunciarlo, aquella que había trabajado con él.
Si tenía suerte, tal vez pudiera contactar con ella y añadir su testimonio al expediente.
Era como estar atrapado en el argumento de un thriller en el que nunca había querido involucrarse.
Pero no podía mirar hacia otro lado ahora que sabía tanto.
Tenía casi todo lo necesario ya preparado cuando, en mitad de una sesión con una paciente que llevaba años acudiendo a su consulta, el timbre de su casa empezó a sonar de forma ininterrumpida.
—Discúlpame un momento, no sé quién puede ser —se excusó Hugo, molesto por la interrupción.
Detestaba que algo externo alterara el ambiente íntimo y frágil que se creaba durante sus sesiones. Cada minuto con sus pacientes era sagrado y merecían el cien por cien de su atención.
Fue directo a abrir con mala cara cuando se encontró a su paciente estrella frente a él.
Se quedó helado en el sitio. No tenían concertada ninguna sesión próximamente ya que le había pedido tiempo para redactar el supuesto informe que necesitaba, una mentira para tener tiempo y espacio para recabar pruebas.
El hombre lo miraba con una sonrisa inquietante y entró al apartamento sin esperar invitación, dándole una palmada en el hombro como había hecho la última vez y volviendo a poner a Hugo en alerta.
—Menos mal que estás en casa, doc. Te necesito.
—Estoy… estoy en mitad de una sesión —balbuceó Hugo, intentando recomponerse de la sorpresa—. Si necesitas algo, podemos concertar una cita y hablarlo…
—No, no quiero una sesión otro día, te necesito ahora —insistió su paciente, con un tono más agresivo de lo habitual.
Fue entonces cuando Hugo lo miró bien y lo notó enojado como nunca antes. Parecía inquieto, alterado. Su cabello, normalmente engominado, estaba despeinado, tenía un arañazo visible en la mejilla y su chaqueta presentaba unas manchas que no supo identificar. Algo había pasado.
Y eso no era bueno.
—¿Hugo, todo bien?
La voz de su paciente, Rebeca, llegó desde el pasillo al asomarse por la puerta del despacho.
—Sí, Rebeca, no te preocupes —respondió rápidamente, intentando que no se le notaran los nervios—. Pero necesito que dejemos la sesión por hoy, ¿de acuerdo? Te lo compensaré en la próxima consulta. Te lo prometo.
La chica observó la situación y sintió que había algo extraño en todo aquello.
Hugo le hizo un gesto para tranquilizarla y la invitó a marcharse.
El hombre no le quitaba los ojos de encima a la chica.
Hizo el amago de avanzar hacia ella y Hugo no tardó en intervenir para evitar una situación más incómoda aún.
—No te preocupes, Rebeca —insistió Hugo, haciéndole una señal para que se fuera cuanto antes mientras se colocaba delante de su paciente para impedir que llegara hasta ella—. Te llamo luego para citarte otro día.
Ella, nada convencida con lo que estaba pasando, decidió obedecer. Cogió su bolso y se dejó acompañar por Hugo hasta la puerta. No volvió al interior de la vivienda hasta que se aseguró de que se subiera al ascensor.
El paciente estaba de pie en el centro de la habitación, caminando en círculos como un animal enjaulado.
—¿Qué pasa? —preguntó Hugo.
El hombre se detuvo en seco antes de dirigirse a él.
—Doc, tú me entiendes, ¿verdad?
No, no le entendía y le iba a tocar fingir que sí, otra vez.
—¿Qué quieres decir? —preguntó.
—Yo… te he contado muchas cosas de mi vida, de cómo veo las cosas… Y me entiendes, ¿verdad? Nunca has visto nada malo en lo que hago.
Hugo tragó saliva al ver que era la primera vez que divagaba de esa manera y no parecía muy seguro de sí mismo. Era un gran indicativo de que había pasado algo gordo.
—Sí, claro —mintió, intentando mantener la calma—. ¿A qué viene esto? ¿Ha pasado algo?
El hombre se sentó en el sofá del salón de Hugo.
Le hubiese encantado poder echarle de ahí con agua hirviendo en ese mismo instante, pero se contuvo para sonsacarle más información sobre lo ocurrido para poder incluirlo en su informe.
Quizás estaba ante la última prueba que necesitaba para completarlo.
—Anoche… anoche salí a un bar y las cosas no acabaron como esperaba —explicó cubriendo su rostro con sus manos.
—Vamos a mi despacho y hablamos allí.
Hugo no tenía ni su móvil, ni la grabadora encima y quería ir al despacho para poder grabar la conversación de una manera u otra.
—No, esto no es una sesión. Aquí estamos bien —dijo tajantemente.
—Está bien. ¿Qué pasó?
Hugo sabía que no le iba a convencer y lo mejor era no cabrearle más.
El hombre se tomó un minuto para ordenar sus ideas. Respiró hondo y se alisó el cabello con las manos, como si necesitara restaurar su imagen antes de hablar.
—Salí con un compañero del trabajo para celebrar un proyecto que habíamos cerrado.
Bebimos unas copas de más en un bar del centro…
—Hugo ya temía por dónde iba a terminar esa historia, pero esperaba equivocarse—.
Normalmente no bebo tanto. No me gusta perder la percepción de la realidad, ni perder el control de mis instintos.
Pero bueno, estaba de celebración y me dejé llevar un poco.
—No hay nada de malo en dejarse llevar —dijo Hugo quitándole importancia.
—Conocimos a un par de mujeres muy guapas, amigas que habían salido de fiesta a disfrutar la noche madrileña. —Hugo maldijo que, efectivamente, esa historia implicaba a mujeres—. Salimos juntos del bar y como no sabíamos a dónde ir, ofrecí mi apartamento.
—¿Los cuatro?
El corazón de Hugo empezó a latir con fuerza.
—Sí. Tomamos unas copas más y, en un momento dado, yo cogí a una de ellas y empecé a besarla y ponerme un poco más cariñoso.
Ya sabes… —Hugo asintió y agradeció que no entrara en mucho detalle en esos momentos—.
El caso es que la chica, que había estado tonteando toda la noche conmigo, me dijo que no quería hacer nada y que la dejara en paz.
—Su tono cambió ante el rechazo de la mujer—.
Yo seguí. Ella se revolvió y me hizo esto —señaló el arañazo en su mejilla—, y empezó a gritar.
Hugo se temió lo peor en ese momento. No se había dado cuenta de que estaba conteniendo la respiración a la espera del final de la historia.
—Mi compañero de trabajo se acercó a nosotros con la otra chica y me dijo que la dejara en paz, que si no quería hacer nada, era decisión de ella, no mía.
—Podía ver las orejas del paciente encenderse conforme crecía su enfado—.
Una cosa llevó a la otra y me peleé con él.
No sé en qué momento, las chicas aprovecharon para marcharse de mi apartamento, pero mi compañero me llamó de todo.
—¿Me… me puedes decir alguna de las cosas que te dijo? —preguntó Hugo, sintiendo cómo la bilis le subía por la garganta.
—Pues que estaba loco, que debía respetar a las mujeres, que cómo se me ocurría hacer algo así… No sé, tonterías. —Sacudió la cabeza, como si intentara sacarse aquellas palabras de la mente—. Yo no soy así, ese hombre está muy equivocado, yo no he hecho nada malo. ¡Fue ella!
Había elevado la voz lo suficiente para que Hugo diera un respingo del susto.
—Cálmate —le pidió Hugo con voz suave—. Respira hondo. Todos tenemos peleas con nuestros amigos y no pasa nada. Cosas que pasan y ya.
El hombre obedeció, inspirando y espirando varias veces hasta que su respiración se acompasó a un ritmo normal.
—Es solo que… no quiero que me acusen de cosas que no he hecho, doc —insistió—. Esa chica fue a mi apartamento, sabía lo que iba a pasar y en cambio ella…
—Para, no tienes que darme más explicaciones —Hugo le interrumpió.
No podía seguir escuchando esas tonterías de la boca de un misógino.
Alguien que no fuera capaz de comprender el significado de «no es no» no merecía su tiempo—.
Está todo bien. Puedes irte tranquilo a casa que yo en cuanto termine el informe en unos días, te aviso y podrás pasar página de todos estos fantasmas y dudas que te invaden últimamente.
—¿De verdad? —preguntó con cierta ilusión.
—Sí —mintió Hugo una vez más.
—Muchas gracias, doc, y siento la interrupción de tu sesión con esa chica.
Se disculpó ya más calmado.
—No pasa nada, lo que haga falta —insistió Hugo guiándole hacia la puerta de su casa, quería que se marchara cuanto antes—. Yo te aviso cuando tenga todo, ¿vale?
—Gracias, esperaré con ganas.
Se puso su abrigo y se fue de ese piso. Hugo nunca se había sentido tan aliviado por quedarse solo como en ese momento.
No podía esperar más. Tenía que acudir a la policía antes de que ocurriera una desgracia que recayera sobre sus hombros.