Lo que dejé en Madrid Capítulo 17
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Capítulo 17

Tan perdida como yo

Dejo caer todo el peso de mi cuerpo sobre la cama de la habitación de invitados de Diana.

Cubro mi rostro con ambas manos en un intento, bastante vano, de frenar las lágrimas que llevan un rato retenidas, no sé cómo, en mis ojos.

La conversación que hemos tenido me ha dejado tocada, exhausta y…

Es que no sé ni describir la sensación que tengo en el cuerpo.

Ella no ha hecho más preguntas cuando le he confesado quererla como lo hago, cosa que agradezco porque creo que ha notado que esa confesión ha sido reveladora tanto para ella como para mí misma.

Días, meses y años negando esto. Negando que la seguía queriendo y que solo ella ha conseguido colarse en mis rincones más oscuros.

Negando que nadie ha puesto mi mundo tan del revés y aun así me gustaba.

Joder, Diana, tía… Años hasta que he tenido delante la posibilidad o la idea más bien, de que le pasara algo y no pudiéramos volver a hablar más.

Solo entonces he explotado, solo entonces he entendido que es ella y no hay más.

Ella ha sido el motivo por el que no conecto con nadie más o nadie llena su hueco.

Diana fue y será el amor de mi vida.

Un amor que ha vuelto, sin que yo lo pida, a rondar mis días y mis noches y ha hecho que no sepa cómo actuar.

¿Y es que cómo hacerlo? ¿Cómo se comporta una con su expareja después de tanto tiempo sin hablarse?

¿Cómo se hace cuando aún notas la conexión inexplicable latente todo el tiempo?

¿Cómo intentar seguir con tu vida después de esa conversación a pecho descubierto?

No sé cuántas vueltas llevo en la cama intentando descargar la frustración que siento conmigo misma.

Soy incapaz de frenar la sucesión de recuerdos de Diana entre mis brazos, los besos furtivos cuando nadie podía vernos, las caricias escondidas bajo las sábanas y todos los «te quiero» que nos dijimos.

Bueno, y los que no nos dijimos y me arrepiento de no haber dicho, quizás así habría entendido lo que era para mí.

Por no hablar de los viajes, de las noches interminables de risas fingiendo que estudiábamos y, en resumen, todo el amor que nos teníamos.

Un amor inmenso que, de alguna manera, sigue existiendo.

Hago un esfuerzo titánico por pensar en otra cosa, por dejar la mente en blanco o borrarla de ahí un rato. Nada, tarea imposible, porque el poco tiempo que lo consigo, la imagen de Diana es reemplazada por la de Hugo y no sé cuál estoy gestionando peor ahora mismo.

Resoplo y salgo de la cama, porque total, para lo que estoy durmiendo…

Vamos a ver, si me canso físicamente un poco, quizás así duerma o descanse un poco, ¿no?

Empiezo a dar vueltas por la habitación, doce metros cuadrados que se me están quedando pequeños en cuestión de minutos.

¿Hago flexiones? ¿Abdominales? ¿Hago sentadillas?

Es que, por mucho que me cansen, me parece ridículo hacer eso a estas horas…

Mira, mejor me voy a pasear un poco por la casa que ahí sí que me van a sobrar metros para desahogarme.

Salgo al pasillo y aprecio el silencio de la noche.

No es algo que tenga en Nueva York porque siempre hay ruido de fiestas, sirenas de ambulancias, policía, gritos…

Todo parece en calma, excepto por una tenue luz que proviene del salón.

Con la tensión e incomodidad de nuestra conversación, hemos debido dejarla encendida sin darnos cuenta.

Voy a apagarla y así me doy otro paseíto.

En cuanto giro por la puerta de doble hoja de madera caoba veo la silueta de Diana tumbada en el sofá.

Freno mis pasos a tiempo para quedar apoyada en el marco de la puerta, observándola un día más.

Noto cómo los latidos de mi desbocado corazón vuelven a sentirse en mi pecho de una manera incontrolable.

Diana Álvarez, experta en provocar terremotos que me tiran abajo todas mis creencias, no importa cuándo se lea esto.

¿Cuánto tiempo lleva despierta? ¿Estará tan inquieta como yo después de nuestra conversación?

Conversación que, por cierto, habrá que retomar en algún momento por el bien de nuestra salud mental, nuestros corazones y nuestra vida en general.

No me siento nada preparada para seguir abriéndome a ella, o a nadie, pero algo me dice que tampoco me va a dejar el universo muchas opciones de retrasarlo.

Suspiro sin quererlo y ese mínimo ruido, en esta paz nocturna, es suficiente para que ella gire la cabeza buscando el origen del sonido que no es otro que el de mi cuerpo intentando encontrar un resquicio de calma en la tormenta que estoy viviendo.

Sus ojos van directo a los míos y yo me quedo ahí, atrapada, sin impedirlo y sin querer desviarlos ni por asomo.

Ojalá ser capaz de saber qué está pasando por esa cabecita, Diana.

¿Estás tan perdida como yo ahora mismo? Porque esos ojos me están gritando muchas cosas y no tengo clara ninguna de ellas… Están más tristes que habitualmente, cosa que no entiendo dada mi confesión de hace unas horas. ¿Por qué estás así? ¿Qué te atormenta?

—¿Tú tampoco puedes dormir? —pregunta ella rompiendo este pulso de iris de colores.

—No.

Sin apartar la mirada de mí, Diana se mueve en el sofá para hacer un hueco a su lado, lugar que justo palmea para invitarme a que me siente. Ya había sitio de sobra en ese sofá sin que se moviera. Supongo que es su manera de decir que me quiere cerca, lo que puede ser peligroso.

—Ven, anda, no seas cabezota —insiste.

Obedezco sin decir nada más, sin protestar y sin hacerme la chula.

Simplemente voy hacia el sofá, dejándome caer en el hueco que me ha dejado donde nuestras piernas se rozan y noto el calor que desprende su cuerpo.

Estira la manta que tiene sobre ella y que yo acepto, cubriendo mis muslos y provocando que estemos aún más cerca.

Una pequeña sonrisa de agradecimiento por su gesto es todo lo que consigo mostrarle en este momento.

Ella la corresponde y coge el mando de la televisión para poner la primera película que aparece en la portada de Netflix.

Ni siquiera me pregunta si me parece bien esa opción porque sabe que es de esas pelis chorras que me gustan solo porque sale un perro como protagonista.

Acoplo mi cuerpo un poco mejor, pegándome a ella en el camino y disfrutando, sin ser plenamente consciente, de que nos estamos comunicando como en los viejos tiempos, sin palabras, sin decirnos nada y dándonos nuestro tiempo cuando es necesario. Con mucho cuidado y cariño.

En algún momento de la noche, cuando la película aún no ha terminado, las dos acabamos vencidas al sueño y al cansancio que sentimos.

Y debía de estar agotada porque ni siquiera he soñado o tenido pesadillas hoy.

No, he dormido bien. Poco, pero de buena calidad, y eso es mucho viniendo de mí.

No puedo moverme ya que noto un peso sobre mis costillas.

Froto mi ojo, acostumbrándome a la poca luz del amanecer que entra por la ventana del salón y que me permite intuir la silueta de Diana sobre mi cuerpo.

No tardo también en ser consciente de su calidez contra mi piel.

Hemos debido terminar en esta postura, con las piernas enredadas en la otra por inercia mientras descansábamos.

Parece muy relajada y no quiero despertarla, así que me toca no moverme para no perturbar esta paz.

Eso incluye conseguir calmar mi corazón de alguna manera porque está justo debajo de donde ella está reposando su cabeza.

Observo su rostro desde arriba y disfruto de lo guapa que sigue siendo.

Su pequeña nariz respingona siempre me ha gustado, de hecho, creo que darle golpecitos con mi dedo siempre ha sido un gesto que le hacía porque ella se derretía todas las veces.

Los años le han sentado como el vino, mucho mejor, más madura, con rasgos más marcados y mucho más atractivos.

Su pelo, un poco más claro de lo que solía llevarlo cuando salíamos, cae en ondas despeinadas que la hacen parecer más inocente de lo que es ese rostro angelical.

Y en un impulso, aprovechando la privacidad de este momento, alzo la mano y deslizo la yema de mis dedos por su mejilla, recorriendo el contorno de su mandíbula con mucha delicadeza.

Diana, con su magia habitual, consigue parar el tiempo para mí sin estar ni despierta.

Hace años que el amor me produce una desazón insoportable.

He pasado años sintiendo pavor de no volver a encontrarlo, un sentimiento que fue sustituido por la mentira propia de que podía vivir sin él.

Me sumergí en el trabajo, en la rutina, en el gimnasio y en cualquier distracción que alejara esa sensación de mi interior.

Lo que fuera que alejara ese temor que siempre aparecía cuando me quedaba sola con mis pensamientos y no era otro que la certeza de que el amor tenía forma de mujer rubia y asustadiza que no supo gestionar sus emociones.

Y sigue teniendo esa forma.

Para mi propia sorpresa, esa realización no me produce pánico, sino que me calma.

Inunda mi cuerpo de una paz que hacía años que no sentía.

No hay más, es ella y siempre lo será, por mucho que lo haya negado.

Con los dedos aún en su piel, Diana empieza a moverse y yo aparto la mano en un movimiento tan rápido que ella pega un respingo y gime del dolor en sus costillas.

—¿Estás bien? —pregunto preocupada, ayudándola a acomodarse mejor en el sofá.

—Me duele un poco, supongo que es normal por la postura —explica Diana, llevándose la mano a su costado—. Se me ha pasado el efecto de las pastillas, ahora me las tomaré con el desayuno.

—¿Qué te parece si voy a prepararlo para que te tomes la medicación y podemos seguir con esas grabaciones? —ofrezco, no solo porque quiera prepararle ese café, sino porque necesito unos minutos alejada de ella.