Lo que dejé en Madrid Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Diana acepta la propuesta, extendiendo las manos para que la ayude a levantarse del sofá.

En cuanto nuestras manos se tocan, las dos nos miramos, como dos adolescentes por la electricidad del contacto.

¿Me explica alguien cómo podemos seguir así después de tanto tiempo?

Mira, mejor salgo huyendo a la cocina porque de verdad necesito que entre aire en mis pulmones antes de que me mate de los nervios.

Intento recordar dónde me dijo Diana que estaba todo ayer.

Cafetera al lado del horno, tostador en el esquinero, aguacate en el bol de encima de la placa…

Espera, ¿está todo en el mismo sitio que en mi casa?

Sacudo la cabeza al darme cuenta de que tantos años viviendo juntas han creado manías que se ve que no se han marchado con el tiempo. Dos animales de costumbres somos…

Diana tarda más en aparecer de lo que pensaba, así que yo ya he devorado mi desayuno, mientras el suyo espera en un plato y una taza en tonos celestes preciosos.

—Las ojeras no te sientan bien, Álex —bromea sentándose en el taburete de la isla—. Vete a darte una ducha y despejarte un poco, anda.

Hace que sonría y que le lance la bola que he hecho con la servilleta por ese comentario que ha ido con el mismo tono de broma que de preocupación por mis horas de sueño.

—Estás guapa igualmente, pero si me haces caso, mejor —insiste.

¿Quién es esta chica tan confiada que no tiene miedo de decir lo que se le pasa por la cabeza?

Guau… Me gusta, la verdad. Ha cambiado mucho de la chica insegura que solía costarle mirarme a los ojos cuando me decía «te quiero».

Ahora me dice guapa sin cortarse, bromea sobre mi aspecto e insinúa lo que le da la gana. Un cambio interesante. A mejor.

—Cómetelo todo y tómate las pastillas —advierto cuando paso por su lado.

Ella se ríe y estira su mano para coger la mía, frenando así mi huida hacia la habitación.

—Gracias por el desayuno… y por hacerme de almohada —dice para mi sorpresa.

Fuck , no te muerdas el labio así, Diana, que no soy tan fuerte.

—No es nada… —Y mi mano va sola hasta la suya para acariciarla—. ¿Estás bien?

—Estaré mejor en cuanto desayune —responde y es ahí cuando suelta mi mano y se gira en el taburete para enfrentar su plato.

No era exactamente lo que le estaba preguntando, que también me importa su estado físico, eh.

Solo que esta vez quería saber cómo estaba después de mi confesión.

Capto la indirecta de que no quiere hablarlo, así que la dejo sola de una vez por todas para ir a darme la ducha que me ha sugerido.

Porque tiene derecho a esquivar mis preguntas o no responderlas tanto como he tenido yo este tiempo a ignorarla.

Calma mi mente el hecho de que sé que no lo hace para castigarme, sino porque necesita este tiempo y espacio para pensar. Comprensible. Lógico y aceptable.

Supongo que yo también he cambiado y ella está viéndolo en cómo estoy gestionando toda la situación desde que me planté en el hospital a verla.

La Álex del pasado se habría quedado interrogándola en la cocina, intentando saber todo lo que hay en su cabeza y atormentándose por no arreglarlo en el mismo segundo.

Hoy no. Hoy entiendo que ella me lo dirá cuando lo sienta oportuno y considere que tenemos que hablarlo.

Quizás estas versiones adultas de nosotras no están tan mal, ¿no?

Puede que hasta hayamos aprendido cosas y ahora seamos capaces de entendernos mejor y no dejarnos llevar por la intensidad del primer gran amor.

El único en mi caso.

Para cuando vuelvo al salón con una sudadera bastante cómoda y el pelo empapado, veo que Diana también se ha deshecho de su pijama de dibujos para volver a unas mallas bien pegadas y una sudadera igualita a la mía.

Tiene que ser una broma… Mira que habrá tiendas y sudaderas en el mundo y la señorita diseñadora tenía que comprarse la sudadera burdeos con el logo de Harvard en ella que Amancio Ortega se encargó de diseñar la temporada pasada.

—Qué buen gusto has tenido siempre —se burla mientras me dirijo a la butaca más lejana del sofá, poniendo distancia entre nosotras para no colapsar.

—Por eso me robabas todo el rato la ropa, ¿no? —respondo sonriendo.

Ella asiente y se sonroja, probablemente por las mismas imágenes que están pasando ahora mismo por mi cabeza.

Aún recuerdo cuando empezó a quedarse en mi piso y usaba mis pijamas.

Luego fue algo de ropa para la mañana siguiente y llegó un punto en que me robaba hasta los tangas si le hacían falta.

Nunca me importó. Todo le sentaba de maravilla y a mí se me caía la baba de pensar que teníamos una vida tan entrelazada para no distinguir la ropa de una y de la otra.

—¿Nos ponemos manos a la obra? —pregunta señalando el ordenador.

Acepto que otra vez no quiera seguir por donde pretendía ir yo. Vuelve a ser justo. Mejor asiento y dejo que prosiga reproduciendo las grabaciones. Esto es lo importante. Lo que quiera que le pasara a Hugo, lo nuestro puede esperar un poco más. Total, después de cinco años…

Agradezco las obsesiones y el perfeccionismo de mi querido amigo Hugo por su trabajo en estos momentos porque sin las notas y aclaraciones que ha ido dejando él entre grabaciones, habríamos salido corriendo después de lo que estamos escuchando.

Cada grabación es peor que la anterior. Nos da escalofríos, nos hace querer vomitar del asco y nos preocupa ver con qué clase de personas lidiaba Hugo.

Ese hombre era frío, calculador y, lo peor, peligroso.

—Qué mal rollo me da todo esto —murmura Diana cuando termina la última grabación.

Mal rollo no empieza ni a describir lo que hemos tenido que escuchar.

No soy capaz ni de formular una frase que dé sentido a todo lo que acabamos de oír.

Horas de grabación escuchando cada palabra, cada pausa y cada matiz de un hombre sin rostro.

Estamos tan metidas en la historia que ni siquiera nos hemos dado cuenta de que se nos ha pasado la hora de comer aquí tiradas.

—Estas grabaciones no estaban en el coche de Hugo por casualidad —continúa Diana ante mi silencio—, y menos con ese mensaje en el testamento.

—Hugo quería que yo encontrara estas sesiones y lo quería por algo concreto —respondo intentando unir los hilos de todo lo que ha pasado.

Aunque, en realidad, no me hace falta mucho para unirlos porque hace rato que la teoría se ha formado sola en mi cabeza, lo que pasa que me da miedo verbalizarla—.

Diana… ¿Crees que ese tipo le hizo algo a Hugo?

¿Crees que todas esas pistas eran por si le pasaba algo? Para que supiéramos que había sido él…

Ella está tan atemorizada como yo de reconocer en voz alta que eso es lo que haya podido pasar. Si era terrorífico pensar que nuestro amigo se hubiera quitado la vida, imaginar que lo haya hecho otra persona lo hace mil veces peor.

—Puede ser, Álex.

Me mato como sea cierto… Bueno, más bien mato al hijo de puta ese por tocar a mi amigo.

—¿Podemos parar a comer? —sugiere Diana.

—Claro —acepto al notar que hace rato que mis tripas rugen pidiendo alimento—. ¿Pido algo de comida?

—En el primer cajón de la cocina hay un folleto de los mejores tacos de todo Madrid, pide los que quieras porque a mí me gusta todo —anuncia mientras sigue tomando notas en su libreta.

—¿Tacos? Diana… ya sabes que nunca he sido fan de…

—De los mexicanos, del pico de gallo y esas cosas. —Me interrumpe antes de que me queje—. Lo sé y lo recuerdo. Te prometo que estos te van a encantar. Confía en mí.

Por alguna extraña razón, le hago caso. Puede ser que mi alma esté intentando redimirse con ella y si esos tacos le van a alegrar el día, quién soy yo para privarla de ese supuesto manjar.

Lo más raro de toda esta situación ya ni siquiera es que estemos escuchando sesiones de terapia de un desconocido con nuestro amigo muerto.

No, eso me parece hasta normal en comparación a lo extraño que es lo sincronizadas y compenetradas que estamos Diana y yo poniendo la mesa, recogiendo las cosas, abriendo la puerta al repartidor y sentándonos a devorar los tacos.

¿Cómo vamos a movernos así la una alrededor de la otra como un baile perfectamente coreografiado si llevamos sin vernos años?

Fuerte, eh…

Hay cosas que no se olvidan y parece que las incontables horas que pasamos juntas haciendo este tipo de planes siguen arrinconadas en nuestra biblioteca de recuerdos primarios.

Y para recuerdo el que me llevo también de estos tacos que consiguen sustituir a todas las impresiones que me he llevado siempre de la comida mexicana.

—Están buenísimos —murmuro mientras me como el cuarto taco, esta vez de cochinita pibil.

—¿Alexia Cruz dándome la razón en algo? Voy a marcar este día en el calendario —se burla con una sonrisa estratosférica.

Siempre he sido un poquito cabezota, ¿vale?

Además, ella no puede quejarse porque es de las pocas con las que daba mi brazo a torcer.

Imagina el resto… Pobrecitos Marcos y Hugo, ahora que lo pienso.

Encima la tía me está restregando la victoria utilizando mi nombre completo, cosa que sabe que odio y que no borra la sonrisa de su cara.

Qué sonrisa, por Dios. Fuck , que se va a dar cuenta de que no dejo de mirarla, así que le lanzo una miga de pan que atrapa al vuelo y me saca la lengua.

—Vaya reflejos para lo lesionada que estás —la pico apoyando los codos en la mesa para inclinarme en su dirección—. A ver si va a resultar que no estás tan dolorida y todo es una excusa para tenerme aquí de sirvienta.

—Te merecerías el castigo por lo imbécil que fuiste antes de irte a Nueva York —contraataca con encanto.

—Apunta doble marca en el calendario porque te voy a dar la razón dos veces hoy —digo con una gracia que se cuela en todas sus rendijas y le hace soltar una carcajada aparatosa.

—Vamos al sofá, anda, hay unas cosas que quiero terminar de las grabaciones —dice cambiando de tema.

De nuevo, tienes todo el derecho a no seguir esta conversación.

Recojo todo lo que hemos ensuciado y dejo el lavavajillas puesto antes de volver al salón donde ha reclamado su hueco del sofá otra vez.

Yo dudo entre irme de nuevo a la butaca o atreverme a sentarme a su lado después de esta camaradería que seguimos compartiendo para sorpresa de nadie.

Venga, vamos fuerte, al sofá y si no que me eche ella.

—¿Qué tramas?

Por encima de su hombro veo que en la libreta tiene fechas, una línea temporal y todo tipo de apuntes que ha ido recopilando en las escuchas.

—¿Me lo cuentas ya? —pregunto señalando el papel.

—Dame un rato, que quiero chequear unas cosas —responde cogiendo el portátil.

Ante mi incapacidad para aportar nada más ahora mismo, culpa de la digestión que estoy empezando a hacer y mi cansancio, me recuesto en el sofá.

Diana se gira un momento para mirarme y dejarme algo más de hueco mientras me tiende una manta que acepto encantada.

Huele a ella. Muchísimo, y me gusta, así que me acoplo hecha una bolita abrazándola hasta que esta extraña calma que parece haberse apoderado de mí desde que vivo en este apartamento hace que me eche una pequeña siesta.

No he sido yo nunca de siestas y sin embargo esta me parece muy reparadora.

—¿Diana? —pregunto mirando a mi alrededor, extrañada de no tenerla en mi espacio visual.

—Estoy aquí. —Sigo el sonido de su voz hasta el escritorio que hay junto a la ventana y la veo con la cabeza inmersa en el ordenador—. Buenas tardes, bella durmiente.

—Es culpa de tu sofá —me excuso metiéndome de nuevo bajo la manta para esconder el rubor de mis mejillas.

—El sofá o que te sientes como en casa —suelta sin previo aviso.

Protestaría y diría que no es verdad y que es por el cansancio, pero… debe de tener algo de razón porque es lo que me viene pasando en este apartamento. ¿Y si un hogar no tiene nada que ver con un espacio físico arquitectónico y sí mucho con quien lo ocupa?

El caso es que no se lo voy a decir, que darle tres veces la razón en un día va a hacer que se le suba demasiado el ego.

—¿Vienes? Quiero enseñarte una cosa —pide cambiando de tema.

Allá voy, liada en mi manta, bueno, en la suya, y me coloco tras ella para ver mejor la pantalla del ordenador.

Tiene abiertas más de treinta pestañas en el navegador con grupos de Facebook, redes sociales, foros, periódicos…

en su libreta tiene nombres y supuestos testimonios.

¿Cuánto rato llevo durmiendo como para que haya hecho todo esto?

—Álex, he estado investigando cosas y dándole muchas vueltas a las grabaciones —anuncia apoyando todo el peso de su cuerpo en el respaldo del asiento y yo me limito a escuchar—.

Por todo lo que hemos oído, ese tipo no le haría daño nunca a un hombre así porque sí.

Y menos a Hugo, que parecía entenderle y estar de su lado.

Razón tiene. Hasta donde sabemos por sus notas, Hugo fingía llevarse bien con él, por lo que no tiene sentido que ese señor le hiciera algo.

—Pero si él no le hizo nada a Hugo… ¿qué pasó entonces?

—No lo sé, Álex —suspira—. Lo que sí sé con seguridad es que le hizo daño a varias mujeres y creo que he conseguido los datos de algunas chequeando foros de chicas que hablan de estos temas. Coinciden fechas, descripciones y la forma en la que hablan del hombre.

—¿Has hecho todo esto mientras yo dormía? —pregunto robándole la libreta y ella solo asiente—. Diana, esto es genial. Tenemos que ir a hablar con la policía ahora mismo.

Tantas horas buscando respuestas, tantas dudas sobre lo que le había pasado a Hugo y por fin parece que tenemos algún tipo de información sólida para que nos hagan caso.

Ahora podremos hacer justicia.