Lo que dejé en Madrid Paciente D.A. #2
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Paciente D.A. #2

—Hablé con Álex un poco antes de la ceremonia y le pedí perdón.

Le expliqué que mi familia había aparecido por sorpresa y que no había sabido reaccionar bien.

—Hugo la escuchaba con atención, analizando cada una de sus palabras, sin interrumpir—.

Estaba dolida, eso era evidente, y aun así, estaba dispuesta a hablarlo conmigo con tranquilidad.

Álex nunca ha sido de las que huyen sin intentar solucionar las cosas antes.

Al menos hasta ese momento. —Se frotó las palmas contra los vaqueros y continuó—.

Yo estaba nerviosa. Quería que todo estuviera bien entre nosotras.

Así que, sin pensar, le di un beso para intentar calmar mis nervios.

—Hizo una breve pausa que anticipaba el gran momento—.

No me di cuenta de que, al invitarla allí, la estaba metiendo de lleno en la boca del lobo.

Y como era de esperar… mis padres se acercaron en cuanto nos vieron tan pegadas.

—¿Qué hiciste entonces?

—Entré en pánico. —El recuerdo de aquel momento la estaba destruyendo—.

Mi madre empezó a preguntar quién era y…

yo… —Se mordió el labio inferior, sintiendo la vergüenza arrastrarse como un veneno por su garganta—, solo me salió decir que era una compañera de clase y la invité a irse y dejarnos.

—La cara de Hugo era un poema—. En ese instante, lo vi todo claro.

Vi la decepción en los ojos de Álex. Pude notar cómo su corazón se rompía en mil pedazos a cada segundo que presenciaba aquella escena.

—¿Por qué no dijiste, al menos, que era tu mejor amiga? No creo que te hubiesen reprochado nada por eso —preguntó Hugo, intentando comprender su lógica.

—Porque en mi mente… si mis padres veían que tenía una relación tan estrecha con otra mujer, podían sospechar que había algo más —justificó Diana, aun sabiendo que no había justificación alguna—. Y yo no estaba preparada para eso.

—¿Cómo reaccionó Álex?

Se podía imaginar perfectamente la cara de su amiga.

—Mal y eso no fue lo peor…

—¿Más? Diana… ¿qué narices hiciste? —preguntó Hugo, casi temiendo la respuesta.

—Me puse aún más nerviosa. Pensaba que mis padres se habían dado cuenta de que había algo entre nosotras, que sospechaban.

Entré en modo pánico y… —Volvió a dejar que las lágrimas tomaran el control de sus ojos mientras seguía hablando—.

Agarré a mi mejor amigo de aquel momento y le planté un beso para disimular cuando mis padres miraban.

—No… —Hugo parpadeó, atónito.

—Sí —susurró Diana, con la voz ahogada.

El silencio que siguió fue brutal. Hugo supo, sin necesidad de que ella lo dijera, que ese había sido el punto de no retorno para su amiga.

El hecho que hizo que se marchara para no volver.

Es que las fechas y todo cuadraban. Diana se frotó las sienes, como si intentara contener la creciente oleada de ansiedad que le provocaba recordar aquello.

—Álex se marchó corriendo. No sin antes dedicarme una mirada gélida que… joder, Hugo, fue como una torta de realidad en plena cara. —Se apretó el puente de la nariz con los dedos, intentando mantener la compostura—. Sabía que no había vuelta atrás después de eso.

—¿Intentaste hablar con ella después?

—Lo intenté todo —dijo resignada—. Le escribí, la llamé, fui a su casa a ver si me abría la puerta… pero nada, Hugo. Nada. No quería saber nada de mí. Se esfumó de mi vida de la noche a la mañana.

Hugo la miró con seriedad y, aunque siempre le había prometido no decirle nada de su vida personal o sobre información que no tuviera que ver con la terapia, decidió decirle algo que, al menos, apaciguaría su sentimiento de abandono.

—Si te consuela… se esfumó de la vida de todos.

No le consolaba en absoluto, al contrario, se sentía peor por provocar que dejara todo a un lado por su culpa. Por sus miedos y por su incapacidad de hablar de lo que pasaba.

—La decepcioné tanto… y eso es, a veces, insalvable. —Diana se hundió aún más en el sofá—. Yo sabía que, aunque consiguiera hablar con ella, aunque la convenciera de que me diera otra oportunidad… esa sensación de haberme caído del pedestal en el que me tenía era definitiva.

Hugo le permitió sacar todo lo que necesitaba de su interior para ver si así podían trabajar en su nueva vida.

—Con los años he aprendido que esas cosas pasan. Que a veces fallamos a alguien de tal manera que nos convertimos en irreparables para ellos y que… una simple acción puede hacer que alguien pase de serlo todo a nada en cuestión de segundos.

—¿Crees que tuvo una reacción exagerada desapareciendo así? —preguntó Hugo con cuidado.

—Sí, creo que hizo mal huyendo así —Diana asintió sin dudarlo porque una cosa no quitaba la otra—.

En su defensa diré que me lo merecía. Le había decepcionado muchas veces.

Había consumido su entusiasmo con mis miedos.

Había conseguido hacerla sentir pequeña por ocultarla, por no luchar lo suficiente por nosotras.

Me pasé tantos años en la comodidad del secretismo y el rechazo a mí misma…

que nunca pensé en cómo debía sentirse ella.

—Ahora lo ves desde una perspectiva mucho más madura. Imagino que en el momento no fue así —adivinó tomando algunas notas más.

Diana dejó escapar una sonrisa triste.

—En el momento la odié mucho e incluso quise culparla por romper nuestra relación así.

Con el tiempo he entendido que ya me había encargado yo sola de hacerla añicos.

—La presión que sentía en la boca del estómago aumentaba por momentos en vez de reducirse—.

Todo el mundo tiene un límite, y yo sobrepasé el de Álex demasiadas veces.

Hugo estaba asimilando mucha información, tanto a nivel profesional, como personal.

—Estabais en momentos diferentes de vuestra vida en lo que respecta a aceptar vuestra sexualidad.

Tú has recorrido un largo camino desde entonces.

Ahora no gestionarías así una relación. —Ella volvió a asentir, sin decir nada—.

Es bueno que hayas entendido lo que hiciste mal, que empatices con Álex.

Eso no significa que tengas que vivir atormentada por ello toda la vida.

Hugo se levantó para ir a sentarse junto a ella en el sofá. Quería mostrarle su apoyo, así que pasó su brazo por los hombros de la chica para abrazarla.

—Álex aguantó cosas que nadie habría aceptado durante cinco años y yo no fui capaz ni de decirle a mis padres que era mi amiga… Tuve que montar todo ese estúpido numerito para nada, porque mírame ahora, ¿de qué sirvió?

Su voz terminó por quebrarse en la pregunta final, incapaz de controlar más sus sentimientos.

—Tranquila, Diana —Hugo la consoló apretándola contra su cuerpo—.

Ha pasado mucho tiempo. Ahora sois otras personas.

Y quién sabe… quizás el destino os haga volver a cruzaros en algún momento.

Un amor como el que vosotras habéis vivido no es algo fácil de superar, lo sabes bien.

Solo espero que el día que volváis a estar en el mismo sitio, ambas seáis capaces de veros como lo que sois ahora y no como lo que fuisteis una vez.

Diana suspiró, con la voz rota.

—Ojalá, Hugo.

Fue lo último que Diana acertó a decir en aquella sesión antes de romper a llorar desconsoladamente.