Lo que dejé en Madrid Capítulo 16
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Capítulo 16

De per didos al río

Estoy en la puerta de Diana esperando que me abra.

Soy una imbécil y tendría que haberle pedido unas llaves para ahorrarle el esfuerzo de tener que venir hasta aquí en lugar de estar quietecita en el sofá.

Encima he subido corriendo por el ansia que tenía de contarle esto cuanto antes y ahora no tengo aliento.

Apoyo mis manos en las rodillas justo cuando ella hace aparición y me ve así.

—Hola —saluda con una sonrisa en cuanto me abre la puerta—. ¿Estás bien?

Yo levanto la cabeza justo para notar que ha cambiado el pijama de dibujos por unas mallas deportivas que realzan toda su figura y una sudadera naranja muy cantosa. Está guapa con lo que se ponga, la verdad.

—Hola, Diana —saludo recuperando el aliento y pasando por su lado—. Vamos al salón, anda.

—¿Ha pasado algo con la Policía? —pregunta frenándome al pasar a su lado.

Agarra mi brazo lo justo para que nuestros cuerpos queden más cerca de lo que han estado en años. Una vez más, el poco contacto físico que tenemos es una descarga para todo mi cuerpo. Me aclaro la garganta y hablo antes de que se dé cuenta de que le he mirado la boca sin querer.

—Todo bien, no es eso de lo que quiero hablar contigo —explico.

—¿Entonces? ¿Qué pasa? —insiste siguiéndome.

La debería estar ayudando para que no fuerce. Lo haría si no fuera porque ahora mismo necesito un poco de aire en mis pulmones y no solo por haber subido corriendo. Solo cuando estamos las dos sentadas en el mismo sofá, cada una en una esquina, procedo a contarle lo que ha pasado.

—El apartamento estaba impoluto, no se han llevado nada de nada —anuncio y veo que su cara es de extrañeza total—. Así que ya que estaba ahí, bajé a comprobar que su coche también seguía en el garaje.

—¿Y?

No tiene ni idea de hacia dónde voy con todo esto.

—Prométeme que no me vas a tomar por loca cuando te lo cuente —pido antes de seguir con mi historia porque yo sé que cualquiera pensaría que estoy cucú por lo que voy a decir.

—Álex, desembucha ya.

Uy, ahora es mandona también. Esta faceta suya no la conocía y es… sexy.

—Pues… luego decidí ir a dar un paseo con el coche y al darle al play en el reproductor empezó a sonar una sesión de Hugo con uno de sus pacientes.

—Su cara es de entender menos que yo lo que he vivido en ese coche—.

Era un tipo que tampoco hablaba mucho y lo quité, hasta que recordé lo que dijo Hugo en el testamento.

Aquí es cuando cierro mi boca para contener lo que quiero seguir contando.

Necesito que sea ella la que llegue sola a la misma conclusión que yo.

Si no estoy loca, si Diana y yo siempre hemos pensado lo mismo de este tema, ella también será capaz de unir los puntos y así comprobaré que no soy la única que piensa que…

—Te decía que lo disfrutaras y que… —¡Se acuerda! Ella también se acuerda y sabe a dónde quiero llegar—. No puede ser.

—Sí, esa sesión estaba ahí para que la encontrara, Diana —confieso yo.

—¿Y qué decía en ella? ¿Había más? —pregunta acercándose emocionada en el sofá hasta casi donde estoy yo.

Menos mal que hay un cojín de barrera que no le va a permitir avanzar más.

—No lo sé, la grabación dura como una hora y no he tardado tanto en llegar aquí —explico—. Es un coche ultramoderno, no hay ranura de CDs ni nada por el estilo, no sé dónde estará esa grabación.

—En el USB de la guantera. —Frunzo el ceño y la miro algo confusa—. Dentro de la guantera está el equipo de música y Hugo siempre llevaba un USB ahí enchufado con listas de reproducción.

No me voy ni a molestar en preguntar cómo lo sabe.

Lo quiera o no, hace días que he asumido que Diana formaba parte de la vida de Hugo de una manera tan cercana que sabe hasta dónde está el maldito USB de su coche.

Asiento y, antes de que ella me diga que la deje acompañarme, echo a correr de nuevo hacia el parking en el que he dejado el coche.

Dejo la puerta de entrada entornada, así esta vez no se tiene que molestar en abrirme.

La verdad que con las prisas por llegar a contarle lo que había encontrado no me he entretenido en buscar aparcamiento y he dejado el coche en un parking tan solo a dos bloques de aquí, lo que ahora me está viniendo de maravilla porque si sigo corriendo a este ritmo lo mismo vomito un pulmón.

Una vez más, Diana tiene razón y el USB está justo donde ella ha dicho.

Mira, esta vez ni siquiera me va a molestar su acierto, al contrario, me hace sonreír.

Venga, otra carrera y me puedo tirar en el sofá a morir a gusto mientras escucho a un desconocido contarle sus problemas a Hugo.

Diana no ha cerrado la puerta, lo que me permite entrar directa al salón donde sigue en el mismo sitio en el que estaba.

—Bingo —anuncio levantando el pendrive en el aire—. ¿Lo ponemos?

—Claro, ¿me acercas el portátil que está en aquella mesa?

—pide señalando a la mesa de comedor donde hay un ordenador negro que está cubierto de todo tipo de pegatinas adornando la tapa, entre ellas una de un arcoiris que me lleva a pensar que hace mucho que dejó el miedo a quien es atrás—. ¿Qué crees que vamos a encontrar?

—Espero que respuestas.

¿No se supone que la marca esta de la manzanita es muy buena y rápida?

Porque a mí me está pareciendo que tarda una eternidad en arrancar antes de poder enchufar la memoria extraíble.

Dejo que sea Diana la que navegue por las carpetas y me siento frente a ella, en una butaca en tono verde oscuro que me va a mantener un poco distanciada de ella.

Necesito centrarme en Hugo y estas grabaciones y no en ella.

—Hay muchos archivos aquí —murmura Diana, navegando por la carpeta del USB—. Todos parecen grabaciones de sesiones por la duración y los nombres. Escucharlos todos va a llevar su tiempo.

—¿Entonces? ¿Qué hacemos? —pregunto.

—Entonces vas a la cocina, coges el folleto de la pizzería que hay en la nevera, llamas y nos pides de comer un par de pizzas y nos ponemos a escuchar desde el primer archivo —dice con una sonrisa en el rostro—. Planazo, ¿no?

Lo peor es que sí, que me parece un planazo estar tirada en pijama en el sofá contigo comiendo pizza como tantas veces hemos hecho en nuestra vida. No voy a hacerme la dura con esto, voy a obedecer y hacer justo lo que me ha pedido.

—Pide una carbonara y una cuatro quesos —grita desde el salón cuando yo ya estoy marcando el número de la pizzería.

—Justo lo que tenía en mente —respondo sacudiendo la cabeza.

Y es que la tía ha ido a decirme que pida mis dos pizzas favoritas.

No da puntada sin hilo y quiere dejarme claro que no lo ha olvidado.

Cuando estábamos juntas, Diana siempre usaba la comida para calmar mis malos días.

Había veces que íbamos a un restaurante de los que teníamos apuntados en nuestra lista y otras pedíamos algo en casa.

Fuera como fuera, siempre conseguía distraerme. No iba a ser menos ahora.

Pedido hecho y toca volver a ese salón a escuchar las grabaciones. Ahora que lo pienso un poco más en frío, me está dando el mismo mal rollo que 13 Reasons Why esto de las cintas… Espero que todo esto tenga mejor final, la verdad.

—Allá vamos —susurra Diana antes de darle al play .

Cada grabación dura una media de una hora y algo, ya que Hugo empezaba a grabar desde el instante en el que el paciente colocaba un pie en su despacho.

Supongo que eso Diana lo sabe de primera mano.

¿Habrá grabaciones también de sus sesiones?

¿Dónde estarán? No debería ni pensar en escucharlas, porque seguro que hablan de mí, pero me puede la curiosidad mientras escuchamos a este hombre contar más bien poco de su vida.

Las dos primeras grabaciones son desesperantes.

Un hombre de mediana edad, con tono seco y actitud evasiva, difícil de tratar.

Parece como si no quisiera estar allí y que cada sesión fuera un suplicio para él.

No da mucha información sobre sí mismo, lo que hace complicado, de primeras, saber algo más de su vida.

Solo las soportamos gracias a las pizzas que hemos colocado en la mesa baja que hay delante del sofá y que hemos devorado nada más llegar.

Buenísimas, recomiendo este italiano cien por ciento. Gusto exquisito un día más, Di.

Es bastante duro escuchar la voz de Hugo así, tan viva, haciendo alguna broma e intentando ayudar a un paciente que no parece querer tener ayuda en absoluto.

Me estoy desesperando yo de escucharle, no quiero imaginar lo que tenía que ser aguantarle semana tras semana.

Hago todo lo posible por mantenerme ajena a los recuerdos que no paran de perseguirme con él y es bastante difícil.