Lo que dejé en Madrid Paciente D.A.
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Paciente D.A.

—¿Quieres saber por qué Álex me odia tanto? —preguntó Diana, tumbada en el sofá, con la cabeza apoyada en sus manos, mirando al techo.

Hugo, que llevaba meses tratando de recomponer el puzzle de su relación con Álex, contuvo la curiosidad que le generaba ese tema y respondió con el tono más profesional que tenía en la recámara.

—Solo si tú necesitas hablar del tema.

La realidad era que, después de tanto tiempo, se moría por saber qué había pasado realmente entre ellas.

Había escuchado fragmentos, piezas sueltas que nunca terminaban de encajar del todo.

Ahora, por fin, parecía que Diana estaba dispuesta a contar lo que había guardado para sí durante años y que Álex tampoco se había atrevido a compartir.

—Creo que me vendría bien contarlo. Ponerle la guinda a todo lo que hice mal en esa relación.

—Adelante —la invitó Hugo, tomando su libreta para anotar cualquier detalle que pudiera ayudarla a cerrar ese capítulo de su vida.

Suspiró y trató de mentalizarse para la conversación que iban a tener.

Llevaban un buen rato de la sesión hablando sobre cómo había sido su relación con Álex y era inevitable llegar a eso.

Tras explicar la tensión constante que suponía llevar una relación de amor en secreto y el pacto que habían sellado de comportarse como amigas en público, Diana se sentía bastante culpable.

Marcos y Hugo eran la única excepción de esa norma, los únicos que sabían la verdad y con los que podían ser ellas mismas sin restricciones.

No había sido nada fácil para ninguna de las dos.

La situación y el secretismo había provocado peleas durante años.

No ayudaba tampoco la frustración que sentían y las heridas que habían ido formándose con cada discusión.

Especialmente para Álex que deseaba poder gritarle al mundo que estaban juntas, mientras Diana, aterrada por lo que pudieran pensar los demás, se aferraba con uñas y dientes a su burbuja de privacidad.

Los acontecimientos que estaba a punto de contarle a Hugo era, en su opinión, lo peor que había hecho en su vida y que consiguieron que Álex se marchara sin mirar atrás a Nueva York.

—A esas alturas de nuestra relación, yo ya había conocido a su familia y…

—Espera, espera. —Hugo la interrumpió, en shock por esa afirmación—. ¿Te presentó a su familia?

—Sí. No oficialmente como su pareja, claro.

También te digo, nadie en esa casa dudaba de lo que éramos.

Al fin y al cabo, no te llevas a una amiga cualquiera a todas las celebraciones familiares ni te duchas con ella cuando están tus padres en casa, ¿no?

—preguntó riéndose por lo absurdo que sonaba todo.

Alzó una ceja, procesando la ironía de la situación.

—Me sorprende que estuvieras tan cómoda con su familia como para hacer todo eso, teniendo en cuenta lo mucho que te aterraba que la gente se enterara… Es contradictorio.

—Supongo que… —Diana hizo una pausa, como si intentara entenderse a sí misma—.

Me sentía segura y cómoda en ese ambiente.

Era un entorno donde me aceptaban sin preguntas.

Donde podía ser yo sin sentir que debía justificarme.

Con ellos viví momentos que nunca podría haber vivido en mi casa.

—Bajó la mirada, sintiendo una punzada de vergüenza y envidia—.

Me consideraban una más de la familia y, en cambio, en mi casa apenas sabían de la existencia de Álex.

—¿Ni siquiera como amiga? —preguntó Hugo.

—Más bien como una compañera de universidad y poco más —respondió ya arrepentida de sus decisiones pasadas—.

Cuanto menos supieran, menos podrían sospechar.

—Hugo notó que se frenaba y se volvía a atormentar antes de continuar—.

Cuando llegó el último curso de la universidad, Álex y yo hicimos planes para el futuro.

Entre ellos, me pidió que fuera a la cena que su familia organizaba para celebrar su graduación.

—Álex iba muy en serio contigo.

El propio Hugo estaba sorprendido por los gestos de su amiga en la relación.

—Sí —susurró.

Diana se incorporó para quedar sentada mirando a Hugo de frente. La pena la estaba invadiendo conforme avanzaba en la historia y empezaba a sentirse incapaz de controlar sus sentimientos. Decidió continuar y arrancar la tirita de una vez por todas.

—Fui a esa cena, y fue maravillosa, Hugo.

Y después… —Hizo una pausa, cerrando los ojos con fuerza para contener las primeras lágrimas—.

El problema es que entré en una espiral de autodestrucción y culpabilidad por no poder darle lo mismo con mi familia, por ocultarla, por tener tanto miedo al qué dirían si se sabía que salíamos juntas.

—El sufrimiento de Diana por sus acciones pasadas era tal que Hugo lo podría haber notado a simple vista aunque no la conociera de primera mano—.

Los días siguientes fueron complicados. Álex quería venir a mi graduación, le hacía muchísima ilusión.

Habíamos pasado tantas noches en vela estudiando juntas, apoyándonos en cada examen, en cada entrega de trabajo…

siempre me decía lo orgullosa que estaba de mí.

.. —Su voz tembló ligeramente antes de anunciar el gran problema—.

Mi decisión final fue perdirle que no viniera.

—Porque iba tu familia —adivinó Hugo.

—Sí. —Dos lágrimas se precipitaron por sus mejillas al recordar la pelea que tuvieron aquel día—. No se lo tomó nada bien. Y con razón. No entendía que, después de cuatro años juntas, siguiera sin decir nada a mi familia. Creía que me avergonzaba de ella o algo parecido…

—¿Lo hacías?

—¡No! —Diana negó con la cabeza, furiosa consigo misma—.

Nunca. Era el miedo… tenía tanto miedo… —Se recostó en el sofá de nuevo, derrotada—.

Habíamos dejado a un lado durante tanto tiempo la conversación sobre ser una pareja libre sin tener que escondernos para estar bien entre nosotras que nos terminó pisando los talones y mordiendo por detrás sin darnos cuenta.

—¿Y ahí lo dejasteis?

Negó de nuevo con la cabeza.

Hugo no la presionó. Era algo difícil y debía contarlo a su propio ritmo.

Se quedó ahí quieto, observando las expresiones de dolor de Diana.

Su mente traía constantemente la figura de Álex a sus pensamientos.

No podía ni imaginar cómo debía de haberlo pasado su amiga con todo aquello y el sufrimiento que había llevado en silencio.

Marcos y él no sabían ni un cuarto de todo lo que habían vivido esas chicas juntas y lo dura que debía de haber sido su ruptura para ambas.

—Al final, Álex terminó por aceptar que no podía venir a la graduación y seguimos con nuestras vidas.

Hizo el esfuerzo de entenderme aunque no compartiera la decisión.

O al menos, intentó hacerlo. Seguimos adelante más tranquilas hasta que el universo cruel aún tenía una última jugarreta preparada para nosotras.

—Su respiración se volvió más errática conforme seguía hablando—.

Ese día, habíamos quedado para comer antes de la ceremonia.

Álex vino a recogerme a la universidad y así podríamos tener un momento de celebración juntas.

Con toda la mala suerte de que mi familia tuvo la misma idea de darme una sorpresa y un regalo ya que después de la ceremonia yo me iría con mis compañeros de clase.

Diana volvió a quedarse en silencio. Su mente divagaba entre el pánico de recordar el momento y el consecuente arrepentimiento de lo que hizo en esa situación.

—Mi familia apareció de sorpresa justo cuando Álex venía hacia mí con toda su buena intención y yo…

yo hice como si no la conociera, Hugo. La dejé allí tirada, sin ninguna explicación, sin decirle ni hola.

—Apretó los puños rabiosa y no aguantó más el torrente de agua que salía de sus ojos—.

La dejé allí. Sola porque yo era gilipollas.

Cerró los ojos un momento e intentó imaginarse la cara de Álex en aquel momento tras esa traición.

—Diana…

—Lo sé —interrumpió, porque no quería ningún sermón al respecto.

—¿Eso fue todo? ¿Volvisteis a hablar? —preguntó Hugo.

—Sí, le dejé un mensaje rogándole que por favor habláramos y, como me ignoraba, le pedí que viniera a la graduación.

Sabía que se moría de ganas de verme con el vestido que me había comprado y no iba a rechazar esa oportunidad.

Era mi momento de arreglarlo. —Diana estaba nerviosa o más bien sentimental y triste—.

Apareció allí radiante y yo… yo no podía estar más enamorada, Hugo, a mí se me olvidaba casi hasta respirar cuando la tenía cerca, pero…

—¿Pero?

—Quiero contarte lo que pasó, de verdad. Lo que pasa es que temo que si lo hago, te voy a decepcionar tanto como decepcioné a Álex aquel día.

Estaba avergonzada incluso antes de contar lo ocurrido. ¿Cuánto tiempo llevaba ella torturándose por lo que había hecho años atrás?

—No estoy aquí para juzgarte, sino para ayudarte —le recordó Hugo.

Diana asintió lentamente, agradeciendo la comprensión que siempre le mostraba. Aquel era el último gran lastre que le quedaba por soltar en su conciencia, la confesión definitiva de lo que la había llevado a perder a Álex para siempre.

Suspiró, cerró los ojos para calmar su cabeza y se armó de valor para continuar.