Capítulo 16 #2
Llevamos ya un par de horas perdidas en estas grabaciones cuando se me empieza a hacer mucha bola toda la situación.
Diana lo nota cuando doy vueltas de un lado a otro y me pongo a jugar con una pequeña pelota antiestrés que está colocada en una repisa.
Estamos ahora con una grabación en la que el paciente está contando cómo es la relación con su familia y yo no puedo evitar sentirme afortunada de que siempre me hayan apoyado y querido tal y como soy.
A pesar de la distancia, estoy muy unida a ellos y, por un momento, me siento culpable de estar en Madrid y que no lo sepan.
.. Vale, nota mental para llamarles mañana y contarles que estoy aquí.
Siempre me han apoyado desde que era una niña en todo lo que hacía, manteniendo los pies en el suelo en todo momento.
Si quería hacer ballet, me apuntaban a clases.
Si al año cambiaba de opinión y prefería practicar balonmano, me apuntaban al equipo más cercano.
Mis padres tampoco pueden quejarse, porque he sido la hija perfecta en los estudios y he cumplido todas las normas.
He dado por hecho durante tantos años que esa es la normalidad de una familia al crecer, que escuchar el testimonio de ese hombre misterioso me pone los pelos de punta.
Tengo que empezar a valorar más lo que tengo.
Miro a Diana y me pregunto si ella también estará pasando por ese proceso de auto comparación con su vida. Siempre ha estado unida a ellos y… un momento, ¿dónde narices se ha metido su familia? ¿no saben que ha estado en el hospital o qué pasa aquí?
—¿Estás bien? —pregunta extrañada por cómo la miro.
—Tu familia… ¿no saben lo que te ha pasado? —pregunto acercándome para sentarme a su lado de nuevo.
—No.
Le ha costado unos segundos más de la cuenta responder con ese monosílabo. ¿Por qué? Entiendo que no lo hiciera en el mismo momento por todo lo que pasó. Lógico. Pero… ha tenido tiempo de sobra, incluida esta mañana, para contarles cómo estaba.
—Vas a contárselo, ¿no? —insisto.
—No.
Es la primera vez que veo a Diana tan impasible y ajena a sus emociones.
Aprovecho esta nueva cercanía para volver a fijarme en los detalles de su rostro.
La hinchazón del labio ha disminuido notablemente y los hematomas ahora tienen un color más oscuro.
Mueve las puntas de los dedos de su mano vendada en un intento de que le circule la sangre mejor por la zona afectada y tiene la mirada fija en una libreta rosa que ha cogido para tomar notas de las grabaciones.
—¿Por qué no se lo vas a contar, Diana? —pregunto.
Me va a mandar a la mierda como siga así.
Me da igual, yo necesito saber qué le pasa y por qué ahora parece tan atormentada con este tema.
Es más importante que las sesiones del paciente misterioso ese.
En el pasado… el único motivo por el que Diana se alejaba de su familia era…
yo. ¿Será mi presencia aquí lo que está impidiendo que se lo cuente?
—No quiero hablar de eso ahora, Álex.
Un último intento, a ver si cede. No es que la quiera forzar, de verdad que no.
Solo lo hago porque he notado su voz alterada, más aguda de lo normal, y eso indica que está reteniendo una cantidad de emociones nada sana en lo que respecta a ese tema.
Deslizo poco a poco mi cuerpo por el sofá, hasta quedar a su lado.
Diana no se mueve, ni me mira, así que me inclino lo justo para cerrar la tapadera del portátil y captar toda su atención.
—Diana, si es porque yo estoy aquí puedo irme y…
—¡No!
La interrupción antes de que pueda terminar siquiera mi oferta me sorprende.
No quiere que me vaya de aquí… Mala idea, Diana, porque en algún momento tengo que volver a mi vida en Nueva York.
Esto es solo… solo una pausa, una tregua que las dos necesitamos para seguir adelante.
Solo es eso, ¿no? Y debe ser mi mirada inquisitiva sobre sus ojos, esperando más respuestas, la que la lleva a ella solita a confesar algo que me pilla desprevenida.
—No me hablo con mi familia, Álex.
¿Cómo que…? Si estaba muy unida a ellos…
Diana no hacía nada que su familia no aprobara.
¿En qué momento ha pasado esto? Suspira y deja el portátil a un lado antes de recostarse contra un cojín algo derrotada.
Es un tema que le duele, lo noto en sus ojos y en sus gestos.
No voy a seguir forzándola a hablar de algo que no quiere.
—Mejor no pregunto, ¿no?
Estira su mano para dejarla perfectamente colocada entre nuestras piernas.
Yo la miro, como preguntándole si quiere que haga lo que está esperando.
Asiento y se lo concedo porque sé que lo necesita.
Bueno, y porque me apetece. Quiero consolarla de alguna manera sin cruzar ciertas líneas y darle la mano…
No es tanto, puedo hacerlo. Estiro mi brazo con lentitud hasta posar la palma de mi mano sobre su dorso.
—Puedes preguntar lo que quieras, Álex. La curiosidad siempre te puede y vas a terminar haciéndolo tarde o temprano.
No sé si es por la caricia o porque de verdad no le importa que lo sepa ahora que me he mostrado preocupada por ella, pero me alegra que me dé luz verde.
—¿Qué ha pasado?
Una pregunta tan sencilla la rompe por completo cuando suspira algo apenada.
Gira la mano para que ahora sean nuestras palmas las que queden enfrentadas y poder aferrarse a la mía antes de hablar.
Noto que le da vueltas a algo en su cabeza mientras frunce los labios.
¿Qué ha podido ser tan grave para que no se hable con ellos? ¿Ni con su hermano?
—Les conté que me gustaban las mujeres.
Jo-der.
Lo ha hecho. Después de tantos años… se lo ha contado.
Nunca fue capaz de hacerlo mientras salíamos.
Ellos pensaban que éramos amigas y ya, y eso…
Eso fue un gran problema, por mucho que lo negáramos, en nuestra relación.
¿Se acabó la Diana con miedo a lo que pensaran los demás? ¿Era eso lo que hablaba con Hugo?
Guau… es que sí que ha cambiado. Marcos debe saber todo esto y por eso me insistía tanto en que no era la misma niña que conocía.
—Siempre decías que tu familia se lo iba a tomar mal, ¿por qué se lo has contado? —pregunto.
—Porque llegó un punto de mi vida en el que me esforzaba tanto en mantener las apariencias que me perdí a mí misma en ellas.
—Directa a mi corazón va la daga que acaba de soltar.
Se perdió a sí misma y yo tampoco estuve aquí para sacarla del pozo de sus propias heridas.
Yo me fui provocando una herida aún mayor.
He pasado años pensando que lo de la familia era una excusa porque nunca estuvo segura de lo que teníamos y esto confirma que no lo era.
Diana de verdad sabía que les iba a perder si les contaba lo nuestro—.
Ya no sabía si era feliz, si me gustaba mi vida o qué quería.
Ni siquiera era capaz de discernir entre si prefería la playa o la montaña.
He estado tanto tiempo mintiendo a los demás que me creí mis propias mentiras y me sentía…
extraña. En algún momento me di cuenta de que no podía tener una vida plena por ese camino.
Desvía la mirada cuando noto que se le empiezan a aguar los ojos y aprieto su mano entre la mía con más fuerza para que sepa que estoy aquí y no me voy a ningún sitio… de momento.
—¿Hace cuánto de todo esto, Di? —pregunto con cuidado.
—Un año, más o menos —responde con la mirada perdida en el techo.
—¿Llevas un año sin hablar con tus padres? —Maldigo que se me escape el tono de sorpresa que he usado porque hace que ella solo se tense aún más. Hace amago de soltar mi mano y yo no la dejo. Al contrario, tiro de ella para que se acerque más a mí antes de continuar—. ¿Nada de nada?
—He mantenido alguna conversación cordial de veinte segundos para felicitarnos en cumpleaños y fiestas importantes —responde Diana.
—Lo siento. —Y sin pensarlo mucho para lo que suelo hacerlo cuando se trata de Diana, paso mi brazo libre por detrás de su cabeza para abrazar sus hombros con cariño—. Sé lo importante que es tu familia para ti. Lo siento…
—No pasa nada, no ha sido tu culpa, todo lo contrario —suspira acomodándose aún mejor para apoyar su cabeza en mi hombro.
—¿Qué quieres decir? —pregunto extrañada.
—Tenías razón cuando salíamos, en algún momento tenía que aceptar lo que era y se lo tenía que contar a mi familia —responde con tristeza—. Me ha costado unos años más que a ti…
Sí, yo siempre le decía que tenía que hablar con ellos.
No porque quisiera presionarla, sino porque quería que se liberara y dejara de darle vueltas todo el rato a la cabeza y a los mismos temas.
Prometo que no la presioné nunca, no queriendo, claro…
¿Lo sentía ella así? ¿La llevé al extremo en un intento de que viviera más libremente conmigo?
—Cada persona lleva su ritmo, Diana —digo para intentar animarla y que no se culpe por no haberlo hecho cuando yo se lo decía—. Lo has hecho cuando has estado preparada y si ahora te sientes mejor contigo misma, es lo que importa. Da igual que hayan pasado tres años o los que sean…
—No pensabas así cuando estábamos juntas…
No lo dice para herirme, aunque a mí me sienta como una patada.
Reacciono de manera impulsiva, rompiendo toda la cercanía que habíamos ido adoptando para marcharme del sofá.
Aquí están luchando mis ganas de seguir con ella curando heridas y mi orgullo que se ha sentido atacado por ese comentario, o acusación más bien, sobre lo que pasaba cuando salíamos.
Tuve una paciencia tremenda con ese tema.
Pasamos años saliendo sin que lo supiera nadie.
De hecho, se lo oculté a mis mejores amigos durante mucho tiempo, más de lo que nadie aceptaría.
Todo para que ella se sintiera bien. Siempre a su ritmo, y me jode que ahora me diga eso como si yo la hubiera presionado en algún momento.
Me paro frente a la ventana para darle la espalda y no tener que mirarla y que note lo dolida que estoy ahora mismo.
—Álex, no pretendía decir nada que te ofendiera —dice Diana a mi espalda intentando arreglar este momento tenso—. Solo es que me ha sorprendido que ahora, viéndolo desde fuera, seas tan comprensiva.
—Las cosas cambian y la vida pasa para todos —respondo sin girarme de mala gana—. No veo la vida igual ahora que con veinte años. Yo también he madurado y también he reflexionado mucho sobre lo que hice mal en el pasado.
—¿Y qué crees que hiciste mal? —pregunta intrigada.
Silencio.
Hemos entrado en un terreno peligroso. Tendríamos que estar con las grabaciones y hablando de Hugo, no de nuestra relación. Esto no va a salir bien. Tenemos demasiadas heridas como para no poner el dedo en alguna en cualquier conversación que intentemos mantener.
—Diana… yo nunca quise presionarte —respondo, ignorando la pregunta que me ha hecho—.
Nunca quise sacarte del armario a la fuerza, y si alguna vez te hice sentir así…
lo siento. No fue justo. Muchas veces me decías que tu familia se lo tomaría mal.
Te juro que nunca llegué a pensar que hasta este extremo.
—Ahora sí le voy a confesar algo que espero que le ayude a entenderme—.
Yo también era nueva en eso de salir con una chica y me sentía insegura en numerosas ocasiones con nuestra relación.
—No lo parecía, Álex.
¿No? Pues era un flan en mil ocasiones, intentando mantener la relación y la fuerza que ella necesitaba en mí. Para mi sorpresa, Diana aparece a mi lado y se queda también con la vista fija en el cielo madrileño.
—Trataba de ser la roca que se mantenía a flote por las dos —respondo casi en un suspiro que podría haber pasado por alto para Diana si no fuera porque está más cerca que antes—.
Lo cierto es que, más a menudo de lo que me gusta admitir, pensaba que solo era un juego para ti, que lo de estar con una chica no era más que una fase y te cansarías de mí…
—¿De verdad pensabas eso?
Hay tanta sorpresa en su voz que hasta yo me quedo de piedra por la pregunta. Está muy equivocada si piensa que yo tenía bajo control todo. Já.
—Sí.
Esta vez es Diana la que estira su mano sana para coger la mía, entrelazando nuestros dedos en un gesto íntimo que, siendo sincera, echaba de menos.
Cierro los ojos y disfruto el contacto. Frente a mí se empiezan a reproducir todas las veces que tiró de mi mano para ir al baño en una discoteca, algún paseo por un parque, todas y cada una de las veces que me llevaba así a la habitación…
—¿Y por qué seguías conmigo, entonces?
Entiendo que se haga esa pregunta. Es lógico, de hecho, que quiera saberlo.
Yo también lo haría si me dijeran que todo el rato tenían miedo de que me dejaran…
Es complicado… ¿debería decirle la verdad?
¿Me ayudará sacarme del pecho una de las espinas que tantos años lleva ahí clavada?
A estas alturas tampoco tengo mucho que perder, ¿no?
—Porque tenía la esperanza de que no lo fuera, Diana —confieso mirándola a los ojos por primera vez desde que estamos en esa nueva posición y sabiendo que ya no hay vuelta atrás—. De que siguiéramos juntas, porque…
—¿Por qué? —Sacudo la cabeza en un intento de negarme a responder y hago el amago de irme. Diana usa la poca fuerza que tiene para frenarme—. Álex, por favor, necesito saberlo.
De perdidos al río se dice, ¿no?
—Porque nunca he querido a nadie como te quiero a ti, Diana.
Y en ese momento, lo sé.
No importa el daño, el tiempo, ni la distancia.
Sigo queriéndola como el primer día.